jueves, 18 de junio de 2015

DE PUTA A EMPERATRIZ: Teodora de Bizancio

DEL INFIERNO AL OLIMPO
 
 

En la historia hay seres que nos asombran y Teodora de Bizancio es uno de ellos. No existe "culebrón", por muy exagerado que sea, que pueda competir con el alucinante destino de nuestra protagonista.
Ya es mucho que empezara siendo prostituta y terminase emperatriz, pero es que, además, fue la mejor como prostituta y una de las grandes gobernantes de toda la Historia como emperatriz.



En alguna parte de la costa asiática de Turquía o de las islas cercanas (¿Chipre?) nació, en el siglo VI d.C., Teodora, hija de Acacio. Como miles de hombres y mujeres en permanente lucha contra la miseria y el hambre, ella, sus padres y sus dos hermanas, dejaron la aldea natal y marcharon hacia la capital del Imperio Bizantino, Constantinopla.

El centro vital de la capital era el Hipódromo, donde combatían gladiadores, competían cuádrigas y se exhibían animales exóticos, y a él acudió en busca de trabajo el humilde Acacio. Lo consiguió como ayudante del cuidador de osos de los Verdes, una de las dos facciones (la otra eran los Azules), en las que se dividían los aficionados al circo.

El padre de Teodora era un excelente trabajador, que realizaba su tarea a total satisfacción de sus jefes y de los osos, por lo que pronto fue ascendido a cuidador titular, gracias a lo cual la familia empezó a salir de su miserable situación.

Desgraciadamente, las alegrías de los pobres suelen durar poco. Acacio murió y su viuda, nuevamente casada, no consiguió que se otorgara a su segundo marido el puesto del primero, a pesar de que así lo exigía la costumbre y la tradición.

Ante la certeza de volver a caer en su antigua y penosa situación, la dolorida madre reunió a sus tres hijas, adornó sus cabezas con guirnaldas y flores en las manos para que se las identificara como "suplicantes", irrumpió con ellas en la pista central del Hipódromo, entre dos carreras, y contó sus desgracias, pidiendo a gritos ayuda a los jefes de los Verdes, facción para la que trabajó su difunto y primer marido Acacio.

Curiosamente, no la obtuvo de aquellos pero sí de los Azules (que la ayudaron para poner en ridículo a sus rivales), convirtiéndose el padrastro de Teodora en cuidador de osos de la facción que representaba los intereses del emperador, de la nobleza y el clero.

Junto con sus hermanas, la niña Teodora deambulaba por los siniestros subterráneos del Hipódromo, conociendo y sufriendo desde su primera infancia las más bajas pasiones humanas.
Para que las niñas muy pobres pudieran mejorar su situación, no habían más caminos que el teatro o la prostitución; actividades que, sea dicho de paso, en la Constantinopla de aquella época, estaban íntimamente ligadas.

Cuando la mayor de las tres, Comito, llegó a la pubertad, su madre la introdujo en el teatro. Junto a ella, el público se acostumbró a ver a una niña de unos diez años que arrastraba el taburete en el que se sentaba la artista durante sus representaciones. Era Teodora, que de tan humilde manera empezaba a acostumbrarse a pisar los escenarios.
Pronto, ella misma empezó a actuar, sin haber alcanzado aún la pubertad. No tocaba la flauta ni el arpa, tenía una figura esmirriada y decía mal sus textos, pero... enseguida gustó. ¿Por qué? sencillamente porque Teodora tenía el don de excitar a los hombres.
Contaba chistes obscenos, se contorsionaba lúbricamente y, lo más importante, se presentaba en el escenario cubierta tan solo con un taparrabos. Debía causar sensación, no hay duda, para que el público se olvidase de su paupérrima actuación como actriz...

Inteligente y ambiciosa, llegaba siempre un poco más lejos en sus representaciones para gustar más excitando mejor.



Un buen día, montó un número que la propulsó hacia las puertas de la fama.
Apareció en el escenario con su habitual escasez de ropa y, sin saludo ni palabra alguna, se dejó caer sobre el piso de piedra, con las piernas entreabiertas y la mirada perdida en el cielo que servía de techo al improvisado teatro en el que actuaba. Los espectadores contenían la respiración en espera de lo que iba a suceder..., y lo que sucedió estuvo lejos de defraudarlos.
Entraron varios esclavos portando pequeños sacos llenos de granos de cebada y esparcieron su contenido sobre el cuerpo yacente; especialmente sobre senos, muslos y sexo. Y ante la sorpresa del público enmudecido, empujados por los esclavos, irrumpieron seis a siete gansos que, como se puede imaginar, se lanzaron con furioso entusiasmo a devorar los granos.
Con gestos y contracciones, Teodora supo transmitir muy bien las supuestas sensaciones que el picoteo le producía y, pronto salido de su mudez, el auditorio estalló en rugidos.

A partir de ese día, Teodora fue invitada de honor en las fiestas llamadas "comunitarias", que organizaban los jóvenes nobles y los ricos.
Tenía fama en ellas, la chica, además de bailar y contar chistes, de ser capaz de satisfacer plenamente a anfitriones e invitados, aunque su número, como pasó en una ocasión, alcanzara la treintena.
Realizando tales proezas artísticas y gimnásticas, no puede extrañar que, con apenas 16 años, Teodora fuera la prostituta mejor pagada y celebrada de Constantinopla.
De sus ingresos tenía que entregar una generosa cantidad al maestro de danzas de los Azules ( una especie de impuesto de protección, pero muy legal). Cuando alcanzó el éxito y, con él, le llegó el dinero, la muchacha buscó independizarse. Convenció a su íntima amiga Antonina y, en compañía de otras dos chicas, abrió su propia "casa" que pronto fue una de las más acreditadas de la capital. El mejor burdel del Imperio, hablando claro.

Sin embargo, y sin que se entienda el motivo, cuando estaba ganando mucho dinero y afianzando su nombre, se dejó convencer por el recién nombrado gobernador de la africana provincia de Pentápolis y se fue con él a tan remoto lugar en calidad de "amante oficial".
La experiencia se tradujo en un rotundo fracaso y, fruto de ésta, trajo al mundo una niña que acabaría por dejar en Pentápolis, y un larguísimo camino de vuelta a Constantinopla. A pesar de ello, fue en ese camino donde se produjo la inflexión de su vida.
Dando tumbos de lecho en lecho, llegó a Alejandría y allí conoció al hombre que, junto a Justiniano, más influiría en ella.
No era, como cabría suponer, un rico libidinoso, sino un santo hombre de iglesia llamado Severo, ex-patriarca de Antioquía, que Roma separó de su alto cargo por defender la herejía monofisita (que sostenía la existencia de una sola naturaleza, la divina, en Cristo). Recuérdese que durante los más de 1.000 años que duró el Imperio Bizantino, la principal preocupación de sus habitantes no fue el peligro turco o los placeres del lecho ni el Hipódromo, sino las discusiones teológicas en general y las referidas a las naturalezas de Cristo en particular.
Severo era hombre de gran sabiduría, primera autoridad en la Patrística y experto en las Sagradas Escrituras. De hecho, sus escritos aún perduran.
Hasta ese santo y eminente personaje llegó Teodora con toda su carga de humanas miserias, y fue escuchada por él no una, sino muchas veces. Por primera vez la "ramera" podía hablar con un hombre que no deseaba su cuerpo, y aprovechó la oportunidad. En él volcó todos sus pecados y humillaciones y sufrimientos, pero también sus ideales, sus ambiciones y sus sueños.
Mucho y bueno debió de ver en ella el patriarca, porque pasó horas y horas en su compañía.
Cuando Teodora dejó Alejandría para continuar su viaje a Constantinopla, se llevaba con ella la semilla del monofisismo, que arraigaría para siempre en su espíritu.
Tras sufrimientos indecibles, 3 años después de su marcha, Teodora llegó por fin a Constantinopla, preparada para encontrarse con su destino.

Su amiga y socia Antonina había logrado enamorar al joven y victorioso general Belisario, íntimo amigo del sobrino del nuevo emperador, Justino.
Este sobrino, a quien el emperador había rebautizado Justiniano, era hombre de cultura y ambición suficientes para desear ocupar el trono cuando su tío, ya sexagenario, muriera.
Desde su regreso, Teodora convivía con sus antiguas amigas en el burdel que también había sido de ella, pero no participaba en fiestas ni aceptaba la compañía de hombres. Para sorpresa de toda la ciudad, pasaba los días hilando en una rueca.
Aceptó, sin embargo, la invitación de Antonina para conocer a Justiniano, llevado al burdel por su amigo Belisario. Y ocurrió lo imprevisible.



Justiniano, hombre de mil amantes, religioso hasta el fanatismo y amigo de todos los placeres, compendio fiel del bizantino de su época, se enamoró de la prostituta a la que decenas y decenas de hombres habían poseído.

Aunque hay que convenir que lo imprevisible ocurría frecuentemente en Constantinopla, porque Belisario también se enamoró de la no menos prostituta Antonina.

Justiniano pronto hizo su amante a Teodora y, tras unas semanas de breves encuentros, la instaló en su lujosa residencia. Para regocijo de todos los que tan íntimamente la habían "conocido", no pasó mucho tiempo, sin que la antigua prostituta fuera elevada a la alta dignidad de patricia. Eso suponía, claro está, que Teodora podía por fín ocupar el palco reservado a las mujeres nobles en el Hipódromo. Atrás quedaban los tiempos de los subterráneos fétidos, los manoseos de su cuerpo y la humillación del día en que fue "suplicante".
Pero todo lo alcanzado, con ser tanto, no era suficiente para Teodora. Quería ser la esposa de Justiniano, cosa imposible puesto que la ley, en este punto, era tajante: prostitutas y artistas del teatro no podían casarse con nobles.
Su amante, loco de pasión, se hubiera saltado la ley, y es de suponer que su complaciente tío y emperador, hubiese consentido en ello, pero la emperatriz Eufemia, de firmes convicciones religiosas y morales, estaba decidida a impedirlo. Asi pues, Justino, con tal de no atraerse las furias de su esposa, no dió su consentimiento. No hubo boda, pero por poco tiempo: Eufemia falleció al poco y por causas naturales, dejando el camino libre y sin obstáculos.
El mismo año, el emperador Justino no deroga la ley discriminatoria, sino que la "interrumpe" el tiempo suficiente para que su sobrino y Teodora puedan consagrar su unión ante Dios. Tres años más tarde, el emperador decide compartir la pesada carga del gobierno con Justiniano, asociándole al trono y coronándole emperador. Teodora ya está al pie del trono.



Cuatro meses más tarde, fallece Justino y Justiniano asume todas las atribuciones de "Basileus" a sus 45 años; Teodora, convertida por fin en emperatriz consorte, tiene entonces 27 primaveras.
Pero la historia no acaba ahí, aunque parezca que con su ascenso en el exclusivista olimpo de las testas coronadas, se cumpla su increíble destino.
Teodora quería llegar al trono, pero no para usufructuarlo, sino para "gobernar".
Cierto que se excedió en sus venganzas y, junto a su marido, expolió al pueblo con impuestos para financiar las faraónicas obras que los dos concibieron y realizaron; entre ellas, el templo de Santa Sofía, el más bello de la cristiandad. Pero cierto también que las leyes que propició son motivo de admiración aún hoy.
En el "Corpus Juris Civilis", magna compilación legal de Justiniano, está la mano, el cerebro y el corazón de Teodora; en especial en el apartado de "la familia y la propiedad privada".
Por su directa intervención, los juristas que conformaron el "Corpus" derogaron -para siempre- la inicua ley que impedía la unión entre artistas y prostitutas con los hombres, fuesen o no nobles, que libremente desearan desposarlas.



Logró también que se incluyera la persecución del proxenetismo (antes protegido por la ley) y la declaración de que la prostitución es "un agravio a la dignidad de las mujeres".

En contra de lo que todas las legislaciones establecían, Teodora logra dar fuerza legal al principio de que los hijos tienen los mismos derechos, incluso ante la herencia, hayan nacido legítimos o ilegítimos. Hay que tener en cuenta que esta igualdad se ha logrado en la mayoría de los países durante el siglo XX, y que Teodora la postuló y llevó a cabo hace nada menos que 1.500 años!
Más allá de las leyes, realizó una persistente y eficaz campaña para erradicar la prostitución. Nadie mejor que ella conocía el sufrimiento que engendra. Las prostitutas fueron invitadas a dejar su oficio en el plazo de 3 meses; de no hacerlo, eran encerradas en una residencia llamada "Castillo del Arrepentimiento".
En cuanto a las que elegían casarse, la emperatriz se encargaba personalmente de concederles una generosa dote.

Por aquellos tiempos, los hombres apaleaban, engañaban, repudiaban a sus mujeres: hacían cuanto se les antojaba con ellas. Con Teodora, éstas pudieron tomarse un desquite.
Fémina que llegara hasta palacio para presentar una queja contra marido, padre o hermano podía tener la seguridad de que sería escuchada y de que el agravio del cual era víctima, no quedaría impune.
Evidentemente, las mujeres bizantinas, fuertes de esa protección imperial, se vengaron y engañaron a sus maridos descaradamente, a sabiendas de que si éstos se propasasen con ellas, darían con sus huesos en la cárcel.



Pero los impuestos y los excesos cometidos por más de un alto funcionario imperial, llevaron al pueblo a la insurrección. En el año 532, y al grito de "Nika!" (Victoria), las turbas se hicieron con el control de Constantinopla, matando y quemando a discreción. Todo parecía perdido para el emperador; tenía un puñado de soldados fieles pero sus enemigos eran decenas de miles.
Con el palacio imperial quemado en parte por la chusma, se celebró una tensa reunión entre Justiniano, los jefes militares fieles y los ministros. La mayoría opinaba que el monarca debía abandonar la capital y refugiarse en la costa asiática y, desde allí, intentar la resistencia. A punto de ceder, intervino inopinadamente Teodora, irrumpiendo en la sala y yendo contra la costumbre de que la emperatriz interrumpiera una sesión del consejo y, mucho más, que hablase. Pero Teodora no se paró en formalismos. Con voz clara y firme, mirando cara a cara a Justiniano, dijo:

-"Sobre si está bien visto o no que una mujer se presente ante hombres o se atreva a mostrarse cuando otros vacilan, no creo que sea éste el momento más apropiado, ante la presente crisis, para discutir un punto de vista u otro. Pero cuando una causa corre el máximo peligro hay un solo y verdadero camino a seguir: aprovechar lo máximo posible la situación actual. Creo que en estos momentos la huída es inapropiada, incluso si lleva consigo la salvación. Una vez que un hombre ha nacido a la luz es inevitable que tendrá que enfrentarse con la muerte, pero un emperador no puede soportar el verse convertido en fugitivo. Emperador, si quieres huir en busca de la salvación, te resultará fácil; tenemos dinero en abundancia, a la vista está el mar, aquí están los barcos. Sin embargo, en lo que a mi respecta, aún creo en el viejo proverbio de que la realeza es una excelente mortaja."

Humillados por una mujer, los ministros derrotistas enmudecieron y habló el valiente general Belisario, obteniendo la inmediata aprobación del atónito Justiniano para su plan represivo.
Según algunos historiadores, más de 20.000 murieron en esa jornada, pero la sublevación fue totalmente vencida y salvado el trono bizantino. Y todo gracias, no al insigne Justiniano, sino a Teodora, la antigua "ramera", que vivió, reinó y gobernó, junto con su marido, durante 16 años más. Finalmente, en el año 548, un cáncer de mama acabó con su vida, no sin antes haber casado a su sobrina predilecta, Sofía, con el sobrino favorito de Justiniano, Justino. A la muerte del "Basileus", la pareja heredaría el trono.

Cuando fue prostituta, fue la mejor; cuando emperatriz, superó al gran Justiniano.
¿Hay quien la iguale?

in "LA CARA OCULTA DE LOS GRANDES DE LA HISTORIA" de Juan Manuel González Cremona. Colección "Memoria de la Historia", Editorial Planeta 1993.


 

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