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jueves, 19 de junio de 2014

ACTUALIDAD: La proclamación del rey Felipe VI




La mañana del jueves 19 de junio 2014, aconteció en Madrid la más deslucida y tétrica de las celebraciones que se han presenciado jamás desde hace mucho, mucho tiempo: la coronación del nuevo Rey de España, Don Felipe VI.

Tras la formal ceremonia de abdicación del impopular rey Juan-Carlos I, que tuvo lugar en palacio el miércoles 18 de junio, Madrid se engalanaba para 'festejar' el ascenso del hasta entonces Príncipe de Asturias de 46 años, Don Felipe de Borbón y Grecia, hasta el solio real. Aparte del engalanamiento de la endeudadísima capital del reino, obra de la no electa alcaldesa Ana Botella, la Delegada del Gobierno plantaba estratégicamente por todo el recorrido de la comitiva real 7.000 policías y 120 francotiradores en los tejados que rodean la Carrera de San Jerónimo. Por otro lado, se prohibía tajantemente cualquier bandera que no fuera la 'rojigualda' y se exhortaba a aquellos súbditos que lucían en sus balcones la tricolor republicana a que las retirasen. También se prohibía cualquier manifestación disonante y, por supuesto, concentraciones que no fueran aquellas destinadas a vitorear a los flamantes monarcas a su paso desde El Pardo hasta el Palacio del Congreso de los Diputados. En consecuencia, habían más cuerpos policiales en las calles que público dispuesto a gritar 'Viva el Rey'.



La impresionante imagen de la comitiva real recorriendo su camino en medio de un gran despliegue policial, pasando por avenidas desiertas, no presupone un buen augurio para Felipe VI y su consorte. Escasos transeúntes, más escasos aún los vítores. Seis personas retenidas por gritar 'Viva la República', y tres detenidas por enarbolar la bandera tricolor. Hasta los que llevan un 'pin' con la tricolor son interpelados por las Fuerzas de Seguridad y obligados a quitárselo. La policía ha ido hasta entrar en la redacción de un periódico para obligarles a retirar la bandera republicana. A esa Madrid amordazada y en estado de sitio, solo le faltaba el toque de queda, un cubrefuego.




Solo bajo la bóveda del hemiciclo de las Cortes se han dejado oír los aplausos de aquella casta política, satisfecha de sus exacciones, atropellos y mangoneos, arquitecta de reales decretos y leyes 'express' para agilizar en 24 horas la sucesión real y ensordecer el clamor popular contra un gobierno y una monarquía desacreditadas por sus múltiples escándalos financieros. La ceremoniosa proclamación del rey Felipe VI, calcada sobre la de su padre y predecesor, terminaba con un discurso real ajado y anaftalinado.



Tétrica puesta en escena para una monarquía que ya no goza del favor del pueblo. Apenas un puñado de cien borregos reunidos en la Plaza de Oriente, para hacerle el juego a un rey salido al balcón del Palacio Real para saludar la vacuidad. Justo pago a una Corona que vive de espaldas al pueblo, ilícitamente enriquecida, rodeada de una 'corte' de privilegiados y ajena a su realidad, a su penuria.

Más que una coronación, en Madrid se ha celebrado un funeral. El funeral de un régimen odiado y periclitado.

 


martes, 3 de junio de 2014

ABDICACIONES REALES


UNA TRADICIÓN EN LA HISTORIA DE ESPAÑA
DESDE 1556
 
 

El 2 de junio de 2014, a las 10:30 de la mañana, se anunciaba oficialmente y mediante una alocución del Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, y desde La Moncloa, que el rey Juan-Carlos I hacía pública su decisión de abdicar la corona en su hijo y heredero el Príncipe de Asturias, Don Felipe de Borbón y Grecia, de 46 años de edad. El monarca, de 76 años, renunciaba "por motivos de salud" -entre otros- y para dar paso a un cambio generacional al frente de la más alta institución del Estado, en un momento en que, sea dicho de paso y que no escapa a nadie, la monarquía española registra su más baja cota de popularidad.

En cualquier caso y aparte del 'falso' efecto sorpresa, que ya se andaba planeando en La Zarzuela desde enero, pero que se retrasó (?) para no perjudicar al partido en el poder de cara a las elecciones europeas del 25 de mayo, la 'inesperada' abdicación del Rey no es una novedad en la cronología de sus predecesores en el trono. Sí lo es para una Constitución como la actual (1978), en la que ningún artículo contempla semejante decisión por parte del Jefe del Estado ni regula su situación posterior a la renuncia formal.



El primer monarca castellano que abdicó la corona de los reinos hispánicos en su hijo, fue el segundo representante de la dinastía de Austria: Carlos I (1500-1558), también Emperador Romano Germánico con el ordinal de Carlos V. Su primera renuncia en su hijo y heredero Felipe II, fue el 24 de julio de 1554, fecha en la que le cedió la corona de Nápoles. El 25 de octubre de 1555, también renunciaba al título de Duque de Borgoña. Finalmente, el 16 de enero de 1556, abdicaba en Felipe II la Corona de las Españas, de las Indias, de Sicilia y de Cerdeña. Dicen que, al poco de su abdicación, se arrepintió. Su último acto de renuncia fue el 24 de febrero de 1558, cuando abandonaba la corona imperial en favor de su hermano el Archiduque Fernando. Fallecía finalmente el 21 de septiembre del mismo año, en su retiro de Yuste.

Después de Carlos I, ningún monarca de la Casa de Austria abdica. En el caso del rey Felipe IV, biznieto del rey-emperador y quinto representante de la dinastía, se registra el año de 1640 como el "Annus Horribilis" de la monarquía castellana; Portugal se independiza al tiempo que otros reinos ligados a la persona de Felipe IV se alzan en armas contra el autoritarismo del valido Conde-Duque de Olivares y su política recaudatoria. Los Países-Bajos, Cataluña, Aragón y Andalucía se sublevan contra el centralismo castellano. A punto estuvo entonces de producirse la desintegración de la Monarquía Hispánica y su confederación de reinos. El mismo año, Cataluña rompía con Madrid y ofrecía la corona de Conde de Barcelona al rey Luis XIII de Francia.



Al alba del siglo XVIII, y con la implantación de la nueva dinastía en Madrid con el rey Felipe V (1683-1746), el reino de las Españas verá cómo el primer Borbón abdica en su primogénito Luis I, después de apenas 24 años de reinado (10 de enero de 1724). Pero el reinado del joven e inexperto rey Luis I no rebasa los 229 días, y dada la juventud del Infante Fernando, Felipe V vuelve a asumir la corona no sin varios intentos de volver a renunciar; intentos que fueron cortados de raíz por su segunda consorte Isabel de Parma.

Tras la muerte sin herederos del rey Fernando VI, se opera el polémico traspaso de la corona a su medio-hermano Carlos III -entonces rey de Nápoles y de Sicilia con el ordinal de Carlos VII-, en detrimento del Infante Felipe, Duque de Parma, en 1759.



Será con el rey Carlos IV (1748-1819), quinto representante de la dinastía Borbón, cuando se produce la tercera abdicación. Ésta sería fruto del motín de Aranjuez en 1808. La fuerte impopularidad del valido de los reyes, avivada por los partidarios del entonces Príncipe de Asturias (fernandistas), obligarán a Carlos IV a renunciar en favor de su hijo Fernando VII el 19 de marzo de 1808, tras la detención de su "querido" Manuel de Godoy.

En el curso de la famosa ''Entrevista de Bayona'', en la que Carlos IV, Maria-Luisa y Fernando VII se encuentran con Napoleón I, el emperador de los Franceses obligará a Fernando a abdicar la corona y devolverla a su padre el 6 de mayo, desconociendo que Carlos IV ya había pactado de antemano con el emperador la cesión de sus derechos dinásticos. Fruto de esa repulsiva tragicomedia de renuncias que dice poco a favor de padre e hijo, la corona cayó en manos de Napoleón y éste la otorgó a su hermano José Bonaparte.



Los ex reyes fueron retenidos en Francia hasta la caída de Napoleón. En diciembre de 1813, regresaba como rey de España Fernando VII (1784-1833) a Madrid, mientras que sus padres se retiraban a Roma. El conocido como "Rey Felón" fue, sin embargo, destituido por el Consejo de Regencia en 1823 y repuesto a la fuerza en el trono por las tropas francesas de Luis XVIII, que acudieron a socorrerle.



La quinta abdicación sería protagonizada por la hija de Fernando, Isabel II (1830-1904), aunque con retraso. Expulsada de España por la Revolución de 1868, y exiliada en París, Isabel II no renunció a la corona hasta el 25 de junio de 1870, en favor de su joven hijo el futuro Alfonso XII, preparándose entre bambalinas la restauración de los Borbones gracias a un golpe militar.



La sexta abdicación corresponde al rey electo Amadeo I de Saboya (1845-1890), que en 1870 aceptó ceñir la corona española, ofrecida por el general Prim. La caótica situación política del país, llevaría a Amadeo a renunciar el 11 de febrero de 1873, proclamándose automáticamente la Iª República.



El caso del rey Alfonso XIII (1886-1941), cuyo reinado se interrumpió abruptamente el 14 de abril de 1931, con la proclamación de la IIª República, es un caso de renuncia que no de abdicación. Considerándose heredero y transmisor de los derechos dinásticos de sus antecesores, y que no podía disponer de ellos a su antojo, Alfonso XIII no quiso abdicar jamás de sus prerrogativas reales; solo optó por exiliarse, muriendo 10 años después en Roma, tras perder todas las esperanzas de regresar a España de la mano del General Franco.



En pretendiente al trono de España se convirtió el tercer hijo varón de Alfonso XIII, el Infante Don Juan (1913-1993), en 1941 y usando el título real de Conde de Barcelona. Pero las circunstancias nunca fueron propicias para que él se convirtiera en el restaurador de la monarquía en España. Su hijo Juan-Carlos I, confiado desde niño al dictador Franco, se convirtió en el nuevo rey en noviembre de 1975, pasando por encima de sus derechos legítimos y, ante los hechos consumados, Don Juan no tuvo más remedio que renunciar en favor de éste el 14 de mayo de 1977.

jueves, 19 de mayo de 2011

ALEJANDRO I DE RUSIA, el Zar vagabundo

¿UN ZAR VAGABUNDO?

Retrato del Zar Alejandro I Pavlovich (1777-1825), Emperador de Rusia entre 1801 y 1825.



antecedentes

A la muerte del emperador y zar Alejandro I, Rusia llora al vencedor de Napoleón I Bonaparte. Sin embargo, nadie puede dar un testimonio certero sobre la identidad del cadáver presentado como el del monarca ruso. Corre el rumor de que Alejandro I no murió. Diez años más tarde, un extraño vagabundo llamado Feodor Kusmich recorre las llanuras de Siberia...


Retrato del Zarevich Alejandro Pavlovich en su época juvenil, según Lampi.

El drama de Alejandro I empieza una noche de marzo de 1801. Joven zarevich, Alejandro acepta participar en un complot contra su padre, el impopular y detestado emperador Pablo I. Los conjurados, -el propio Estado Mayor de Pablo I- prometen al joven príncipe heredero exiliar al soberano depuesto a un retiro apacible. Pero no cumplen lo prometido y, del 23 al 24 de marzo, se lleva a cabo una verdadera carnicería en los aposentos del emperador: le hunden la tráquea a golpes con un pisapapeles de malaquita, y pisotean su cuerpo hasta darle muerte. La escalofriante escena se produce de noche en el Palacio-fortaleza de San-Miguel, en las inmediaciones de San-Petersburgo. Cuando Alejandro I se entera, es demasiado tarde. Él no deseaba la muerte de su padre, pero se siente principalmente responsable del trágico desenlace.



De naturaleza muy creyente, casi místico, un sentimiento de culpa y un profundo arrepentimiento por lo sucedido lo acompañarán durante el resto de su vida.

el zar melancólico

Alejandro I es amado por el pueblo ruso. No es, obviamente, un gran demócrata, pero, tras Catalina II y Pablo I, parece moderado, permitiendo, por ejemplo, a los siervos comprar su libertad.

En 1812 salva a Rusia expulsando las tropas francesas del país. Tres años después de la caída de Napoleón I, se encuentra en el apogeo de su gloria. Viene entonces un período de calma: la melancolía lo carcome, la inacción le pesa; recorre sin cesar su imperio, intentando escapar de sus recuerdos. Es entonces cuando unos misteriosos personajes, la mística Baronesa de Krüdener y el visionario lionés Bergasse, lo convierten al protestantismo metodista. Hace mucho tiempo que Alejandro sueña con abandonar el poder. No deja de repetir a sus más allegados que abdicará antes de cumplir los 50 años de edad. Un año antes de su desaparición, escribe a Federico-Guillermo III de Prusia diciéndole que quiere dejar la corona a su hermano Nicolás y retirarse para vivir como un ermitaño.

¿murió Alejandro en Taganrog?


Retrato del Zar-Emperador Alejandro I Pavlovich de Rusia, realizado en 1820.

El 16 de noviembre de 1825, Alejandro I llega a su castillo de Taganrog, en las costas del Mar de Azov. Acaba de cumplir 50 años. Quince días más tarde anuncian su muerte. Oficialmente, el emperador murió de un ataque de fiebre de paludismo. Numerosos documentos lo atestiguan, pero lamentablemente son poco fiables: analizados más detenidamente, los relatos de los testigos de la muerte de Alejandro son contradictorios.



El informe de la autopsia lleva las firmas de médicos que confesaron no haber estado en Taganrog ese día: se trata a todas luces de un documento falso. Por lo demás, las conclusiones de este mencionado documento están en clara contradicción con lo que se sabe de Alejandro I: ninguna mención de hipertrofia del bazo, síntoma evidente del paludismo; la descripción de una cicatriz en la pierna derecha, cuando se trataba de la izquierda; rastros de una lesión encefálica, secuela de una sífilis que Alejandro jamás padeció.

Según la costumbre, el cadáver es expuesto varios días en público. En la iglesia de Taganrog, los visitantes se quedan sorprendidos: la cara del soberano está irreconocible, casi descompuesta. El Príncipe Volkonsky, encargado de los restos, escribe:

"...la cara está ennegrecida por el aire húmedo y los rasgos del difunto están completamente alterados..."

Finalmente, cuando, 40 años después de la muerte del emperador, su sobrino-nieto Alejandro III hace abrir la tumba para terminar con los rumores, ¡sólo encuentra un ataúd vacío!

el extraño starets de Krasnoretchensk


Retrato del starets Feodor Kusmich.

Once años después de la muerte del zar y emperador, en el otoño de 1836, un sorprendente personaje de unos 60 años es apresado en la provincia de Perm. Este caballero de ademanes nobles se presenta como un vagabundo llamado Feodor Kusmich, de vuelta de un largo viaje por Tierra Santa. Los policías quedan sorprendidos por su soltura y sus aires de gran señor. Pero, conforme a las leyes en contra de la vagancia, el prisionero es deportado a Siberia. Éste no protesta. Durante largos años trabaja en una destilería y después en una mina de oro. Pero Kusmich no es un hombre ordinario. Brota de él una nobleza moral sólo igualada por su piedad y, poco a poco, llega a ser considerado como un starets, un hombre santo.

Instalado en una pequeña casa en Krasnoretchensk, Feodor Kusmich no pide nada. Sin embargo, numerosos visitantes, como el obispo de Irkutsk, vienen a entrevistarse con él. El hombre les sorprende: habla varios idiomas extranjeros, conoce perfectamente todos los acontecimientos políticos y a todos los grandes dirigentes, y se apasiona cuando cuenta, con increíble precisión, la guerra de 1812 y los detalles de la entrada triunfal del emperador Alejandro I en París. Todos los testimonios concuerdan: sólo se puede tratar de una persona que haya vivido esos acontecimientos desde una alta posición en el Estado. Un antiguo soldado de regreso de una campaña, cruzándose un día con el hombre santo (al que no conoce), se arrodilla frente a él: ha reconocido a su amo, al emperador Alejandro I de Rusia. Feodor Kusmich se enoja y hace callar al soldado, repitiendo varias veces:

-"Yo soy sólo un vagabundo!"

A partir del incidente, los historiadores indagan sobre la verdadera identitad del starets. Algunos documentos prueban que el vagabundo recibió en secreto la visita de varios miembros de la Familia Imperial; no es, pues, imposible que Feodor Kusmich y Alejandro I de Rusia sean el mismo hombre.

Monarcas que renunciaron al poder:

Retrato ecuestre del rey Felipe V de España (1683-1746), según J.B. Van Loo.


*_Alejandro I es un caso sin paralelo. Sería el único soberano conocido en haber simulado su propia muerte para dejar el poder y sumirse en el más absoluto anonimato. Podemos encontrar en cambio cierto número de casos de abdicación, cuya frecuencia varía según la época, la cultura y el país. Así, en España, durante mucho tiempo fue normal que llegada cierta edad el soberano abdicara la corona en favor de su primogénito; dicho retiro fue asumido en primer lugar por Carlos I y luego por Felipe V, que deja el poder a su hijo Luis I en 1724. Sin embargo, debe volver a subir al trono ocho meses después, tras la muerte prematura de Luis I, reinando hasta 1746, es decir, 22 años después de su abdicación. Sus descendientes, Carlos IV y Fernando VII, también abdican en 1808.


Retrato del rey Pedro IV de Portugal (1798-1834), Emperador de Brasil como Pedro I.

*_Un rey abdicó dos veces: Pedro IV de Portugal. Hijo del rey Juan VI, Pedro escapa a Brasil cuando los franceses invaden Portugal en 1807. Cuando su padre vuelve a Portugal en 1821, rehúsa acompañarlo, y se hace proclamar emperador de Brasil bajo el nombre de Pedro I. Pero a la muerte de Juan VI, en 1826, es designado por el Consejo de Regencia como legítimo rey de Portugal con el ordinal de "Pedro IV". Vuelve a Lisboa sólo para modificar las instituciones y abdicar la corona en favor de su hija María II. Poco después, el trono es usurpado por el regente Don Miguel. En 1834, Pedro abdica una segunda vez en Brasil, en favor de su hijo, y vuelve a Portugal para restablecer en el trono luso a María II.


Retrato del rey Carlos X de Francia y de Navarra (1757-1836).

*_En Francia, ningún soberano abdica la corona antes de Carlos X, en 1830. El hermano menor de Luis XVI y de Luis XVIII abandona el poder después de la sublevación de París; Luis-Felipe I hará lo mismo en 1848. Napoleón III abdicará en 1870, siendo el último monarca francés.


Retrato del rey Eduardo VIII de Gran-Bretaña e Irlanda (1894-1972), Duque de Windsor a partir de 1936.

Durante el siglo XX, en otros países, distintos monarcas deben renunciar a su cargo bajo presiones políticas: el zar Nicolás II en 1917, el emperador Guillermo II en 1918, el rey Víctor-Manuel III de Italia en 1946, así como su sucesor Humberto II. El caso de Eduardo VIII de Gran-Bretaña es el más emocionante y controvertido: abdica oficialmente por "amor" en 1936, sin embargo, se ha sabido recientemente que el Gobierno Británico forzó su renuncia por ser un adepto de la ideología nazi y admirador de Hitler.