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lunes, 23 de abril de 2018

CURIOSIDADES -210-


"EL REY SANGRIENTO"



Carlos IX de Francia (1550 - 1574), penúltimo monarca de la Casa de Valois-Angulema que ostentó la corona francesa y que pasó la mayor parte de su vida matando bestias y hombres, fue eminentemente violento y extravagante. Larguirucho, delgado sin llegar a enjuto, un poco encorvado, daba la falsa impresión de ser un príncipe enfermizo y de salud delicada, pero su comportamiento extremadamente violento y sus extrañas extravagancias no dejaban de sorprender y aterrar a sus cortesanos.

Cuando volvía de sus cacerías, “deporte” en el que brillaba sobremanera, nada le divertía más que abatir asnos y cerdos lo suficientemente desafortunados como para cruzarse en su camino de regreso a palacio. No lo hacía desde luego por despecho tras una mediocre cacería, sino porque era su entretenimiento favorito, su particular juego. Cerrando la comitiva real, iba un lacayo bien provisto de monedas para indemnizar generosamente a los propietarios de las víctimas.

Cuando desmontaba su caballo, y a pesar de haber pasado muchas horas a lomos de su montura, Carlos iba derechito a la herrería real y, a decir del embajador veneciano Sigismondo Cavalli, se ponía a forjar a golpes sobre el yunque, con la ayuda de un enorme martillo, y durante tres o cuatro horas, ¡una coraza!

En la corte, su comportamiento era igualmente extraño, por no decir alarmante. Un día, decidió llanamente que todos los gentilhombres de su séquito debían llevar un pesado pendiente en una oreja, y su orden así fue transmitida. Enseguida se formó una larga cola de caballeros, incluidos los de más edad, ante las puertas del cirujano del rey, esperando su turno para hacerse perforar el lóbulo. Al día siguiente, Carlos IX anuló la orden y se puso a tirar de las orejas, hasta hacerlas sangrar, de sus desafortunados caballeros que no habían sido informados a tiempo.

En otra ocasión, y computando veinte años de edad, se le vio corretear por pasillos, salones y galerías del palacio del Louvre, la cara embadurnada de hollín y con una silla de montar atada a su espalda.

A medida que ganaba en años, su crueldad y su gusto por la violencia fueron en aumento. Aunque pertenece a la leyenda negra y esa falsa imagen se resista a desaparecer de la memoria colectiva, Carlos IX nunca se puso a disparar a diestro y siniestro desde su ventana sobre hugonotes la terrible noche de San Bartolomé [24 de agosto de 1572], como un vulgar francotirador. Sin embargo, los esbirros/asesinos católicos de la Santa Liga que provocaron la masacre y a los que se les dio carta blanca, sí tuvieron su aval. A fin de cuentas, de sus labios cayó esa horrible recomendación: “Matadlos, pero matadlos a todos, para que no quede ni uno para reprochármelo”.

Es precisamente después de esa macabra orgía de sangre, que duró varios días, cuando el monarca empieza a sufrir alucinaciones, debidamente reseñadas por el cirujano real Ambroise Paré, y que le perseguirán regularmente con “sus horribles y sangrientas caras” (las de sus víctimas, se entiende).

Para huir de ellas, Carlos IX redoblará con sus actividades cinegéticas, cada vez más desordenadas y violentas, cada vez más largas. Su afición al aire libre, le hace contraer fiebres intermitentes. Meses más tarde aparece la tuberculosis, con su cortejo de esputos sanguinolentos y de ahogamientos, amén de sus alucinaciones, que redoblan en frecuencia.

Firmado por Ambroise Paré, su autopsia pone de relieve que “sus pulmones estaban podridos”.

lunes, 27 de febrero de 2017

DON CARLOS DE AUSTRIA


DON CARLOS DE AUSTRIA
el sádico hijo de Felipe II
 
 

Hasta sus últimos días, Felipe II recordaría con la mayor de las penas la noche del 18 de enero de 1568. Vestido con la armadura real, el Monarca más poderoso de su tiempo condujo a un grupo de cortesanos y hombres armados por los oscuros pasillos del Alcázar de Madrid «sin antorchas ni velas» al aposento del Príncipe Carlos, el hijo del Rey y su único heredero. Al despertarse y hallarse rodeado de hombres armados, Don Carlos exclamó: «¿Qué quiere Vuestra Majestad? ¿Quiéreme matar o prender?». «Ni lo uno ni lo otro, hijo», contestó Felipe II instantes antes de que el Príncipe se llevara la mano a la pistola cargada de pólvora que guardaba siempre en la cabecera de su cama. Un episodio recogido en detalle por Geoffrey Parker en el libro «Felipe II: la biografía definitiva».

El joven heredero fue arrestado, sin que nadie llegara a apretar el gatillo, y acusado de conspirar contra la vida de su padre. Días antes, uno de sus mejores amigos, Don Juan de Austria –hermano bastardo del Rey y a la postre héroe de Lepanto–, se había visto obligado a desvelar los planes de su sobrino al percatarse de la gravedad de su locura. El cautiverio de seis meses, lejos de calmar a Don Carlos, empeoró su salud mental y terminó costándole la vida en un arranque de demencia a los 23 años de edad. En medio de una huelga de hambre, el heredero de la Monarquía Hispánica se acostumbró a calmar sus calenturas volcando nieve en su cama y bebiendo agua helada, lo cual terminó consumiendo su quebradiza salud. Por supuesto, la propaganda holandesa acusó directamente al Rey de ordenar el asesinato de su hijo y argumentó que lo único que quería Don Carlos era acabar con la tiranía de su padre en los Países Bajos. El melancólico y misterioso carácter del Monarca, a su vez, prestó los ingredientes para que Giuseppe Verdi, recogiendo la leyenda negra, compusiera siglos después una de sus óperas más famosas: «Don Carlo».

Endogamia, malaria y una caída: las culpables

La propaganda holandesa, sin embargo, no podía estar más equivocada en este caso. Felipe II fue excesivamente permisivo con la actitud de Don Carlos, el cual arrastraba problemas mentales desde que era niño. Del Príncipe maldito se ha dicho, sin excesivo rigor, que siendo solo un infante gozaba asando liebres vivas y cegando a los caballos en el establo real. A los once años hizo azotar a una muchacha de la Corte para su sádica diversión: un exceso por el que hubo que pagar compensaciones al padre de la niña. No en vano, junto a su sobrino biznieto Carlos II «el Hechizado», el primer hijo de Felipe II es el máximo exponente de las consecuencias de la endogamia practicada por la Casa de los Habsburgo.

Hijo de Felipe II y María Manuela de Avis, los cuales eran primos hermanos por parte de padre y madre, Don Carlos solo tenía cuatro bisabuelos, cuando lo normal es tener ocho. Según estudios recientes (Álvarez G, Ceballos FC, Quinteiro C, «The Role of Inbreeding in the Extinction of a European Royal Dynasty»), la sangre de Don Carlos portaba un coeficiente de consanguinidad de 0,211 –casi el mismo que resulta de una unión entre hermanos y solo por debajo de Carlos II, un 0,254 –. No obstante, los trabajos históricos actuales consideran que los genes no estaban directamente relacionados con la locura del Príncipe. Así, según el hispanista Geoffrey Parker en su biografía sobre Felipe II, el heredero a la Corona fue un niño relativamente normal, de inteligencia media-baja, que no sufrió graves episodios de demencia hasta la edad madura.

Bien es cierto que, como le ocurrió a Felipe II, el Príncipe heredero se crió lejos de sus padres. Huérfano de madre a los cuatro días de nacer, Carlos quedó bajo la custodia de sus tías, las hijas de Carlos V que todavía no tenían compromisos matrimoniales, puesto que su padre estuvo ausente de España en los primeros años de su reinado. Con 11 años, una plaga de malaria asoló la Corte y afectó al joven, quizás más vulnerable que el resto por sus deficientes genes. La enfermedad provocó en el Príncipe un desarrollo físico anómalo en sus piernas y en su columna vertebral, que, a su vez, pudo estar detrás de la grave caída que sufrió a los 18 años de edad mientras perseguía por el palacio a una cortesana. Los médicos llegaron a desahuciar al joven, dándole apenas cuatro horas de vida, y un grupo de franciscanos trasladaron los huesos de San Diego de Alcalá a los pies de su cama solo a la espera de un milagro. Contra todo pronóstico, una arriesgada trepanación pudo salvar la vida del Príncipe Carlos; no obstante, pronto se evidenciaría que los daños cerebrales se presumían irreparables.

En los años previos a aquella caída, Don Carlos vivió su periodo más feliz en la Universidad de Alcalá de Henares, donde estudió junto a su tío, Don Juan de Austria, y Alejandro Farnesio, que contaban prácticamente su misma edad. Sin destacar en los estudios, sino todo lo contrario, el hijo del Rey al menos se contagió del ambiente juvenil y saludable del lugar. En 1560, Felipe II –juzgando aceptable su comportamiento– le reconoció como heredero al trono por las Cortes de Castilla.

Pero tras su caída nunca volvió a ser el mismo. Las fiebres que le afectaban periódicamente, recuerdo de la malaria, empezaron a repetirse con demasiada frecuencia. «Tiene un temperamento impulsivo y violento. A menudo pierde los estribos y dice lo primero que se le pasa por la cabeza», apuntó el embajador imperial en España designado en 1564 sobre el otro síntoma preocupante: sus radicales cambios de humor. Geoffrey Parker recoge en el mencionado libro las palabras del neurocirujano pediátrico Donald Simpson que ha estudiado el caso: «Mostraba la desinhibida malicia de un chico con un daño frontal en el cerebro».

Fugarse a Flandes para proclamarse Rey

Por el miedo de los embajadores a que se interceptaran sus informes y el Rey pudiera ofenderse, muchas de las actuaciones contra el joven no han podido ser documentadas y se basan en testimonios indirectos. Pero consta, por la correspondencia del embajador Nobili, que el hijo del Rey frecuentaba «con poca dignidad y mucha arrogancia» los burdeles madrileños y trataba con violencia al servicio. En una ocasión, Don Carlos arrojó por una ventana a un paje cuya conducta le molestó, e intentó, en otra jornada, lanzar a su guarda de joyas y ropa. También trascendió por aquellas fechas su intento público de acuchillar al Gran Duque de Alba, al que acusaba de inmiscuirse en los asuntos de Flandes.

Los conflictos entre padre e hijo no tardaron en llegar. Tras su recuperación, Felipe II le nombró miembro del Consejo de Estado en 1564, en un último intento por fingir normalidad, y barajó la posibilidad de casarlo con María Estuardo o con Ana de Austria, la cual sería posteriormente la cuarta esposa del Rey. Pero dentro de su mente enferma, sus prioridades eran otras. Obsesionado con los Países Bajos –en ese momento en rebeldía contra Felipe II–, contactó con varios de esos líderes rebeldes, como el moderado Conde de Egmont o el Barón de Montigny, para organizar su viaje a Bruselas, donde pretendía proclamarse su soberano. En efecto, el Rey en el pasado había sopesado la posibilidad de que su hijo gobernara allí, pero las actuales circunstancias políticas y la mala salud mental del Príncipe descartaban por completo esta opción.

En una reunión mantenida con Don Juan de Austria, al que pidió ayuda para fugarse a Italia, el Príncipe le comunicó sus planes. El general español le reclamó veinticuatro horas a su sobrino para tomar una decisión, e inmediatamente salió a informar al Rey. Advertido de la traición –según varios informadores–, Don Carlos cargó una pistola y pidió a su tío que regresara a sus aposentos. La pistola no pudo efectuar el disparo que habría matado al futuro héroe de Lepanto, puesto que fue descargada previamente por un cortesano, pero Don Carlos se abalanzó daga en mano contra Don Juan de Austria, que, superior en fuerza y habilidad en el combate, redujo a su sobrino. «¡Qué vuestra Majestad no dé un paso más», gritó, apuntándole con su propia daga.

Un adalid de la rebelión de los holandeses
 
 

Las noticias de esta agresión precipitaron los acontecimientos. Felipe II mandó el 18 de enero de 1568 encerrar a su hijo en sus aposentos. En los siguientes días –relata Geoffrey Parker en su libro– licenció a los servidores de su hijo y trasladó a éste a la torre del Alcázar de Madrid que Carlos V usó como alojamiento para otro distinguido cautivo: Francisco I de Francia, capturado tras la batalla de Pavía. La lectura de la correspondencia privada del joven sacó a la luz una conspiración, más bien el amago de una puesto que ningún noble le prestó mucha atención, para acabar con la vida de Felipe II. Y precisamente porque las cartas descubiertas cada vez elevaban más la gravedad de sus crímenes, el Monarca decretó su cautiverio indefinido en el Castillo de Arévalo.
 

Durante los seis meses que el Príncipe permaneció cautivo, en el mismo régimen que había padecido Juana «la Loca», fue perdiendo los pocos hilos de cordura que quedaban sobre su cabeza. Acorde a los síntomas clásicos de las personas que han padecido malaria, sufría súbitos cambios de temperatura, cuya mente enferma convirtió en peligrosos y mortales hábitos. Cada vez que padecía uno de estos ataques, ordenaba llenar su cama de nieve así como ingerir agua helada en grandes cantidades. En medio de sospechas infundadas sobre su posible envenenamiento, falleció el joven a los 23 años el 28 de julio de 1568, probablemente a causa de inanición (se había declarado en huelga de hambre como protesta).

Las vagas explicaciones de Felipe II y su empeño por destruir las cartas que incriminaban a su hijo –quizás buscando ocultar las miserias de su heredero– situaron su muerte en el terreno predilecto para alimentar la leyenda negra que los holandeses, franceses e ingleses usaban en perjuicio del Imperio español. La ópera «Don Carlo» escrita por Giuseppe Verdi siglos después y un drama del poeta alemán Schiller tomaron por referencia el ensayo «Apología», de Guillermo de Orange, que presenta la vida del Príncipe de forma muy distorsionada. El holandés inventó una relación amorosa entre Don Carlos y la esposa de su padre, Isabel de Valois, y colocó al joven como adalid de la independencia holandesa y al malvado Rey como el asesino de ambos. Más allá de una inocente literatura, este episodio se convirtió en el más importante pilar de la leyenda negra contra los españoles.

César Cervera, 2015 / in www.abc.es / El Príncipe maldito: La historia de Don Carlos, el sádico hijo de Felipe II que la leyenda negra convirtió en un màrtir.

viernes, 11 de septiembre de 2015

CURIOSIDADES -186-

"Polvos Letales"




En 2004, se descubrió que en las pelucas y cabellos del rey Jorge III de Gran-Bretaña e Irlanda (1738-1820) había un alto contenido de arsénico, a sabiendas que este veneno en polvo se utilizaba entonces para empolvar cabellos y pelucas pero, en el caso del monarca, se registró la siguiente sorpresa: que sobrepasaba 300 veces su nivel tóxico!

¿Fue entonces este envenenamiento paulatino el detonante de su locura después de los cincuenta?¿De qué forma pudo el rey envenenarse?

Los análisis y la investigación de los informes médicos revelaron que Jorge III, además de empolvarse la cabeza con arsénico, utilizaba una crema para la piel que contenía una base de antimonio con trazas de arsénico, amén de una medicación que sus doctores le suministraban diariamente y que también contenían el mismo veneno. Por tanto, los factores fueron muchos y contribuyeron a agravar su caso de porfiria* que, por norma, no suele manifestarse con tanta agudeza en los varones como en las mujeres.


(*)_A día de hoy, varios biógrafos e historiadores han puesto en duda que Jorge III padeciera realmente de porfiria. En lo que están de acuerdo y no hay dudas es sobre su bipolaridad.

sábado, 28 de marzo de 2015

FERNANDO VI, REY DE LAS ESPAÑAS

FERNANDO, EL REY PACÍFICO
1713 - 1759

 

 

Hipocondríaco, débil y dominado por mujeres, primero su madrastra y después su mujer, murió loco y sin descendencia teniendo que pasar el testigo a su hermano Carlos .

Fernando VI, el tercer Borbón proclamado rey de España, creció sin madre, ya que la reina María Luisa de Saboya murió tuberculosa cinco meses después de su nacimiento. Fue un hombre triste, destemplado, autoritario, receloso e hipocondríaco, pero todas estas características que conformaron su personalidad tienen un porqué.

Ya hemos contado en capítulos anteriores que su padre, Felipe V, estaba loco y que su segunda mujer, Isabel de Farnesio, fue como la madrastra de Blancanieves para los hijos de su marido. En cuanto a su hipocondría, obedecía a la temprana muerte de su hermano Luis al contraer la viruela.



Fernando nació el 23 de septiembre de1713. Su venida al mundo se celebró con tres días de luminarias, se cantó un tedéum por la mañana en la capilla real y por la tarde el Rey y su séquito acudieron en peregrinación a la basílica de Atocha para dar las gracias a la virgen por el feliz acontecimiento.


Estas alharacas, sin embargo, no cambiaron la actitud general de su padre, Felipe V, en cuanto a la relación afectiva. Como el rey apenas los veía, sus infantes se comunicaban con él mediante cartas cariñosas que les dictaban sus tutores. Los príncipes escribían en francés porque era el idioma que utilizaba la Familia Real.

Al igual que ocurriera con el Príncipe de Asturias, Isabel de Farnesio se encargó de divulgar el rumor de que Fernando era un chico enfermizo, que no viviría muchos años. Como, además, no era el heredero, convenció al loco de su marido para que no le permitiera el acceso a la milicia, al gobierno ni a las relaciones cortesanas. Uno de sus tutores, el conde de Salazar, se apiadó de él y, además de enseñarle lo importante que era ser honrado e íntegro, intentó prepararle para otros cometidos de mayor trascendencia.

De todos modos, en la mente de Fernando cuajaron las tres ideas básicas que su padre mandó imprimirle. A saber: los reyes lo son por derecho divino, la religión católica debía regir toda su vida y nunca emprendería acciones contrarias a los intereses de Francia.

 
Pintura de la Casa de Campo, residencia campestre madrileña del Infante Fernando, regalo de su hermano Luis I.


La tradición exigía que a los siete años tuviera su propio cuarto y fuera asistido sólo por hombres. Su padre también le autorizó a oír misa y hacer las comidas con el Príncipe de Asturias. Conscientes del vacío y el desprecio que Isabel de Farnesio sentía por los dos, combatían el desafecto y la soledad amándose como dos buenos hermanos. Por ello, la temprana e inesperada muerte de Luis convirtió a Fernando en un hipocondríaco para el resto de su vida.





A partir de entonces, el infante tuvo terror a las enfermedades, sobre todo a la viruela, que también le atacó. Precisamente, se encontraba pasando la cuarentena cuando Felipe V en un arrebato de locura, escribió al presidente del Consejo de Castilla abdicando en su persona. El documento fue interceptado por el arzobispo de Valencia, hombre de confianza de Isabel de Farnesio. A1 clérigo le faltó tiempo para entregárselo a la reina y ésta lo rompió en pedazos. Desde ese momento guardias adictos a la soberana vigilaron todos los movimientos de su marido.

 
Retrato de la Infanta María Bárbara de Portugal (1711-1758), Princesa consorte de Asturias; obra de Jean Ranc.
 
 
Retrato del Infante Don Fernando de Borbón y Saboya, XXVIIº Príncipe de Asturias (1713-1759); obra de Jean Ranc.
 


En 1729, el futuro Fernando VI se casó en Badajoz con Bárbara de Braganza, la mujer que le había elegido su madrastra. La princesa había nacido en Lisboa el 14 de diciembre de 1711 y era hija de Juan VI y María Ana de Austria, reyes de Portugal. Era horrorosa, y tan avariciosa que consiguió hacerse con una inmensa fortuna, pero era culta y tenía un carácter estudioso y pacífico. Aprendió música, canto, labores e idiomas.

Cuando falleció, en 1758, hallaron en su biblioteca más de 2.000 libros. Volúmenes firmados por los clásicos, de viajes, medicina, filosofía, ciencias políticas, matemáticas, religión, etc. Para paliar su fealdad y su gordura se vestía siempre con sus mejores galas y se adornaba con impresionantes joyas.

 
Retrato de Doña Isabel de Parma, Reina de las Españas y de las Indias (1692-1766); obra de L.M. Van Loo.


Hasta que Fernando fue proclamado rey, Bárbara tuvo que aguantar la marginación que le impuso la reina. Su marido aceptaba la situación con resignación cristiana, pero ella intentaba rebelarse, aunque sin ningún resultado. Los grupos casticistas y contestatarios, que odiaban a Isabel, tenían puestas sus esperanzas en ellos, pero enterada la reina del tema, rodeó a la pareja de espías.

Temiendo una sublevación, Isabel de Farnesio convenció al rey para que firmara un reglamento que regulara las actividades de los Príncipes de Asturias. Entre otras cosas se les prohibía comer en público, salir de paseo, visitar templos o conventos y recibir a embajadores, excepto a los de Francia y Portugal. Sólo podían visitarles y por separado, cuatro personas previamente autorizadas.

Esta especie de arresto domiciliario supuso una etapa de abandono y olvido, aprovechada por la reina para difundir el rumor de que Fernando era un enfermo irrecuperable y un incompetente. Por ello, cuando sustituyó a su padre, sus primeras medidas fueron desterrar a su madrastra a La Granja y emprender numerosas reformas.



El 9 de julio de 1746 falleció Felipe V. Al nuevo rey, de 33 años, lo describieron como un hombre de pequeña estatura y semblante ordinario. Melancólico y dócil, pero con violentos arrebatos de cólera e impaciencia. De la reina destacaban, su fealdad, su gula, su egoísmo y su avaricia. Pero todos coincidían en que los nuevos monarcas habían quedado tan asqueados de las guerras domésticas y de los conflictos internacionales promovidos por Isabel para situar a sus hijos, que sólo aspiraban a mantener la paz dentro y fuera de casa.

Fernando VI estaba convencido de que el amor a las conquistas territoriales había perjudicado los intereses nacionales, paralizando adelantos en la agricultura y el comercio, y como amaba la tranquilidad y no tenía los intereses políticos de su padre, impulsó una política de desarrollo económico.

Durante su reinado se vivió un decenio de fomento continuado de la riqueza del país. Sentó las bases de un mercado nacional, autorizando la libre circulación de mercancías en cualquier punto del Estado, algo impensable hasta entonces, ya que las aduanas y los impuestos interiores lo había hecho imposible. Otro mérito suyo fue refundir todos los tributos en uno.

En cuanto a Madrid, propulsó la estructura actual de la capital. Amante de la caza y la naturaleza, prohibió a los particulares el aprovechamiento de pastos, pesca y leña de los montes de El Pardo para que no se deterioraran o cayeran en manos privadas. Declaró bosque real la Casa de Campo, que había recibido como regalo de su hermano Luis. Además, la amplió expropiando terrenos y viviendas.

En cuanto a la política internacional, su mayor preocupación fue el lamentable estado en que su padre le dejó el conflicto de Italia. Fernando VI se mantuvo neutral en la primera fase de la Guerra de los Siete Años. Recuperó Menorca, que, al igual que Gibraltar, estaba en poder de Inglaterra. Los ingleses se apoderaron del Peñón en 1704, durante la guerra de Sucesión, y luego se quedaron con él a perpetuidad gracias al tratado de Utrecht.



El pueblo sabía que su rey era un hombre de carácter débil, dominado por su "bárbara esposa", pero como el país marchaba mejor que nunca, estaban contentos con él. Fernando participaba con gusto en una ceremonia vinculada a la sensibilidad callejera. Se celebraba el día de Jueves Santo. El rey sentaba a su mesa y lavaba los pies a 13 pobres de solemnidad. La ceremonia empezaba con el reconocimiento médico de los sin techo para comprobar que no padecían ninguna enfermedad contagiosa. Recordemos que para el monarca un simple catarro era sinónimo de muerte.

El siguiente paso era asearlos, tarea que corría a cargo del servicio. Entonces aparecía el rey, que venía de la capilla en comitiva, escoltado por su guardia. El monarca se quitaba la capa y el sombrero y procedía al lavatorio. Seguidamente se servía la comida con el habitual protocolo utilizado en la corte. En el menú entraban todo tipo de verduras, arroz, pescado fresco y empanado que, dadas las comunicaciones de la época, no se sabe en qué estado llegaría a una capital que no tiene el mar cerca. De postre, dulces y frutas.



En mayo de 1758, Bárbara de Braganza, que estaba muy enferma, sufrió una recaída y ya no se recuperó. Falleció el 27 de agosto, a los 47 años, de un cáncer de útero. El rey no superó la marcha de su amada esposa. Habían afrontado juntos las acometidas de Isabel de Farnesio y ya se sabe que las adversidades unen mucho.

La gran sorpresa vino cuando abrieron su testamento y se descubrió que había nombrado heredero universal a su hermano Pedro. La reina había acumulado siete millones de reales. Una fortuna, fruto de sus años de rapiña. Al pueblo le dolió mucho más que ese capital saliera de España, que la muerte de su soberana. A su marido le legó joyas de poco valor, una imagen de la virgen, y lo que él eligiese de sus pertenencias. Fernando cogió una carta manuscrita de Santa Teresa, unos cuadros y un juego de té. Por deseo suyo, Bárbara fue enterrada en el convento de la Visitación, más conocido por Las Salesas.



El físico y la mente del rey empezaron a debilitarse a pasos agigantados. Abandonó los asuntos de Estado y su cuidado personal. Lloraba sin cesar. Cualquier conversación servía para recordar a su mujer. Dormía sobre dos sillas y un taburete. Se había vuelto loco.

 
Retrato de Don Fernando de Silva y Alvarez de Toledo, XIIº Duque de Alba (1714-1776); obra de A.R. Mengs, 1760. / Abajo, detalle de un cuadro del siglo XVIII que representa el Castillo de Villaviciosa de Odón, propiedad comprada en 1738 por el rey Felipe V y, más tarde, otorgada al Infante Don Luis Antonio Jaime de Borbón Farnese, futuro Conde de Chinchón y "guardián" de su enloquecido y recluído medio-hermano Fernando VI.
 
 

El duque de Alba consiguió que testara. Como no había tenido hijos, nombró sucesor al futuro Carlos III, rey de Nápoles y de Sicilia, y de regente a Isabel de Farnesio, lo que nunca hubiera hecho de estar en su sano juicio. Fernando VI murió el 10 de agosto de 1759, en el castillo de Villaviciosa de Odón, donde se había recluido desde que le faltó su esposa. Fue enterrado junto a ella, en las Salesas.


lunes, 16 de marzo de 2015

FELIPE V, REY DE LAS ESPAÑAS

FELIPE V EL ANIMOSO
1683 - 1746
 


Adicto al sexo y maníacodepresivo, vestido con una camisa de su mujer que no se cambiaba, y famoso por sus paseos desnudo por palacio, el primer Borbón que reinó en España, Felipe V, acabó loco pero siendo uno de los pocos monarcas que han reinado dos veces.
El fundador de la dinastía borbónica en España nació en Versalles el 19 de diciembre de 1683. Era el segundo hijo del Delfín, Luis de Francia, y nieto de Luis XIV, el más poderoso de los monarcas de la época y rey de Francia.

 
Retrato del Príncipe Felipe de Francia, Duque d'Anjou (1683-1746); obra de Joseph Vivien.


Felipe, duque de Anjou, llegó a España con 17 años, desconocía el país y el idioma, era inexperto y sin una preparación adecuada, se había criado en una Corte en la que el Rey Sol impuso el culto al lujo, la belleza y la ostentación. Su padre era un anodino personaje que se desentendía de todo y de la madre de Felipe, María Ana Cristina de Baviera, se dice que era fea, retraída e insignificante.

Con estos antecedentes no es extraño que Felipe resultara un hombre retraído, melancólico y triste. Huérfano de madre a los siete años, sus mentores fueron la duquesa de Orleans, el médico Helvetius y Fénelon, su confesor, que acuñó en la mente del niño la frase: "Antes muerto que caer en pecado mortal", algo que le marcaría toda la vida.

 
Retrato de Don Felipe V, Rey de las Españas y de las Indias en 1701; obra de H. Rigaud.


Felipe tenía el pelo rubio y rizado, la frente ancha, los ojos grandes y el labio inferior levantado, como los Habsburgo. Por cuestiones de estrategia su abuelo consideraba que había que casarlo. Eligieron a María Luisa de Saboya, una adolescente de trece años, porte airoso y rostro agradable. La princesa lloró, pataleó y se negó a contraer matrimonio. La boda por poderes se celebró el 11 de septiembre de 1701 en Turín y después en Figueras, hasta donde Felipe había viajado para recibir a su mujer.

 
Retrato de la Princesa Maria-Luisa Gabriela de Saboya, Reina consorte de las Españas y de las Indias (1688-1714).


Felipe, se enamoró de ella en cuanto vio su retrato. Mujer inteligente, María Luisa demostró tener grandes dotes para la política y para adaptarse a las costumbres de su nuevo país. Mujer de enormes cualidades, acostumbraba a salir de incógnito por Madrid para cenar al son de coplas y guitarras en las ventas situadas a las afueras de la capital

La pareja tardó tres días en consumar el matrimonio porque la reina temía el encuentro íntimo. Pero, una vez que los jóvenes saborearon las delicias del amor, no se encontraba fórmula para sacarlos de la cama.

Felipe se convirtió en un obseso sexual, condición que mantendría a lo largo de su vida. Sin embargo, sus convicciones religiosas eran tan fuertes que fue incapaz de cometer una infidelidad. Durante el tiempo que pasó desde la muerte de María Luisa a su boda con su segunda mujer, Isabel de Farnesio se negó a tomar una amante. Eso sí, en ese interregno su carácter se agrió y se convirtió en un ser insoportable. Su única razón de vivir era el sexo.

Felipe y María Luisa se querían. Ella escribía a sus antiguas damas diciéndoles que su esposo la divertía y la fascinaba. "Jugamos al cucú y al escondite para hacer más apetecible después nuestro encuentro".

Con estos juegos amorosos, a Felipe no parecía preocuparle el asalto que sufrían sus territorios y, ante su inercia, la reina, bastante más consecuente que él, lo echó de su cama. Sólo así el monarca se puso al frente de sus tropas. El fuego que llevaba dentro encontró una salida en el campo de batalla. Desde entonces se le conocería por "El Animoso". Cuando regresó se encerró con su mujer en el dormitorio y no salieron en una semana.

El 25 de agosto de 1707 nació el primogénito, a quien llamaron Luis, en homenaje al Rey Sol. En 1709, Felipe, que vivió una semana; y en 1713, el futuro Fernando VI.

Cinco meses después moría la reina, el médico confirmó que estaba tuberculosa, además de tener el hígado y los riñones muy dañados. Un diagnóstico que realizó a simple vista porque el rey no permitió que otras manos tocaran a su mujer y que otros ojos la vieran desnuda. La reina falleció con 26 años y Felipe cayó en una depresión profunda.

 
Retrato de la Princesa Isabel de Parma, Reina consorte de las Españas y de las Indias (1692-1766).


El rey precisaba con urgencia una mujer a su lado y eligió a Isabel de Farnesio, de 22 años, hija de Eduardo III, duque de Parma. Físicamente era de estatura media, rechoncha y con la cara picada de viruelas. Altiva, atrevida y ambiciosa, no era la persona que el rey necesitaba para mitigar su desequilibrio mental.

"La Parmesana" hablaba varios idiomas, tenía algún conocimiento de historia y gustaba de la pintura y la música casi tanto como de la pasta y el queso, que se hacía traer de su país. Educada como una cortesana, enseguida cogió el tranquillo a su marido. Mujer de armas tomar, rivalizaba con su esposo en las cacerías y en la cama, y si para tener contento al rey había que darle sexo, caza y comida, nunca habrían de faltarle las tres cosas. De esta manera, ella podía dedicarse a sus intrigas políticas.

 
Retrato de la Familia de Felipe V en 1743, obra de L.M. Van Loo.


El pueblo nunca la quiso y ella lo sabía. "Los españoles no me aman, pero yo también los odio", solía repetir. Provocó serios conflictos de Estado y promovió desastrosas guerras para situar a los siete hijos que tuvo con Felipe V. No le fue mal. Casó bien a las niñas, y Carlos fue rey de Nápoles, Sicilia y España, y Felipe, su amado "Pippo", duque de Parma, Piacenza y Guastalla.

Desgastado físicamente por el abuso del sexo y desequilibrado mentalmente, un buen día se puso a gritar como un poseso en el palacio del Buen Retiro porque creía que su ropa interior y las sábanas estaban embrujadas. Y empezó a coger la costumbre de no mudarse, de no lavarse, de no cortarse el pelo, ni las uñas. Envuelto en mugre, permanecía semanas enteras en la cama.

 
Retrato de Don Felipe V (1683-1746) en 1739, según L.M. Van Loo.


Cada crisis traía consigo una nueva manía. Vestía, como única prenda, una camisa de la reina porque decía que sus ropas estaban envenenadas. Otras veces se creía rana o difunto. A largos períodos de silencio le seguían otros agresivos. Paseaba desnudo por el palacio de El Pardo. Cantaba a viva voz y pegaba a su esposa, con quien discutía a grito pelado.

Despachaba con sus ministros a las dos de la madrugada, cenaba a las cinco y se acostaba a las siete. Como había perdido la potencia sexual, de la que Isabel se valía para dominarlo, empezó a ser tratado por curanderos sin ningún resultado.

El monarca había abdicado en 1724 en favor de su primogénito Luis, que tan solo reinó 7 meses porque murió de viruela. El rey, a instancias de su dominante mujer, volvió a retomar el poder y lo conservó hasta su muerte, el 6 de julio de 1746. Aparte de su locura, padecía gota y murió fulminado por una apoplejía. Su cadáver fue expuesto tres días en el salón de la primera planta del inacabado Palacio Real.

miércoles, 28 de enero de 2015

Anécdotas Históricas -265-



A finales de su largo reinado y antes de que fuera definitivamente apartado del ejercicio del poder, el rey Jorge III de Gran-Bretaña, aquejado de episodios de psicosis maníaco depresiva y de porfiria, se distinguía por farfullar palabras incomprensibles, divagar y convertir las reuniones del Consejo de Ministros en una experiencia delirante para los que acudían. En una ocasión, y durante una discusión de los ministros sobre los asuntos importantes del momento, el monarca les interrumpió bruscamente inquiriendo:

-"¿Quién de ustedes puede explicarme cómo se las apañan los cocineros para embutir las patatas en su rebozado? Si ¿verdad?"

Anécdota de: Jorge III, Rey de Gran-Bretaña e Irlanda, Elector de Hannover (1738-1820).

miércoles, 15 de octubre de 2014

CURIOSIDADES -157-

"Regalo de bodas"



Sir George Seton (1584-1650), segundón de una noble e eminente familia escocesa, se convirtió inesperadamente en el 3er. Conde de Winton el 26 de junio de 1606 gracias a la forzada renuncia de su hermano mayor, Robert, 7º Lord Seton (1583-1634), 2º Conde de Winton desde el 22 de marzo de 1603. Éste, se había casado el 1 de febrero de 1603 con la no menos linajuda Lady Ann Maitland, hija única del 2º Lord Maitland de Thirlestane y Boltoun*. La misma noche de bodas, el flamante novio, que no estaba muy en sus cabales, no tuvo otra "divertida" ocurrencia que vaciar el contenido de su orinal en el escote de la novia. Atónita y cubierta de excrementos, convertida en una enfurecida medusa, vociferó como una posesa que se divorciaría de ese asqueroso energúmeno. Ambas familias tomaron inmediatamente cartas en el asunto. Entretanto, falleció el padre y 1er Conde de Winton y el escatológico Lord Robert Seton asumió naturalmente el título condal, pero fue rápidamente apartado de las miradas ajenas y encerrado en Seton Palace, y posteriormente trasladado a Winton House.

Declarado loco por sus familiares e inhabilitado por el rey Jacobo VI para asumir la gerencia de sus cuantiosos bienes y fortuna, se presionó al enajenado Lord Winton para que renunciara a su título en favor de su hermano menor Sir George Seton, el cual acabó por convertirse en el tercer conde de Winton aunque no recibió la confirmación oficial hasta el 12 de mayo de 1607.

En cuanto a Lady Winton, ésta obtuvo el deseado divorcio "por la probada impotencia de su cónyuge". Moriría en 1609, seis años después de aquella noche de bodas inolvidable.


(*)_Futuro 1er. Conde de Lauderdale en 1624. 

miércoles, 11 de diciembre de 2013

LUISA ISABEL DE ORLÉANS, la desvergonzada reina


LA REINA EXHIBICIONISTA
 
 

De Alejandra Vallejo-Nagera in "Locos de la Historia"

Luisa Isabel de Orleáns y Borbón se despide de Francia cuando la obligan a casarse con su sobrino Luis, por entonces Príncipe de Asturias y aspirante al trono de España. Al poco de llegar la princesa, que todavía es una niña, se dedica a eructar y ventosear en público, se niega a hablar, presenta una peculiar tendencia a comer a escondidas dulces y también rábanos que flotan en gran cantidad de vinagre. Al principio los españoles piensan que sus extravagancias acaso estén à la mode en Versalles o en el Palais Royal, donde ella se ha educado y donde se estilan conductas harto antojadizas; por eso, en los primeros meses, la recién llegada es observada igual que si fuese un mono de feria. Pero a medida que pasa el tiempo Luisa Isabel pinta maneras cada vez más estrafalarias, con persistente inestabilidad psíquica, abandono personal y descontrol de los impulsos. (....)


Sin embargo, al apreciar el escenario desde una perspectiva más amplia no cabe más remedio que entregar a Luisa Isabel la condescendencia que merece y que jamás obtuvo. De entrada, por su organismo corre el mejor pasaporte al país de la locura: endogamia galopante, carencia afectiva, ambiente educativo incoherente, entorno excéntrico y, lo peor, una grave psicosis con la que algunos parientes contaminan a otros. A esto se añade que, siendo todavía una niña, se ve empujada a asumir el papel de reina. Desde tiempo inmemorial llevan casándose entre sí los ancestros de Luisa Isabel, sus abuelos (varones) son hermanos, sus padres son primos hermanos, cada célula de su cuerpo podría ser considerada prima carnal de la contigua.


PERTURBACIONES FAMILIARES


Todo ello da lugar a los desarreglos característicos de la endogamia perseverante, pero en el caso de la reina Luisa Isabel, además, tales desórdenes genéticos se acompañan del entorno menos propicio para una princesa destinada a reinar. En su abuelo materno, Luis XIV, se mezclan gigantescas virtudes con un perfeccionismo obsesivo e indudables síntomas de trastorno narcisista. La rama paterna (padre, abuela y abuelo) también exhibe un abigarrado escaparate de perturbaciones; el muestrario no tiene desperdicio: desconexión social, impulsividad, hipercompensación narcisista, intolerancia, crueldad, alcoholismo, depravación sexual, violación de normas, excentricidad, histrionismo y falta de empatía. (...)

Cuando Luisa Isabel visita a Felipe V en su retiro de La Granja, se dedica a corretear por los jardines en fino camisón, buscando que el viento lo levante y muestre la carne interior a los ojos de cualquiera que esté mirando. Felipe V tiene la mala suerte de ser uno de estos espectadores, ni que decir tiene el soponcio que se lleva y cómo le azota la conciencia de pecado mientras, en la cámara contigua, la reina Isabel se da golpes en el pecho y exclama: «Hemos hecho una terrible adquisición».

Una de las características del síndrome psíquico que padece Luisa Isabel [trastorno límite de personalidad] es la intolerancia a estar sola o a sentirse abandonada por las personas de las que depende afectivamente; en el caso de la joven soberana ocurre al fallecer su padre en Francia. En situaciones de orfandad emocional estos enfermos se precipitan a vengarse, a cometer actos destructivos y a sentirse en permanente confusión consigo mismos; exhiben verdaderas dificultades para controlarse.

En líneas generales, estos pacientes desconocen los límites; por ejemplo, Luisa Isabel es sorprendida en repetidas ocasiones con tres de sus camaristas, todas desnudas, embebidas en un juego conocido con el grosero nombre de broche-au-cul, lo cual significa, en una traducción libre, «palo en el culo». La distracción en discordia consiste en agredirse con un bastón, teniendo las manos y los pies atados, hasta hacer rodar al contrincante y reírse luego con lo complicado que le resulta recuperar de nuevo la verticalidad. Los testigos han de taparse el rostro para no ver las partes pudendas de la reina revolcándose por el pavimento junto a las de otras tres individuas de hechura parecida. (...)

 
Retrato del rey Luis I de España (1707-1724).


Sin embargo, en sus vaivenes emocionales drásticos, Luisa Isabel pasa de la afrenta a un pavoroso arrepentimiento, con terribles sentimientos de culpa y lesión a su autoimagen; se ve malvada o profundamente desgraciada, en especial cuando vislumbra la amenaza del abandono; en momentos así se aferra a quien la regaña, estableciendo una relación de sumisión y compulsiva dependencia. Por ejemplo, el día en que el rey Luis la reprende severamente «haciéndole leer una lista escrita de todas sus excentricidades y anunciando que su paciencia se había agotado», ella inmediatamente se hinca de rodillas y suplica perdón y ayuda. Jura un propósito de enmienda, asegura que a partir de ese momento será una buena reina. (...) Pero como todos los que padecen su mismo trastorno, la reina no es consciente de lo que hace ni por qué lo hace, no controla las consecuencias de sus actos, lo único que sabe es que no puede evitar transgredir permanentemente las reglas. En el aseo personal, en la higiene alimenticia o en el decoro al vestirse encuentra campos disponibles para sus misiles personales. Igual que le sucediese a su padre, aunque por razones distintas, Luisa Isabel se echa en los brazos del escándalo. De este modo los españoles ven a su soberana salir al pasillo en camisón y atravesar a galope corredores y jardines llevando solamente una camisa de fina tela que deja entrever sus formas.




UNA FINA ENAGUA


Se presenta ante toda la corte sucia y maloliente, se niega a utilizar ropa interior e intenta provocar al personal exponiendo sus partes vergonzantes de un modo sibilino. Una de las anécdotas que más ceban su maltrecha fama ocurre en el jardín de palacio. La Reina lleva puesta nada más que una fina enagua cuando, de pronto, se le ocurre encaramarse en lo alto de una escalera de mano que apoya sobre el tronco de un manzano. Desde allí arriba pide socorro a grandes voces. Uno de los mayordomos acude en su auxilio, encontrándose de bruces con las posaderas de su majestad. El mariscal de Tessé manda un informe detallado a Francia: «Estaba subida en lo alto de una escalera y nos mostraba su trasero, por no decir otra cosa. Creyó caerse y pidió ayuda; Magny [el mayordomo] la ayudó a bajar delante de todas las damas, pero, a menos de estar ciego, es evidente que vio lo que no buscaba ver y que ella tiene por costumbre mostrar libremente».

Como es habitual en estos enfermos, ella también oscila de un extremo a otro en sus relaciones interpersonales, incluso varias veces al día, pasando de la euforia a la depresión, de la credulidad a la desconfianza paranoide, del amor al odio, del apego al desdén. Los espías franceses cuentan que el matrimonio se las apaña bien a veces: «Nuestro amor aumenta de día en día y yo procuro satisfacerla», escribe el candoroso príncipe, pero simultáneamente y sin aviso previo se matan entre sí. (...)

Es habitual en los enfermos como Luisa Isabel la adicción a sustancias que alteran la conciencia. La reina de España se niega a tocar la comida en la mesa, pero luego se esconde y engulle de modo compulsivo todo lo que encuentra a mano, sea o no comestible. Riega su bulimia con vino, cerveza y aguardiente, modificadores del estado anímico a los que se vincula casi a diario. El personal de palacio se ha acostumbrado a verla borracha y tiene orden de vigilar de cerca lo que ingiere; se registra que, en una única sentada, engulle un potaje con guarnición y su caldo, dos clases de carne de cuatro libras cada una, dos huevos frescos, dos platos de asado con su correspondiente ensalada y, como colofón, se zampa cuatro clases de dulces. Por todos lados llueven los comentarios: «Se ha llenado de rábanos y de ensalada con vinagre, que no sé cómo no revienta, pero por comer se pierde tanto que hasta come el lacre de los sobres», declara el marqués de Santa Cruz a Felipe V.

La vorágine psicológica en la que Luisa Isabel se halla inmersa se agrava en semanas. Nadie a su alrededor sabe ayudarla; todo el mundo la observa, cuchichea o se ríe de ella. Las murmuraciones circulan con anécdotas picantes, cada día se presenta con una fechoría más grave aún que la anterior. A la desnudez en público se suma, de la noche a la mañana, una nueva y extraña obsesión por la limpieza; la Corte ve a su soberana afanarse en el lavado de pañuelos, cristales, baldosas, azulejos y tejidos de toda índole. La comezón limpiadora la empuja a pedir una bañera en la que pasa dos horas frotando ropa con manchas inexistentes.(...)

El punto álgido de su desequilibrio mental tiene lugar en una recepción pública. Los súbditos allí presentes ven atónitos cómo la soberana se desnuda, agarra su vestido y se afana en limpiar con él los cristales del salón. El bochorno es general y la chismografía vuela por los pasillos y atraviesa los jardines; ya nadie tiene duda de que la soberana de España ha perdido el juicio. El rey Luis, destrozado, escribe a su padre: «De suerte que no veo otro remedio que encerrarla lo más pronto posible, pues su desarreglo va en aumento».

lunes, 19 de agosto de 2013

Anécdotas Históricas -231-



Poco antes de que se produjera la invasión de Portugal, aliada de Gran-Bretaña, por parte de la coalición franco-española liderada por el Mariscal Junot -por negarse ésta a colaborar con Francia y España en el bloqueo europeo contra los Británicos-, el entonces Príncipe-Regente Don Juan decidió que, para evitar ser apresados por las tropas napoleónicas y españolas, toda la Familia Real y su corte partiera inmediatamente para Brasil el 13 de noviembre de 1807.
Durante los preparativos, que fue una mudanza en toda regla de la monarquía lusa con todos sus enseres, muebles y tesoros artísticos, la reina María I de Portugal (1734-1816), que llevaba un tiempo apartada del gobierno por sus desvaríos desde que había enterrado a su marido y a su primogénito, y recluída en su hermoso Palacio de Queluz, se resistió tercamente a que hicieran sus baúles. Estaba persuadida que querían llevarla hasta el mismísimo infierno. Con mano izquierda, mucha psicología y no poca paciencia, dos miembros de la Familia Real consiguieron finalmente persuadirla. Apremiada y casi llevada en volandas por su séquito para que subiera en el carruaje que debía llevarla hasta el puerto de Lisboa, desde donde debía partir el barco para Brasil, exclamó:

-"¡No corramos tanto, van a creer que estamos huyendo!"

Anécdota de: María I "la Loca", Reina de Portugal, Brasil y de los Algarves (1734-1816). 

jueves, 3 de mayo de 2012

CURIOSIDADES -28-



Fue a raíz de un atentado fallido en 1786 contra el soberano británico, Jorge III, que se sentó un precedente legal por el cual todos los dementes y lunáticos acusados de asesinato, incluyendo el regicidio, evitaban automáticamente la pena capital para ser internados en un hospital psiquiátrico a perpetuidad. En 1800, el Parlamento publicaba la Criminal Lunatics Act o Ley Criminal para Lunáticos, inspirada en el Caso de Margaret Nicholson de 1786, y que introducía el novedoso concepto de "no culpabilidad por demencia" en el código penal británico.

El 2 de agosto de 1786, día en que el rey Jorge III de Gran-Bretaña salía del Palacio de Saint-James para subir a su carruaje, éste fue repentinamente abordado por una mujer de mediana edad que quiso remitirle una petición escrita. Sin discernir amenaza alguna, el rey se avino a escucharle. Apenas aceptó el pliegue, la mujer sacó un cuchillo de postre que ocultaba y asestó dos golpes al monarca sin hacerle daño alguno. La guardia enseguida se echó encima de la supuesta regicida para reducirla. Constatando que aquélla no le había herido y examinando la inofensiva arma blanca, un cuchillo de postre con mango de nácar, rogó a los guardias que suavizaran su trato con la pobre, diciendo:

-"La pobre criatura está loca. No le hagan daño, ya que ella no me lo ha hecho."

Gracias a la intervención del rey en su favor, la presunta regicida de 36 años que respondía al nombre de Margaret Nicholson se salvó de un juicio por intento de regicidio, que solía acabar con una sentencia de muerte, y fue internada de por vida en el Hospital Bedlam -un establecimiento para lunáticos, dementes y locos peligrosos-.

Las investigaciones judiciales sobre la sujeta revelarían que su desarreglo mental se debía a un gran desengaño amoroso que la había hondamente trastornado. Procedente de una familia trabajadora, de clase obrera, Margaret Nicholson había trabajado como sirvienta en diversas distinguidas casas de Londres antes de convertirse en una fabricante artesanal de mantillas. Comprometida con otro sirviente, del que estaba locamente prendida, la ruptura de su noviazgo la sumió en una depresión nerviosa que acabó por hacerla desvariar, tal y como atestiguaban las decenas de cartas que encontraron tras un registro policial en su domicilio. Su locura llegó hasta el punto de declararse legítima heredera del trono de Inglaterra en una de ellas.

Considerando su caso, los jueces, de acuerdo con el monarca, decidieron que no era apta para ser juzgada como una criminal ordinaria y se decretó su ingreso en el psiquiátrico de Bedlam, en el que pasó los últimos 42 años de su vida. Murió en 1828, a la edad de 78 años.



Para desgracia de Margaret Nicholson, Bedlam no era precisamente una casa de reposo para los dementes sino una cárcel donde el trato a los enfermos era inhumano, tal y como nos lo muestra una pintura de William Hogarth, fechada en 1734.

viernes, 27 de mayo de 2011

LAS VICTIMAS DE IVÁN IV "EL TERRIBLE"

LAS VÍCTIMAS DE IVÁN "EL TERRIBLE"




IVÁN IV VASSILIEVICH "GROZNYI", ZAR DE RUSIA, Y SUS VÍCTIMAS


Las atrocidades cometidas por el primer Zar de Rusia, Iván IV Vassilievich "Goznyi" o "el Terrible" (1530-1584), más exactamente "el Duro" o "el Severo", y de sus esbirros deben ser integradas en el contexto de su época. La perversidad sádica y violenta del zar era de sobras conocida desde su infancia, cuando se deleitaba ya en torturar a los pájaros.


Recordemos que Iván IV reinó personalmente de 1547 a 1584, sucediendo a la edad de 3 años a su padre el Gran Príncipe Vassili III Ivanovich de Moscovia, bajo la regencia de su madre, nacida princesa Serbia. Ésta fue envenenada por los boyardos al cabo de cinco años e Iván se convirtió en un rehén de los clanes que se disputaban el poder mientras le dejaban literalmente pudrirse como un mendigo entre las paredes del Kremlin. Humillado, maltratado, insultado, menospreciado, Iván IV crecería con el carácter ensombrecido y el ánimo trastocado, sediento de venganza.


Enfermo de sífilis, se hundió progresivamente en una locura furiosa que corresponde a la fase final de dicha enfermedad, agravada por su tratamiento médico que consistía en la toma, en pequeñas dosis, de mercurio. Dicho tratamiento, corriente en la época para combatir la sífilis, producía daños cerebrales irreversibles que derivaban en constantes cambios de humor, ataques de euforia y de cólera, y psicosis progresiva. Dado que Iván ya era terreno más que abonado para convertirse en un personaje cruel y despiadado, se puede decir que la sífilis y el mercurio hicieron el resto: convertirle en un monstruo.


Su primer crímen contra un semejante, lo cometió a la edad de los 13 años, justo cuando empezaban algunos a respetarle. Después de ordenar que una jauría de perros despedazase al príncipe Andrei Chuisky, Iván se convirtió en un asesino compulsivo.


Aqui nos limitaremos a citar por orden alfabético gran parte de sus víctimas con nombres y apellidos.





ADACHEV, Aleksei Feodorovich, ex-oficial y ex-voivoda, encarcelado en Dorpat en 1560; murió de hipotermia en su celda dos meses después.


ADACHEV, Daniel Feodorovich, hermano del anterior, héroe militar ejecutado en 1560 junto con su hijo de 12 años.


ALEKSANDRA, novicia y viuda del Gran Príncipe Yuri Vassilievich de Moscovia -hermano sordo-mudo de Iván IV-, ahogada en Bielozersk en 1581.


BASMANOV, Feodor; obligado a matar a su padre encarcelado en julio de 1570 y luego, a su vez, ejecutado por parricida.


BOMELIUS, Eliseo; médico del Zar y proveedor de venenos. En 1581, fue sentado sobre un potro de tortura donde se le desencajaron las piernas, azotado y lacerado con un látigo de tiras de hierro antes de ser rustido como un pollo. Devuelto a su celda, murió enseguida de sus graves quemaduras.


CHEREMETIEV o SHEREMETIEV, Ivan; gran voivoda, terror de los Tártaros de Crimea, encadenado y torturado en 1560.


CHEREMETIEV o SHEREMETIEV, Nikita; hermano del anterior, varias veces herido en las campañas militares, pacificador de Kazán, muerto por estrangulación en 1560.


CHUISKY, Aleksandr; príncipe, héroe de la conquista de Kazán y gobernador de la misma ciudad, decapitado con una hacha en Moscú, ante la Iglesia de N.Sra. de la Intercesión -actual Basílica de Basilio el Dichoso, en la Plaza Roja-, el 4 de febrero de 1565. Su hijo Piotr Aleksandrovich Chuisky, con 17 años, recogió su cabeza para besarla antes de librarse al mismo suplicio.


CHUISKY, Andrei; príncipe, arrestado a finales del año de 1543, en pleno banquete por los picadores del zar, y librado en plena calle a una hambrienta jauría de perros de caza que le despedazaron vivo. Figura como la primera víctima humana de Iván "el Terrible", ya que antes se contentaba con reventar los ojos de los pájaros, de abrirles las entrañas y de tirar desde lo alto de las murallas del Kremlin a pobres perros, para deleitarse con sus gritos de agonía...


CHUISKY, Piotr Aleksandrovich; príncipe, decapitado en Moscú el 4 de febrero de 1565.


CHYBANOV o SHIBANOV, caballerizo de Andrei Kurbsky; torturado, atenazado y asesinado en 1562.


CHYSHKIN o SHICHKIN, ejecutado en 1560 junto con su esposa y todos sus hijos.


CORNELIUS, abad de Psok; aplastado lentamente por una rueda de piedra de molino en 1577.


DAMAS BOYARDAS y esposas de comerciantes, violadas hasta la muerte por el Zar y sus oficiales en julio de 1568.


EUDOXIA, Gran Princesa de Moscovia; tía del Zar, monja, ahogada en 1581 en Bielozersk.


EUFROSINA, princesa: véase VLADIMIR ANDREIEVICH.


FEDOROV, Gran Caballerizo de la Corte desde 19 años, apuñalado por el Zar Iván IV en 1568, y rematado por los Opritchniks. Su cadáver fue abandonado a los perros y su mujer fue degollada.


FUNIKOV, tesorero del Zar; duchado alternativamente de agua hirviendo y de agua helada, provocando que su piel se despegase igual que la de una anguila, el 25 de julio de 1570. Su viuda, hermana del príncipe Atanasio VIAZEMSKI, fue desnudada ante su hija de 15 años, atada y puesta a cuatro patas sobre una gruesa cuerda tensada, para sufrir el largo tormento de la fricción contra su vagina. El mismo día, tuvieron lugar 200 ejecuciones capitales.


GLINSKI, Yuri; acusado de haber provocado el incendio de Moscú por medio de la brujería, fue golpeado de manera contundente en la cabeza, en la catedral de la Asunción, luego estrangulado y su cuerpo sacado a rastras del Kremlin hasta la plaza reservada para las ejecuciones, donde fueron asesinados toda la familia y sus servidores.


GOLOKHVASTOV, voivoda; refugiado en un monasterio sobre orillas del Oka y encontrado por los Opritchniks, quienes le llevaron ante el Zar. Iván IV lo hizo saltar en mil pedazos, al atarle sobre un barril de pólvora.


HABITANTES DE NOVGOROD; los monjes y religiosos fueron asesinados a masazos, los demás habitantes, a razón de un millar al día, fueron tirados en las aguas heladas del Volkhov y arrastrados por la cabeza o por los pies con trineos. Las madres eran ahogadas junto con sus hijos, los maridos morían entre los brazos de sus esposas. Los Opritchniks, montados en barcazas, remataban a aquellos que intentaban sobrevivir, a golpe de picas, lanzas, picos y hachas. En cinco semanas, el número de víctimas fue de 15 a 60.000 según diversos autores (7 de enero de 1570).





IVAN IVANOVICH, Zarevich de Rusia; hijo y heredero de Iván IV el Terrible. Gravemente herido en la cabeza por un violento golpe de bastón propinado por su padre en el curso de un ataque de ira. Fallecería al término de cuatro días de agonía, el 19 de noviembre de 1581.


KACHIN, Yuri, príncipe; miembro del Consejo, y su hermano, ejecutados juntos en 1560.


KUBENSKY, Iván; decapitado en 1546.


KURLIATEV, príncipe; amigo de Aleksei ADACHEV. Se le forzó al principio a convertirse en monje y abrazar la vida monacal. Luego se le condenó a muerte junto con todos los demás miembros de su familia en 1560.


LEONID, Arzobispo de Novgorod; cosido en una piel de oso en 1577 y librado a una jauría de perros hambrientos que lo despedazaron y devoraron vivo.


MARÍA, dama polonesa; amiga de Aleksei ADACHEV, y sus cinco hijos fueron ejecutados juntos en 1560.


MARÍA, Zarina de Rusia; segunda consorte de Iván IV, probablemente asesinada el 1 de agosto de 1569.


MARÍA, hermana o esposa del primo-hermano de Iván IV, Vladimir; novicia, ahogada hasta la muerte en Bielozersk en 1581.


MONJES que rehusaron proceder a un inventario exhaustivo de sus tesoros. En 1581, en presencia del Zar y de su heredero Iván Ivanovich, los monjes fueron encerrados en un patio rodeado de altos muros y se les dió a cada uno un rosario y un pico antes de librarles a un grupo de osos hambrientos. Los monjes fueron destripados como ratas. Un solo hermano consiguió matar a un oso salvaje a golpe de pico antes de morir destripado, y se le canonizó más tarde por este acto de valentía.


MOROZOV, Mikhail; torturado junto con su esposa y dos hijos en 1577.


MUROMTZEV, Vassian; discípulo de CORNELIUS, abad de Psok y aplastado, igual que él, por una rueda de molino en 1577.


ODOIEVSKY, Nikita; ejecutado en 1577.


OVTCHINA-OBOLENSKY, príncipe; apuñalado por el Zar en 1560, por haber osado llamar "sodomita" al joven Feodor BASMANOV, favorito de Iván IV.


PHILIPO, metropolitano; ejecutado el 8 de noviembre de 1568. En primera instancia, encerrado en el convento de la Epifanía, condenado al encarcelamiento perpétuo, encadenado y finalmente estrangulado por MALIUTA-SKURATOV, favorito del Zar. Canonizado en 1652, sus restos fueron sepultados en la catedral de la Asunción de Moscú.


PRONSKI, Iván; general, ahogado en 1568.


PROSOROVSKI, Nikita; obligado a apuñalar a su hermano en la cárcel en julio de 1570, y luego juzgado, condenado y ejecutado por fraticida.


REPNÍN, príncipe; asesinado por orden del Zar, días después de rehusar que Iván IV le pusiera por la fuerza una máscara.


ROSTOVSKY, príncipes Semyon, Nikolai y N.; los tres fueron ejecutados en 1568. Uno de ellos, voivoda en Ninji-Novgorod, fue desnudado antes de ser decapitado y su cadáver tirado a las aguas del Volga.


SATIN, hermanos; los tres fueron ejecutados en 1560; una de sus hermanas se había casado con Aleksei Feodorovich ADACHEV.


TCHENIATOV, Piotr, príncipe; conducido a un monasterio y posteriormente torturado: fue braseado vivo sobre una parrilla en 1568.


TCHEVIREV, Dmitiri, príncipe; empalado vivo el 4 de febrero de 1565.


TELEPNEV, príncipe; empalado vivo el 25 de julio de 1570, tras presenciar cómo la soldadesca violaba a su madre.


THEODORITO, archimandrita; ahogado en 1577.


TIUTIN, Tesorero del Estado; despedazado vivo a hachazos en 1568, junto con su mujer, sus dos hijas y sus dos hijos menores de edad. La ejecución fue conducida por el príncipe circasiano, hermano de la Zarina.


VIAZEMSKI, Atanasio, príncipe; fallecido en el curso de los suplicios preliminares en julio de 1570.


VÍCTIMAS MOSCOVITAS del 28 de julio de 1570; ochenta mujeres fueron ahogadas en las aguas del Moskova. Los cuerpos de sus maridos, cortados en varios trozos, fueron abandonados por las calles de Moscú para que se pudrieran y, durante varios días, los perros arrastraron pedazos de carne humana por todas las calles de la capital.


VISKOVATI, Iván, príncipe; colgado por los pies, amordazado y atado antes de ser despellejado vivo el 25 de julio de 1570.


VLADIMIR ANDREIEVICH, príncipe, primo del Zar Iván IV; su mujer Eudoxia y sus dos hijos fueron convocados en Aleksandrovskaia Sloboda. Todos ellos fueron acusados de haber envenenado a la Zarina MARÍA. Las servidoras de la princesa fueron desnudadas y fusiladas. La princesa EUFROSINA, novicia, fue ahogada por orden del Zar.


VORONTSOV, Feodor; ex-favorito del Zar, decapitado en 1546.


VORONTSOV, Vassili; hermano del anterior, igualmente decapitado en 1546.


VOROTINSKY, Mikhail, príncipe; héroe de la conquista de Kazán, exiliado en Bielozersk en 1560 con todos los suyos. Perdonado en 1565, en 1577 fue atado a una viga de madera entre dos braseros ardientes. Desatado, gravemente quemado, murió en el curso de su transporte hacia el monasterio de Bielozersk.