miércoles, 11 de diciembre de 2013

LUISA ISABEL DE ORLÉANS, la desvergonzada reina


LA REINA EXHIBICIONISTA
 
 

De Alejandra Vallejo-Nagera in "Locos de la Historia"

Luisa Isabel de Orleáns y Borbón se despide de Francia cuando la obligan a casarse con su sobrino Luis, por entonces Príncipe de Asturias y aspirante al trono de España. Al poco de llegar la princesa, que todavía es una niña, se dedica a eructar y ventosear en público, se niega a hablar, presenta una peculiar tendencia a comer a escondidas dulces y también rábanos que flotan en gran cantidad de vinagre. Al principio los españoles piensan que sus extravagancias acaso estén à la mode en Versalles o en el Palais Royal, donde ella se ha educado y donde se estilan conductas harto antojadizas; por eso, en los primeros meses, la recién llegada es observada igual que si fuese un mono de feria. Pero a medida que pasa el tiempo Luisa Isabel pinta maneras cada vez más estrafalarias, con persistente inestabilidad psíquica, abandono personal y descontrol de los impulsos. (....)


Sin embargo, al apreciar el escenario desde una perspectiva más amplia no cabe más remedio que entregar a Luisa Isabel la condescendencia que merece y que jamás obtuvo. De entrada, por su organismo corre el mejor pasaporte al país de la locura: endogamia galopante, carencia afectiva, ambiente educativo incoherente, entorno excéntrico y, lo peor, una grave psicosis con la que algunos parientes contaminan a otros. A esto se añade que, siendo todavía una niña, se ve empujada a asumir el papel de reina. Desde tiempo inmemorial llevan casándose entre sí los ancestros de Luisa Isabel, sus abuelos (varones) son hermanos, sus padres son primos hermanos, cada célula de su cuerpo podría ser considerada prima carnal de la contigua.


PERTURBACIONES FAMILIARES


Todo ello da lugar a los desarreglos característicos de la endogamia perseverante, pero en el caso de la reina Luisa Isabel, además, tales desórdenes genéticos se acompañan del entorno menos propicio para una princesa destinada a reinar. En su abuelo materno, Luis XIV, se mezclan gigantescas virtudes con un perfeccionismo obsesivo e indudables síntomas de trastorno narcisista. La rama paterna (padre, abuela y abuelo) también exhibe un abigarrado escaparate de perturbaciones; el muestrario no tiene desperdicio: desconexión social, impulsividad, hipercompensación narcisista, intolerancia, crueldad, alcoholismo, depravación sexual, violación de normas, excentricidad, histrionismo y falta de empatía. (...)

Cuando Luisa Isabel visita a Felipe V en su retiro de La Granja, se dedica a corretear por los jardines en fino camisón, buscando que el viento lo levante y muestre la carne interior a los ojos de cualquiera que esté mirando. Felipe V tiene la mala suerte de ser uno de estos espectadores, ni que decir tiene el soponcio que se lleva y cómo le azota la conciencia de pecado mientras, en la cámara contigua, la reina Isabel se da golpes en el pecho y exclama: «Hemos hecho una terrible adquisición».

Una de las características del síndrome psíquico que padece Luisa Isabel [trastorno límite de personalidad] es la intolerancia a estar sola o a sentirse abandonada por las personas de las que depende afectivamente; en el caso de la joven soberana ocurre al fallecer su padre en Francia. En situaciones de orfandad emocional estos enfermos se precipitan a vengarse, a cometer actos destructivos y a sentirse en permanente confusión consigo mismos; exhiben verdaderas dificultades para controlarse.

En líneas generales, estos pacientes desconocen los límites; por ejemplo, Luisa Isabel es sorprendida en repetidas ocasiones con tres de sus camaristas, todas desnudas, embebidas en un juego conocido con el grosero nombre de broche-au-cul, lo cual significa, en una traducción libre, «palo en el culo». La distracción en discordia consiste en agredirse con un bastón, teniendo las manos y los pies atados, hasta hacer rodar al contrincante y reírse luego con lo complicado que le resulta recuperar de nuevo la verticalidad. Los testigos han de taparse el rostro para no ver las partes pudendas de la reina revolcándose por el pavimento junto a las de otras tres individuas de hechura parecida. (...)

 
Retrato del rey Luis I de España (1707-1724).


Sin embargo, en sus vaivenes emocionales drásticos, Luisa Isabel pasa de la afrenta a un pavoroso arrepentimiento, con terribles sentimientos de culpa y lesión a su autoimagen; se ve malvada o profundamente desgraciada, en especial cuando vislumbra la amenaza del abandono; en momentos así se aferra a quien la regaña, estableciendo una relación de sumisión y compulsiva dependencia. Por ejemplo, el día en que el rey Luis la reprende severamente «haciéndole leer una lista escrita de todas sus excentricidades y anunciando que su paciencia se había agotado», ella inmediatamente se hinca de rodillas y suplica perdón y ayuda. Jura un propósito de enmienda, asegura que a partir de ese momento será una buena reina. (...) Pero como todos los que padecen su mismo trastorno, la reina no es consciente de lo que hace ni por qué lo hace, no controla las consecuencias de sus actos, lo único que sabe es que no puede evitar transgredir permanentemente las reglas. En el aseo personal, en la higiene alimenticia o en el decoro al vestirse encuentra campos disponibles para sus misiles personales. Igual que le sucediese a su padre, aunque por razones distintas, Luisa Isabel se echa en los brazos del escándalo. De este modo los españoles ven a su soberana salir al pasillo en camisón y atravesar a galope corredores y jardines llevando solamente una camisa de fina tela que deja entrever sus formas.




UNA FINA ENAGUA


Se presenta ante toda la corte sucia y maloliente, se niega a utilizar ropa interior e intenta provocar al personal exponiendo sus partes vergonzantes de un modo sibilino. Una de las anécdotas que más ceban su maltrecha fama ocurre en el jardín de palacio. La Reina lleva puesta nada más que una fina enagua cuando, de pronto, se le ocurre encaramarse en lo alto de una escalera de mano que apoya sobre el tronco de un manzano. Desde allí arriba pide socorro a grandes voces. Uno de los mayordomos acude en su auxilio, encontrándose de bruces con las posaderas de su majestad. El mariscal de Tessé manda un informe detallado a Francia: «Estaba subida en lo alto de una escalera y nos mostraba su trasero, por no decir otra cosa. Creyó caerse y pidió ayuda; Magny [el mayordomo] la ayudó a bajar delante de todas las damas, pero, a menos de estar ciego, es evidente que vio lo que no buscaba ver y que ella tiene por costumbre mostrar libremente».

Como es habitual en estos enfermos, ella también oscila de un extremo a otro en sus relaciones interpersonales, incluso varias veces al día, pasando de la euforia a la depresión, de la credulidad a la desconfianza paranoide, del amor al odio, del apego al desdén. Los espías franceses cuentan que el matrimonio se las apaña bien a veces: «Nuestro amor aumenta de día en día y yo procuro satisfacerla», escribe el candoroso príncipe, pero simultáneamente y sin aviso previo se matan entre sí. (...)

Es habitual en los enfermos como Luisa Isabel la adicción a sustancias que alteran la conciencia. La reina de España se niega a tocar la comida en la mesa, pero luego se esconde y engulle de modo compulsivo todo lo que encuentra a mano, sea o no comestible. Riega su bulimia con vino, cerveza y aguardiente, modificadores del estado anímico a los que se vincula casi a diario. El personal de palacio se ha acostumbrado a verla borracha y tiene orden de vigilar de cerca lo que ingiere; se registra que, en una única sentada, engulle un potaje con guarnición y su caldo, dos clases de carne de cuatro libras cada una, dos huevos frescos, dos platos de asado con su correspondiente ensalada y, como colofón, se zampa cuatro clases de dulces. Por todos lados llueven los comentarios: «Se ha llenado de rábanos y de ensalada con vinagre, que no sé cómo no revienta, pero por comer se pierde tanto que hasta come el lacre de los sobres», declara el marqués de Santa Cruz a Felipe V.

La vorágine psicológica en la que Luisa Isabel se halla inmersa se agrava en semanas. Nadie a su alrededor sabe ayudarla; todo el mundo la observa, cuchichea o se ríe de ella. Las murmuraciones circulan con anécdotas picantes, cada día se presenta con una fechoría más grave aún que la anterior. A la desnudez en público se suma, de la noche a la mañana, una nueva y extraña obsesión por la limpieza; la Corte ve a su soberana afanarse en el lavado de pañuelos, cristales, baldosas, azulejos y tejidos de toda índole. La comezón limpiadora la empuja a pedir una bañera en la que pasa dos horas frotando ropa con manchas inexistentes.(...)

El punto álgido de su desequilibrio mental tiene lugar en una recepción pública. Los súbditos allí presentes ven atónitos cómo la soberana se desnuda, agarra su vestido y se afana en limpiar con él los cristales del salón. El bochorno es general y la chismografía vuela por los pasillos y atraviesa los jardines; ya nadie tiene duda de que la soberana de España ha perdido el juicio. El rey Luis, destrozado, escribe a su padre: «De suerte que no veo otro remedio que encerrarla lo más pronto posible, pues su desarreglo va en aumento».

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