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martes, 16 de septiembre de 2014

ENRIQUE IV, REY DE FRANCIA Y NAVARRA

ENRIQUE IV "EL GRANDE"
REY DE FRANCIA & DE NAVARRA
1553 - 1610
 
 


 

FICHA TÉCNICA:

Nacido el 14 de diciembre de 1553, en el Castillo Real de Pau, Navarra.

Hijo de: Antonio, Duque de Borbón y de Vendôme, y de Juana III de Albret, Reina de Navarra.

Declarado y jurado Príncipe de Viana (Heredero del Trono Navarro), en 1555.

Proclamado Rey de Navarra en 1572, como Enrique III de Navarra.

Casado con:

1º/-Margarita de Valois, Princesa Real e Infanta de Francia, hija del rey Enrique II de Francia y de Catalina de Médicis, Princesa de Urbino.

2º/-María de Médicis, Princesa Gran-Ducal de Toscana, hija del Gran-Duque Francisco I de Toscana y de la Archiduquesa Juana de Austria.

Hijos habidos del 2º matrimonio:

-Luis, Delfín de Francia y Príncipe de Viana, 1601-1643 (futuro Luis XIII).

-Elisabeth de Francia, Reina de las Españas, 1602-1644.

-Cristina de Francia, Duquesa de Saboya, 1604-1663.

-Enriqueta-María de Francia, Reina de Inglaterra, Escocia e Irlanda, 1605-1669.

-Nicolás de Francia, Duque de Orléans, 1607-1611.

-Gastón Juan-Bautista de Francia, Duque de Anjou, Duque de Orléans, 1608-1660.

Hijos naturales habidos: 9

con Gabrielle d'Estrées, Marquesa de Montceaux y Duquesa de Beaufort:

-César de Borbón, Duque de Vendôme y de Beaufort, 1594-1665.

-Catalina-Enriqueta de Borbón, 1596-1663.

-Alejandro de Borbón, Caballero de Vendôme, 1598-1629.

con Catherine-Henriette de Balzac d'Entragues, Marquesa de Verneuil:

-1 hijo, 1600.

-Enrique de Borbón, Obispo de Metz, Duque de Verneuil, 1601-1682.

-Gabriela-Angélica de Borbón, 1603-1627.

con Jacqueline de Bueil, Condesa de Moret:

-Antonio de Borbón, Conde de Moret, 1607-1632.

con Charlotte des Essarts:

-Juana-Bautista de Borbón, Abadesa de Fontevrault, 1608-1670.

-María-Enriqueta de Borbón, Abadesa de Chelles, 1608-1629.

Designado Heredero del Trono de Francia en 1584, por su primo y cuñado el rey Enrique III de Francia.

Proclamado Rey de Francia en 1589.

Coronado el 27 de febrero de 1594, en la Catedral de Chartres.

Asesinado el 14 de mayo de 1610, en París.

 

Si Enrique IV de Borbón, rey de Francia y de Navarra, se queda en la historia enmarcado entre la famosa gallina a la olla (poule au pot) y el penacho blanco, es porque tiene una dimensión particularmente importante, a imagen y semejanza de Carlomagno: como él, se le conoce como un conquistador primero y un civilizador después.



Conquistador de su propio reino, Enrique de Navarra se convierte, a la muerte de Enrique III, en rey legítimo de Francia. Ya a la muerte del último hijo de Enrique II y de Catalina de Médicis, Francisco-Hércules, duque de Alençon y de Anjou, en 1584, Enrique III de Borbón, rey de Navarra, se convierte en pretendiente lejano y directo por descender de San Luis IX de Francia. Pero, siendo hijo del duque Antonio de Borbón y de Juana III de Albret, reina de Navarra, figura como príncipe protestante y jefe del partido hugonote. En 1585, Enrique III de Francia le deshereda de la sucesión real francesa por esa razón. En 1589, vuelve sobre su decisión y contrae una alianza con él para asediar París, en manos de la Liga Católica y capitaneada por los duques de Guisa. En el momento de fallecer, Enrique III le vuelve a designar como su legítimo sucesor en el trono, a condición que renuncie a la fe protestante. Pero el nuevo rey Enrique IV no renuncia por ello, y en un principio, al calvinismo y a su alianza con la reina Elizabeth I de Inglaterra, lo que parece intolerable a la mayoría de los franceses. Y, como Enrique IV rehúsa por segunda vez en abjurar del calvinismo, la guerra es retomada entre católicos y hugonotes. El monarca, curtido batallador, cosecha brillantes victorias derrotando las tropas del duque de Mayenne y del rey Felipe II de España a cuyo mando está Alejandro Farnesio, duque de Parma, venido en ayuda de la Liga Católica. Los éxitos se suceden en Arques en septiembre de 1589, en Ivry en marzo de 1590 y en Chartres en el mes de abril del mismo año. Aprovechando la ventaja, Enrique IV asedia nuevamente la capital de su reino.

Se sabe que el rey, sensible a la miseria de los parisienses, autoriza a las mujeres y niños a salir de la ciudad, y el envío de convoyes para alimentar a los que se quedan tras las murallas. Pero París no cae: no se rendirá hasta que Enrique IV abrace de nuevo la fe católica. Solo si da el paso, la capital abrirá sus puertas al monarca.



Sobre el insistente consejo de su gran compañero de armas y amigo, Maximilien de Béthune, barón de Rosny (futuro 1er duque de Sully), Enrique IV cede para instruirse en la fe católica y reincorporarse en el seno de la Iglesia Romana. De este modo, prepara su conversión para tumbar el único obstáculo que le impide ser coronado rey. Ya que la catedral de Reims está en manos de los Guisa, Enrique elige la catedral de Chartres para la ceremonia de su consagración, siete meses después de su solemne abjuración en la real abadía de Saint-Denis (necrópolis de los reyes de Francia), realizada el 25 de julio de 1593.

Por fin ungido con los santos óleos, consagrado y coronado rey con el fastuoso boato y ceremonial que son propios de este evento, París abre sus puertas a Enrique IV quien entra triunfalmente en ella, para mayor desconcierto de los españoles.



Fuerte del apoyo militar de Inglaterra y de las Provincias-Unidas, Enrique IV concluye la guerra contra España mediante el Tratado de Paz de Vervins, el 2 de mayo de 1598: España debe restituir a Francia todas las plazas ocupadas.

Tras asegurar la paz con el exterior, el rey favorece la paz interna mediante el Edicto de Nantes: los protestantes franceses obtienen la libertad de conciencia y se benefician de la igualdad de derechos civiles, como cualquier súbdito católico. Para el culto, las mismas libertades son concedidas, excepto en París.

Tras nueve años de combates, Enrique IV se encuentra con la inmensa tarea de reconstruir un reino desangrado por décadas de guerra civil y religiosa. Los doce últimos años de su reinado se dedican exclusivamente a la reconstrucción del país con eficaces medidas para devolver la vitalidad al comercio, a la economía, al cultivo y a la cultura nacionales. El duque de Sully, superintendente de las Finanzas y virtuoso del ahorro, pone en marcha una eficaz fiscalidad y una titanesca reconstrucción de puentes y caminos, dotando el país de una modernísima red de carreteras, de puertos y de plazas fuertes. Su mayor logro será dejar el Tesoro Real rebosante de oro: cuando abandona su cargo, deja una Hacienda Real muy solvente, con superávit y enormes recursos.

 
Retrato de Maximilien de Béthune, 1er Duque de Sully (1559-1641).


Laffemas, nombrado controlador general del Comercio y de las Manufacturas de Francia, establece varias fábricas en Lyon, Tours, Paris, en las provincias del Poitou y de Béarn; se exportan sedas, tapicerías y pieles. Se cimentan las bases de una industria francesa que alcanzará su cénit con el reinado de Luis XIV, nieto de Enrique IV.



Siendo la paz y la autoridad real restablecidas, la prosperidad económica florece de nuevo. El rey alienta a la nobleza rural, fundamentalmente protestante, para dar empuje a la agricultura, y se procede a la desecación de las insalubres marismas de la Saintonge para ganar tierras de cultivo. Las provincias, víctimas de la anarquía de la guerra civil, vuelven a su dinamismo de antaño. El rey funda el Colegio de La Flèche, que confía a los Jesuitas, y moderniza la capital francesa con un nuevo plan urbanístico: en 1603 inaugura el Pont-Neuf (Puente Nuevo) que une las dos orillas del Sena. Hace edificar la inmensa galería del Louvre, uniendo el Palacio del Louvre con el Palacio de Las Tulerías sobre el muelle derecho del Sena, la Plaza Real (actual Plaza de los Vosgos), la Plaza Dauphine y renueva la Isla de la Cité. Funda el Hospital de San Luis, proyecto que había sido del rey Francisco I pero que nunca se llevó a cabo. Y, para reactivar el comercio interno, procede a la construcción del canal de Briare, que une el Sena con el Loira.

De los puertos franceses y de sus atarazanas, salen nuevos y flamantes navíos, y las expediciones de Samuel de Champlain para iniciar la exploración del Valle de San Lorenzo, en Canadá. Champlain fundará la ciudad de Québec, como primer enclave de la colonia francesa en el Nuevo Mundo.

A partir de 1599, queriendo asegurar su descendencia, Enrique IV solicita al Papa la anulación de su matrimonio con su prima la estéril y casquivana Margarita de Francia (hermana de los últimos reyes de la Casa de Valois, Francisco II, Carlos IX y Enrique III), popularmente conocida como "la reina Margot".

 
Retrato de María de Médicis, Reina de Francia y de Navarra (1573-1642).


Tras el lamentable episodio con su favorita Gabrielle d'Estrées, con la que amenazaba casarse y convertirla en reina, Enrique IV contrae matrimonio con la princesa de Toscana, María de Médicis, en 1600. Ésta, le dará seis hijos y un sucesor, el futuro rey Luis XIII, nacido en 1601.

El mismo año de 1600, Enrique IV firma la paz con el duque de Saboya mediante la Paz de Lyon: Francia se hace con la Bresse, el Bugey, Valromey y Gex, territorios que protegen la región activa de Lyon y aseguran el paso de los regimientos Suizos a Francia. Y aunque el reinado de Enrique se beneficia de las divisiones entre potencias europeas, queda pendiente la amenaza de la alianza entre los Habsburgo de Madrid y de Viena. Por ello, Enrique IV sostendrá a los protestantes de las Provincias Unidas (Países-Bajos), sublevados contra el dominio español. También por ese motivo interviene directamente en la crisis de sucesión del ducado de Juliers, para impedir la expansión del Sacro Santo Imperio, como hicieron sus predecesores Francisco I y Enrique II.

Pero esas luchas contra las potencias católicas despiertan hostiles sospechas entre los antiguos miembros de la Liga Católica Francesa.



El 13 de mayo de 1610, habiendo hecho coronar en la abadía de Saint-Denis a su esposa María de Médicis, a la cual confía la regencia del reino en su ausencia, Enrique IV inicia los preparativos para ir a la guerra. El 14 de mayo, queriendo visitar a su viejo amigo el duque de Sully en su domicilio, es víctima de las puñaladas de Ravaillac en plena calle. Trasladado urgentemente al Palacio del Louvre, de donde había salido la misma mañana, fallece poco después.

martes, 2 de septiembre de 2014

EL SEÑOR DE MONTAIGNE

MICHEL EYQUEM DE MONTAIGNE
1533 - 1592

 


Michel nació en el castillo de Montaigne, sito en la localidad dordoñesa de Saint-Michel-de-Montaigne, el 28 de febrero de 1533, a 30 millas de Bordeaux.

Su padre fue Pierre Eyquem, alcalde de Bordeaux, ex soldado y próspero comerciante que llevaba el nombre de De Montaigne y el título señorial, pues su abuelo Raymond o Ramón Eyquem adquirió el castillo de ese nombre, así como todas las tierras feudales que lo rodeaban en 1477, convirtiéndole en el noble "Señor de Montaigne".



Su madre, Antoinette de Louppes, hija de un próspero mercader de Toulouse, descendía supuestamente de una familia de judíos sefarditas españoles*, los "López de Villanueva", la misma que vivió en Aragón en el tiempo de las persecuciones de la Inquisición. Tres miembros de su familia, incluyendo a su presunto bisabuelo Pablo López, fueron quemados en la hoguera por el delito de ser marranos (Conversos que practicaban el judaísmo en secreto) en 1491. Estos recuerdos lo acompañaron toda su vida y frecuentemente vemos en sus ensayos la denuncia de esas injusticias.

(*)_Parece ser que el orígen judío de la madre de Montaigne, hoy tan mencionada por numerosos autores, no es más que una invención del siglo XIX. Eminentes especialistas como Roger Trinquet, ponen en tela de juicio esa filiación dudosa.

Pierre Eyquem de Montaigne, puso esmerada atención en la educación de su hijo Michel. En la más tierna infancia, lo envió a convivir con los campesinos de una de las aldeas de su propiedad con el propósito que se identificara con los menesterosos. Como en ese tiempo se creía que despertar a un infante de manera brusca, le ocasionaría un daño irreparable, Michel era despertado siempre con un instrumento musical.

Con el propósito de que el pequeño Michel aprendiera latín, su padre contrató un tutor alemán que no hablase francés. Y de esta manera el niño no tuvo contacto con esa lengua los primeros ocho años de su existencia y aprendió el latín como su idioma nativo. Después se le enseñó griego. Y solo cuando lo dominó plenamente, comenzó a escuchar el francés. Fue entonces enviado, a la escuela en Bordeaux, donde completó los doce años escolares en solo siete. Se graduó después en la Universidad, con el título en leyes. Utilizando las conexiones familiares, fue nombrado magistrado.



Los siguientes doce años (1554-1570) se desenvolvió profesionalmente en los tribunales. Ahí se vió inmerso en el mundo real. En una ocasión presenció un juicio donde uno de los magistrados condenaba a prisión a un hombre por adulterio. Después de firmar la sentencia, cortó parte del acta y en ese papel, le escribió una proposición amorosa a la esposa de un colega.

La cadena de eventos que encaminaron a Michel a ser un ensayista, están relacionados con la amistad íntima que sostuvo con un brillante compañero magistrado, dos años mayor que él, Etienne de la Boétie.

La amistad que los unió, permitió a Michel un plano de comunicación de sus pensamientos y experiencias. A pesar de lo que se ha comentado, parece que no fue ésta una relación homosexual. El hecho de encontrar a alguien de la misma capacidad intelectual, y de similar sensibilidad e intereses, generó una amalgama espiritual entre ambos. Michel siendo de carácter comunicativo, escribía constantes cartas a Etienne sobre los mas variados tópicos.

La Boétie muere de disentería a los 33 años de edad, en 1554. Michel siente la pérdida de manera extrema, y se encuentra sin interlocutor para manifestar sus ideas. Esto lo orilló a escribir para si mismo. Y de ahí nace este género literario del ensayo: escritos de manera informal y dirigidos a todo el público.

Después de la muerte de La Boétie, Michel contrae nupcias con una joven católica de familia acaudalada, la noble Françoise de La Chassaigne, de 22 años de edad e hija del Señor de Javerlhac (nobleza de toga). El matrimonio fue arreglado por las familias, y carecía del ingrediente principal: el amor. Matrimonio convencional, tuvieron seis hijos y ninguno sobrevivió la infancia.

Para colmo de desgracias, en esa época se precipitó en Francia la guerra religiosa entre católicos y protestantes.



El año en que Montaigne inicia sus ensayos, 1572, es el de la masacre del día de san Bartolomé. La diabólica Catalina de Médicis, aprovecha el apoyo de la nobleza de París, para desencadenar la matanza de más de diez mil protestantes. Ordena asesinar a Coligny, líder de los hugonotes. La cabeza le es cortada y enviada al papa Gregorio XIII, quien como muestra de satisfacción por la matanza, celebra una misa de acción de gracias en Roma.

Ahora nos parece que las diferencias entre católicos y protestantes se fincaban en temas totalmente baladíes. Y nos asombramos de que se cometieran esos terribles crímenes, para zanjar disputas sobre aspectos que realmente nadie entendía. Pero el asunto tiene un trasfondo muy importante. Quien manejase la ortodoxia, tenía poder sobre la conciencia del mundo occidental y, con ello, sobre todos los bolsillos de los ciudadanos. No era asunto de perder ese pingüe negocio, solamente por respetar la vida de diez mil pobres diablos. Al demonio con ellos.

Siendo Pierre Eyquem, padre de Montaigne, un enemigo de las conversiones forzadas, había permitido a sus hijos escoger la religión que les pareciera. Michel era católico, y dos de sus hermanos eran protestantes.

Pero nuestro personaje era un católico muy especial. Miraba con desconfianza el dogmatismo y la intolerancia. Su moderación en estos asuntos de fanatismo, le permitieron ser el asesor de Enrique III de Borbón, rey de Navarra, líder de los protestantes (futuro rey Enrique IV de Francia).

 
Retrato de Enrique III de Borbón, Rey de Navarra (1553-1610) y luego Rey de Francia con el ordinal de Enrique IV.


Sin embargo, la misma moderación le valió ser visto con desconfianza por los extremistas de ambos bandos. Michel decide retirarse de la vida pública y dedicarse a sus ensayos. Por insistencia de su padre, traduce del latín al francés, la obra del teólogo católico español Raymundo de Sebond, trabajo que terminaría el mismo día en que muere su padre.

Pierre quería que esta traducción fuese un soporte, para la religión católica. Pero Michel no se quedó en la mera traducción. Prepara un ensayo titulado: "Apología a Raymundo Sebond". Siendo éste el mas extenso y más fundamentado filosóficamente de sus ensayos. En él, pretende defender las tesis de Sebond pero, en realidad, las hace polvo. Con su lema: Que sais-je ? (¿qué sé yo?) , y haciendo alarde de su escepticismo, desacredita los fundamentos del tratado de Raymundo. Comenta Michel, que el soporte que le dio a Raymundo, era el mismo que le da la cuerda al ahorcado.

Para el año de 1578, estaba establecido el nombre de "Ensayos" para los tratados elaborados por Montaigne. Sus primeros dos volúmenes editados contienen noventa y cuatro ensayos, versando sobre los más diversos tópicos. Uno de sus más influyentes ensayos es "Sobre el canibalismo". En él advierte el error de estigmatizar a otros pueblos , con el término de bárbaros. Comenta: ¿ Qué es mas atroz, comerte el cuerpo de un hombre muerto, como es costumbre de los caníbales? ¿ O atormentar a un hombre, y quemarlo vivo, como lo hace la iglesia católica ? Y lo que es peor, haciéndolo en el nombre de la fe y de la piedad.



Como era de esperarse, sus ensayos fueron estudiados por la Iglesia de Roma. Sin embargo, cuando visitó Italia para curarse en los baños termales, (de una piedra en el riñón), el Papa Gregorio XIII lo recibió amablemente en audiencia. Y la censura oficial solo le mencionó corregir algunos aspectos secundarios de sus escritos. Desde mi punto de vista, ese fue un verdadero milagro.

Estando en Roma, recibe una solicitud urgente de regresar a Bordeaux. Le han elegido para el puesto de alcalde. Se necesitaba un católico que fuese respetado por los protestantes que tenían cercada la ciudad. Le requerían para mediar en la contienda que se avecinaba. Desempeña magistralmente su papel de pacificador y, terminada la tarea, pide ser relevado en el cargo para volver a su estudio y trabajar nuevamente en sus ensayos. ( Ese es otro milagro. Tranquilizar a dos bandas de fanáticos, sin otra arma que la razón.)

En 1588, aparece el tercer volumen, conteniendo trece nuevos ensayos.

 
Retrato en miniatura de Michel Eyquem, Señor de Montaigne, fechado en 1590.


Veinticinco años después de la muerte de La Boétie, en una de sus giras diplomáticas, aparece una chica de 22 años, la hermosa, brillante y erudita Marie de Gournay. Admiradora del trabajo de Michel, solicita por escrito una entrevista con Montaigne. Y así se inicia una amistad que dominará la vida de ambos. Ambos sostienen que su relación fue meramente profesional. Desde luego que así fue pero, también mucho más.

A pesar de estar felizmente casado. Montaigne inicia una relación sentimental, que durará toda su vida. La comunicación que sostiene con Marie, opaca a todas las demás. Sin embargo, contrariamente a lo que se esperaba, la presencia de esta joven hizo más maduro y fecundo el trabajo de Michel. Siendo ella una mujer intelectual, se convierte en el brazo derecho del escritor. Ahora que hojeamos las cartas de Montaigne, leemos que dice quererla como a una hija ( fille d´alliance). Sin embargo, analizando con cuidado éstas, caemos en la cuenta que Marie corrigió los manuscritos. Originalmente decían algo más. A la muerte Montaigne, acaecida en 1592, tanto la esposa de éste como su familia, inician relaciones amistosas con Marie. Marie dedicó el resto de sus días (hasta 1645), a publicar la obra literaria de su amado Michel.

Texto de Raúl Cadena Cepeda / Correcciones de Arnau.



Montaigne resumido

Escritor francés que introdujo por primera vez el ensayo como forma literaria. Sus ensayos, que abarcan un amplio abanico de temas, se caracterizan por un estilo discursivo, un tono coloquial y el uso de numerosas citas de autores clásicos. Montaigne nació el 28 de febrero de 1533, en el Château de Montaigne (cerca de Libourne). Su familia gozaba de una buena posición y Montaigne estudió en Guyenne. Posteriormente cursó estudios de leyes probablemente en Toulouse. Su primera empresa literaria fue una traducción, publicada en 1569, de la Theologia Naturalis, obra del teólogo español Raimundo de Sabunde. En 1571 Montaigne heredó las propiedades de la familia, entre las que figuraba el Château de Montaigne. Allí pasó el resto de su vida, entregado a las actividades propias de un hacendado, estudiando a sus autores clásicos favoritos y escribiendo los ensayos que constituyen su gran colección Ensayos. Los dos primeros tomos de esta obra vieron la luz en 1580. Posteriormente Montaigne viajó a Alemania, Italia y Suiza. A su regreso fue alcalde de Burdeos (1581-1585). Escribió un tercer tomo de ensayos que se incluyó en la quinta edición de sus Ensayos en 1588. Los últimos años de su vida los pasó recluido en su propiedad, con la excepción de algún viaje ocasional a París y Ruán. La única obra que escribió además de sus Ensayos es un relato de sus viajes publicado en 1774. Como pensador, Montaigne destaca por su análisis de las instituciones, opiniones y costumbres, así como por su oposición a cualquier forma de dogmatismo carente de una base racional. Montaigne observaba la vida con escepticismo filosófico y puso de relieve las contradicciones e incoherencias inherentes a la naturaleza y la conducta humana. Sin embargo, su moral tendía básicamente hacia el epicureísmo, revelando las actitudes propias de un humanista que rechazaba la esclavitud de las pasiones y los deseos. El más extenso de sus ensayos, Apología de Raimundo de Sabunde, es un estudio de la capacidad racional y las aspiraciones religiosas del ser humano. En algunos momentos su visión del mundo es conservadora. En literatura y filosofía admiraba a los autores de la antigüedad, y en materia política defendía la monarquía como la forma de gobierno más adecuada para garantizar la paz y el orden. En lo que respecta a la educación, Montaigne se interesó por la formación del aristócrata y sostuvo la necesidad de enseñar a los alumnos el arte de vivir. Este arte se adquiere a través de la capacidad de observación y conversación y a través de los viajes. La lectura debería servir para ayudar a emitir juicios correctos y no sólo para desarrollar la facultad de la memoria. Montaigne insistió en la importancia de practicar con rigor y asiduidad el ejercicio físico, como parte indisociable del desarrollo integral de la persona.


sábado, 10 de mayo de 2014

CURIOSIDADES -149-

"Balance de una dictadura"



El general golpista y dictador Francisco Franco Bahamonde , que gobernó con mano de hierro a España durante casi 40 años (1938-1975), después de sumirla en una sangrienta guerra civil, dejó tras de si una impresionante lista de víctimas:
 
-180.000 víctimas durante la Guerra Civil y los primeros años de la dictadura.
-280.000 presos en las cárceles españolas.
-200.000 presos esclavizados.
-50.000 muertos por enfermedades y desnutrición.
-30.000 niñas y niños separados forzosamente de sus familias.
-6.000 casos de bebés robados durante el franquismo.
-500.000 exiliados.
-entre 6.000 y 7.000 exiliados españoles murieron en el campo de concentración de Mauthausen.
-2.500 fosas comunes.
-Más de 180 campos de concentración.
-200.000 personas desaparecidas.

lunes, 4 de noviembre de 2013

CARLOTA-JOAQUINA: La Arpía de Queluz


Carlota Joaquina de Borbón
Infanta de España, Princesa de Beira y de Brasil
Reina de Portugal y de Los Algarves
1775 - 1830
 
 
 

Carlota Joaquina de Borbón y Parma, Infanta de España (1775-1830), fue la hija primogénita de los reyes de España Carlos IV y María-Luisa de Parma, entonces Príncipes de Asturias.

Aún niña, figuró ya en el ajedrez de las políticas matrimoniales y dinásticas. Prueba de ello fue que su abuelo paterno, el entonces rey Carlos III, dispuso entregarla en matrimonio al segundogénito de los reyes María I y Pedro III de Portugal, el Infante don Juan, entonces Señor del Infantado y que venía en segundo lugar como pretendiente de la corona lusa después de su hermano José, Príncipe de Beira y de Brasil, duque de Braganza (1761-1788).

 
Retrato del Infante Don Juan de Portugal, Señor del Infantado (1767-1826), luego Príncipe de Beira y de Brasil al convertirse en el presunto heredero del trono luso.
 
 
Retrato de la Infanta Carlota-Joaquina de España, Princesa de Beira y de Brasil (1775-1830), según G. Troni.

 

Con apenas 10 años de edad, la Infanta Carlota Joaquina de España fue casada el 8 de mayo de 1785 con el infante portugués. Tres años más tarde, su cuñado el heredero de la Corona, fallecía de viruelas sin descendencia de su tía y esposa la Infanta Mª Francisca Benedicta de Portugal; esto supuso para Carlota Joaquina y su marido Juan, convertirse en los nuevos pretendientes con los títulos de Príncipes de Beira y de Brasil, y duques de Braganza. A esto se sumó, en 1786, las primeras crisis de inestabilidad mental de la reina María I, afectada por las defunciones de su marido ( y tío ), el rey consorte Pedro III, y de su heredero primogénito José, por lo que el príncipe Juan asumió las riendas del Gobierno de la monarquía lusa en calidad de regente. La regencia fue finalmente confirmada en 1792, cuando la reina María I empeoró aún más si cabe, afectada por los acontecimientos de la Revolución Francesa.

 
 
Retrato de Doña Maria I "la Loca" (1734-1816), Reina de Portugal, de Los Algarves y de Brasil entre 1777 y 1816; según Giuseppe Troni, 1783.


Este viraje de acontecimientos convino perfectamente al carácter ambicioso y a menudo violento de Carlota Joaquina. Desde entonces, y aún adolescente, siempre procuró entrometerse en los asuntos de Estado, buscando influenciar las decisiones de su esposo. Tal era su nivel de dominancia que pronto empezó a despreciar a don Juan, recurriendo a menudo al chantaje, a la intriga y a la presión conyugal siempre que no conseguía de éste lo que se había fijado obtener. Toda esta situación metió a la Casa Real Portuguesa en una situación de auténtica anarquía que, eventualmente, traspasó el ámbito cortesano para llegar a oídos del pueblo llano.

Obviamente, la princesa española no era un ejemplo modélico. Vivo retrato de su madre, tanto en lo físico como en lo moral, estuvo muy lejos de ser una mujer agraciada y querida. Aquejada de una cojera, al tener una pierna más corta que la otra, tenía además el tronco torcido por una malformación ósea en la espalda, dándole un aspecto de tener un hombro más alto que otro. Cuenta un historiador portugués (Octavio Tarquinio de Sousa) que era una mujer horrenda, huesuda, con una espalda desnivelada, de mirada hundida, de boca de rictus cruel y desdeñosa, con un cutis áspero y afeado por las cicatrices de la varicela y una proeminente nariz rojiza. Pequeña como una enana y patizamba, la describe como un alma ardiente, ambiciosa, inquieta, llena de pasiones, exenta de escrúpulos y con impulsos sexuales desbordantes.



Ver un retrato suyo en la madurez, nos recuerda terriblemente a su progenitora...

Fue tan querida entre sus súbditos, que llegaron a concederle el apodo de "La Arpía de Queluz"; lo de arpía lo dice todo, en cuanto a lo de "Queluz", es alusivo al palacio versallesco en el cual residía, el Palacio Real de Queluz, y que fue su residencia asignada hasta su temprana muerte a la edad de 54 años.

 
El Palacio de Queluz, la residencia real que pretendía emular a Versailles.


Porque se vió repetidas veces apartada de las decisiones claves, en las que se emperraba intervenir e inmiscuirse a todas horas, Carlota Joaquina formó a su alrededor, por despecho, toda una camarilla de nobles portugueses afines a sus ambiciones de poder y deseos intervencionistas en el Gobierno de la monarquía lusa, que conformaron su propio partido secreto. El objetivo de ese partido conspirador era el de conseguir apartar del poder al Príncipe-regente Juan, hacerse con su persona y declararlo incapaz de cuidar de los asuntos de Estado, igual que su madre la reina, que había perdido totalmente la chaveta.

Pese a las precauciones, en 1805, el famoso partido secreto "Carlotista" fue descubierto, sus miembros arrestados y acusados de conspirar contra el regente y su gobierno. El Conde de Vila Verde, ministro de Estado, inició la apertura de una investigación judicial rigurosa y el encarcelamiento de todos los implicados, y la princesa-regente no pagó más caro su "crimen de lesa-majestad" gracias a que don Juan, deseoso de evitar un escándalo público, se opuso a su encarcelamiento, prefiriendo confinarla en el Palacio Real de Queluz, disponiendo que él mismo se instalaría en el Palacio-Monasterio de Mafra (El Escorial portugués) para vivir separado de ella.

 
Retrato del Príncipe-Regente Don Juan VI de Portugal (1767-1826); obra de Domingos Sequeira, 1802.


Pocos años después (1807), el Príncipe-regente tuvo que organizar la huída de toda la Familia Real a Brasil, ante la inminente invasión de los ejércitos franceses de Napoleón. Pese a la caída del Imperio Napoleónico en 1814, Juan VI no consideró oportuno regresar a Portugal hasta que fue obligado por una revolución en 1820, que exigía su regreso y el de toda la familia real a Lisboa.

En 1816, tras la oportuna defunción de su madre y predecesora en el trono, Juan VI asumió el título de rey.

Opuesta abiertamente a la Revolución liberal de Oporto, acontecida el 24 de agosto de 1820, Carlota Joaquina fue la figura más notable del país a rehusar jurar la Constitución de 1822, juntamente con el cardenal-arzobispo de Lisboa, Carlos da Cunha e Menezes.

En consecuencia de ese gesto, que la convirtió en la figura de proa del partido reaccionario, la reina fue exiliada otra vez a Queluz, viviendo una vez más separada físicamente del rey Juan VI -quien eligió residir en el Palacio de Bemposta, en Lisboa-, y desde dónde siguió ejerciendo una intensa actividad política, promoviendo varias conspiraciones para derrocar a su marido y suspender la Constitución.

 
Retrato de Don Miguel de Braganza, Infante de Portugal (1802-1866).


Su residencia se convirtió en el principal foco de intrigas absolutistas, y a la reina se le imputa la enorme responsabilidad en los proyectos de los principales levantamientos reaccionarios de 1820, la Vilafrancada de 1823 y la Abrilada de 1824, tres intentonas de abolir el régimen constitucional, deponer al rey Juan VI y colocar en el trono al Infante don Miguel, hijo predilecto de Carlota Joaquina.

Tras "la Vilafrancada" de 1823, el rey acabó por suspender la constitución, prometiendo no obstante convocar en breve nuevas elecciones con el fin de redactar un nuevo texto constitucional. En ese intervalo de tiempo, Juan VI cohabitó nuevamente con la reina durante algunos meses, en paz y harmonía.



Poco después, el entendimiento de la real pareja se deshizo después de la Abrilada de 1824, cuando el Infante don Miguel intentó posesionarse del trono y venir en auxilio de su madre, auténtica jefa del partido absolutista en Portugal. Con el apoyo y respaldo de los embajadores de Francia y de Gran-Bretaña, Juan VI marchó a la guerra contra su hijo. Las consecuencias no sorprendieron: el Infante Miguel fue degradado y privado de su cargo de generalísimo del Ejército, y exiliado; en cuanto a su esposa, decretó que fuese desterrada para siempre en el palacio de Queluz, no debiendo más nunca reaparecer en la corte.



En 1826, sintiéndose con un pie en la tumba, el enfermo rey Juan VI (tal vez porque venían envenenándole con arsénico) nombró un consejo de regencia para que asumiera las riendas del gobierno tras su muerte, y el cual debía encargarse escoger al heredero del trono portugués, siendo presidido por su hija la Infanta Isabel María de Braganza. Hoy en día, se pone en tela de juicio, con dudas razonables, que el documento dispuesto por Juan VI fuera auténtico, ya que el monarca (según afirman los médicos y estudiosos actuales que analizaron sus vísceras encontradas en una urna de porcelana china, sepultada bajo una losa de los Infantes de Palhavâ, en el panteón real del Monasterio de San Vicente de Fora, y la grafología de su firma) ya se encontraba muerto en aquella fecha, y que le retiraba (o le retiraban?) de este modo a su mujer, Carlota Joaquina, la prerrogativa que desde siempre en la historia lusa le correspondía a una reina-viuda: el ejercicio de la regencia del reino durante la minoría de edad o ausencia del heredero de la Corona.

 
Retrato del Emperador Don Pedro I de Brasil (1798-1834).


El trono, finalmente, fue cedido a su hijo Pedro I, entonces emperador de Brasil, con el ordinal de Pedro IV de Portugal, con tal de evitar que Brasil se separase de la metrópoli. Sin embargo, y a imagen y semejanza de España, Portugal sufrió de una guerra civil entre Pedro IV y su hermano Miguel, pretendiente absolutista. La situación siguió siendo frágil tras la abdicación de Pedro IV en favor de su hija y heredera la reina María II.

 
Retrato de la Reina María II da Gloria de Portugal (1819-1853); obra de John Simpson, 1839.


En 1828, el derrocamiento de María II y la subida al trono de Miguel I como rey absoluto de Portugal, coronaron los esfuerzos de la reina-viuda Carlota Joaquina, que tanto había conspirado para que llegase a ceñir su hijo predilecto la corona. Pero la felicidad materna fue de corta duración y no pudo auxiliarle en la tarea de gobernar, pues falleció súbitamente (se sospecha que se suicidó) el 7 de enero de 1830. Cabe reseñar que Miguel le pagó con manifiesta ingratitud, olvidándose oportunamente darle término al destierro de su madre cuando ciñó la corona, causando en ésta un hondo y tremendo disgusto, amén de la consecuente amargura y desilusión.

La posteridad acusa a la reina Carlota Joaquina como instigadora de la muerte, por envenenamiento, de su marido el rey Juan VI. Según los historiadores lusos, ésta le habría suministrado naranjas envenenadas con arsénico inyectado, haciendo que Juan VI enfermase y muriese a fuego lento.

viernes, 8 de febrero de 2013

LA PASIONARIA DE LA ROCHELLE: Catherine de Parthenay-Larchevêque



CATHERINE DE PARTHENAY-LARCHEVÊQUE
VIZCONDESA DE ROHAN
1554 - 1631
 
 

El siglo XVI francés es rico en mujeres valientes, ambiciosas, intrigantes, manipuladoras, cultivadas, mecenas e influyentes en todos los ámbitos. Sería, por tanto, un error pasar de largo ante una de sus más relevantes figuras: Catherine de Parthenay-Larchevêque (1554-1631).

Nuestra dama, contemporánea de Catalina de Médicis, de Elizabeth I de Inglaterra y de la Duquesa de Montpensier, por citar a tres mujeres sobresalientes, pertenecía a la poderosísima familia protestante de los Parthenay-Larchevêque, viejos señores feudales en la región del Poitou. Es, además, la gran heredera de su linaje y de su gran fortuna en tierras y cuantiosos bienes inmobiliarios. Sus padres eran Jean V de Parthenay-Larchevêque (1512-1566), Señor de Mouchamps y de Soubise, y Antoinette Bouchard d'Aubeterre (1535-1580).

Nació el 22 de marzo de 1554, en el castillo de Parc-Mouchamps, heredera de una saga femenina del Renacimiento que aliaban la erudición a la fe: su madre Antoinette d'Aubeterre, y su abuela paterna Michelle de Saubonne.

 
Las ruinas del Castillo de Parc-Soubise, una de las fincas señoriales de la familia de Parthenay-Larchevêque heredada por los Rohan.


Su educación esmerada, más de lo que se permite a la mujer en estos aciagos tiempos de la Guerra Civil Francesa, sobresale sobre todo por su gran interés en la literatura, la astrología, la astronomía y las matemáticas. Tanto es así que, con tan solo 11 años, su madre le da por profesor a François Viète, uno de los mayores matemáticos de su época. De aquella relación entre profesor y alumna aplicada, surgiría una gran amistad que duraría toda la vida, convirtiéndole más adelante en su inseparable consejero. Viète le dedicaría en 1591 su célebre In Artem Analyticem Isagoge (Introducción al Arte Analítico), que establecía el uso de anotaciones simbólicas en álgebra. Eminente criptólogo, éste enseñará a su aventajada alumna cómo redactar cartas cifradas y el manejo de las tintas invisibles.

Tras la muerte de su padre, Catherine, entonces conocida como "Mademoiselle de Soubise", se verá pretendida por tres hombres de importancia en el bando calvinista francés: el hijo del Almirante De Coligny, Henri de Pontivy -benjamín de la Casa de Rohan-, y el Barón Charles de Quellenec, más conocido como "Barón de Pont-L'Abbé". El primero de la lista será finalmente elegido y el compromiso anunciado cuando, repentinamente, el novio fallece de peste en 1567. Muerto el primer candidato, el segundo es deshechado por su calidad de benjamín y la elección recae en el tercero.

A sus 15 primaveras, es llevada ante el altar por Charles de Quellenec, Barón de Pont-L'Abbé (15 de junio de 1568), que a la postre sería asesinado la terrible Noche de San-Bartolomé al querer, en vano, proteger al Almirante De Coligny. Poco le faltó a la joven baronesa compartir su misma suerte.

Cabe, en cualquier caso, hacer hincapié en la mala relación existente entre los flamantes esposos. Poco después de la boda, la viuda Parthenay se hace eco (por boca de los criados) de la impotencia sexual del yerno y que éste no consigue honrarla adecuadamente. Aconsejada por Théodore de Bèze y por la Reina de Navarra, Juana III de Albret, recibirá la confirmación de que aquello constituye un serio motivo para pedir la disolución del matrimonio de Catherine.

En 1570, Charles de Quellenec cae prisionero en la batalla de Jarnac pero consigue evadirse y refugiarse en La Rochelle, poniéndose a las órdenes del vizconde René de Rohan. Seriamente herido en la mandíbula, regresará a las tierras de Mouchamps para descubrir que su esposa ha huído a La Rochelle para reunirse con su madre. Allí, Catherine de Parthenay confirmará a su progenitora la supuesta impotencia del marido, lo que llevara a Charles de Quellenec a jurar ante la Reina de Navarra que los rumores sobre su "problema" no son más que calumnias. Sin embargo, y pese a su vehemente desmentido, persistirá la creencia de que el barón miente.

 
Retrato de Juana III de Albret, Reina de Navarra (1528-1572).


Poco tiempo después, éste rapta a su esposa y la encierra en uno de sus castillos de Bretaña. Antes de su rapto, Catherine tuvo el tiempo suficiente para dejar una carta a su madre anunciando que, a partir de ese mismo momento, ya no debían acordar crédito alguno a lo que pudiera escribir posteriormente.

Retenida prisionera, escribe y recibe visita de su tía Madame de La Rochechallas, a quien consigue entregar en secreto una carta cifrada dirigida a su madre. Solo la astucia y el dominio de las lenguas latina y griega (idiomas que su marido desconoce) le permiten corresponder con su madre y su antiguo profesor, utilizando tinta simpática (con zumo de naranja o limón) para redactar sus mensajes.

En diciembre de 1570, Antoinette d'Aubeterre decide llevar el caso ante la Corte de Francia y, con la ayuda de la reina Catalina de Médicis y el Duque d'Anjou, inicia un proceso judicial contra su yerno. En febrero de 1571, retenida en el castillo de Rostreven, Catherine obtiene del sínodo reunido en La Rochelle, el reconocimiento de su situación de "falsa esposa", ya que el matrimonio nunca fue consumado. Gracias a una treta del Mariscal de La Vieuville, que actúa por mandamiento del Almirante Gaspard II de Coligny, se consigue que el Barón de Quellenec deje libre a Catherine y permita que vuelva a reunirse con su madre en La Rochelle. Desde ese momento, se ponen de lado de Catherine la reina Juana III d'Albret, su hijo Enrique III de Borbón, Príncipe de Viana, y el Almirante de Coligny.

La causa será nuevamente presentada y discutida en el gran consejo del martes 11 de septiembre 1571, en presencia del rey Carlos IX. El caso es nuevamente enviado a un consejo de médicos y, de nuevo, a los jueces que lo instruyen.

 
París, 24 de agosto de 1572, día de San Bartolomé: los Duques de Guisa, con el beneplácito del rey Carlos IX, desencadenan la "Masacre de San Bartolomé" asesinando a diestro y siniestro a todos los nobles hugonotes reunidos en la capital para asistir a la boda del rey Enrique III de Navarra con la princesa Margarita de Francia. Las matanzas se extendieron a las provincias y duraron semanas.


Presente en París para el matrimonio de la princesa Margarita de Francia con el rey Enrique III de Navarra, el Barón de Quellenec morirá asesinado en el patio del Palacio del Louvre, la famosa Noche de la San-Bartolomé. Según un escrito protestante, tras haberse defendido con valentía de sus asesinos, su cadáver fue arrastrado y desnudado para ser expuesto bajo las ventanas de palacio, desde las cuales las damas de la corte quisieron verificar las causas del ensañamiento de la Viuda de Soubise contra su yerno.

Catherine de Parthenay y su madre deberán su salvación a la intervención providencial de algunos nobles cercanos al rey Carlos IX; su alojamiento será presa de la rapiña y el pillaje pero salvan los muebles. Los Señores de La Môle, de Surgères e incluso el Duque de Bouillon pedirán la mano de la joven viuda mientras la Viuda de Soubise concibe el proyecto de abandonar Francia. Finalmente, madre e hija vuelven a La Rochelle.

Viuda a sus 18, Catherine es un buen partido y pasa por ser una de las mujeres más inteligentes de su tiempo. Cortejada por René II, benjamín de la nobilísima familia de Rohan, ésta rechaza concederle su mano hasta que se convierta en vizconde de Rohan y herede de la fortuna familiar a la muerte de su hermano mayor (1574).

Cuando René II de Rohan, entonces conocido como el Señor de Pontivy, pierde a sus dos hermanos mayores, se convierte en el nuevo jefe de su casa y hereda el castillo familiar de Blain. Habiendo cambiado la situación, Catherine de Parthenay da por fin su mano al flamante vizconde y se casan en la más estricta intimidad, sin fiestas ni fastos en 1575, rodeados de amigos.

La primera hija nacería en 1577, con tales deformidades que la apodarían "La Jorobada":

-Henriette de Rohan (1577-1624)

-Henri II de Rohan-Gié, 1er Duque de Rohan (1579-1638)

-Catherine de Rohan (1580-1607)

-René de Rohan (+1581)

-N. de Rohan (+1582)

-Benjamin de Rohan, Duque de Soubise (1583-1642)

-Anne de Rohan (1584-1646)

Finalmente convertida en vizcondesa de Rohan, Catherine se ocupará principalmente en rehabilitar y hacer habitables las principales residencias de los Rohan en Bretaña, como los castillos de Blain, Josselin y Pontivy. En esos mismos señoríos, se dedicó a implantar varias iglesias protestantes.

 
El Castillo de Blain (foto superior), una de las propiedades señoriales de los Vizcondes de Rohan y de Porhoët./ Abajo, el Castillo de Pontivy y, más abajo, el Castillo de Josselin.
 
 


Al reanudarse las luchas armadas entre hugonotes y católicos, su marido volvería al frente de sus tropas al lado del rey Enrique III de Navarra, mientras Catherine tomaba la precaución de refugiarse en La Rochelle (plaza fuerte protestante) con sus hijos. Desgraciadamente, su marido fallecería en el campo de batalla con tan solo 36 años de edad.



Viuda por segunda vez en 1586, consagraría su vida a educar a sus cinco hijos y a sostener el protestantismo bretón. En sus residencias de Parc-Soubise, parroquia de Mouchamps en la Vendée (Bajo Poitou), y de Blain, la Vizcondesa Vda. de Rohan se convierte en el alma de una intensa actividad política, cultural y religiosa. Viète el matemático, su gran amigo y consejero, la compara al hada Melusina, señalando su actitud solícita con él cada vez que se enteraba de sus penas y desgracias. Amaba escribir y demostraba sus aptitudes en poesía y tragedias.

Acérrima hugonote, será ella quien se encargue, con elocuente pasión, de encender la rebelión protestante y mantener la moral alta de los defensores de La Rochelle, ante el asedio y bloqueo de las tropas reales mandadas por el Cardenal de Richelieu.

 
El Castillo-Fortaleza medieval de Niort, que sirvió de cárcel de Estado durante casi tres siglos.


Pero, tras la rendición de los habitantes de la plaza fuerte sitiada y hambrienta (1628), Richelieu mandará detenerla y encarcelarla en el lúgubre castillo de Niort por ser la principal instigadora de la heróica resistencia de La Rochelle desde 1627.

Como castigo a su desafiante actitud ante la autoridad real, sus castillos-fortalezas de Blain y de Josselin serían desmantelados, mientras ella soportaba con dignidad las consecuencias de su revuelta entre las húmedas paredes de la cárcel de Niort.

Perdonada por Luis XIII, tras un tiempo de detención, obtendría el permiso para volver a su residencia de Parc-Soubise para pasar allí sus últimos años de vejez, aureolada por su fama de mujer de acción en el bando protestante y sirviendo de ejemplo a sus hijos por sus convicciones y su gran valentía.

Fallecería en el año de 1631, a sus 77 años.

Su última voluntad fue que su cuerpo recibiera sepultura al lado de su difunto marido René II de Rohan, en la capilla del castillo de Blain.

 
Escudo de armas de la familia Rohan.


Su primogénito, el aguerrido Henri II de Rohan, primer duque de Rohan y Par de Francia, se había convertido en el jefe del partido hugonote sucediendo al Príncipe de Condé, a Coligny y a Enrique III de Navarra. Había contraído matrimonio con una hija del Duque de Sully, de la que tan solo obtuvo una heredera que sería casada, por orden del rey Luis XIII, a un noble católico.

También tuvo tres hijas: Henriette, Anne y Catherine, desposada ésta con el duque Juan de Baviera-Zweibrücken, y un último hijo varón, Benjamín, príncipe de Soubise, que sobresalió como uno de los jefes del bando protestante.

Fue Catherine de Rohan quien, en su día, respondió altivamente a un rey encaprichado de su belleza (Enrique IV):


"Sire, soy demasiado pobre para ser vuestra mujer, pero de demasiado buen linaje para ser vuestra amante!"

Nota:

La noble familia de Parthenay-Larchevêque, señores feudales de Parthenay, adoptaron el apellido compuesto a partir del año 1140, en recuerdo a Joscelin II de Parthenay, arzobispo de Burdeos en el siglo XI. En cuanto a sus armas, fueron éstas directamente tomadas de la Casa de Lusignan (fajadas de plata y de azur) ya en el siglo XI y tras el matrimonio de Simón I de Parthenay con Melisenta de Lusignan, hija de Hugo V de Lusignan, o puede que en el curso de la boda de Hugo II de Parthenay con Valencia de Lusignan en 1247 (siglo XIII). Por único distintivo, añadieron la banda de gules que cruza el escudo.

En cuanto al linaje de los Parthenay, éste remonta con toda fiabilidad hasta Joscelin I de Parthenay, cuyo deceso es citado en un documento del año 1012.

 
Sepulcro con la estátua yacente de Guillaume VII de Parthenay-Larchevêque, muerto en 1401.


La familia perdería su feudo ancestral con Jean II de Parthenay-Larchevêque, XVIIº Señor de Parthenay (muerto en 1427), quien ve confiscados sus feudos por felonía y, aunque recuperaría temporalmente sus bienes en 1419, sería para venderlos finalmente al Delfín Carlos de Francia al carecer de descendencia de su matrimonio con Brunisenda de Périgord.

A partir de ese momento, el señorío pasaría a manos de Arturo de Richemont, futuro duque de Bretaña y condestable de Francia en 1427. Y, de éste al Bastardo Juan de Orléans, conde de Dunois y a sus descendientes, extinguiéndose dicha rama principesca en 1641.

En los siglos XVII y XVIII, son los Duques de La Meilleraye (primos de los Richelieu), quienes se posesionan del señorío hasta el advenimiento de la Revolución Francesa.

sábado, 13 de octubre de 2012

FRANCO: El azote de los Masones



Franco y la masonería

 
 
En la España de los siglos XIX y XX la masonería tuvo momentos de gran poder hasta la Guerra Civil de 1936. Con la dictadura del general Francisco Franco, los masones se convirtieron en el símbolo por excelencia de los enemigos de la Patria, y fueron perseguidos sin tregua. ¿Qué tenía la masonería para que Franco la odiara tanto? ¿Era cierta la famosa confabulación judeo-masónica? ¿Es verdad que Franco fue masón en algún momento de su vida?

por Javier Navarrete

"Lo de Franco con la masonería era una verdadera fijación, una manía persecutoria, aunque la idea de la confabulación judeo-masónica no es suya, se acuña a finales del siglo XIX por autores antimasónicos, algunos pertenecientes a los jesuitas. Franco la toma de ellos, incorporándola a su particular discurso contra los masones." Así se expresa el masonólogo Alberto Valín, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Vigo, confirmando que, para Francisco Franco Bahamonde, la masonería se convirtió en una verdadera obsesión, algo así como un enemigo personal al que atribuía todos los males de la Patria.

De hecho, el flamante general dio tempranas muestras de su peculiar fobia, antes de iniciarse la Guerra Civil. Cuando fue nombrado director de la Academia Militar General de Zaragoza, los enemigos que más encarnizadamente persiguió, expurgándolos como cizaña de aquel ámbito sagrado, fueron el comunismo, los masones y la sífilis, para él verdaderos jinetes del Apocalipsis. Y al levantarse en armas contra el gobierno republicano en julio de 1936, ya proclamó que lo hacía para liberar a España del comunismo y la masonería. El diario El defensor de Córdoba lo dejaba claro el 24 de ese mes: "Luchamos para formar un solo frente nacional contra los judíos y las logias de masones, contra Moscú y las sociedades obreras de tipo marxista". El 15 de septiembre, Franco publicó el primer edicto antimasónico de la España sublevada, declarando a la francmasonería fuera de la ley y culpando a sus miembros de "crimen de rebelión".

Archivo General de la Guerra Civil

Cumpliendo con esta proclama, persiguió a la masonería con especial empeño. En las ciudades que iban cayendo al avance de sus tropas, los masones eran encarcelados, sus bienes confiscados y anotados los datos de parientes y amigos. Por citar dos entre innumerables ejemplos, el local de la Logia Turdetana de Córdoba fue incendiado, y el Templo Masónico de Santa Cruz de Tenerife, incautado y convertido en sede de Falange.

Su afán inquisidor fue tan exhaustivo que el fichero de miembros y simpatizantes engordaba de forma espectacular, por lo que, en 1937, nombró a Marcelino Ulibarri director del Servicio de Recuperación de Documentos, con sede en Salamanca, para reunir allí todo lo incautado a las logias y centralizar la información sobre sus miembros. Y cumplió su misión mejor que bien. El profesor Valín, buen conocedor de la documentación elaborada en esa época, señala que "siendo alrededor de 4.500 los masones activos en la España de 1936, el Servicio llegó a confeccionar más de 80.000 expedientes personales de masones y simpatizantes, fichando incluso a quienes lo habían sido en el siglo XIX, tanto en la Península como en las colonias". Hoy es el Archivo General de la Guerra Civil, y cuenta con el más importante fondo documental sobre la masonería y su persecución en esos tiempos.

Perseguidos después de muertos

Entre los muchos datos que reflejan la peculiar obsesión de Franco por acabar con la masonería y borrar, incluso, el rastro de su memoria, resulta llamativo el que, el 21 de diciembre de 1938, diera un plazo de dos meses para eliminar de todos los cementerios cualquier símbolo masónico que existiera en sus tumbas y panteones.

Cuando, en 1939, dictó la Ley de Responsabilidades Políticas que declaraba fuera de la ley a las logias masónicas y a sus miembros, tuvo la cruel argucia de hacer retroactiva su aplicación hasta 1934, lo que le permitió perseguir impunemente a todos aquellos que eran masones cuando su actividad resultaba perfectamente legal en los años previos a la Guerra Civil.

Su inquina llegó a establecer que las sanciones económicas se cobrarían "aunque el responsable falleciere antes de iniciarse el procedimiento", haciéndolas efectivas con cargo a la herencia, e incluso responsabilizando de la deuda a los herederos. Ni la muerte, pues, limpiaba la mancha de ser masón.

La amenaza permanente

Terminada la contienda, en marzo de 1940 Franco promulgó la Ley para la Represión de la Masonería y el Comunismo, creando el Tribunal Especial del mismo nombre para su aplicación. Esta ley castigaba a masones y simpatizantes con penas que alcanzaban los 30 años de cárcel para los grados más altos. La masonería, en definitiva, representaba tan grave pecado que nadie podía ser miembro de un Tribunal de Honor militar si tenía algún pariente, hasta segundo grado de consanguinidad, que hubiera sido masón.

Franco convirtió su monomanía antimasónica en uno de los pilares ideológicos del Régimen, y en sus discursos nunca faltaba la tradicional coletilla sobre la confabulación judeo-masónica unida al comunismo internacional. La masonería era la amenaza permanente del "enemigo que acecha en la sombra" y la causa de todos los desastres históricos de España, desde la pérdida de Gibraltar a la de los territorios de América, pasando por Cuba y Filipinas. Incluso hubo quien consideró a la IIª República Española, en bloque, como una "operación masónica", ya que seis de sus jefes de gobierno pertenecieron a la masonería y en las cortes constitucionales de 1931, de los 470 diputados existentes, se estima que 150 eran masones. Repartidos, eso sí, entre todos los partidos políticos, tanto de la izquierda como del centro y la derecha.

¿Perteneció Franco a la masonería?

Parece imposible que quien tanto empeño puso en acabar con la masonería, hubiera sido masón. Y, sin embargo, hay datos que apuntan en esta dirección y la posibilidad de que sea cierto, reconoce el profesor Valín, "todavía se discute en algunos foros".

Francisco Franco Bahamonde pertenecía a una familia de ideas liberales y marcada vocación militar, en la que no faltaron miembros de la masonería. Entre ellos, uno de los hermanos de Francisco: Ramón, quizás el más brillante de todos. Aviador militar, fue el héroe que realizó la travesía del Atlántico sur en el famoso hidroavión Plus Ultra. Claramente liberal y antimonárquico, cuando se produjo el levantamiento dirigido por su hermano se alineó, sin embargo, en sus filas. Otro hermano, Nicolás, no llegó a ser masón pero se quedó en puertas ya que se hizo rotario, antesala entonces de la masonería.

¿Y Francisco Franco? El conocido investigador de la masonería española Ferrer Benimeli apuntó la posibilidad de que, cuando menos, Franco intentara ingresar en la masonería siendo teniente coronel, en Larache, hacia 1926. Citó dos logias como probables objetivos del intento: la Lukus y la Lixus. Al parecer, fueron sus propios compañeros de armas los que le pusieron el veto por no reunir los méritos necesarios. Algunos afirman que volvió a intentar el ingreso en 1932, ya en Madrid, con el mismo resultado. No obstante, no se ha encontrado documentación que corrobore definitivamente esta sospecha, y el tema sigue siendo objeto de estudio.

En cualquier caso, si fuera cierto, es muy posible que Franco guardara profundos agravios contra la organización que lo rechazó. Una malquerencia a la que se sumaba su aversión a las ideas liberales y a los movimientos políticos en los que habían participado los masones durante la turbulenta IIª República. Quizá fuera esto lo que despertó su fobia, activa hasta tal punto que llegó a escribir personalmente artículos en la prensa y una novela que culminó en la película Raza, dando así rienda suelta a su obsesión antimasónica…

 
"Franco y la Masonería" in "Mas Alla" Nº194, Abril 2005.

lunes, 8 de octubre de 2012

Anécdotas Históricas -193-



Cuando el rey Carlos I tuvo que refugiarse en Escocia para esquivar las tropas de Cromwell que habían tomado Oxford (1646), fue apresado y luego canjeado por el ejército escocés presbiteriano por la coqueta suma de 2 millones (1647). Al enterarse de la noticia, el monarca prisionero declaró:

-"Es mejor estar con los que me han comprado que con los que me han vendido."

Anécdota de: Carlos I, Rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda (1600-1649).