lunes, 24 de diciembre de 2012

PARÍS 1795: EL BAILE DE LAS VÍCTIMAS

LAS EXCENTRICIDADES DE UNA NUEVA GENERACIÓN DE ARISTÓCRATAS



El "Baile de las Víctimas" eran bailes concertados por asociaciones de personas de ilustre procedencia tras el período del Terror. Para ser admitido en esas asociaciones o en esos bailes, era imprescindible tener entre su familia, como mínimo, a un miembro guillotinado durante la Revolución Francesa.

Esos bailes, francamente macabros, comenzaron después de la ejecución de Maximilien de Robespierre, que aconteció el 28 de julio de 1794 (según el calendario revolucionario, el 10 thermidor Año II), siendo la primera señal de euforia y liberación de los franceses después de la muerte del dictador sanguinario, que puso un punto final a la opresión, a las persecuciones y ejecuciones arbitrarias.

El primer baile tuvo lugar en enero de 1795, en el Palacio de Richelieu, organizado por jóvenes cuyos padres o próximos parientes habían sido guillotinados, pero a quienes la Revolución había recientemente restituido los bienes anteriormente confiscados. Con ese cambio de actitud tan brutal por parte de la Iª República, en la que sus nuevos dirigentes querían subsanar los excesos del Terror y remediar las injusticias cometidas, esos asociados u organizadores del baile, a su vez aristocrático y decadente, pretendían reencontrarse entre ellos y recomponer su sociedad.

La descripción de esos bailes varían, pero tienen en común el de servir de catarsis a la expresión emocional de la ejecución de parientes, así como de las convulsiones sociales ligadas a la revolución. Tiempo después, mucha gente encontró que esos bailes eran algo inadmisible, infame, de muy mal gusto y motivo de escándalo e indignación.

 
Retrato de Madame Arnault de Gorse, peinada a la Tito; obra de Louis Léopold Boilly, 1796.


Los participantes llevaban vestidos de duelo o trajes con brazaletes negros. A la inversa, algunas mujeres aparecían enfundadas en vestidos greco-romanos de finísimas y translúcidas telas, iban descalzas o con sandalias planas que se ataban con cintas. Algunas llevaban los cabellos cortados muy cortos, peinados a la erizo o recogidos a la Tito o a la Caracalla con ayuda de una peineta, a imagen y semejanza de los condenados antes de su ejecución. Incluso, muchas se complacían en poner la guinda al pastel anudándose un hilo, una fina gargantilla o una cinta de seda rojo sangre alrededor del cuello, justo donde se supone que cortaba la cuchilla de la guillotina separando la cabeza del tronco.

Para colmo de ese sentido del humor negro francés, por no llamarle siniestro y lamentable cachondeo, las damas y los caballeros se saludaban entre ellos sacudiendo la cabeza con un golpe seco, queriendo imitar así el momento de la decapitación.



No extraña que, a la larga, esas "siniestras mascaradas", indignasen a los aristócratas de más edad, a los que habían padecido la cárcel y la angustia diaria ante el tan temido momento de oír si gritaban o no su nombre en la lista de la próxima hornada.

Hay un ejemplo anecdótico muy ilustrativo de la frivolidad de esa generación de aristócratas post-revolución. Un testigo de aquellos años, apodado Polichinela, acudió a uno de esos bailes que se celebraban en distintas residencias señoriales parisinas. Se topó con un joven y hermoso aristócrata vestido para la ocasión que, con expresión llorosa, se lamentó:

-"Ah! Polichinela,... han matado a mi padre!"

-"¿Han matado a su padre?", contestó sacando un pañuelo de su bolsillo para ofrecérselo al desconsolado.

Y, de repente, el caballero cambió radicalmente de expresión, pasando de la pena a la alegría; se puso a bailar y a cantar:

-"Ziga raga don don, un paso de rigodón!"

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