lunes, 28 de octubre de 2019

ACTUALIDAD: Demo ... ¿Qué?


ESPAÑA ES UNA DEMO … ¿QUÉ?




“España es una democracia consolidada”. Ése es el mantra que se repite una y otra vez desde La Moncloa y desde las sedes del PP, PSOE y C’s, y hasta se publicita insistentemente desde España Global, el nuevo juguete de propaganda goebbeliana en manos de un arrogante, peligroso a la par que senil Borrell, secundado por una fanatizada arpía salida de UPyD. Dime de qué presumes y te diré de qué careces, reza el sabio dicho. Daría risa si no fuera que resulta tristemente desolador. Lo grave es que lo dicen y lo repiten hasta la saciedad, cual pandilla de zombis, sin estallar en carcajadas. Solo se ríen en “petit comité”. A puerta cerrada. Lo peor es que se lo creen, o no. Digamos que los de “arriba” no, pero los de “abajo” sí. Cinismo no les falta. Les sobra. Cretinez también. Hasta provoca helor en el alma oír a estos mentirosos compulsivos.

¿De qué tipo de democracia hablan esos mediocres aprendices de políticos?¿De qué clase de democracia puede presumir un país en cuya trayectoria se amontonan golpes de Estado, alzamientos militares y dictaduras desde su constitución en 1812? Con un decepcionante ministro del Interior español como el encubridor de torturadores Grande-Marlaska que, traicionándose a sí mismo y sin caérsele la cara de vergüenza, afirma que “sólo el Estado tiene el monopolio de la violencia”, o con una vicepresidenta del gobierno como Carmen Calvo que cumula tantas declaraciones contradictorias en su repertorio de alambicadas contestaciones a la prensa sobre derechos y libertades que, ya a estas alturas, ha quedado como una auténtica indocumentada. Para muestra, dos botones a las órdenes de un inepto majadero en funciones, irresponsable y sofista poltronero de triste figura que se esconde tras la bandera españolista para no afrontar sus desastres, deshonor, atropellos y fracasos.

En qué consiste un régimen democrático, cómo observarlo y cómo aplicarlo correctamente, tampoco se encuentra a nadie del panorama político-intelectual castizo capaz de ilustrarlo sin caer en un ridículo jacobinismo centralizador e integracionista a la francesa inaplicable en un país plagado de particularidades idiomático-culturales ancestrales. Hay un par o tres de salvedades. Un Vestrynge, un García-Trevijano o un Cotarelo. Éstos han viajado, leído y culturizado. El resto es ralea cobarde que, por miedo o estrechez de miras, hacen de eco propagandístico, siguiendo la corriente de la prensa nacional españolista que no se ruboriza a la hora de mentir, tapar y manipular a su antojo cualquier noticia en telediarios y tertulias deleznables. España no es Francia, ni viceversa, por muchas ganas tengan de que así sea. Spain is different es una frase que lo dice todo de un país relativamente joven en una vieja Europa que supo hacerse un lifting en la segunda mitad del siglo XX.

Un país cuyo estado niega el acceso de sus archivos históricos a historiadores extranjeros, ni los desclasifica, carece totalmente de higiene. Apesta.

Un país donde hay “Jueces para la democracia”, ¿qué está contando sobre la calidad de su justicia?¿Que hay “jueces para la dictadura”? Asusta.

Un gobierno que permite, incluso protege de tapadillo la apología del franquismo, fundaciones y partidos que la promueven, ¿qué deja entender a sus vecinos? Atufa.

Y ¿qué dice de ella misma su monarquía?

Diez monarquías hay en Europa. Nueve de ellas han sabido o conseguido, con fortuna e inteligencia, sobrevivir a todo tipo de contratiempos que, para otras, significaron su hundimiento y merecida desaparición. La décima, española, la echaron en 3 ocasiones: en 1808, 1868 y 1931. Y en 3 ocasiones volvieron: en 1814, 1874 y 1975. La primera y la tercera por imposición, la segunda por un golpe militar. Nunca al abrigo de un referéndum, pero sí de la mano de un dictador. Los seis fueron Borbones, lo que da a entender que esta dinastía tiene un verdadero problema crónico a la hora de encarar acertadamente su papel institucional. Nunca supieron cual era su sitio ni cuales sus limitaciones. Los Borbones siempre confundieron la velocidad con el tocino, churras con merinos. Todo el campo no es orégano, pero para ellos sí. Éste es el problema que se perpetúa cíclicamente, amén de la pronunciada alergia hereditaria a todo lo que suena a democracia y laicismo. Mandan, manosean y ordenan en todo aunque éticamente no les toque hacerlo. Las lecciones de sus tres exilios no les han enseñado nada. No han retenido nada. Excepto la avaricia y el enriquecimiento ilícito “porque de este país…” no se fía. Para qué decir más.



ACTUALIDAD: NO AL DIÁLOGO


NO HAY DIÁLOGO CON TORRA



Solo los más cegados pueden creer aún que la violencia resolverá la crisis del Estado. Pedro Sánchez, con la inconsciencia a que le lleva una fatídica combinación de arrogancia y falta de inteligencia, reclama al presidente Torra que condene la violencia, cosa que Torra siempre ha hecho. De manera notoria, en el discurso pronunciado en Stanford por invitación del Martin Luther King Jr. Institute. De discursos como éstos y en una institución tan simbólica por los valores que el presidente español presume liderar, Sánchez no ha hecho ninguno y parece ser que no le llueven invitaciones para hacerlos. Para el presidente español no se trata de un formulismo institucional, que Torra ha satisfecho con la convicción del que nunca ha sido violento. Eso Sánchez no lo da por bueno, porque lo que pretende es una auto-inculpación que Torra no le puede conceder. Y no puede, porque ni él ni nadie de su gobierno, ni ninguno de los votantes que le eligieron, ni la inmensa mayoría del independentismo no han hecho jamás profesión de violencia teórica ni práctica. Torra, y con él la gran base social del independentismo, adoptaron tempranamente un modelo de activismo inspirado en Gandhi y en Martin Luther King, y una estrategia de desobediencia civil inscrita con letras de oro en los anales de la democracia. Durante décadas, el texto de Henry David Thoreau ha sido el referente para los escolares norteamericanos, que han aprendido que desobedecer leyes injustas es un deber para las personas decentes.

Es Sánchez quien, como jefe del gobierno del Estado, dispone de las herramientas de la violencia y las aplica en sustitución de la política. Cuando von Clausewitz decía que la guerra es la continuación de la política por otros medios, quería decir que no puede ser una finalidad en ella misma. Cuando se confunde la esencia instrumental y se desplazan los objetivos políticos, se pone el Estado a merced de la suerte o de la desgracia. Habiendo pasado en poco tiempo de rechazar la violencia policial a aplicarla sin miramientos, Sánchez se expone con esa falta de consistencia a ser víctima de un acontecimiento aleatorio. Cuando instruyó a la abogada del Estado Rosa María Seoane para que defendiera el delito de sedición para los presos políticos, Sánchez apostaba su carrera a una carta muy azarosa, con el mismo espíritu ludópata con el que decidió convocar elecciones antes que formar un gobierno de izquierdas apuntalado por el independentismo catalán.

La evidencia indica que Sánchez ha perdido el norte. Ni él ni el desarbolado socialismo español no tienen siquiera alguna posibilidad sino que tampoco intención alguna de reconducir el Estado al marco democrático del cual se salió hace tiempo. Ya no hablamos ni de recuperar los principios que el socialismo se ha ido despojando por el camino para flotar electoralmente hasta acabar como una cáscara vacía a merced de cualquier galerna. Según Hanna Arendt, la acción violenta se gobierna por la categoría “fines y medios”. Esto quiere decir que el fin siempre tiene el riesgo de verse sobrepasado por los medios que justifica. Puesto que el desenlace de la acción jamás es del todo previsible, los medios empleados para conseguir un objetivo político acostumbran a ser más importantes para el futuro que no el objetivo en sí.

Para el devenir del Estado español, la violencia de estos días será más determinante que no el objetivo tácito de restablecer la convivencia. La violencia arbitraria y descontrolada de la policía es la que da la talla moral de quienes la ordenan y la cubren con la razón de Estado. Pero, como pasa siempre con la violencia, su irracionalidad intrínseca impide prever sus efectos. A pesar del aparatoso desequilibrio de poder entre manifestantes desarmados y fuerza pública armada con toda una batería de herramientas para infligir daño, el desenlace no es siempre el esperado. Disponer de un sofisticado instrumental de agresión no garantiza la victoria. Precisamente porque los avances tecnológicos y la inversión en un arsenal represivo dan al Estado una superioridad incontrastable, su fuerza moral decrece en proporción al incremento de la potencia nociva de los medios y en la medida que se ponen en manos de irresponsables.

Hace falta remontarse hasta las postrimerías del franquismo para encontrar la intensidad y la brutalidad de las cargas de estos últimos días. Las pelotas de goma, raras en aquella época, son tan copiosas ahora como las descargas electrónicas en las salas de videojuegos. No importa que en Catalunya estén prohibidas; el ministro del ramo replica que la prohibición no atañe a su policía. Parece ser que, para el ministro del Interior, juez de profesión, la ley no es jurisdiccional sino que se aplica o se deja de aplicar según los colectivos que se muevan por el territorio.

Nada es más instructivo que hacer un viaje en el tiempo. Si se comparan los policías de ahora con los del final de la dictadura, el contraste es favorable a la policía franquista. He visto confrontaciones muy duras entre obreros y “grises”, pero no he visto el desenfreno ni la voluptuosidad con la que la policía española y los Mossos se han explayado estos días contra manifestantes inofensivos. He pasado indemne por medio de un grupo de “grises” que perseguían estudiantes y ninguno hizo el más pequeño gesto de pegarme. Deduzco que los abuelos de los actuales números eran mucho más disciplinados, si no es que eran mejores personas. Puede ser porque muchos de ellos ya no creían en el régimen y acometían la faena sin entusiasmo, porque no es igual servir a un régimen caducado que a otro que da coletazos.

La incertidumbre que la violencia introduce en el embate entre legalidad y legitimidad, entre represión y democracia, eleva el riesgo de un acontecimiento aleatorio, no porque la despleguen unos incontrolados, sino porque ella misma es el principal elemento de descontrol. Una vez descontrolada, ya no es posible trazar el límite. Decía Proudhon: “la fecundidad de lo inesperado excede de lejos la prudencia del estadista”. Esta frase, Sánchez debería de copiarla cien veces con buena letra, y al acabar, volverla a copiar cien veces más, visto que la prudencia no es precisamente su fuerte. Si llega, el acontecimiento fortuito con efectos cataclísmicos para el Estado no vendrá del independentismo, que ha buscado exhaustivamente el acuerdo, sino, como decía Arendt, de aquellos sectores entre los cuales el dicho “no hay ninguna alternativa a la victoria” aún tiene vigencia.

La falta de alternativa, causa de la larga serie de derrotas que ha recibido España los últimos siglos, impele a Sánchez a tratar Catalunya como un país sin derechos y la Generalitat como una institución subalterna, de la cual no emanan obligaciones ni responsabilidades para el Estado. Negándose no tan solo al diálogo, del cual hace ostentación frente a Europa, sino a recibir la llamada de su homólogo catalán, que es, quiera o no, el primer representante del estado en Catalunya, Sánchez hace dejadez de sus funciones, y esto es especialmente grave en medio de la crisis más grande desde que el actual régimen superara la etapa del rodaje.

Con su negligencia, Sánchez destruye la posibilidad de abordar el obligado diálogo entre instituciones. Y lo hace de la manera más estúpida, violentando a Torra, reclamándole que condene la violencia como precio de una comunicación, que sin un cambio de actitud en quien la comanda sería manifiestamente inútil. En Catalunya, hablando estrictamente, no hay más violencia que la que el Estado impone trasladando en ella la plantilla empleada en el País Vasco. De ahí vienen los descerebrados intentos de colgar el cartel de “terrorismo” a un movimiento integralmente pacífico. Sánchez pretende que Torra se responsabilice de la perturbación que el mismo Estado ha planificado infiltrando agentes de su propia policía y del nacionalismo español ultra. Dicho de otra manera: Sánchez exige que Torra cargue con la violencia desencadenada por él mismo en la fatua esperanza de someter por la vía de siempre un territorio que cada día que pasa se aleja más y más deprisa cuanto más irrumpe coactivamente el Estado en la dignidad de la gente. Si no quiere hablar con el presidente Torra, ¿con quién hablará Sánchez? Cuando finalmente se de cuenta que ha de hablar con alguien, ¿a quién encontrará al otro lado de la línea?¿Con quién negociará que represente legítimamente al pueblo de Catalunya?¿Hará volver a Puigdemont como hizo Suárez con Tarradellas?¿Negociará con la ANC?¿Con los CDR?¿O ya no estará a tiempo de negociar con nadie?

Artículo traducido al castellano de Joan Ramon Resina.


martes, 22 de octubre de 2019

EL CASO TARAKANOVA: un crimen de Estado.


LA PRINCESA TARAKANOVA
El Caso Tarakanova o el Crimen de Estado


París, 1772
Turbio asunto el de la Princesa Tarakanova que sacude los cimientos del trono de la emperatriz rusa Catalina II "la Grande" a lo largo de dos años, pero no el único aunque si el menos conocido de todos.
En 1772, aparece en París una hermosa y misteriosa mujer que se presenta entonces en sociedad con el nombre y el título de Aly Emetey, princesa Vladimir. De ella nada se sabe apenas, solo que afirma no haber conocido a sus padres, que fue raptada en Alemania y luego enviada a Persia. Siempre según esta mujer aparecida de la nada, en Ispahan, un príncipe le revela su identidad noble y la convence para que regrese a Europa a fin de conquistar su destino.
Rodeada de personajes sospechosos e intrigantes, lleva una vida extremadamente lujosa en París, Londres y Berlín, lugares donde se encargará de propagar el rumor de que ella es la hija de la difunta emperatriz Elisabeth I Petrovna de Rusia, muerta diez años atrás (en 1762) y de su favorito cosaco con el que se casó en secreto, el conde Alexei Razumovski.
Su hermosura y gran atractivo seducen y conquistan a un gran número de personalidades que acabarán por unirse a su causa, entre ellos el príncipe polaco Oginski y el conde francés de Rochefort-Valcourt, ambos perdidamente enamorados de ésta.
Sorprendentemente, y a causa de un sonado escándalo, la princesa Vladimir abandona Francia para instalarse en Alemania, donde conoce al príncipe de Limburg-Stirum, el cual se enamora y le propone en vano unirse a él en matrimonio. Intrigante o mujer de legítimas razones, su objetivo es nada menos el de pretender abiertamente al trono de todas las Rusias. Afirma con vehemencia que es hija de la difunta emperatriz Elisabeth I Petrovna y del conde cosaco Alexei Razumovski -su esposo morganático desde 1750-, y de cuyo matrimonio habrían nacido dos hijos (niño y niña) según algunos, a los que se les impusieron los títulos de príncipe y princesa de Tarakanov. La emperatriz Elisabeth, supuesta madre de la pretendiente, está muerta desde 1762, y su marido morganático Alexei Razumovski se reunió con ella en 1771... y ella se hace llamar Tarakanova, aunque en verdad adoptó ese título después de hacerse pasar por la señorita Franck o la señorita Scholl. Sea como fuere, la supuesta princesa Tarakanova cuenta con numerosos partidarios prestos a ayudarla por odio a la zarina reinante Catalina II, y tiene la suerte de encontrarse en una situación que le favorece, puesto que desde 1773 un campesino llamado Pugatchev provoca levantamientos populares en las provincias y suscita el entusiasmo de muchas ciudades rusas al pretender ser nada menos que Pedro III, el asesinado esposo de Catalina II. Semejante asunto desestabiliza seriamente el gobierno de la emperatriz y, en ese ambiente de júbilo que rodea el ascenso del impostor, una mujer joven que se declara hija de la zarina Elisabeth tiene todas las posibilidades de ser creída. A contar también con los magnates polacos exiliados desde la partición del reino de Polonia en 1772 que, por legítimos resentimientos, intrigan contra Rusia y ven en la princesa Tarakanova, un excelente medio para destituir a Catalina II, a la cual odian profundamente por gobernar con mano de hierro una parte del territorio polaco. Mejor que urdir un asesinato a través del cual se desacreditarían ante el resto de Europa, optan por apoyar a una pretendiente al trono ruso. Uno de esos magnates polacos, el principe Karol Stanislaw Radziwill, será encargado de entrar en contacto con la Tarakanova...



Las Intrigas, 1774
A principios del año 1774, la supuesta pretendiente Tarakanova se traslada a Venecia, en cuyos aristocráticos salones es tratada como una personalidad de gran importancia, por no decir como si fuera una auténtica zarina rusa.
Desde el principio bien informada sobre la célebre "impostora Tarakanova", Catalina II acaba por perder paciencia ante semejante afrenta y decide hacerla traer a Rusia por cualquier medio. Empezará entonces a anudar, con el conde Alexis Orlov (Aleksei Orlov), los hilos de una trama ingeniosa para que la Tarakanova se meta en la boca del lobo y caiga en sus redes. Orlov es entonces comandante de la flota rusa en el Mediterráneo.
Alexis Orlov se encargará entonces de hacer correr el rumor de que ha caído en desgracia en San Petersburgo. La pretendiente, al oír la noticia y siempre en busca de nuevos y más numerosos apoyos, le envía entonces una misiva donde le relata sus orígenes imperiales...
La princesa Tarakanova ha enviado un correo al conde Orlov, comandante de la Flota Rusa en el Mediterráneo, tras enterarse de que éste ha caído en desgracia en San Petersburgo. En aquella carta, la Tarakanova le relata sus orígenes imperiales y le deja entrever que, si Orlov, persona non grata en Rusia, le ofrece su apoyo (que no es poco, sabiendo la influencia de los hermanos Orlov en San Petersburgo) en sus pretensiones de reclamar su herencia imperial, ella a cambio, le colmará de honores y prebendas. La pretendiente ha caído en la trampa de Orlov y Catalina II, y de una manera tan ingénua que sorprende...
Dado que la flota rusa se encuentra anclada en el puerto de Livorno y la supuesta princesa en Pisa, Orlov le propone que se conozcan. Fijan entonces un lugar neutro para una cita. En el momento del encuentro, el asunto adquiere proporciones de un flechazo recíproco; el conde parece caer rendido ante las hermosas prendas de la pretendiente. Orlov jurará defender y apoyar su causa, ofreciéndole el trono de Catalina II y, ni corto ni perezoso, con el corazón ardiente de pasión por ella, le pide su mano. Sorprendentemente, la Tarakanova parece estar prendida del conde, y accede gustosamente a contraer matrimonio con él, del mismo modo en que da su visto bueno para que la unión se celebre días más tarde en el buque de Orlov, es decir, en territorio ruso. Todo parece ir a pedir de boca... pero, es demasiado bonito para que sea real.
Apenas sube la princesa Tarakanova, vestida de novia con sus mejores galas, a bordo del buque insignia, el encantador y ardiente semblante de enamorado del conde Orlov se torna en una mueca cruel que, con sequedad, ordena que la arresten en nombre de Su Majestad Imperial Catalina II. Apresada por los soldados, es encerrada en un camarote y Orlov, que ya lo tenía todo minuciosamente planeado, ordena levar anclas y fijar rumbo a San Petersburgo.

La prisionera de la Fortaleza de San Pedro y San Pablo
La princesa Tarakanova es llevada pues, hasta la desembocadura del Neva y de allí trasladada en bote, bajo una fuerte escolta, a la fortaleza de San Pedro y San Pablo, erigida en medio del río que divide la capital de los zares desde Pedro I "el Grande", de manos del conde Orlov y siguiendo al dedillo las instrucciones dictadas por la propia emperatriz Catalina.
Encarcelada en una lúgubre celda de la fortaleza de San Petersburgo, Catalina II nombrará al Canciller Imperial, Príncipe Dimitri Galitzin (o Golitsyn), para presidir los interrogatorios de la prisionera, con el fin de sonsacarle toda la verdad. Pero la Tarakanova no hará más que darle la misma versión de los hechos, hechos que siempre sostuvo desde que se declaró hija de la difunta zarina Elisabeth I y del conde Razumovski. Vive en la vana esperanza de que, al final, sus carceleros la liberarán convencidos de su buena fe. Se equivoca. Su obstinación en repetir una y otra vez la misma historia le resultará nefasta. Como los interrogatorios no aportan pruebas concluyentes y no convencen a la emperatriz, ésta ordena que sea encerrada de por vida en la fortaleza. Su confinamiento es casi un emparedamiento: su celda, húmeda y lúgubre, con apenas luz exterior, contribuyen lentamente al empeoramiento de su estado de salud, y se declara la tuberculosis pocos meses después.
Ante tamaña crueldad, el propio Galitzin, conmovido por las horrendas condiciones de la Tarakanova, pide a Catalina II que suavice la pena de la prisionera, dando cuenta de que, si sigue así, morirá. La soberana se negará y la misteriosa princesa Tarakanova muere finalmente el 4 de diciembre de 1775, escupiendo su sangre.
Los diversos informes entregados a Catalina II, en base a los interrogatorios, no harán más que repetir la misma versión, una y otra vez, de la prisionera sobre su verdadera identidad: sostiene ser la hija de Elisabeth I Petrovna. Otros informes, éstos proporcionados por espías, darán otras versiones sobre la Tarakanova: uno afirmando que sería la supuesta hija del dueño de un cabaret de Praga, otro que lo sería de un panadero alemán, e incluso una judía polaca. Ninguna de esas hipótesis parece probable. Como no se puede excluír que los hijos secretos de la fallecida emperatriz Elisabeth con Razumovski, hayan existido, nadie puede hoy día afirmar que la Tarakanova no haya sido quien pretenda ser. Si se diera en efecto el caso, entonces Catalina II habría dejado morir expresamente a la legítima heredera del trono de Pedro I "el Grande".
Siempre quedará la duda...

Yelizaveta Alekseyevna Tarakanova
Yelizaveta o Elisabeth Alekseyevna nació en 1753 y falleció el 4 de diciembre de 1775 en San Petersburgo. Se dio a conocer como pretendiente al trono de Rusia bajo el título de Knyaginya Vladimirskaya (Princesa Vladimir o Vlodomir), y bajo los seudónimos de Fräulein Frank, Fräulein Scholl o Madamoiselle Trémouille dependiendo de su ubicación del momento, como hija del conde Aleksei Grigorievich Razumovski y de Elisabeth I Petrovna Romanova, Emperatriz y Zarina de Rusia, que contrajeron matrimonio secreto en 1742.
Según el testimonio del Conde Waliszewski "...es joven, graciosa y muy bella; tiene los cabellos color ceniza, como Elisabeth (se refiere a la zarina Elisabeth I Petrovna), y los ojos de un color negroazules como los suyos..." . La breve descripción nos da a entender que la princesa es entonces una hermosa joven de cabellos rubio-ceniza y de mirada azul oscura, y que guarda cierto parecido físico con su supuesta progenitora imperial, de rasgos circasianos y veinteañera. Otros testimonios de personas que la conocieron, alabaron su cultura, su educación y sus gustos refinados propios de una persona de alta cuna. Hablaba con soltura el francés, el alemán, y conocía perfectamente el inglés, el italiano, el árabe y la lengua persa, que era mucho más de lo que solían conocer altos personajes contemporáneos.
Su "padrino" en la alta sociedad cosmopolita europea fue un anciano aristócrata, el Barón von Embs, al que la Tarakanova solía presentar como su pariente, sin especificar demasiado el grado. Por medio de ese barón, la supuesta princesa entró en contacto con importantes aristócratas polacos, prusianos, austríacos, italianos y franceses, entre los cuales caben destacar al príncipe Michal Kazimierz Oginski (1728-1800), "jefe" de aquellos magnates polacos exiliados que estaban abiertamente enfrentados a Catalina II de Rusia y a su "criatura", Estanislao II Augusto Poniatowski, rey electo de Polonia gracias a la imposición rusa.
Cuando el Príncipe Karol Stanislaw Radziwill entró en contacto con la princesa Tarakanova, ésta le mostró un documento que suponía acreditar sus orígenes imperiales. Se trataba, según se sabe, del supuesto testamento de Elisabeth I Petrovna, Emperatriz de Rusia, designando como heredera suya a Yelizaveta Alekseyevna, hija nacida de sus esponsales con Razumovski. Testamento que, por cierto, chocaba frontalmente con las disposiciones tomadas con anterioridad sobre la sucesión al trono ruso, en las que se designaba como zarevich a Pedro III de Holstein-Gottorp, sobrino carnal de la soberana y desposado con la princesa von Anhalt-Zerbst, más conocida como Catalina Alekseyevna (Catalina II).
Radziwill, pese a su fama de hombre desengañado y astuto, gran conocedor de las enmarañadas intrigas de todas las grandes cortes europeas, pareció no dudar un solo instante de la buena fe y sinceridad de la supuesta hija de la difunta emperatriz de Todas las Rusias. Como no, Radziwill, igual que Oginski y otros magnates polacos exiliados, creyó ver en aquella mujer un guiño de la Providencia para favorecer la causa polaca anti-rusa. La Tarakanova les proporcionaba el medio para matar dos pájaros de un tiro: intentar derrocar a la usurpadora Catalina II, reivindicando los derechos de la princesa al trono de los Romanov y, por otro lado, destronar al rey impuesto por ésta,  Estanislao II Augusto Poniatowski y proclamar la república aristocrática en Varsovia.

Aleksei Grigorievich Razumovski
Nacido el 17 de marzo de 1709, cerca de Tchernigov y muerto el 6 de julio de 1771, en San Petersburgo, Aleksei Grigorievich Razumovski (o Razumovsky) era un joven pastor, hijo de un humilde granjero cosaco. Empezó cantando en el coro de la iglesia de su localidad, donde fue descubierto por un cortesano de la emperatriz Ana I que estaba de paso en una misión diplomática a Hungría, el coronel Vichnevsky, al que le encantaron sus capacidades vocales y le propuso que se trasladara con él a San Petersburgo. Dado que era guapo y ambicioso, Razumovski no dudó en marcharse con él para ampliar sus horizontes (1731), y fue prontamente colocado en el coro ucraniano de la capilla palatina de San Petersburgo.
Su prestanza, talento y gran belleza física impactarían a la gran-duquesa Elisabeth Petrovna, hija del zar Pedro I "el Grande", quien le daría un puesto en la corte en 1732. Tras la deportación del favorito de Elisabeth, Aleksei Shubin, Razumovski reemplazó a éste en sus funciones de alcoba. Al perder su hermosa voz, fue nombrado para el puesto de intérprete de bandurria en la corte imperial, además de ser el supervisor de las residencias de la gran-duquesa. Durante el periodo de la regencia de Ana Leopoldovna, sería nombrado kammerjunker (ayuda de cámara).
Importante sería el papel desempeñado por Razumovski durante la revolución palaciega del 25 al 26 de noviembre (6-7 de diciembre) de 1741, que elevaría hasta el trono a la gran-duquesa Elisabeth Petrovna con el consiguiente derrocamiento del niño-zar Iván VI y de su madre la regente. Tras el golpe de Estado, Elisabeth I Petrovna le nombraría teniente-general, y el mismo día de su coronación, firmaría su nombramiento de mariscal de la corte imperial. Entre otros honores y prebendas que le llovieron, Razumovski sería armado caballero de las ordenes de San Andrés y de San Alejandro Nevski, y dotado con numerosas fincas señoriales en las cercanías de Moscú principalmente. Todo aquello sirvió, sin duda, para colmar sus ansias de fortuna y honores, y aplacar cualquier ambición política latente.
Según las especulaciones de los historiadores, Razumovski se casaría secretamente con la emperatriz en una iglesia rural de Perovo (hoy localidad que forma parte de Moscú), en otoño de 1742. Dos años más tarde, sería elevado al rango condal por el Emperador del Sacro Santo Imperio Romano y Germánico Carlos VII Alberto de Baviera (Reichsgraf), y hecho conde ruso el mismo año. En 1745-1748-1756, siguieron los sucesivos nombramientos: capitán de la Guardia-de-Corps, teniente-coronel y mariscal de campo (general de brigada).
Durante el reinado de Elisabeth I, Razumovski tendría una posición privilegiada en el seno de la corte pese a la creciente rivalidad del joven conde Ivan Shuvalov, en los últimos años. Sus aposentos en el Palacio de Verano comunicaban directamente con los de Elisabeth I, lo que le otorgaba el privilegio de tener acceso a ella a cualquier hora. Bajo su batuta, la vida de la corte imperial siempre estuvo amenizada con un sinfin de eventos musicales. En 1744, la emperatriz visitaría el pueblo natal de su marido, que convertiría en finca solariega de la familia Razumovski.
Aunque nunca estuvo interesado en los asuntos del Gobierno, Razumovski fue el principal apoyo y valedor del canciller Bestuchev-Rjumin y, a instancias suyas, se restauró el cargo de hetman de Ucrania del cual fue beneficiario su hermano Kyril Razumovski, entonces presidente de la Academia Rusa de Ciencias con solo 18 años de edad.
Antes de fallecer, la emperatriz hizo prometer a su sobrino y sucesor, Pedro III, que no exiliara o deportara a sus favoritos y amigos del momento. Tras expirar Elisabeth I Petrovna, Razumovski renunció a todos sus cargos y se mudó del Palacio de Invierno a su residencia privada del  Palacio Anichkov, regalo de su difunta esposa y soberana, llevando una vida discreta y retirado de la vida social.
Al acceder al poder Catalina II en 1762, tras el destronamiento y posterior asesinato de Pedro III, Razumovski recibió la oferta de ésta de verse titulado "Alteza Imperial", distinción que rehusó. Sin embargo, si accedió al requerimiento de Catalina de que destruyera todos los documentos que probasen su unión matrimonial con la emperatriz Elisabeth. ¿Cuales eran las razones de tal requerimiento imperial? y ¿por qué accedió Razumovski a complacerlo?
Razumovski fallecería tranquilamente en su palacio Anichkov el 17 de julio de 1771, recibiendo sepultura en la catedral de la Anunciación de Aleksandro-Nevskaya Lavra.
La cuestión sobre la posteridad habida entre Razumovski y Elisabeth I Petrovna sigue abierta. Actualmente, se sabe que hubieron dos niñas ( y no un niño y una niña) conocidas bajo el nombre de Tarakanova. Una de ellas, Augusta Alekseyevna Tarakanova, se hizo monja y llevó el nombre de Dosifeya, siendo posteriormente sepultada en la cripta familiar de los Romanov, mientras que la otra, Yelizaveta Alekseyevna Tarakanova, sería secuestrada en Livorno por el conde Aleksei Grigorievich Orlov, y encarcelada en San Petersburgo en febrero de 1775.

ACTUALIDAD: Pedro Sánchez y sus 3 graves errores


LOS 3 GRAVES ERRORES DE PEDRO SÁNCHEZ
y su desastrosa visita en Barcelona





La visita, corta, de Pedro Sánchez en Barcelona acabó ayer convertida en un monumental fracaso. La escena del presidente del gobierno español abandonando el hospital de Sant Pau en medio de gritos a favor de los presos políticos, insultos y abucheos, y con un escolta nervioso, sacando el subfusil, es un desastre colosal en cuanto a relaciones públicas e imagen. Las visitas de los primeros ministros siempre tienen una coreografía hecha a consciencia por sus equipos, porque transmiten a los medios la impresión del estado de ánimo del poder. La de ayer, demostró que tienen el ánimo de los derrotados. Están derrotados, desconcertados y nerviosos.

La visita fue una especie de caricatura de los tres grandes errores que el gobierno español acomete desde el viernes: la impotencia a la hora de imponerse en la calle, el desconocimiento total de la realidad catalana como fuente de errores constantes y la reducción de su margen de maniobra, a la que le ha empujado la negativa a hablar con el presidente de la Generalitat.
En primer lugar, está la impotencia a la hora de imponerse. Pedro Sánchez tomó una decisión suicida, indigna de un partido de tradición democrática: someter la ciudadanía a golpes. Pero es que ni siquiera no lo ha conseguido, sino que se ha encontrado con una resistencia tan fuerte que ésta ha inutilizado su plan. La policía se ha visto obligada a retirarse porque no puede ganar la calle. Y en éstas condiciones, todo el plan pasa a ser precario. Tan precario, que los ciudadanos pueden acercarse y abuchearle sin que pueda impedirlo. Sánchez no puede hacer otra cosa más que la de huir de malas maneras, y dejando al descubierto el segundo error: la ignorancia completa de la realidad catalana.
En referencia a esto último, hay una imagen paradigmática. En el momento en que el coche oficial abandona el hospital de Sant Pau, se ve perfectamente como un escolta, con la ventanilla del coche bajada, lleva en las manos un subfusil ametralladora, preparado para responder a un ataque.
Veamos: no es nada insólito que las escoltas de cualquier presidente vayan armados, que lleven, además de pistolas, fusiles o metralletas. Esto entra en aquello que podríamos llamar la sorprendente realidad del día a día de estos cargos políticos. Eso si, es completamente anormal desplegar esa arma dentro del automóvil, con el riesgo de ser fotografiada. Es tan anormal, de hecho, que nadie puede enseñar una imagen como la que se vio ayer. No se vio con ningún presidente del gobierno español. Ni siquiera en casos extremos como en atentados o situaciones de guerra. Entonces, la pregunta es inevitable: ¿acaso las escoltas del gobierno español, ayer, se pensaban que estaban en una de esas circunstancias?¿de verdad?¿tan alejados de la realidad viven?
La situación para Pedro Sánchez, vista así, es extraordinariamente difícil. Pero se complica definitivamente con el tercer gran error, que es rehusar hablar con el presidente de la Generalitat, Quim Torra. En Madrid dicen, para explicarlo, que en el momento en que Sánchez encaje la mano de Torra, acabará de perder las elecciones que él mismo ha convocado irresponsablemente. Pero mientras rehúsa el diálogo, no solo va hundiendo su imagen personal, sino también la de su país. La necesidad de hacer un debate sobre Catalunya estuvo presente ayer en el Parlamento Europeo, y eso a pesar de que se impusiera la férrea disciplina de los grandes partidos. Es cuestión de tiempo. El primer ministro de Eslovenia fue ayer la primera autoridad que se quejó públicamente de todo lo que hace el gobierno español. “TIME”, que aún es la revista más importante del mundo, también publicó ayer un artículo del presidente Carles Puigdemont, en el que exigía diálogo. Es más, la prensa internacional no da crédito a que un presidente de gobierno rehúse el diálogo en unas circunstancias como las que se viven en Catalunya.

Y aún está por venir lo peor. El presidente Torra supone que ha pasado los días más difíciles de su vida pero, desde hace unas cuantas horas, parece haber encontrado su lugar, plantándose en la exigencia de diálogo y frenando los intentos de descarrilar el govern catalán con su sola presencia institucional. Gracias, también, a los errores de Sánchez y de la increíble prensa española y españolista, empeñada en convertirse en un chiste dramático. Pero a Sánchez le espera la peor parte, porque acabará por tener que dialogar, tarde o temprano, y no podrá evitarlo. Y eso, después de la resistencia de estas últimas horas, reforzará al presidente Torra, si no comete nuevos errores y, especialmente, si es capaz de destituir al conseller Buch, le elevará a una posición que el fin de semana parecía descartable.
Sea como sea, el primer ministro español, al final, quedará descalificado porque no se puede discutir que está donde está por culpa de haber jugado con fuego de una manera absolutamente pueril y suicida. Probablemente, también, porque es un indigente intelectual y seguramente porque es una persona sin capacitación para ocupar el puesto que ostenta. Carl von Clausewitz, teórico de la guerra, explicó una vez que los grandes dirigentes tienen dos cualidades indispensables: “un intelecto que, incluso en el peor momento, retiene algunos destellos de la luz interior que lleva a la verdad y la valentía de ser capaz de seguir esa luz, le lleve dónde le lleve”. Y éste, en definitiva, es el problema de Pedro Sánchez: ni intelecto, ni mucho menos valentía.
Barcelona, 22 de octubre 2019.
Traducción al castellano del artículo del periodista Vicent Partal.

viernes, 18 de mayo de 2018

ACTUALIDAD

¡BASTA!

Soy catalana, mi apellido es español y mi abuelo era extremeño. En este vídeo contesto a aquellos que dicen "representarme", a aquellos que se piensan que pueden ir esparciendo odio en mi nombre. YA BASTA DE INSTRUMENTALIZARME.

lunes, 23 de abril de 2018

CURIOSIDADES -210-


"EL REY SANGRIENTO"



Carlos IX de Francia (1550 - 1574), penúltimo monarca de la Casa de Valois-Angulema que ostentó la corona francesa y que pasó la mayor parte de su vida matando bestias y hombres, fue eminentemente violento y extravagante. Larguirucho, delgado sin llegar a enjuto, un poco encorvado, daba la falsa impresión de ser un príncipe enfermizo y de salud delicada, pero su comportamiento extremadamente violento y sus extrañas extravagancias no dejaban de sorprender y aterrar a sus cortesanos.

Cuando volvía de sus cacerías, “deporte” en el que brillaba sobremanera, nada le divertía más que abatir asnos y cerdos lo suficientemente desafortunados como para cruzarse en su camino de regreso a palacio. No lo hacía desde luego por despecho tras una mediocre cacería, sino porque era su entretenimiento favorito, su particular juego. Cerrando la comitiva real, iba un lacayo bien provisto de monedas para indemnizar generosamente a los propietarios de las víctimas.

Cuando desmontaba su caballo, y a pesar de haber pasado muchas horas a lomos de su montura, Carlos iba derechito a la herrería real y, a decir del embajador veneciano Sigismondo Cavalli, se ponía a forjar a golpes sobre el yunque, con la ayuda de un enorme martillo, y durante tres o cuatro horas, ¡una coraza!

En la corte, su comportamiento era igualmente extraño, por no decir alarmante. Un día, decidió llanamente que todos los gentilhombres de su séquito debían llevar un pesado pendiente en una oreja, y su orden así fue transmitida. Enseguida se formó una larga cola de caballeros, incluidos los de más edad, ante las puertas del cirujano del rey, esperando su turno para hacerse perforar el lóbulo. Al día siguiente, Carlos IX anuló la orden y se puso a tirar de las orejas, hasta hacerlas sangrar, de sus desafortunados caballeros que no habían sido informados a tiempo.

En otra ocasión, y computando veinte años de edad, se le vio corretear por pasillos, salones y galerías del palacio del Louvre, la cara embadurnada de hollín y con una silla de montar atada a su espalda.

A medida que ganaba en años, su crueldad y su gusto por la violencia fueron en aumento. Aunque pertenece a la leyenda negra y esa falsa imagen se resista a desaparecer de la memoria colectiva, Carlos IX nunca se puso a disparar a diestro y siniestro desde su ventana sobre hugonotes la terrible noche de San Bartolomé [24 de agosto de 1572], como un vulgar francotirador. Sin embargo, los esbirros/asesinos católicos de la Santa Liga que provocaron la masacre y a los que se les dio carta blanca, sí tuvieron su aval. A fin de cuentas, de sus labios cayó esa horrible recomendación: “Matadlos, pero matadlos a todos, para que no quede ni uno para reprochármelo”.

Es precisamente después de esa macabra orgía de sangre, que duró varios días, cuando el monarca empieza a sufrir alucinaciones, debidamente reseñadas por el cirujano real Ambroise Paré, y que le perseguirán regularmente con “sus horribles y sangrientas caras” (las de sus víctimas, se entiende).

Para huir de ellas, Carlos IX redoblará con sus actividades cinegéticas, cada vez más desordenadas y violentas, cada vez más largas. Su afición al aire libre, le hace contraer fiebres intermitentes. Meses más tarde aparece la tuberculosis, con su cortejo de esputos sanguinolentos y de ahogamientos, amén de sus alucinaciones, que redoblan en frecuencia.

Firmado por Ambroise Paré, su autopsia pone de relieve que “sus pulmones estaban podridos”.

miércoles, 4 de abril de 2018

ARRIBA Y ABAJO: La Servidumbre de las Casas Señoriales


LA JERARQUÍA DE LA DOMESTICIDAD

En tiempos que ya son, afortunadamente, más bien un recuerdo, en que nobles terratenientes y familias pudientes tenían a su servicio a toda una cohorte de criados, a menudo mal pagados y hacinados en las golfas o en armarios, sin horario fijo, sin pagas extras y sin días de descanso (y por descontado sin vacaciones pagadas), a los que se les exigía una conducta impecable, una lealtad y discreción absoluta, éstos se regían por unas normas tan estrictas como implacables, viviendo y trabajando por y para sus señores.

Se levantaban diariamente antes de que despuntara el alba, para poner en marcha la casa: apertura de contraventanas y cortinas, limpieza y reordenamiento de las estancias señoriales, encendido de fogones y chimeneas, preparación del desayuno para llevarlo a la cama o disponerlo en el comedor, recepción de los pedidos para aprovisionar las despensas, se ejecutaban con la misma precisión que la maquinaria de un reloj o, si me apuran, de un cuartel militar e incluso de un hotel, aunque hay siempre algunas diferencias. Las mañanas eran las más laboriosas para todo el servicio de la casa, y se desayunaba, comía, merendaba o cenaba antes o después de que lo hicieran los señores o la familia a cuyo sueldo estaban. El fin de la jornada acababa siempre dependiendo de los señores, si tenían invitados o no, y cuando éstos se decidían a acostarse, la servidumbre fácilmente se acostaba una o dos horas después de recoger y cerrarlo todo. Con decir que la jornada media era de 14 horas, ya nos podemos hacer a la idea. Quizá la única ventaja de trabajar en una gran casa como sirviente, era que tenías un uniforme, techo, cama y comida caliente sin preocuparse de pagar mensualmente un alquiler en un mugriento y angosto alojamiento de obrero de ciudad, y podían ir acumulando su sueldo para asegurarse una jubilación más o menos decente (menos que más), o para montarse un negocio propio llegado el momento oportuno.



Las mejores ilustraciones sobre cómo vivía y trabajaba la domesticidad de una casa señorial o burguesa, las encontramos en películas como “Lo que queda del día”/ “The Remains of The Day” (1989), “Gosford Park” (2001) o en series televisivas de gran éxito como “Arriba y Abajo”/ ”Upstairs, Downstairs” (1971-1975) y la más reciente “Downton Abbey” (2010-2015), curiosamente todas británicas. En ellas se abordan tanto la vida de los señores (los de arriba) como la de sus criados (los de abajo) a finales de la Era Victoriana y principios del siglo XX, con acentos nostálgicos. Otra película recomendable, aunque centrada en la segunda mitad del siglo XVIII, es la de “La locura del rey Jorge” / “The Madness of King George”, que nos muestra a la domesticidad de la casa real británica y sus duras condiciones de vida, vaciando orinales y durmiendo unos encima de otros en armarios empotrados.  
El rey de Francia, por ejemplo, siempre dormía con uno o dos de sus “garçons bleus”* instalados al pie de su cama, a ras de suelo, con la única comodidad de un cojín para descansar la cabeza. Y éstos mismos se encargaban de encender la chimenea de la alcoba antes de que el monarca abriera los ojos. Luego, sigilosamente, y tras abrir cortinas y contraventanas, se acercaba uno al oído del rey y le susurraba suavemente: “Sire, es la hora.”



Otro tema sería abordar la domesticidad en tiempos del Imperio Romano, en que los criados eran esclavos y tratados como una casta de   subhumanos que llegaban incluso a ser juguetes sexuales de sus retorcidos domini, como en la serie televisiva de “Spartacus” (2010-2013), y cuyas existencias no tenían valor alguno, si no fuera por el puñado de denarios** que habían pagado para comprarlos en el mercado.



El número de criados dependía obviamente de la importancia de la casa en la que se les empleaba. Cuanto más grande era, más imponente se esperaba que fuera. En ciertos casos, el número llegaba a ser exagerado y no respondía a otro motivo que el de pretender  impresionar a terceros, y esos casos se encontraban habitualmente en las sonadas embajadas extraordinarias de aristócratas con ínfulas de gran señor en cortes extranjeras. Solo hay que fijarse en las pinturas que conmemoran ese tipo de misiones diplomáticas en los siglos XVII-XVIII, que respondían a la necesidad de impresionar al monarca de turno y a sus súbditos, obviamente, como muestra de la riqueza y magnificencia del soberano o del país que representaba. Que sus conciudadanos malvivieran en la miseria más absoluta, era totalmente irrelevante. Una cosa importante a tener en cuenta: durante el antiguo régimen, el embajador costeaba de su bolsillo sus gastos e incluso se veía a menudo forzado a endeudarse, por lo que era habitual que éstos enviasen cartas pidiendo, al ministro de turno, que le hicieran llegar fondos o reclamando una compensación. Cuando la cosa se ponía fea, financieramente hablando, reclamaban ser relevados y que se les permitiera regresar a casa.



Hoy en día, los jefes de Estado perpetúan esa política de impresionar al contrario desplegando sus misiles con cabezas nucleares, o con desfiles militares tan estrafalarios como dispendiosos. Los ejemplos los encontramos sobretodo en los días de las fuerzas armadas, claramente inspiradas en la antigua Unión Soviética, en la República Popular China o en su homóloga norcoreana. Lo que nos deja claro que, recordando el famoso refrán del “dime de qué presumes”, toda magnificencia artificial esconde una miseria equivalente.

Volviendo al tema de la domesticidad de una casa señorial, existía en ella una clara jerarquización, reflejo de la sociedad de entonces, dirigido como si se tratara de un ejército, donde los rangos y sus roles eran claros y rigurosamente seguidos al pie de la letra. La servidumbre era dirigida por el mayordomo, máxima autoridad de la casa después del señor/señora, quien le dictaba las normas de conducta del personal y lo que esperaba de él en todo momento. El mayordomo, aparte de llevar al equipo masculino que estaba a su mando, conformado por ayudantes de cámara y lacayos, se ocupaba de repartir las tareas diarias asistido y secundado por el ama de llaves, su alter ego femenino (aunque por debajo de él), bajo cuya autoridad se encontraban sobretodo las doncellas encargadas de la limpieza general o de asistir a la señora en la intimidad de sus habitaciones. Por debajo del ama de llaves estaba la cocinera, jefa de su departamento pero dependiente de las directrices de la primera, auxiliada por aprendices y ayudantes de cocina, todas ellas muy jóvenes. Claro está, en tiempos de carrozas y caballos, se disponía de un cochero, secundado por lacayos, que subían a la parte trasera del carruaje, y por palafreneros, encargados éstos del cuidado de las monturas y de sus cuadras. Con la llegada del automóvil y su progresiva generalización, en los albores del siglo XX, el cochero fue reemplazado por un chófer que, además, debía ser un entendido en mecánica para que el vehículo tuviera un óptimo mantenimiento. En ciertas casas, se llegó incluso a tener a disposición varios vehículos, cuyos usos dependían del momento.

No hemos de olvidarnos de los jardineros, sumamente importantes para una finca dotada de jardines. No era extraño que su número alcanzara la docena para ocuparse de los parterres, de las flores, de la poda de los árboles exóticos, de los frutales y de la huerta (que aprovisionaban la cocina en frutas y verduras) o del jardín de invierno, dónde se resguardaban de las heladas invernales a los preciados naranjos enmacetados.

Y por último estaban los guardas, que ocupaban los pabellones de la entrada principal de la finca, y que se encargaban de disuadir a los intrusos, como los ladrones y los cazadores furtivos, con sus rondas diurnas y nocturnas, escopeta al hombro. También se encargaban de la perrera, y asistían al señor cuando salía de caza.



Para que nos hagamos una idea del número de empleados que podía tener una casa señorial, podemos tomar como ejemplo el castillo de Highclere, donde se rodó la serie “Downton Abbey”, y casa solariega de los condes de Carnarvon desde 1679. 
En tiempos del quinto conde, famoso patrocinador del célebre Howard Carter, y en plena Era Eduardiana (1901-1910), Highclere contaba con una sesentena de empleados repartidos dentro del castillo y fuera, en sus dependencias o alrededores. Todo hay que decirlo: si Lord Carnarvon, cubierto de deudas, no se hubiese casado con Almina Victoria Maria Alexandra Wombwell en 1895, que aportaba una más que suculenta dote (500.000,00 libras Esterlinas) y el pago de todas sus deudas por parte de su “suegro”, el banquero y barón Alfred Rothschild, nunca hubiera podido mantener ese tren de vida. Es más, se habría visto forzado en vender Highclere Castle y sus más de cuatrocientas hectáreas para, al menos, salvar las apariencias y vivir con un tren de vida más acorde con sus posibilidades. De ahí que muchos aristócratas europeos con conocidos títulos se lanzasen a la caza de las ricas herederas norteamericanas: para salvar su modo de vida y evitar la dispersión de sus bienes. Otros contemporáneos, no tuvieron la suerte de dar con una hija de la alta burguesía y tuvieron que soltar lastre.



Los rangos y sueldos de la servidumbre de más a menos:

Mayordomo: es el encargado de la organización y óptimo funcionamiento del servicio de la casa y de la administración de los gastos, con autoridad sobre todos los demás criados. También es el que dirige el servicio de la mesa, supervisándola antes y durante, y de servir los vinos, teniendo a su cargo la gestión de la bodega y la guarda de la plata, amén de su mantenimiento y limpieza diaria, que suele delegar en los lacayos. En inglés, el equivalente es “Butler” y en francés “majordome”. Su sueldo era entonces de 40 a 60 libras anuales ($4,300 - $6,400).

Ama de llaves: es la persona que dirige el servicio femenino compuesto por las primeras doncellas y las doncellas ordinarias (equipo de limpieza general), supervisa también el buen funcionamiento de la cocina y de su personal, administra los gastos y gestiona lo que atañe a la despensa y su aprovisionamiento, de la que tiene las llaves (como el mayordomo las tiene de la bodega y del armario del servicio de plata), así como de los armarios roperos y de las habitaciones de la casa, de ahí su nombre. En la cadena de mando, ella es la segunda autoridad después del mayordomo, y es la intermediaria entre la señora de la casa y la cocinera jefe. Su sueldo rondaba las 5 o 10 libras por debajo del de mayordomo ($3,700 - $5,400 anuales).

Cocinera: estaba al mando del equipo de cocinas y la responsable de la preparación de las comidas de la familia de la casa y de los banquetes que se pudieran dar. Su ayudante de cocina (aprendiz) se encargaba de preparar las comidas de la servidumbre. Una cocinera de una casa modesta solía tener un salario de 30 libras anuales ($3,200), mientras que un renombrado “chef” contratado por la familia real percibía unas 300 libras anuales ($32,000).

Primer Ayudante de Cámara: es el encargado de vestir y desvestir al señor, se encarga de su guardarropía y complementos, del mantenimiento de éstos, de preparar sus maletas en caso de viaje y de servirle en lo que se le requiera, incluso acompañarle en sus desplazamientos. Es lo que hoy día conocemos como “asistente personal”. En inglés como en francés, se le denomina “1st. Valet” o “Premier Valet de Chambre”. Es el sirviente masculino mejor pagado después del mayordomo y se le considera como el más privilegiado, por su contacto constante con el señor. Su salario iba de las 20 a 30 libras anuales ($2,100 - $3,200).

Primera Doncella: suele ser la más veterana del equipo de doncellas, encargada de asistir a la señora de la casa o a sus hijas, teniendo el mismo papel que el Primer Ayuda de Cámara. Bajo su responsabilidad recae el cuidado del joyero, de la guardarropía y complementos de su señora. Su sueldo bailaba entre las 20 o 30 libras anuales ($2,100 - $3,200). En inglés es la “Personal Maid”, en francés “Première Femme de Chambre”.

Ayuda de Cámara: es el que asiste al Primer Ayudante de Cámara y le secunda en sus quehaceres. En inglés como en francés correspondería al “Valet”. Su salario rondaba obviamente las 25 libras anuales.

Primer Lacayo: es el primer sirviente encargado de secundar al mayordomo en sus quehaceres y en transmitir, en ocasiones, las órdenes de éste a los que están por debajo de él, a los que también supervisa. Suele ser el más veterano de los lacayos de la casa, el más alto y el más presentable, físicamente hablando. En inglés correspondería al “1st. Footman” o al “Premier Valet de Pied” en francés. Su uniforme es la llamada “librea”, que suele estar confeccionada con los colores heráldicos de su señor, con botones de latón dorado grabados en relieve a las armas de la casa, y pasamanería bordada con coronas y escudos heráldicos. El salario era de 30 libras anuales ($3,200), y solía recibir gratificaciones anuales de 5 a 15 libras extras ($500 - $1,500) si al desempeñar sus tareas satisfacía a los señores.

Lacayo: sirviente ordinario encargado de servir en la mesa, poner y quitarla, equiparable a un aprendiz de camarero de hoy en día. Pero también se ocupa de asistir a los invitados y a los anfitriones de la casa, siguiendo las indicaciones del mayordomo. Por las mañanas, ayudan a las doncellas que suben a limpiar, a desplazar muebles y reordenarlos después de la limpieza, abren y cierran puertas y ventanas, cargan con los baúles y maletas, se ocupan de limpiar el calzado y la plata. Son los “Footmen” o “Lackey” ingleses o “Laquais” y “Valets de Pied” franceses. Revisten la librea de su señor y llevan guantes blancos. El salario de lacayo era de 20 libras ($2,100) anuales.

Doncella: básicamente se encarga de la limpieza diaria y del mantenimiento de la casa, de hacer y cambiar las camas, limpiar y ordenar las habitaciones. Suelen ser jovencitas de pueblo de hogares humildes, solteras y sin compromiso. Su uniforme consiste sobretodo en llevar delantales y cofias blancas, con un vestido largo, oscuro y sobrio. Su salario era el mismo que un lacayo, 20 libras anuales.

Niñera: era la responsable de los cuidados de los bebés y niños de la casa. Por norma, percibía un salario de 10-15 libras anuales ($1,100 - $1,600), dependiendo de la edad y de sus capacidades. En inglés se les llama “Nurse”, palabra también usada para designar a una enfermera.

Aprendiz de Cocina: se encargaba de preparar las comidas para el personal y, de paso, recibía una sólida formación de la cocinera para ser un día su sustituta. El salario era de 15 libras anuales. En inglés es “Under Cook”.

Moza de Cocina: asistían a la cocinera y a su aprendiz en la confección de los menús establecidos. El salario era de 15 libras anuales. En inglés se les llaman “Kitchen Maid”.

Lavaplatos: lo dice el nombre. Se encargaban de lavar los platos, cubiertos, utensilios de cocina, cazuelas y ollas, entre otras cosas. Su salario era de 13 libras ($1,300) anuales. En inglés se les denomina “Scullery Maids”.

Lavanderas: al cargo de lavar y planchar toda la ropa de la casa. Las “Laundry Maids” cobraban lo mismo que una lavaplatos.

Paje: chico joven pre-adolescente, de entre 10 y 16 años, procedente de familia noble o hidalga, empleado temporalmente para formarse en la asistencia y servicio a los reyes y príncipes dentro y fuera de palacio. En las cortes europeas era costumbre que las familias nobles enviasen a sus retoños a servir como pajes del rey, de la reina o del príncipe heredero o de otro miembro de la familia real, más que nada para que fueran “pulidos” y aprendieran a obedecer.  Servían de acompañantes, asistentes, recaderos, incluso para atender en la mesa o en limpiar las armas de su señor y engrasar sus botas de montar. No era común que hubiesen pajes en casas señoriales, a menos que se tratasen de casas principescas o de muy alta posición e importancia social. En las casas señoriales, los chicos de esa edad eran aprendices de lacayo y procedían de casas humildes sin medios para darles una educación. En inglés se les conoce como “Page Boy”, “Tea Boy” o “Room Boy” y “Page” en francés. El sueldo era de 8 a 16 libras anuales ($860 -  $1,700), dependiendo de la edad, altura, apariencia y habilidad.

Primer Palafrenero: era el responsable de los establos o cuadras de la casa, y bajo su mando se encontraban los palafreneros y los chicos de los establos. El “Head Groom” o “Stable Master” percibía entre 30 y 50 libras anuales ($3,100 - $5,300).

Palafrenero: estaba al cuidado de los caballos y del mantenimiento de los complementos, como las sillas de montar, etc. Llamado “Groom” en inglés. El salario era de 15 libras.

Mozo de Cuadras: encargado de la limpieza de las cuadras y de aprovisionar a los caballos con forraje. El “Stable Boy” percibía entre 6 y 12 libras anuales ($640 - $1,300). Empezaban a trabajar a los 10 años.

Jardinero Jefe: dirigía el equipo de jardineros dependiendo de lo extensos que podían ser los jardines y huertos. Su salario era de 120 libras anuales ($12,800) como mucho. Los que trabajaban a sus órdenes percibían entre 8 y 16 libras ($850 - $1,700).

Guardabosques: controlaba la populación de las aves de caza de la finca, como los faisanes, o del venado, y vigilaba los límites de ésta. Su salario era de entre 30 y 50 libras ($3,100 - $5,400) anuales.



(*)_Los “garçons bleus” (chicos azules) del rey de Francia se llamaban así por el color de su librea, en la que predominaba el “bleu de France”, el azul de Francia, bordada con pasamanería de hilo de oro y plata. (Ilustración superior).

(**)_En la antigua Roma, según Catón, el coste medio de un esclavo de entre 20-30 años, ascendía a 1.500 denarios de plata (se cree que serían el equivalente a unos 120.000 Euros de hoy, suponiendo que 1 denario equivaldría a unos 80€). El precio aumentó a lo largo del siglo II a.C. hasta llegar a los 24.000 sestercios.