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domingo, 28 de diciembre de 2014

FRÉMINVILLE, el Capitán Travesti

UN POLIFACÉTICO MARINO
 
 

Christophe Paulin de La Poix de Fréminville, Caballero de Fréminville (1787-1848), fue un personaje que reunió en su sola persona varias facetas: la del rudo marino, del sabio, del arqueólogo, del escritor, del dibujante y la de "mujer de mundo", porque gustaba travestirse y llevar vestidos femeninos de cuando en cuando, lo que le valió el apodo de "La Chevalière" (La Caballera) entre sus compañeros.

El Caballero de Fréminville era Capitán de las Fragatas del Rey, Caballero de la Orden Real y Militar de San Luis, de la Soberana Orden Militar de Malta y de la Orden de Cristo, y miembro de la Sociedad Filomática, de la Sociedad de Historia Natural de París y de la Real Sociedad de Anticuarios de Francia.

Empezó su carrera de marino en 1801, antes de cumplir los 14 años. Participó en la Expedición de Santo-Domingo en calidad de alumno a bordo del Intrépido, luego sobre La Valerosa, volviendo a Francia a bordo del Swift-Sure que transportaba el cuerpo del General Leclerc, marido de Paulina Bonaparte. Después, navegó por el Mar Báltico y surcó los mares polares; también recorrió las costas de África y de América hasta 1828, acabando su carrera como capitán.



Se dice que fue a partir de la trágica muerte de su único amor, una criolla llamada Caroline, que tomó la costumbre de vestirse de mujer, al principio con los vestidos de su amada desaparecida, luego con los que se compraba como cualquier dama, con criterio y gusto. Llegó incluso a publicar un "Ensayo sobre la influencia del vestido femenino" bajo el seudónimo de "Caroline de L.", obra que provocó un sonado escándalo.

Sin embargo, su gusto por la moda femenina no pareció restarle méritos a ojos de Napoleón I, Luis XVIII y Carlos X, ni de Juan VI de Portugal como tampoco del Gran Maestre de la Soberana Orden Militar de Malta, al juzgar por las importantes condecoraciones que le concedieron.

lunes, 8 de julio de 2013

CURIOSIDADES -100-

"Tirar la casa por la ventana"



Don Mariano Téllez-Girón y Beaufort, XIIº Duque de Osuna y Grande de España (1814-1882) supo dar mucho sentido a esa célebre frase de "tirar la casa por la ventana" por culpa de sus interminables extravagancias; pasó por ser la mayor fortuna del país al cumular en su persona una prodigiosa cantidad de palacios, títulos, grandezas y, sobretodo, extensas fincas que le permitían atravesar media España sin salir de sus tierras. Para desgracia de su casa, este duque vivía a golpe de "caprichitos" rodeado de un lujo inimaginable que no tardaría en causar el previsible hundimiento de toda la fortuna familiar.

Nombrado embajador extraordinario de España en la corte de San-Petersburgo en 1856, rehusó cobrar su sueldo anual de diplomático (400.000 Reales) aún a sabiendas de que no estaba precisamente para hacerle ascos, y permaneció doce años como representante de Isabel II ante el zar Alejandro II. Decir que su embajada fue una sucesión de fiestas extravagantes, es quedarse corto.

En una ocasión, Osuna invitó a su palacio de San-Petersburgo, a los zares y a lo más granado de la corte imperial a una gran cena de gala servida en una suntuosa vajilla de oro. Al final del banquete, los criados del duque, en lugar de llevar a cocina la vajilla para que la lavaran, la tiraron directamente por las ventanas de palacio a las aguas del Neva para mayor sorpresa y escándalo de sus atónitos invitados.

martes, 5 de marzo de 2013

CURIOSIDADES -96-

La sonrisa más cara de la historia



Maria-Luisa de Parma, Reina consorte de España y de las Indias (1751-1819), famosa por su escandalosa conducta, su estupidez y sus derroches, tuvo nada menos que 24 embarazos; y no todos sus hijos fueron de su marido, el rey Carlos IV. De tanto parir, su físico se resintió hasta el punto de perder gran parte de su dentadura, convirtiéndola en una caricatura de sí misma. Goya, pintor poco complaciente con su real modelo, la pintó repetidas veces con la boca hundida y apenas con labios aunque supo, a pesar de su prematura fealdad, realzar la belleza de sus bien torneados brazos, de los que Maria-Luisa era harta orgullosa.
Para corregir sus rasgos faciales, deformados por la ausencia de dientes, la reina mandó que ejecutaran para ella diferentes dentaduras postizas, a cual más extravagante y cara, como aquella conformada ¡por 32 diamantes! Seguramente, la sonrisa más cara de la historia.