domingo, 1 de diciembre de 2013

EL HOMBRE QUE INSPIRÓ A SIR ARTHUR CONAN DOYLE

ADAM WORTH, EL NAPOLEÓN DEL CRIMEN.



A aquellos a los que apasionan las novelas detectivescas, en las que se resuelven crímenes y el protagonista es todo un prodigio a la hora de atar cabos, sacar conclusiones de una manera aguda y magistral, para acabar señalando quién es el culpable, tenemos en el personaje de Sherlock Holmes al investigador perfecto para nuestro deleite.

Con toda probabilidad, aquellos que sois seguidores de ese tipo de novelas, bien sabréis que no sería lo mismo sin el antagonista de muchas de las mismas, un calculador y pérfido genio del crimen llamado James Moriarty.

Pero al igual que Arthur Conan Doyle, para crear al personaje de Sherlock Holmes, se inspiro en la figura de Joseph Bell (su profesor cuando cursaba la carrera de medicina en 1877), hizo lo propio con el del gran enemigo del detective fijándose en el perfil de uno de los criminales más brillantes de la época: Adam Worth.

Worth poseía una mente privilegiada y una inteligencia muy por encima de muchos de sus contemporáneos, lo cual utilizó para convertirse en un auténtico genio del crimen, que lo llevó a vivir una vida llena de lujos y excesos, hospedarse en los mejores hoteles, ser invitado a los más exclusivos palacios y rodearse de personajes de gran relevancia, todo ello gracias a su talento innato para engañar, robar y estafar a los demás.

Su carrera delictiva empezó a muy corta edad, si tenemos en cuenta que se escapó de su casa cuando tan solo contaba con diez años de edad. Era hijo de un humilde sastre prusiano que había emigrado con toda la familia a los Estados Unidos cuando Adam tenía cinco años.

A pesar de su corta edad viajó desde Massachusetts hasta Boston y posteriormente se trasladó a Nueva York, colocándose a trabajar de recadero, aunque lo que le ayudó a subsistir fue los pequeños robos y timos que realizó.

Tras estallar la Guerra Civil americana se alistó en el ejército (a pesar de que todavía le faltaba un año para la edad reglamentaria, falsificando el certificado) y era tal su habilidad dentro de la vida militar que en tan solo dos meses ya había sido nombrado sargento. Un año después fue herido en una de las batallas en las que participó, por lo que fue enviado a un hospital de la capital (en aquel tiempo llamada Georgetown) pero por un error burocrático se le dio por muerto, algo que supo aprovechar durante el resto de su vida.

Así que, sin cortarse un pelo, se alistaba con nombres falsos, se incorporaba a una unidad y una vez en destino tras cobrar la paga desaparecía llevándose cuanto de valor allí había. Solo tenía 18 años y ya era un prodigio del engaño y el enredo.

Fue por aquel entonces la época en la que los detectives de la agencia Pinkerton comenzaron a seguirle el rastro, siendo prácticamente imposible dar con él. Cuando llegaban a un lugar Adam Worth ya había huido de allí sin dejar rastro y con los bolsillos bien cargados de dinero.

Tras la guerra volvió a Nueva York donde se dedicó al refinado arte de robar carteras. Era tal su habilidad que en poco tiempo había formado una compacta banda de carteristas a quienes formó y controlaba para que le diesen la mayor parte de lo robado.

Su carrera delictiva iba cada vez a más, viendo que todavía podía dar golpes mejores, por lo que empezó a robar cajas fuertes. Fue intentando abrir una de éstas cuando fue sorprendido por la policía, detenido y enviado tres años a la prisión de Sing Sing, donde no estaría mucho tiempo encerrado, ya que logró escapar.

Cuando tenía 25 años (1869) contaba en su haber con la friolera de 1.866 bancos, empresas y comercios robados. También había organizado la fuga de varios importantes delincuentes de la época que estaban en prisión. Entre ellos un mujer que acabaría convirtiéndose en su esposa: Charles W. Bullard (más conocida como Piano Charley), famosa por su habilidad en abrir cajas fuertes.

Pero el cerco contra él era cada vez más estrecho y, tras varias ocasiones en la que estuvieron a punto de darle caza, decidió viajar rumbo a Gran Bretaña junto a su mujer, donde llegaron con una pequeña fortuna y haciéndose pasar por un rico matrimonio de petroleros de Texas, respondiendo él al nombre de Charles H. Wells.

Allí realizó varios robos y estafas, viajando por varias capitales europeas en las que cometió múltiples delitos con los más diversos nombres e identidades (el de Henry Judson Raymond, importante financiero, también lo usaría en varias ocasiones).

A su paso por París montaron un casino clandestino, ganando una inmensa fortuna, pero en 1873 los detectives de Pinkerton dieron con él y volvió a poner pies en polvorosa, dejado atrás a su esposa y regresando a Londres, donde invirtió parte de su capital en varias posesiones, entre las que se incluía el Western Lodge (una sociedad de socorro para las personas pobres y sin hogar), en el que participaban un gran número de personajes de la aristocracia británica con los que se mezcló e hizo truculentos negocios.

Muchos fueron los robos, estafas y engaños que llevó a cabo y con los que embaucó a un gran número de personas, realizándolo de una manera magistral, pero uno de los golpes más recordados fue el del robo de un valiosísimo cuadro de Thomas Gainsborough que representaba a la duquesa de Devonshire, ya que le recordaba a una novia que tuvo en sus tiempos de juventud.
En 1892 se enteró que su ex mujer había sido detenida y posteriormente fallecido en Bélgica, por lo que viajó hasta allí, aprovechando para organizar el robo de un carro brindado con dos socios que acababa de conocer. El golpe fue un fiasco y por culpa de ese terrible error Adam Worth fue capturado por las autoridades, ingresando en una prisión de máxima seguridad y donde estuvo encerrado hasta 1897.

Tras su salida de la cárcel viajó hasta Nueva York, donde contactó con Pinkerton y le hizo entrega del cuadro que había robado varias décadas atrás. Pero Adam Worth ya no tenía la habilidad de antaño, algo que lo llevó a dedicarse a cometer robos de escasa importancia y a beber de una manera exagerada, lo cual provocó que mueriera en 1902, a la edad de 58 años, totalmente solo, arruinado y alcoholizado.



Tan solo quedaba el recuerdo del que había sido un auténtico genio del crimen y al que bautizarían con el sobrenombre de ‘el Napoleón del crimen’, mismo mote que le otorgaría Arthur Conan Doyle a su personaje del profesor James Moriarty.

Artículo de Alfred López in 'Cuaderno de Historias' 29-11-2013.
 

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