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sábado, 10 de octubre de 2015

CURIOSIDADES -192-

"Parto Natural"



Estando al término de su estado de buena esperanza, Luisa de Saboya, Condesa de Angulema (1476-1531), y recién celebrado su cumpleaños el día anterior, se encontraba paseando en los jardines de su Castillo de Cognac en nutrida y animada compañía cuando, repentina e inoportunamente, sintió los dolores de parto y rompió aguas. No hubo tiempo siquiera de trasladarla al castillo que se puso de parto debajo de un frondoso roble. Era el 12 de septiembre de 1494, y dio a luz a un hermoso niño de 3 kgs. 900 y 54 cms. en el marco más natural que se pueda imaginar: era el futuro rey Francisco I de Francia (1494-1547) que, andando el tiempo, se convertiría en un atlético príncipe de 1,98 cms. de estatura.

A diferencia de Francisco I de Francia, el que fuera su gran rival y enemigo el bajito Carlos V de Austria, vio la luz en un pestilente retrete del Castillo de Gante.

domingo, 20 de mayo de 2012

CURIOSIDADES -34-



Cuando el rey Francisco I de Francia empezó a sufrir serios problemas gástricos, su médico turco le recetó el consumo diario de yogur de leche de oveja. Es a partir de 1542, cuando el monarca introduce ese producto alimentício en el país galo.

domingo, 26 de febrero de 2012

PARIS 1887: Venta de los diamantes de la Corona





UNA CATASTROFE NACIONAL
La Venta de los Diamantes de la Corona Francesa





París, 1887

En este período en el cual la inalienabilidad de las obras conservadas en las colecciones públicas están amenazadas, puede ser útil recordar, con la ayuda de los trabajos de Bernard Morel, la lamentable venta de los Diamantes de la Corona Francesa organizada por el Estado en 1887, durante la IIIª República. Ésta amputó vertiginosamente el patrimonio nacional galo.

Retrato del rey Francisco I de Francia (1494-1547); composición de Andelot.


La colección de los Diamantes de la Corona fue constituída de manera deliberada en 1530, por el rey Francisco I, quien aisló un pequeño grupo formado por 8 piedras que estaban en su posesión y a las que declaró inalienables. En el inventario de entonces, se precisó que las piedras estaban engarzadas en diversos anillos del rey Francisco y que las donaba a sus sucesores en el trono de Francia, exigiendo que a cada accesión de los reyes, éstas fueran inventariadas y descritas según su peso, talla y color en presencia del monarca.

El rubí Côte-de-Bretagne (Costa de Bretaña), de la colección de los Diamantes de la Corona, es en realidad una espinela de 107,88 quilates que formaba parte de la dote de la Duquesa Ana de Bretaña, esposa del rey Luis XII de Francia y suegra de Francisco I. Integrada en la colección de los Diamantes de la Corona en 1530, la piedra sería tallada en forma de dragón en 1750 por el joyero de Luis XV, para formar parte de uno de los dos joyeles concebidos para decorar la venera de la Orden del Toisón de Oro, junto con los diamantes "Bazu" y "Grand Bleu de France" -el actual diamante Blue Hope- y otras piedras preciosas (reproducción a pie de texto). Actualmente, forma parte de las Joyas de la Corona expuestas en la Galería de Apolo, del Museo del Louvre (París).

Insignia de la Orden del Toisón de Oro del rey Luis XV, creada en 1750; el joyel reúne dos importantes diamantes de la Corona: el "Bazu" y el "Grand Bleu de France", a un extremo y otro del rubí "Côte-de-Bretagne" tallado en forma de dragón.

Luis XIV, rey de Francia (1638-1715).



Este primitivo fondo de piedras preciosas, del que tan solo subsiste el rubí Côte-de-Bretagne (Costa de Bretaña) hoy día, fue considerablemente aumentado por los sucesivos reyes que vinieron después de Francisco I y, particularmente, por Luis XIV, quien compró por valor de 3 millones de libras de entonces (una gran fortuna) gran cantidad de diamantes y piedras preciosas entre las que podemos citar el Gran Zafiro o Zafiro Rúspoli y el Diamante Azul o Bleu de France, de siniestra fama, belleza y color.

El Gran Zafiro Luis XIV o Zafiro Rúspoli, es una gema peculiar de 6 facetas que forma parte de los Diamantes de la Corona desde el reinado de Luis XIV, después de pertenecer a la eminente familia italiana de los Príncipes Ruspoli. / Abajo, el que fuera antes de 1792 el Gran Diamante Azul alias Azul de Francia o Bleu Tavernier, el más preciado y peculiar diamante de la Colección Real Francesa que Luis XV llevaba engastado en el joyel de la Orden del Toisón de Oro, por su color azul profundo. Robado en 1792, tallado de nuevo para evitar que fuera reconocido y reclamado por Francia, el diamante menguó hasta pesar 44, 50 quilates y pasó entre distintas manos, siendo rebautizado como Blue Hope y cosechando, entre sus sucesivos dueños, ruinas y tragedias hasta que el norteamericano Harry Winston lo adquirió y lo cedió a la Smithsonian Institution, Washington D.C. (EE.UU.)



Las piedras fueron, en ciertas ocasiones, empeñadas pero siempre recuperadas. El fabuloso tesoro de la Corona se vio seriamente mermado tras el célebre robo del Guarda-Mueble, ocurrido durante la semana del 11 al 17 de septiembre de 1792 en París, dónde se conservaba habitualmente. Pero fue nuevamente aumentado bajo Napoleón I, de tal modo que constaban en 1814, 65.072 piedras y perlas de todos los tamaños, la mayoría montadas en alhajas y joyeles; se contaron entonces 57.771 diamantes, 5.630 perlas y 1.671 piedras preciosas (424 rubís, 66 zafiros, 272 esmeraldas, 235 amatistas, 547 turquesas, 24 camafeos, 14 ópalos y 89 topacios).

La corona del rey Luis XV trona en una de las vitrinas de la Galería de Apolo del Palacio del Louvre, rodeada por diversas joyas de la Corona que han sido recuperadas después de la Revolución Francesa y de otras de posterior creación.

"La Galería de Apolo" en el Palacio del Louvre alberga, desde finales del siglo XIX, las Joyas de la Corona Francesa y sus tesoros; pintura de finales del siglo XIX.



Puestos a buen recaudo durante la guerra franco-prusiana de 1870, los Diamantes de la Corona fueron expuestos, con gran éxito, durante la Exposición Universal celebrada en París en 1878, y nuevamente en la Sala de los Estados del Museo del Louvre en 1884. Sin embargo, sobre las Joyas de la Corona ya planeaba una amenaza, no por una cuestión de necesidad pecuniaria del Estado sino por el odio que los republicanos le tenían a la monarquía. La IIIª República, aún frágil y temerosa de una más que probable restauración borbónica, quiso privar para siempre a los pretendientes de la posibilidad de utilizar, en un futuro hipotético, los Diamantes de la Corona. El más tenaz de los adversarios de la monarquía, fue el diputado Benjamin Raspail. En 1878, éste presentó ante la Cámara una moción pidiendo la venta de las alhajas reales e imperiales; moción que fue aprobada finalmente en 1882, por 342 votos a favor y 85 en contra. El mismo año, fue nombrada una comisión de expertos encargados de preparar la venta. No obstante, la comisión propuso y obtuvo el permiso para conservar algunas piedras y perlas emblemáticas que fueron cedidas al Museo del Louvre, como el gran diamante El Regente y el rubí Côte-de-Bretagne, al Museo de Historia Natural y a la Escuela de Minas.

El gran diamante conocido como El Regente, de 140,50 quilates y tallado en cojín redondeado, fue adquirido a inicios del siglo XVIII por el Duque Felipe II de Orléans, a la sazón Regente de Francia durante la minoría de edad del rey Luis XV, de ahí su nombre. En 1722, el diamante fue engarzado en la parte frontal de la corona real para la coronación de Luis XV en Reims. Napoleón I lo mandó engarzar en la empuñadura de su espada para su consagración en Notre-Dame en 1804.


Tras las discusiones que se desarrollaron en el seno del Senado, la ley de alienación fue aprobada en diciembre de 1886 y publicada en el Boletín Oficial el 11 de enero de 1887, con las firmas de Jules Grévy, Presidente de la República, y de Sadi Carnot, ministro de Hacienda: "Los diamantes, las piedras y joyas formando parte de la colección llamada Diamantes de la Corona (...), serán vendidas en subasta pública. El producto de esta venta será convertido en rentas sobre el Estado." Rezaba la resolución.

Retrato del rey Luis XVIII de Francia (1755-1824), en un lienzo fechado en 1822.

Retrato de la Princesa Maria-Teresa Carlota de Francia, Duquesa de Angulema y Delfina de Francia (1778-1851), según el Barón Antoine Jean Gros, 1815.



En ese momento, la colección, que se hallaba conformada por 77.486 piedras y perlas, comprendía dos grupos de joyas: el primero y más antiguo, que databa de la Restauración, y el segundo compuesto bajo el IIº Imperio. La Monarquía de Julio nunca los utilizó ya que poseía sus propias alhajas particulares y eran bienes privados.

En los inicios de la Restauración, el rey Luis XVIII hizo reconvertir para sus sobrinas, la duquesa de Angulema y la duquesa de Berry, las alhajas confeccionadas para la emperatriz Maria-Luisa, segunda esposa de Napoleón I. De este modo, la venta de 1887 comprendía el conjunto de diamantes y rubís, el conjunto de zafiros y diamantes, el conjunto de turquesas y diamantes y la diadema de esmeraldas y diamantes ejecutadas para esas princesas y que habían sido utilizadas por la emperatriz Eugenia.

Retrato de Eugenia de Montijo, Emperatriz de los Franceses (1826-1920), según Etienne Billet, copia del original de F.X. Winterhalter fechado en 1853.


En cuanto a las alhajas constituídas bajo el IIº Imperio, éstas desbordaban la imaginación por su opulencia; aprovechando la Exposición Universal de París en 1855, Napoleón III encargó a los mejores y afamados joyeros de la capital, un sinfín de magníficas joyas: una corona imperial para el emperador (su montura de oro sería desguazada y fundida en 1887), otra corona para la emperatriz y varias diademas, collares, brazaletes, broches y cinturones cuajados de diamantes, perlas y piedras de color. A éstas se añadieron más en los años siguientes: la peineta de diamantes (1856), la diadema rusa (1864), la diadema griega (1867),...



La subasta tuvo lugar en el mismo Louvre, en la Sala de los Estados, y en el curso de nueve sesiones celebradas entre el 12 y el 23 de mayo de 1887. Fue un fracaso financiero en toda regla. La aparición de tal cantidad de piedras y alhajas en el mercado, no hizo sino devaluarlas. La procedencia histórica de las piezas subastadas, tan comercialmente importante en la actualidad, no fue tomada en cuenta. La colección vendida estaba entonces estimada en 8 millones de Francos Oro. Su precio de salida fue de 6 millones... El Estado habiendo pagado 293.851 Francos para organizar la subasta, la ganancia limpia se tradujo en no más de 6.927.509 Francos. Decepcionante desde el punto de vista financiero, la venta fue desastrosa en el plano histórico, mineralógico dada la alta calidad de algunas piedras que ya no se encuentran, y en el plano artístico al desaparecer tantas obras de arte de la joyería francesa. Todo pareció conjurarse para que las piedras perdieran su identidad: para facilitar su compra, los elementos de los conjuntos de la Restauración fueron vendidos por separado, las decoraciones de Napoleón III fueron desmontadas, los conjuntos diseminados...

Fotografía de parte de los diamantes de la Corona subastados en 1887, en los que se encuentran la diadema griega, broches, pendientes, brazaletes y collares de la emperatriz Eugenia, y cuatro broches conformados con los famosos diamantes "Mazarino".



Los compradores fueron, esencialmente, joyeros de prestigio como Boucheron, los hermanos Bapst, Tiffany's, que acabaron por desmontar la mayor parte de las alhajas para reutilizar las piedras.

Objetivo: recuperar las Joyas de la Corona
No queda más que el esfuerzo de recordar lo que fue ese tesoro que acompañó la Historia de Francia. Es una misión que se ha fijado el Louvre: reintegrar en sus colecciones nacionales las joyas que pueden haber sobrevivido al desgüace y a la diseminación, siempre que sea posible. Algunas operaciones fueron felices, desde luego, y podemos citar algunas:



-El famoso par de brazaletes que formaban parte del conjunto de rubís y diamantes de la Duquesa de Angulema, comprada por Tiffany's por la suma de 42.000 Francos, fue legada al Museo del Louvre por un gran coleccionista, el Sr. Claude Menier, en 1973.




-La corona de la emperatriz Eugenia de Montijo, que le fue devuelta a cambio del valor equivalente de diferentes piedras que Napoleón III había comprado de su bolsillo y entregadas al fondo de los Diamantes de la Corona, fue donada al Louvre en 1988 por el Sr. Roberto Polo.



-La hermosa diadema de perlas y diamantes confeccionada por Lemonnier para la emperatriz el año de su enlace (1853), vendida por 78.100 Frcs. en 1887, fue adquirida en 1890 por el Príncipe Albrecht von Thurn-und-Taxis, para su boda con la Archiduquesa Margarita de Austria, y conservada por sus descendientes hasta la venta en subasta de la fabulosa colección Thurn-und-Taxis en Ginebra en 1992, y adjudicada a la sociedad Los Amigos del Louvre.



-El elegante conjunto de oro y mosaicos romanos ejecutado por François-Regnault Nitot, joyero del emperador para Maria-Luisa de Austria en 1810, vendido por 6.200 Frcs. en 1887, fue adquirida por la sociedad anteriormente citada en una subasta pública del 2001.



-La diadema de esmeraldas y diamantes de la Duquesa de Angulema, que había sido vendida por 45.900 Frcs. y milagrosamente preservada de la destrucción, se encontraba en una colección inglesa cuando el Museo del Louvre la adquirió.

-La diadema de rubís y diamantes, también de la Duquesa de Angulema, sigue estando en manos privadas. Fue, sin embargo, prestada por Pierre Verlet al Museo del Louvre para la exposición Diez Siglos de Joyería Francesa, en 1962.



-El suntuoso broche en forma de nudo con dos borlas de diamantes, que perteneció a Eugenia de Montijo y que Napoleón III encargó al joyero Kramer en 1855, fue perseguido en una primera subasta de Sotheby's celebrada en Londres en 2002, aunque en vano pese a la ayuda de un importante mecenas. Poco después, la alhaja imperial volvió a salir al mercado en otra subasta celebrada en Christie's (Nueva York) y fue finalmente adjudicada al representante del Museo del Louvre, que pagó por la fabulosa joya nada menos que 6 millones de €uros.



-Un cofrecillo con la miniatura del rey Luis XIV con 78 diamantes engarzados en su montura, procedente de la colección privada del diseñador Yves Saint-Laurent y considerada una pieza rarísima (solo han llegado a nuestros días 3 cajas de las 300 que se estiman fueron fabricadas en el siglo XVII), fue subastada en la sala Christie's de París en 2009, adquiriéndola el Museo del Louvre por la friolera de 481.000 €.

viernes, 10 de febrero de 2012

Anécdotas Históricas -121-



Hay quien afirma que la moda de los cabellos cortos y el porte de la barba por parte del hombre del Renacimiento, se debió al rey Francisco I de Francia por culpa de un incidente acaecido el día de la Epifanía de 1521. Tras caerle un tronco en llamas sobre la cabeza, los médicos del monarca tuvieron que cortarle la media melena que llevaba para hacerle las curas pertinentes. De paso, aprovechando el cambio de peinado, se dejó crecer la barba para disimular las cicatrices resultantes del accidente.

Anécdota de: Francisco I, Rey de Francia (1494-1547).

domingo, 8 de enero de 2012

Anécdotas Históricas -88-



En 1540, de camino a Flandes para reprimir una revuelta, el rey-emperador Carlos V visitó oficialmente París de la mano del rey Francisco I de Francia, su cicerone, después de pasar por Poitiers y Orléans. El rey francés le preguntó al césar qué le habían parecido aquellas ciudades que había visitado:

-"Poitiers es el pueblo más bello del mundo y Orléans la más bella ciudad."
-"Y, ¿qué decís de París?" -inquirió Francisco I.
-"París no es una ciudad, ¡es un mundo!"

Anécdota de: Carlos I y V de Austria, Rey de las Españas y Emperador del S.S.I.R.G. (1500-1558).

lunes, 2 de enero de 2012

LADY MARY BOLEYN


Lady Mary Boleyn,
la amante de dos reyes



De las siete amantes y favoritas conocidas del rey Francisco I de Francia (1494-1547), despunta la tercera por haber sido no solo su amante sino, poco después, la de su rival el rey Enrique VIII de Inglaterra: Lady Mary Boleyn (h.1499-1543), hermana mayor de la no menos famosa Ana Bolena, segunda consorte del monarca inglés.

Nacida probablemente en la finca familiar de Hever Castle, entre los años 1499 y 1508 (no existen documentos que acrediten la fecha exacta de su nacimiento), se educó en Inglaterra hasta que, en 1514, fue escogida para formar parte del séquito de la Princesa María, que embarcaba para casarse con el rey Luis XII de Francia. Tras varias semanas, el grueso de las damas del séquito de la nueva reina de Francia fue despedido a excepción de Mary Boleyn (o María Bolena), probablemente gracias a la intervención de su padre Sir Thomas Boleyn, entonces nuevo embajador de Inglaterra en funciones en la corte francesa.

Cuando fallece el rey Luis XII el 1 de enero de 1515 y su viuda inglesa decide volver a su país, Lady Mary Boleyn se queda en la corte del flamante rey Francisco I. Es en París donde su padre y su hermana Anne, que había estudiado en los Países-Bajos un año antes, se reencuentran con ella. Se cree que, en su corta época en la que fue dama de honor de la reina María, Mary Boleyn se convirtió en la amante de Francisco I, quien la describiría más tarde como "la mayor puta, la más infame de todas..." Tras su relación con el rey francés, tuvo probablemente sucesivas aventuras sexuales que acabaron por provocar su expulsión de la corte y su regreso forzoso a Inglaterra en 1519.

En la corte inglesa, sus padres consiguen colocarla como dama de compañía de la reina Catalina de Aragón, durante los diez últimos años de vida conyugal de ésta con Enrique VIII.

Retrato de Sir William Carey o Cary (1500-1528).


Un año después de su regreso, Mary casa con Sir William Carey el 4 de febrero de 1520, un rico cortesano que goza del favor real. Poco tiempo después empieza su secreta relación con el monarca, que permaneció en el más absoluto anonimato y cuya duración exacta sigue siendo una incógnita.

Según el vicario de Isleworth, John Hales, que había conocido al hijo de diez años de Lady Mary Boleyn y de Sir William, Henry Carey (nacido en 1526), éste tenía un cierto parecido con el rey Enrique VIII, por lo que la creencia -reforzada por las convicciones de algunos monjes- de que era el bastardo del monarca no tardó en circular por la corte. Sin embargo, no existe prueba alguna de que Henry Carey, 1er Lord Hunsdon, fuera realmente el hijo biológico de Enrique VIII ya que nació en marzo de 1526 y parece ser que, por entonces, la relación de Lady Mary con el rey había cesado.

En 1528, Sir William Carey fallece de "sudores" dejando a Mary en una situación económica muy precaria. Su falta de medios la llevarán a confiar el cuidado de su hijo a su hermana Ana, cuya situación en la corte es de gran relevancia y ésta, además, no tardará en convertirse en la segunda consorte de Enrique VIII, ya que éste ha solicitado la disolución de su matrimonio con Catalina de Aragón. Su hermana intercederá ante el rey para que le conceda a Mary una renta anual de 100.000 libras.

En 1529, cuando el padre de las hermanas Bolena, Sir Thomas Boleyn, se convierte en el 1er Conde de Wiltshire y de Ormonde, Mary adopta de inmediato el título de Lady Mary Rochford relegando al olvido el de Lady Carey.

El 1 de junio de 1533, Ana Bolena es finalmente coronada reina de Inglaterra y, en otoño, da a luz a su hija la princesa Elizabeth.

En 1534, Mary Boleyn casa en secreto y por amor -y estando preñada-, con un joven caballero sin rango ni fortuna: Sir William Stafford (h.1512-1556). Cuando aquello se descubre, su familia reniega automáticamente de ella por haberse casado con alguien de condición inferior a su rango. La flamante pareja sería expulsada de la corte por la misma reina Ana.

La situación financiera de la pareja se deteriorará hasta tal punto que Mary, desesperada, acudirá a Thomas Cromwell para que éste intervenga en su favor. Pero fue en vano: el rey permaneció insensible a los ruegos de su antigua amante y cuñada. De hecho, toda la familia Boleyn dará la espalda a la desgraciada Mary. Solo en una ocasión, y para sorpresa de todos, la reina enviará a su hermana una copa de oro y algún dinero para aliviar momentáneamente su paupérrima situación, pero seguirá negándole el regreso a la corte. Las dos hermanas dejarían de tener contacto la una con la otra.

En 1536, cuando cae en desgracia la reina Ana y toda su familia, Lady Mary Boleyn se abstiene de dar señales de vida, sin duda aconsejada por su tío el Duque de Norfolk, para evitar ser asociada con los miembros de su familia encarcelada en la Torre de Londres. Mary y su marido permanecieron aislados en sus tierras de Rochford, en el condado de Essex. Tras la ejecución de la reina Ana y de su hermano George, la madre se retira de la corte y muere recluída un año más tarde. El padre, Sir Thomas, privado de todos sus títulos y prebendas, sería liberado y fallecería al año siguiente. Con la muerte de sus padres, Mary hereda lo que queda de las propiedades de la familia. Parece ser que siguió viviendo junto a su amado marido en el condado de Essex, en la mayor discreción, hasta que murió el 19 de julio de 1543.

De sus dos matrimonios, Mary Boleyn tuvo cuatro hijos:

-Catherine Carey (1524-1568), Lady Knollys.

-Sir Henry Carey (1526-1596), 1er Barón Hunsdon, K.G.

-Anne Stafford (1534- ? )

-Edward Stafford (1535-1545)

Es la antepasada común de Sir Winston Spencer-Churchill, de la reina-madre Elizabeth Bowes-Lyon, viuda de Jorge VI, de la reina Elizabeth II de Gran-Bretaña, de Lady Diana Spencer, Princesa de Gales, y de Sarah Ferguson, ex Duquesa de York, entre otros.

martes, 20 de diciembre de 2011

LA ESTATURA DE LOS REYES DE FRANCIA




MONARCAS DE ALTURA


de Francisco I a Napoleón III

Por desgracia, en lo que se refiere a la Historia, siempre andamos obligados a combatir los tópicos que pesan sobre muchos personajes de importancia y, cuando digo tópicos, me refiero a las mentiras y falsedades que se han ido difundiendo para que calara en la mente de la gente profana en la materia. Por poner un ejemplo ilustrativo, podría referirme a la general creencia de que el primer Emperador de los Franceses, Napoleón I (1769-1821), era un hombre bajito, o también citar al sexagésimo cuarto Rey de Francia, Luis XIV (1638-1715), al que también tildaron de "enano" que, gracias a los talones vertiginosos y las altas pelucas de entonces, ganaba en altura. Todas esas afirmaciones, que no son más que burdas trolas, fueron difundidas por historiadores del siglo XIX de espíritu marcadamente republicano que, siguiendo la corriente ideológica de la IIIª República Francesa, ferozmente anti-monárquica, se afanaron en rebajar hasta en los más nimios detalles a aquellos soberanos que gobernaron el país Galo antes de la Revolución de 1789, después de ella y hasta 1870, fecha en que se implanta definitivamente el régimen republicano. Tal fue el éxito de esa propaganda que, aún hoy, hay gente (incluyendo historiadores mal documentados, por no decir otra cosa) que sigue creyendo de pies juntillas en esas "leyendas urbanas".

Gracias a las recientes investigaciones de una nueva generación de historiadores y a la colaboración de antropólogos, podemos afirmar que la verdad vuelve a emerger para poner en evidencia la mala fe o la desidia de sus predecesores.

Retrato de Francisco I (1494-1547), Rey de Francia en 1515; según Tiziano.


Un rey francés como Francisco I (1494-1547) que, de joven, era apodado por su madre "mi hermoso Francisco", puede ser el primer ejemplo a citar por su extraordinarias medidas físicas. Ese gran monarca renacentista, protector de Leonardo da Vinci y de Benvenuto Cellini, medía nada menos que 2 m. 02 de alto. A esa estatura sorprendente se unía una magnífica musculatura y una gran anchura de hombros, lo que le daba una impresionante prestancia física. No nos ha de extrañar, por tanto, que ese gigante tirase al suelo a su primo Enrique VIII de Inglaterra cuando decidieron luchar amistosamente en el curso de su encuentro en el famoso "Campo del Paño de Oro".


Retrato de Enrique IV (1553-1610), Rey de Navarra en 1572, Rey de Francia en 1589.


Si Enrique IV (1553-1610), el primer Borbón que sentó en el trono galo, medía 1 m. 65, que era la media de su época, su esposa italiana María de Médicis resultaba mucho más bajita: 1 m. 55; una altura mediocre que combatía calzando plataformas de vértigo y la obligaban a andar con la ayuda de un bastón.

Retrato de María de Médicis, Reina-Regente de Francia en 1617, según Pourbus.

Retrato de Luis XIII (1601-1643), Rey de Francia en 1610.



El hijo y sucesor del anterior, Luis XIII (1601-1643), resultó ser más pequeño que su padre, ya que los testigos de entonces, más los testimonios de los profanadores de las tumbas reales de Saint-Denis (1793), calificaron su estatura de "mediocre", por lo que podemos barajar el metro sesenta como máximo. Pero, este rey casó con una infanta española de estatura superior a la media: Ana de Austria (1601-1666). La hija de Felipe III de España y de Margarita de Austria sobresalía de entre las damas de la época por la altura, amén de otras virtudes físicas muy loadas en vida por sus contemporáneos.

Retrato de Luis XIV (1638-1715), Rey de Francia en 1643; según H. Rigaud, 1701.


El nieto de Enrique IV e hijo de Luis XIII, que convirtió el siglo XVII en el "Grand Siècle" francés a todos los niveles, contrariamente a la creencia decimonónica, sobrepasaba a sus antecesores en estatura: Luis XIV (1638-1715), conocido como "el Grande" o "Luis el Grande", no solo lo fue por su poder y magnificencia; medía nada menos que 1 m. 84 que, con sus tacones de 11 cms., alcanzaba 1 m. 95 cms de altura. Por tanto, hemos de tener por veraces las representaciones pictóricas que se hicieron de él en vida, en las que aparece siempre muy por encima de las cabezas de sus cortesanos y parientes.

Retrato de Luis XV (1710-1774), Rey de Francia en 1715; según H. Rigaud.


Su biznieto y sucesor, Luis XV (1710-1774), no tuvo motivo alguno para acomplejarse ya que su estatura alcanzaba 1 m. 85 cms. A esa altura se unía un físico ventajoso y bien cuidado gracias a que, en su infancia, la Duquesa de Ventadour le impuso el porte del corsé hasta la adolescencia, lo que contribuyó a darle una silueta estilizada a la par que elegante.

Retrato de Luis XVI (1754-1793), Rey de Francia en 1774; según A.F. Callet.


Luis XVI (1754-1793), nieto del anterior, resultó ser un coloso para su época: 1 m. 93 cms. al que se unía una fuerza muscular hercúlea: era capaz de levantar a punta de pala a un paje en pie e incluso levantar un cañón de bronce sin caerse. Para más datos, añadir que esa imagen de gordinflón bonachón tan difundida durante la Revolución Francesa, faltaba a la verdad en parte; padeciendo de tuberculosis, solía engordar y adelgazar por épocas, y su gran lucha era deshacerse de su tendencia a tener barriga (por culpa de su gran apetito), mediante el ejercicio físico (la cinegética).

Retrato de Maria-Antonieta de Austria-Lorena (1755-1793), Reina de Francia; según Vigée-Lebrun.


La reina Maria-Antonieta de Austria (1755-1793), consorte de Luis XVI, resultó ser en comparación a su marido, más diminuta: 1 m. 72 cms. Para nivelar esa diferencia de altura entre su esposo y ella, calzaba siempre zapatos de tacón alto. Por otro lado, sabemos gracias a su modista Rose Bertin, sus otras medidas: 109 cms. de busto y 58 cms. de cintura.

Retrato de Luis XVIII (1755-1824), Rey de Francia en 1814; según Gérard.

Retrato de Carlos X (1757-1836), Rey de Francia en 1824; según Gérard.



Los hermanos y sucesores de Luis XVI en el trono, Luis XVIII (1755-1824) y Carlos X (1757-1836), Condes de Provenza y de Artois respectivamente, no tuvieron nada que envidiar a éste en cuestión de altura aunque en el caso del primero, aquejado de hidropesia, se retiene de él una imagen de un monarca clavado en una silla de ruedas, mientras que del segundo permanece esa imagen de un rey esbelto hasta sus últimos días, como lo fue su abuelo Luis XV.


Retrato de Napoleón I (1769-1821), Emperador de los Franceses y Rey de Italia.


El caso de Napoleón I (1769-1821), padre del 1er Imperio Francés, nos muestra a un hombre de estatura normal para su época: 1 m. 69 cms., cuando entonces el resto de la gente común sobrepasaba apenas el metro sesenta y cinco.

Retrato de Napoleón III (1808-1873), Emperador de los Franceses; según A. Cabanel.


Su sobrino y último representante de la saga de los Bonaparte, Napoleón III (1808-1873), Emperador de los Franceses entre 1852 y 1870, medía poco más que él: 1 m. 70 cms.

Si hemos de establecer un ránking de mayor a menor en cuestión de altura física, Francisco I encabeza esta lista sin la menor duda, seguido de cerca por Luis XVI y Luis XIV. En cuanto a longevidad, el último Borbón de la rama primogénita que reinó entre 1824 y 1830, Carlos X, ostenta el primer puesto: murió a los 79 años.

viernes, 15 de abril de 2011

Anécdotas Históricas -31-



200/"Carlos I de España y V de Alemania, habiendo llenado con todos sus pomposos títulos la primera página de una carta dirigida al rey Francisco I de Francia, este último no encontró mejor manera de ponerle en ridículo firmando su respuesta con la siguiente rúbrica: "Francisco, por la Gracia de Dios, burgués de París, Señor de Vanvres y de Gentilly", que eran dos pequeños pueblos de las afueras de la capital gala."



anécdota de: Francisco I "el Magnífico", Rey de Francia (1494-1547).

lunes, 11 de abril de 2011

Anécdotas Históricas -20-



82/ En una ocasión, Triboulet, el bufón del rey Francisco I de Francia, ofendió a un cortesano que, molesto, le amenazó de muerte. Triboulet pidió ayuda al rey y éste le aseguró que si alguien le ponía la mano encima, él lo ahorcaría una hora después, a lo que el bufón respondió:

-"Sire, os agradecería que le hiciérais ahorcar una hora antes!"



anécdota de: Nicolas Ferrial o Le Févrial alias Triboulet, bufón (1476-1536).

domingo, 3 de abril de 2011

LA PRINCESA VON AUERSPERG

LA PRINCESA WILHELMINA VON AUERSPERG
Un Capricho Imperial




Maria Wilhelmina, Princesa von Auersperg, de soltera Condesa von Neipperg y del Sacro Imperio, nació el 30 de abril de 1738 y falleció el 21 de octubre de 1775, hija de los Condes Wilhelm Reinhard von Neipperg y Maria Franziska Theresia von Khevenhüller-Frankenburg, que gozaban de una privilegiada relación con el emperador Francisco I de Lorena.


Retrato del Conde Wilhelm Reinhard von Neipperg (1684-1774).

Presentada por su padre en la corte imperial a la edad de 16 años, sus contemporáneos tomaron buena nota de su belleza y sobre todo de la hermosura de sus manos, amén de su carácter natural y desenvuelto, se caracterizaba por su "frescura" y por no tener pelos en la lengua. Caída en gracia a ojos de la emperatriz Maria-Teresa, fue casi de inmediato incluída entre el séquito de las damas de compañía de la soberana y admitida en el círculo de la Familia Imperial. De hecho, había impactado a Francisco I quien, bastante harto de las desbordantes muestras de afecto de Maria-Teresa, se prendó de Wilhelmina. Poco tiempo pasaría para que ésta, ante los avances del emperador, de 30 años mayor que ella pero aún atractivo y seductor, se aviniera sin problemas a convertirse en su amante secreta (1754).


Retratos de los Emperadores Francisco I de Lorena (1708-1765) y Maria-Teresa I de Austria (1717-1780), obra de Martin Van Meytens.

Francisco I y Wilhelmina solían encontrarse de noche en el Pabellón de Té, a medio camino entre el castillo y la glorieta que domina los jardines de Schönbrunn, para dar rienda suelta a sus pasiones amatorias. Se supo, y pronto hubo quien informó puntualmente a la emperatriz que su joven dama de compañía entretenía nocturnamente a su marido. La reacción de Maria-Teresa no se hizo esperar. Indignada, sermoneó severamente a la descarada y le buscó marido para alejarla de la corte y del emperador, creyendo asi que Francisco I desistiría. En cuestión de días, Maria-Teresa encontró en el príncipe Johann Adam Joseph von Auersperg al esposo idóneo: pertenecía a una gran y acaudalada familia checa, era sobrino de los príncipes de Liechtenstein, tenía 34 años y estaba disponible desde hacía dos años tras enterrar a su joven esposa Katharina von Schönfeld. No tenía residencia fija en la capital, por lo que la emperatriz confiaba en que se llevaría a sus lejanas posesiones de Bohemia a la flamante esposa.


Retrato del Príncipe Johann Adam von Auersperg (1721-1795).

Sin muchas objeciones, más que nada porque Wilhelmina von Neipperg solía gustar muchísimo a los hombres, Johann Adam von Auersperg aceptó tomarla como su segunda esposa y pasar la luna de miel en sus tierras checas, tal y como le recomendaba la emperatriz. No se sabe muy bien cuándo tuvo lugar la ceremonia en Viena, pero se barajan las fechas de 1755 y 1756 según diversas fuentes.

El caso es que el plan de Maria-Teresa no tardó en descalabrarse al intervenir su marido. Francisco, lejos de renunciar a su exquisita amante de apenas 18 años que sabía cómo hacer temblar su cama, envió un correo especial al flamante novio para invitarle a que se instalase con su esposa en la corte, con el pretexto de darle algún cargo. Auersperg no podía negarse, asi que la pareja principesca regresó a Viena y los amoríos del emperador con Wilhelmina se reanudaron para mayor disgusto de la emperatriz.

Pese a las escenas privadas que se libraron entre Maria-Teresa y Francisco I, en las que ésta intentó por todos los medios disuadirle de seguir manteniendo su relación con la princesa von Auersperg, el emperador siguió de tapadillo y a intermitencias, haciéndole de alcahuete y organizador de escapadas el príncipe de Ligne cada vez que le picaba.

Con la súbita muerte de Francisco I en el palacio de Innsbrück, días después de asistir toda la Familia Imperial y la corte a la boda del archiduque Leopoldo con la Infanta de España Maria-Luisa de Borbón (1765), cesó el escándalo.

Retrato de la Emperatriz Vda. Maria-Teresa I de Austria (1717-1780).


Durante los funerales organizados para el entierro del tan querido esposo, Maria-Teresa prohibió terminantemente a todas sus damas que llevasen maquillaje con sus vestidos de riguroso luto; orden que por cierto se extendió a todos los miembros de la corte imperial. Sin embargo, desafiante, la princesa von Auersperg hizo acto de presencia, haciendo ostentación de su pena y vestida de negro aunque perfectamente maquillada. Empezaron los murmullos de las otras damas escandalizadas y la emperatriz se giró hacia ella para reprender a la descarada que había osado embadurnar su rostro con colorete y sus labios con vermellón. Sin ruborizarse y con altanería, la rebelde Wilhelmina le espetó brutalmente: -"No sabía yo que mi cara perteneciera al Estado!".

Después de aquel desafortunado intercambio de palabras, la princesa von Auersperg abandonó la corte.


Fotografía del Palacio Auersperg-Rosenkavalier, Viena, Austria.

Se sabe que en 1771, el príncipe Johann Adam von Auersperg adquirió el Palacio Rosenkavalier en Viena (Palacio Auersperg desde entonces) y que él y su mujer se instalaron allí durante las temporadas invernales, alternando con su castillo de Rottenhaus en Bohemia durante las épocas estivales. Cuatro años más tarde, sin haber dado hijos a su marido, Wilhelmina falleció a la edad de 37 años.