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sábado, 25 de abril de 2015

MARÍA-AMALIA DE SAJONIA, REINA DE LAS ESPAÑAS


MARÍA AMALIA DE SAJONIA
REINA DE NÁPOLES Y DE SICILIA
REINA DE LAS ESPAÑAS Y DE LAS INDIAS
1724 - 1760
 
 

María Amalia de Sajonia (Dresde, 1724-Madrid, 1760), esposa del rey Carlos III era la tercera hija de Federico Augusto II, rey de Polonia (con el nombre de Augusto III), y de la Archiduquesa María Josefa de Austria. María Amalia fue desde pequeña alejada del ambiente de inmoralidad que reinaba en Dresde, su ciudad natal, y educada en un ambiente más serio y religioso, siguiendo el estricto protocolo de la Casa de Austria, de la que descendía su madre.

 
Retrato del Elector Federico-Augusto II de Sajonia, Rey Augusto III de Polonia (1696-1763); obra de Louis de Silvestre.
 
 
Retrato de la Archiduquesa María-Josefa de Austria, Electriz de Sajonia, Reina consorte de Polonia (1699-1757); obra de Louis de Silvestre.
 

Según cuentan las crónicas, la reina María Amalia de Sajonia fue criada en un ambiente muy culto. Debido a esto fue educada desde niña en dos idiomas, el alemán, su idioma materno, y además el francés. Igualmente se le inculcaron desde niña virtudes tales como la autodisciplina y el sentido del deber. Virtudes que luego en su matrimonio le serían muy útiles debido a su numerosos deberes como reina, y a su numerosa familia.

Según las crónicas de la época, lograr el parentesco con los Austrias fue el motivo principal que llevó a Felipe V y a su segunda esposa Isabel de Farnesio, a concertar el matrimonio de su primogénito Carlos con la nieta del emperador alemán José I. Así con el matrimonio del infante Carlos, y la joven princesa María Amalia de Sajonia se lograba reconciliar a la Corte española con la Casa de Austria tras los enfrentamientos en la Guerra de Sucesión, que tuvieron como principal consecuencia la llegada de la Casa Borbón a España.

En 1732, con dieciséis años, Carlos (Madrid, 1716- Madrid, 1788) primogénito de Felipe V y su segunda esposa, la italiana Isabel de Farnesio, consiguió el ducado de Parma tras la muerte de su tío el duque Antonio Farnesio sin descendencia. En el Tratado de Viena cambió el ducado por la Corona de Nápoles y Sicilia. Los napolitanos lograron así por vez primera en los últimos siglos un rey residente en Nápoles, que además era hijo del rey de España y de una noble italiana.

 
Retrato de la Princesa Electriz María-Amalia de Sajonia, Princesa Real de Polonia (1724-1760), vestida "a la Polaca", según Louis de Silvestre en 1738.
 
 
Retrato de Carlos VII de Borbón y Farnese, Infante de España, Duque de Parma y luego Rey de Nápoles y de Sicilia (1716-1788); obra de El Molinaretto.
 

Cuentan las crónicas que, cuando el joven rey Carlos VII de Nápoles, y la joven princesa alemana María Amalia de Sajonia se conocieron sintieron un flechazo instantáneo. Es por ello que cumplieron gozosa y rápidamente con el compromiso matrimonial que sus respectivos padres habían acordado. En la historia de los matrimonios concertados raramente sucedían estos flechazos.

Carlos VII de Nápoles y la princesa alemana María Amalia de Sajonia se casaron en Gaeta, localidad próxima a Nápoles, el 19 de junio de 1738. El tenía veintidós años, y ella tan solo catorce. Pese a su juventud, la alta, rubia, robusta y piadosa María Amalia consiguió conectar rápidamente con su esposo. Ambos compartían una formación religiosa y moral sólida, el aprecio por los placeres familiares y el desdén por el boato y el protocolo.



Conocedora la reina María Amalia de Sajonia de la importancia de su matrimonio con Carlos VII de Nápoles, que la hacia emparentar nada menos que con la reconocida monarquía española, consideró que debía mantener buenas relaciones con sus suegros, los reyes Felipe V e Isabel de Farnesio. Es por esto que estableció con los monarcas españoles una nutrida y afable correspondencia en la que narraba todos los acontecimientos familiares de la corte napolitana que servía a la vez para mantener informada de todo a su suegra.


Las crónicas de la época comentan con regocijo como en los primeros meses de matrimonio los reyes de Nápoles, Carlos VII y María Amalia tuvieron que utilizar el francés para comunicarse ya que era la única lengua que ambos conocían. María Amalia no hablaba ni español ni italiano, y Carlos no hablaba alemán. Esto fue así hasta que María Amalia aprendió el italiano, idioma de su nuevo hogar.

Podemos comprobar, si consultamos la correspondencia entre la reina de Nápoles María Amalia de Sajonia (Dresde, 1724-Madrid, 1760) y sus suegros los reyes de España Felipe V e Isabel de Farnesio, conservada en el Archivo Histórico Nacional. Que todas las cartas están escritas en francés, ya que María Amalia no conocía el español. Además podemos comprobar también como María Amalia firmaba siempre como Amélie.

Desde niña a la reina María Amalia de Sajonia le había sido inculcado, por sus damas de compañía, el gusto por la decoración, los elegantes tapices y los bellos muebles. Además, María Amalia había vivido en palacios decorados con las porcelanas de Meissen, originarias de Sajonia, y tan de moda durante el siglo XVIII. Es por esto que disfrutó tanto en los palacios de Nápoles, que habían sido decorados por Carlos con muebles, cuadros y distintos ornamentos traídos de la ciudad de Parma, su antiguo ducado.
 María Amalia de Sajonia, fue reina de Nápoles durante diecinueve años, y reina de las Españas durante apenas dos. Pese a esta diferencia de tiempo, y como su marido Carlos III fue una reina muy amada tanto por los napolitanos como por los españoles, ya que ambos, como monarcas realizaron grandes obras tendentes a la modernización primero de Nápoles y a partir de 1759 de España.


De los trece hijos que tuvieron los reyes María Amalia de Sajonia y Carlos III, siete de ellos fueron niñas y los seis restantes, niños: Isabel (1740-1742), Mª Josefa Antonia (1742), María Isabel (1743-1749), Mª Josefa Carmela (1744-1801), Mª Luisa (1745-1792), Felipe (1747-1767), Carlos Antonio (1748-1819), Mª Teresa (1749-1750), Fernando (1751-1825), Gabriel (1752-1788), Mª Antonieta (1754-1755), Antonio Pascual (1755-1817) y Francisco Javier (1757-1771). Pero no todos llegaron a la vida adulta, falleciendo cinco de ellos cuando todavía residían en Nápoles, cinco de las niñas.

 
Retrato de los Infantes Carlos Antonio y Gabriel de Borbón.


Las cinco hijas de los reyes de Nápoles María Amalia de Sajonia y Carlos III, fallecidas en Nápoles, las tres primeras: Isabel (1740-1742), Mª Josefa Antonia (1742) y María Isabel (1743-1749); la octava, Mª Teresa (1749-1750), y la undécima, Mª Antonieta (1754-1755), están enterradas en la iglesia de Santa Clara de Nápoles. Esto es así debido a que su padres fueron nombrados reyes de España en 1759, después de sus fallecimientos.


María Amalia de Sajonia fue una mujer muy fecunda, ya que tuvo hasta trece hijos con el rey Carlos III. La única pena es que pasaron años y niños hasta que le dio un heredero varón a Carlos. Primero llegaron cinco niñas. Por fin, llegó un varón, Felipe, que resultó retrasado mental. Y luego otros dos varones: el futuro Carlos IV y Fernando, luego rey de Nápoles. Cumplidas las obligaciones dinásticas y ya con ocho hijos, tuvieron más descendencia, hasta trece.

Según recogen las crónicas, después de tantos alumbramientos, la reina María Amalia de Sajonia había perdido parte de la dentadura y la lozanía. Además, parece ser que la sucesiva llegada de cinco niñas hasta el ansiado heredero, junto con la muerte de tres de ellas, le habría provocado cierta frustración y le había estropeado el carácter hasta el extremo de mostrarse colérica con todo el mundo excepto eso si, con su marido, el rey Carlos III, al que adoraba.

Podemos leer en distintas crónicas como la reina María Amalia de Sajonia había adquirido, para calmar sus estados de nerviosismo, el hábito de fumar grandes cigarros habanos, gustándole además los de sabor más fuerte. Los cigarros habanos se los hacía enviar a Nápoles, desde Madrid, por sus suegros, los reyes Felipe V e Isabel de Farnesio.

Parece ser que la reina María Amalia no fue nunca una mujer excesivamente coqueta. Se sabe que tenía una modista en Viena que le confeccionaba los vestidos de etiqueta. Y otra en Nápoles que le hacia los trajes de diario y la ropa interior. Esta última al parecer no era muy abundante debido a la costumbre de la época de cambiarse nada más que una vez al mes.



La reina María Amalia, esposa de Carlos III, fue una mujer de gran cultura, y que colaboró activamente con su esposo en el gobierno de Nápoles. Además ambos tenían gustos parecidos, disfrutaban de la vida en el campo, la caza, la pesca... todo en familia. Cuentan algunos embajadores que la reina María Amalia acompañaba a su esposo Carlos III a todas partes, excepto eso si, a las expediciones bélicas.


La vida napolitana, amable y sosegada de los reyes María Amalia de Sajonia y Carlos III se fue a pique cuando, Fernando VI falleció sin descendencia, y ellos se convirtieron en los nuevos reyes de España y tuvieron que venirse a Madrid. Así pues en 1759, María Amalia acompaña a su marido a España, país del que desconoce la lengua y las costumbres, y del que solo tiene superficiales referencias.

El momento de la partida de la familia real de Carlos III y María Amalia de Sajonia en 1759 con destino a España fue triste tanto para ellos como para todo el pueblo napolitano. Este momento lo recoge el cuadro de Joli que podemos disfrutar en el Museo del Prado. Podemos observar el desconsuelo de los napolitanos al despedir a la primera familia real que tenían desde hacia siglos, y a la que tanto le debían ya que ante todo habían sido buenos gobernantes que se habían preocupado por el bienestar del pueblo.

Los reyes Carlos III y María Amalia de Sajonia desembarcaron en España en 1759, tras dejar a sus hijos Felipe y Fernando en Nápoles. Les acompañaban en cambio, sus otros seis hijos supervivientes: el príncipe Carlos, las infantas María Josefa Carmela y María Luisa, y los infantes Gabriel, Antonio Pascual y Francisco Javier. Junto con la servidumbre viajaban también un papagayo, dos monos, varios perros, muchas cajas de habanos y, naturalmente, un belén.

Se puede leer en diversas crónicas cortesanas como la familia compuesta por María Amalia de Sajonia, Carlos III y sus hijos venidos de Nápoles eran grande amantes de la vida al aire libre y de los animales. Hasta tal punto llegaba ese amor a los animales que parece ser que permitían que, los animales que habían traído de Nápoles a saber: un papagayo, dos monos titíes y varios perros anduvieran libres por los salones de los palacios.

Recogen las crónicas que cuando Carlos III aceptó la corona de España, hubo de firmar un documento que excluía a su hijo primogénito, Felipe, de la sucesión al trono de Nápoles, debido a su probada incapacidad para gobernar a causa de su falta de razón. Fue nombrado heredero del trono de Nápoles y Sicilia su tercer hijo, Fernando (Nápoles, 1751-Nápoles, 1825, de tan solo ocho años de edad.

Tanto le gustaban a los monarcas napolitanos María Amalia de Sajonia y Carlos VII, las porcelanas que, en 1743 fundaron en Capodimonte, Nápoles, una fábrica de porcelanas a imitación de la fábrica de porcelanas de Meissen. En 1759, cuando hubieron de hacerse cargo del trono de España, sus instalaciones fueron trasladadas al palacio del Buen Retiro de Madrid.

Tras grandes recibimientos en Barcelona y Zaragoza, el 11 de septiembre de 1759 llegaron a Madrid los reyes María Amalia de Sajonia y Carlos III. Fueron recibidos por toda la Corte, y especialmente por la reina madre Isabel de Farnesio, quien había actuado de regente durante cuatro meses. La nueva familia real fijó su residencia en el Palacio de El Buen Retiro, debido a que las obras del Palacio Real, que estaba siendo levantado en el solar del incendiado Alcázar, aún no habían concluido.

Tras la llegada de los reyes María Amalia de Sajonia y Carlos III a Madrid en 1759, el segundo de sus hijos varones, Carlos (Portici, 1748-Roma, 1819), fue jurado Príncipe de Asturias como futuro heredero del trono español. Gobernando España posteriormente con el nombre de Carlos IV.

Cuando en 1759 los reyes Carlos III y María Amalia de Sajonia llegaron a Madrid el genio de la reina estaba más avivado que nunca, hasta el extremo de que sólo se amansaba en presencia de su marido, el rey. El trato con su suegra Isabel de Farnesio resultó un calvario, pese al buen trato que por carta se habían demostrado, pero como con las mujeres de sus hijastros Luis I y Fernando VI, empezó a entrometerse en el gobierno de la corte, cosa que, Amalia acostumbrada a dirigir su hogar no vio con buenos ojos. Evidentemente las discusiones debieron desarrollarse en italiano o en francés, ya que Amalia desconocía el español.

Según cuentan diversas crónicas cortesanas, la hostilidad existente entre la reina María Amalia de
Sajonia y su suegra la reina Isabel de Farnesio era debida, además de al carácter dominante de Isabel, a las numerosas obligaciones que esta le imponía a su nuera. Entre ellas estaba la que obligaba a Amalia a visitar a su suegra durante al menos dos horas, y todos los días. Otra le impedía abrir las puertas de los balcones de los palacios, aunque estuvieran en verano.

Recogen las crónicas de la época, que hasta tal punto había empeorado el carácter de María Amalia de Sajonia cuando en 1759 vino a España con su esposo el rey Carlos III, que este, para tranquilizarla organizaba un gran número de cacerías por los bosques cercanos a Madrid, sobre todo los de La Zarzuela y El Pardo. Al parecer, esta afición calmaba visiblemente los decaídos ánimos de la reina, que añoraba mucho su vida en Nápoles.

El principal obstáculo que tuvo la reina española María Amalia de Sajonia cuando en 1759 se instaló con su esposo Carlos III en Madrid fue el del idioma. Ella desde su infancia hablaba alemán y francés, y tras convertirse en reina de Nápoles aprendió italiano. Cuando se convirtió en reina de España en un principio decidió hablar francés con todos los cortesanos, reservando el italiano para comunicarse con su marido, hijos y suegra.

Varios factores se unieron para amargarle a la reina María Amalia de Sajonia, esposa de Carlos III, su primera Nochebuena en España, y que tristemente resultó también la última. Además del desconocimiento del idioma, estaban el feroz invierno madrileño, los fríos aposentos del Palacio del Buen Retiro y la insalubre capital de España, que le pareció horrible en todos los aspectos. Sin olvidar que la salud de la reina había empeorado visiblemente como consecuencia sobre todo del clima, mucho más frío que el de Nápoles.



Parece ser que algunos cronistas de la época atribuyen a la reina María Amalia de Sajonia la frase: "...para acostumbrarme a este país creo que no me bastaría toda mi vida..." refiriéndose a España, país en el que tan solo pudo residir un año. Al parecer Madrid, la ciudad donde residió le causó a la reina una desagradable impresión, posiblemente por su falta de urbanismo y sobre todo por su insalubridad.

Según recogen las crónicas de la época, lo único que le gustó de verdad a la reina María Amalia de Sajonia de España fue el Monasterio de El Escorial. Hasta tal punto le agradó y cautivó el lugar que dejó escrito en su testamento que deseba ser enterrada en el Panteón Real del monasterio, y con el hábito de carmelita.

Resulta curioso que una reina de España no hable ni aprenda a hablar español. Esto sucedió con la esposa del rey Carlos III, quien no llegó a hablar castellano debido a la corta duración de su reinado, que apenas duró dos años. Tan solo uno de los cuales vivió en España, y más concretamente en Madrid.

María Amalia de Sajonia, durante su breve reinado introdujo ciertos cambios en el protocolo de palacio. Entre ellos el más conocido fue el de instalar un Belén en el palacio durante la Navidad. Las figuras que componían el nacimiento, y que los reyes habían traído de Nápoles se conservan hoy en día en el Palacio Real. María Amalia se sorprendió por el éxito que su belén había tenido entre los madrileños, inmediatamente imitado por todas las clases sociales.

Parece ser que al igual que a los reyes Isabel de Farnesio y Felipe V, a la mujer de su hijo Carlos III, la reina María Amalia de Sajonia tampoco le gustó nada la fiesta nacional española, los toros. Esto era debido a que María Amalia siempre había tenido un gran amor por los animales, y las corridas de toros le parecieron un espectáculo muy cruel, sobre todo para los toros.

 
Retrato del Infante Carlos Antonio de Borbón, Príncipe de Asturias (1748-1819); obra de A.R. Mengs. / Abajo, retrato de Fernando IV, Rey de Nápoles y de Sicilia (1751-1825)
 
 

La reina española María Amalia de Sajonia tuvo entre sus hijos a dos reyes y a una emperatriz. El segundo de sus hijos varones, Carlos Antonio llegó a ser rey de España como Carlos IV; Fernando (1751-1825), tercero de sus cinco hijos varones llegaría a ser rey de Nápoles y de Sicilia con el nombre de Fernando IV. Y su hija María Luisa (1745-1792), tras su matrimonio con Leopoldo II de Austria-Lorena se convirtió en la emperatriz de Alemania, después de ser gran duquesa de Toscana.



El duodécimo de los hijos de los reyes de España Carlos III y María Amalia de Sajonia, el infante Antonio Pascual de Borbón (1755-1817), sería quien, en 1808, asumiría la presidencia de la Junta Suprema encargada del gobierno de España tras la marcha de Fernando VII a Bayona como consecuencia de la llegada de las tropas francesas de Napoleón Bonaparte.

Parece ser que mientras la reina María Amalia de Sajonia iba poniendo las hermosas figuras del belén, que había traído de Nápoles, su esposo el rey Carlos III, preocupado por su deteriorada salud, le hablaba de edificar una fábrica de porcelana en el Buen Retiro, adecentar y modernizar las calles de Madrid, terminar el Palacio Real y los jardines y hacer otras muchas mejoras que España necesitaba. Todo con la intención de que la reina olvidase la tuberculosis que minaba su salud.



Pocos meses después de que Carlos III ocupara el trono, el veintisiete de septiembre de 1760 murió la reina, con los pulmones demasiado débiles por el tabaco, y de tuberculosis. Su esposo Carlos III confesó: "En veintidós años de feliz matrimonio, este es el primer disgusto serio que me da Amalia."


Carlos III, que había estado muy enamorado de María Amalia no volvió a contraer matrimonio.

Tras la muerte de su esposa María Amalia de Sajonia, el rey Carlos III nunca volvió a casarse, pero cumplió todas las promesas que le había hecho a ella. Madrid fue otro. Y las navidades españolas, también. Los artesanos levantinos rivalizaron con los italianos en la creación de figuras para el belén y años después, en Barcelona, se hicieron moldes de yeso para el nacimiento, baratos y populares. En Madrid, hasta los más pobres se acostumbraron a comprar figuras de arcilla cocida en los puestos de la Plaza Mayor. Tradición ésta que continua hasta nuestros días.

 


domingo, 5 de abril de 2015

CARLOS III, REY DE LAS ESPAÑAS


CARLOS III, EL REY REFORMADOR

1716 - 1788
 
 

Obsesionado por la locura hereditaria de sus predecesores en el trono, Carlos se caracterizó por ser el monarca de la dinastía Borbón más equilibrado, tranquilo e insulso del siglo XVIII. Bien entrenado y formado por su paso por los tronos de Parma y de Nápoles, llegó a Madrid como un rey ilustrado y reformador con "tablas" en el arte de gobernar para el pueblo pero sin el pueblo. Soberano meapilas sin caer en la beatería extrema, muy celoso de su poder absoluto, modernizador muy moderado, hombre poco agraciado de costumbres invariables y de una sola mujer, Carlos III fue un gobernante bienintencionado más grisáceo que brillante.



El 20 de enero de 1716, entre las tres y las cuatro de la madrugada, en el viejo, inmenso y destartalado Alcázar, nacía el niño que con el paso de los años iba a ser investido como rey de las Españas con el nombre de Carlos III. Fruto del matrimonio de Felipe V con su segunda esposa, la parmesana Isabel de Farnesio, mujer de fuerte personalidad y opinión política propia, el nuevo infante venía al mundo con pocas posibilidades de ser proclamado rey de la vasta Monarquía hispana.

 
Retrato de Don Carlos de Borbón y Farnese, Infante de España (1716-1788); obra de Jean Ranc, 1724.


Su infancia transcurrió dentro de los cánones establecidos por la familia real española para la educación de los infantes. Hasta la edad de los siete años fue confiado al cuidado de las mujeres, siendo su aya la experimentada María Antonia de Salcedo, persona a la que siempre guardó gratamente en su recuerdo. Después tomaron el relevo los hombres, comandados por el duque de San Pedro y un total de catorce personas que iban a conformar el cuarto del infante. El niño "muy rubio, hermoso y blanco" del que nos habla su primer biógrafo coetáneo, el conde de Fernán Núñez, gozó durante su primera infancia de buena salud, amplios cuidados y una enseñanza rutinaria dentro de lo que se estilaba en la corte española. Además de las primeras letras, Carlos recibiría una educación variada propia de quien el día de mañana podía ser un futuro gobernante. Así, la formación religiosa, humanística, idiomática, militar y técnica se combinaría durante años con la cortesana del baile, la música o la equitación para ir forjando la personalidad de un joven de buen y mesurado carácter, solícito a las sugerencias paternas y educado en la convicción de la evidente supremacía de la religión católica. También fue en su más tierna infancia cuando Carlos se aficionó a la caza y a la pesca, pasiones, especialmente la primera, que nunca abandonaría a lo largo de su vida.

 
Retrato del Infante Carlos de Borbón en 1729, por Jean Ranc.


Pronto el infante Carlos empezó a entrar en los planes de la diplomacia española y en las cábalas de Isabel de Farnesio, estas últimas destinadas a dar a su primogénito una posición acorde con su rango real. En la política internacional de los gobiernos felipinos, alentada por el irredentismo italiano que anidaba en la Corte madrileña desde que las cláusulas más lesivas del Tratado de Utrecht (1714) habían dejado a España fuera de la península transalpina, Carlos iba a revelarse como una pieza importante. Tras numerosas vicisitudes bélicas y diplomáticas en el complicado cuadro europeo, se presentó la ocasión propicia para que Carlos pudiera alcanzar un sillón de mando en Italia. La misma tuvo lugar con la muerte sin descendencia, en 1731, del duque Antonio de Farnesio, precisamente el día en que Carlos cumplía quince años, lo que propició que el joven infante fuera encauzado hacia los caminos de Italia. Primero se asentaría en los pequeños pero históricos ducados de Toscana, Parma, Plasencia, donde permanecería muy poco tiempo, pues los acontecimientos bélicos derivados de la cuestión sucesoria de Polonia lo condujeron finalmente a ser proclamado rey de las Dos Sicilias el 3 de julio de 1735 en Palermo, contando tan solo con diecinueve años de edad.

 
Retrato de Carlos I de Borbón, Duque de Parma, Piacenza y Guastalla (1716-1788); obra de G.M. Delle Piane, 1732.
 
 
Retrato de Carlos VII de Borbón, Rey de Nápoles y de Sicilia (1716-1788); obra de Giuseppe Bonito, entre 1738 y 1740.
 


Nápoles no fue para Carlos un destino intermedio en espera del gran reino de España. Allí vivió un cuarto de siglo, allí emprendió una política reformista en un complicado país dominado por las clases privilegiadas y allí constituyó, con su amada esposa María Amalia, una familia numerosa de trece hijos, siete mujeres y seis varones. Durante su reinado napolitano, Carlos configuró definitivamente su carácter y su modelo de reinar, siempre ayudado por su consejero personal Bernardo Tanucci y siempre tutelado por sus padres desde Madrid. En términos generales aprendió a ser un rey moderado en la acción de gobierno, un soberano que supo animar una política reformista que sin acabar con todos los problemas que sufría el abigarrado pueblo napolitano y sin menoscabar los poderes esenciales de la nobleza, al menos sí consiguió que el reino se consolidara como tal, que fuera cada vez más italiano y que tuviera una cierta consideración en el concierto internacional.


 
Retrato de Fernando VI de Borbón (1713-1759), Rey de las Españas y de las Indias entre 1746 y 1759.


Cuando ya pensaba que su destino último era Nápoles, la muerte sin descendencia de su hermanastro Fernando VI lo condujo de vuelta a su patria de nacimiento. Carlos cumplió así con unos designios testamentarios que en buena parte él consideraba dictados por la Divina Providencia. Dejando como rey de las Dos Sicilias a su hijo Fernando IV y siendo despedido con afecto por el pueblo, embarcó rumbo a Barcelona, donde el calor popular vino a demostrar que las heridas de la Guerra de Sucesión cada vez estaban más cicatrizadas.

El rey que Madrid recibió el 9 de diciembre de 1759, en medio de una incesante lluvia, era un monarca experimentado y maduro, como gobernante y como persona, lo cual representaba una cierta novedad en la historia de España. En estos primeros tiempos madrileños, Carlos vivió una experiencia familiar agradable y otra amarga. La primera se produjo por la designación de su primogénito, el futuro Carlos IV, como heredero de la corona española, sobre lo cual existían algunas dudas dado que había nacido fuera de España. El segundo, fue la desaparición de su esposa, que con la salud quebradiza y con cierta nostalgia napolitana no pudo superar el año de estancia en España. Esta muerte afectó seriamente a Carlos, que ya no volvería a desposarse nunca más pese a algunas insistencias cortesanas.

 
Retrato ecuestre de Don Carlos III de Borbón, Rey de las Españas y de las Indias (1716-1788).
 
 
Retrato de la Princesa Electriz María-Amalia de Sajonia, Princesa Real de Polonia y Lituania, ex Reina de Nápoles y de Sicilia, Reina consorte de las Españas y de las Indias (1724-1760); obra de G. Bonito, circa 1738-1740.
 
 
Retrato de Don Carlos Antonio de Borbón y Sajonia, Príncipe Real de Nápoles y de Sicilia, XXVIIIº Príncipe de Asturias y Heredero de la Corona Española (1748-1819); obra de Lorenzo Tiépolo.
 
 

El monarca que España iba a tener en los próximos treinta años mantendría una misma tónica de comportamiento en su vida personal. Según todos los datos recogidos por sus biógrafos, era una persona tranquila y reflexiva, que sabía combinar la calma y la frialdad con la firmeza y la seguridad en sí mismo. Cumplidor con el deber, fiel a sus amigos íntimos, conservador de cosas y personas, era poco dado a la aventura y no estaba exento de un cierto humor irónico. Dotado de un alto sentido cívico en su acción de gobierno, tenía en la religión la base de su comportamiento moral, lo que le llevaba a sustentar un acusado sentido hacia los otros y una cierta exigencia sobre su propio comportarse, que concebía siempre como un modelo para los demás, fueran sus hijos, sus servidores o sus vasallos.

En cuanto a su apariencia personal, bien puede decirse que no era nada agraciado. Bajo de estatura, delgado y enjuto, de cara alargada, labio inferior prominente, ojos pequeños ligeramente achinados, su enorme nariz resultaba el rasgo más distintivo de toda su figura. A todo ello había que añadir un progresivo ennegrecimiento de su piel a causa de la actividad física de la caza, práctica cinegética que continuadamente realizaba no solo por motivos placenteros, sino como una especie de terapia que él consideraba un preventivo para no caer en el desvarío mental de su padre y de su hermanastro. El retrato con armadura pintado por Rafael Mengs confirma los rasgos físicos del Carlos maduro y la pintura de Goya, presentándolo en traje de caza, con una leve sonrisa en los labios entre burlona y bondadosa, lo ha inmortalizado como un rey campechano y poco preocupado por la elegancia en el vestir.

 
"El Almuerzo del Rey Carlos III ante su corte" obra de Luis Paret.


A pesar de residir en la Corte (no realizó ningún viaje fuera de los Sitios Reales), era un mal cortesano, al menos en los usos y costumbres de la época. No le divertían los grandes espectáculos, ni la ópera ni la música. Su vida era metódica y rutinaria, algo sosa para lo que su posición privilegiada le hubiera permitido. Se despertaba a las seis de la mañana, rezaba un cuarto de hora, se lavaba, vestía y tomaba el chocolate siempre en la misma jícara mientras conversaba con los médicos. Después oía misa, pasaba a ver a sus hijos y a las ocho de la mañana despachaba asuntos políticos en privado hasta las once, hora en la que se dedicaba a recibir las visitas de sus ministros o del cuerpo diplomático. Tras comer en público con rutina y frugalidad - en verano dormía la siesta pero no en invierno - invariablemente salía por las tardes a cazar hasta que anochecía. Vuelto a palacio departía con la familia, volvía a ocuparse de los asuntos políticos y a veces jugaba un rato a las cartas antes de cenar, casi siempre el mismo tipo de alimentos. Después venía el rezo y el descanso. A diferencia de otras cortes europeas del momento, la carolina se comportó siempre con una evidente austeridad. Quizá esta vida rutinaria fue en parte la que le permitió ser un rey con excelente salud, pues salvo el sarampión de pequeño no tuvo importantes achaques hasta semanas antes de su muerte.

 
Retrato de Don Carlos III, Rey de las Españas y de las Indias (1716-1788), en traje de caza; obra de Francisco de Goya.


Carlos fue un rey muy devoto, con un sentido providencialista de la vida ciertamente acusado. Su pensamiento, su lenguaje y sus actos estuvieron siempre impregnados por la religión católica. Aunque no puede decirse que fuera un beato, resultó desde luego un creyente fervoroso, con gran devoción por la Inmaculada Concepción y por San Jenaro (patrón de Nápoles). De misa y rezo diarios, era un hombre preocupado por actuar según los dictados de la Iglesia para conseguir así la eterna salvación de su alma, asunto que consideraba de prioritario interés en su vida. Esta profunda religiosidad, sin embargo, no fue obstáculo para dejar bien sentado que, en el concierto temporal, el soberano era el único al que todos los súbditos debían obedecer, incluidos los eclesiásticos.

Estaba profundamente convencido de la necesidad de practicar su oficio de rey absoluto al modo y manera que reclamaban los tiempos. Cualquier opinión acerca de que era un mero testaferro de sus ministros debe ser condenada al saco de los asertos sin fundamentos. Él era quien elegía a sus ministros y quien supervisaba sus principales acciones de gobierno, y si bien tenía querencia por mantenerlos durante largo tiempo en sus responsabilidades, no dudaba tampoco en cambiarlos cuando la coyuntura política así se lo daba a entender. Lo que sí hacía era trasladarles la tarea concreta de gobierno. Una labor para la que requería ministros fieles y eficaces, técnicamente dotados y con claridad política suficiente como para comprender que todo el poder que detentaban procedía directa y exclusivamente de su real persona. Escuchaba mucho y a muchos, era difícil de engañar y los asuntos realmente importantes los decidía personalmente. Su correspondencia con Tanucci y los testimonios de grandes personajes del siglo atestiguan que podía pasarse una parte del día cazando, pero que los principales asuntos de Estado solía llevarlos en primera persona y con conocimiento de causa. Carlos siempre mantuvo el timón de la nave española y siempre fue él quien fijó su rumbo. Así lo pudieron constatar personajes políticos de la talla de Wall, Grimaldi, Esquilache, Campomanes, Floridablanca o Aranda, entre otros.

 
Retrato de Don Carlos III (1716-1788), Rey de las Españas y de las Indias entre 1759 y 1788; obra de Anton Raphael Mengs.


Comandando estos hombres, y con la experiencia siempre presente de lo que había acometido ya en Italia, trazó un plan reformista heredado en gran parte de sus antecesores, un plan que buscaba favorecer el cambio gradual y pacífico de aquellos aspectos de la vida nacional que impedían que España funcionara adecuadamente en un contexto internacional en el que la lucha por el dominio y conservación de las colonias resultaba un objetivo prioritario de buena parte de las grandes potencias europeas, en especial de Inglaterra, que fue la mayor enemiga de Carlos debido a sus aspiraciones sobre los territorios españoles en América. Una política de cambios moderados y graduales en la economía, en la sociedad o en la cultura, que no tenía como meta última la de finiquitar el sistema imperante, que Carlos consideraba básicamente adecuado, sino dar a la Monarquía un mejor tono que le permitiera ser más competitiva en el marco internacional y mejorar su vida interna, fines ambos que eran vasos comunicantes en el pensamiento carolino. Así pues, Carlos fue un actor principalísimo, el "nervio de la reforma", en la continuidad del regeneracionismo inaugurado por su dinastía desde las primeras décadas del siglo: no se inventó la reforma de España, pero estuvo sinceramente al frente de la misma durante la mayor parte de su reinado. Sin ser un intelectual, su educación le llevó a la profunda creencia de que el más alto sentido del deber de un monarca era engrandecer la Monarquía y mejorar la vida de su pueblo. Y ese profundo convencimiento lo animaría a liderar una renovación del país a través de una práctica a medio camino entre el idealismo moderado y el pragmatismo político.

Como es natural, la edad fue mermando en Carlos sus ímpetus de gobierno. En los últimos años de su vida, su progresiva pérdida de facultades lo condujeron a delegar cada vez más la tarea de gobernar en manos del conde de Floridablanca, que llegó a convertirse en su verdadero primer ministro. Tras cincuenta años de reinado, entre Nápoles y España, aunque no perdía el hilo de las cuestiones fundamentales, el rey fue comprendiendo que ya no era el de antes. De hecho, en el crepúsculo de su vida, se encontró bastante solo. Ya no tenía esposa, la mayoría de sus hermanos habían muerto, las relaciones con su otrora fraternal hermano Luis eran precarias, las que mantenía con su hijo Carlos, el futuro heredero, no eran demasiado fluidas, y sin duda resultaban tensas las existentes con su hijo Fernando, rey de Nápoles. Además, en 1783, había muerto su viejo amigo Tanucci y cinco años más tarde el mazazo de la muerte de su querido hijo Gabriel y de su esposa fue el principio del fin para Carlos: "Murió Gabriel, poco puedo yo vivir", anunció con cierta premonición. Y, en efecto, Carlos no se equivocaba. Aquel iba a ser su último invierno. Tras una breve enfermedad, el 14 de diciembre de 1788, fallecía sin aspavienteos, sin espectáculo, con sobriedad, y sin locura alguna, lo que debió ser para él un íntimo alivio.

 
Vista del Palacio Real de Madrid en la segunda mitad del siglo XVIII.


Desde luego, el reformismo moderado que siempre practicó en política no sirvió para arreglar definitivamente los profundos problemas que albergaban los dos reinos que tuvo que gobernar. No fueron pocas, incluso, las contradicciones existentes en la política carolina en parte propiciadas por el carácter y el ideario real y en parte por un mundo cambiante que se debatía entre lo nuevo y lo viejo, entre la fuerza de las innovaciones y el peso de la tradición. En el caso de España, no todas las enfermedades estaban sanadas cuando desapareció, pero, como ocurrió en Nápoles treinta años antes, bien puede decirse que su salud era mejor que al principio de su reinado. Al menos, en España pudo cumplir con lo que fue una de sus promesas más queridas: que nadie extirpara del cuerpo de la Monarquía ninguna de sus partes. En el complicado intento de mantener y renovar una Monarquía instalada en el Viejo y el Nuevo Mundo, bien puede afirmarse que Carlos III se apuntó más logros en su haber que deficiencias en su deber.