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sábado, 28 de marzo de 2015

FERNANDO VI, REY DE LAS ESPAÑAS

FERNANDO, EL REY PACÍFICO
1713 - 1759

 

 

Hipocondríaco, débil y dominado por mujeres, primero su madrastra y después su mujer, murió loco y sin descendencia teniendo que pasar el testigo a su hermano Carlos .

Fernando VI, el tercer Borbón proclamado rey de España, creció sin madre, ya que la reina María Luisa de Saboya murió tuberculosa cinco meses después de su nacimiento. Fue un hombre triste, destemplado, autoritario, receloso e hipocondríaco, pero todas estas características que conformaron su personalidad tienen un porqué.

Ya hemos contado en capítulos anteriores que su padre, Felipe V, estaba loco y que su segunda mujer, Isabel de Farnesio, fue como la madrastra de Blancanieves para los hijos de su marido. En cuanto a su hipocondría, obedecía a la temprana muerte de su hermano Luis al contraer la viruela.



Fernando nació el 23 de septiembre de1713. Su venida al mundo se celebró con tres días de luminarias, se cantó un tedéum por la mañana en la capilla real y por la tarde el Rey y su séquito acudieron en peregrinación a la basílica de Atocha para dar las gracias a la virgen por el feliz acontecimiento.


Estas alharacas, sin embargo, no cambiaron la actitud general de su padre, Felipe V, en cuanto a la relación afectiva. Como el rey apenas los veía, sus infantes se comunicaban con él mediante cartas cariñosas que les dictaban sus tutores. Los príncipes escribían en francés porque era el idioma que utilizaba la Familia Real.

Al igual que ocurriera con el Príncipe de Asturias, Isabel de Farnesio se encargó de divulgar el rumor de que Fernando era un chico enfermizo, que no viviría muchos años. Como, además, no era el heredero, convenció al loco de su marido para que no le permitiera el acceso a la milicia, al gobierno ni a las relaciones cortesanas. Uno de sus tutores, el conde de Salazar, se apiadó de él y, además de enseñarle lo importante que era ser honrado e íntegro, intentó prepararle para otros cometidos de mayor trascendencia.

De todos modos, en la mente de Fernando cuajaron las tres ideas básicas que su padre mandó imprimirle. A saber: los reyes lo son por derecho divino, la religión católica debía regir toda su vida y nunca emprendería acciones contrarias a los intereses de Francia.

 
Pintura de la Casa de Campo, residencia campestre madrileña del Infante Fernando, regalo de su hermano Luis I.


La tradición exigía que a los siete años tuviera su propio cuarto y fuera asistido sólo por hombres. Su padre también le autorizó a oír misa y hacer las comidas con el Príncipe de Asturias. Conscientes del vacío y el desprecio que Isabel de Farnesio sentía por los dos, combatían el desafecto y la soledad amándose como dos buenos hermanos. Por ello, la temprana e inesperada muerte de Luis convirtió a Fernando en un hipocondríaco para el resto de su vida.





A partir de entonces, el infante tuvo terror a las enfermedades, sobre todo a la viruela, que también le atacó. Precisamente, se encontraba pasando la cuarentena cuando Felipe V en un arrebato de locura, escribió al presidente del Consejo de Castilla abdicando en su persona. El documento fue interceptado por el arzobispo de Valencia, hombre de confianza de Isabel de Farnesio. A1 clérigo le faltó tiempo para entregárselo a la reina y ésta lo rompió en pedazos. Desde ese momento guardias adictos a la soberana vigilaron todos los movimientos de su marido.

 
Retrato de la Infanta María Bárbara de Portugal (1711-1758), Princesa consorte de Asturias; obra de Jean Ranc.
 
 
Retrato del Infante Don Fernando de Borbón y Saboya, XXVIIº Príncipe de Asturias (1713-1759); obra de Jean Ranc.
 


En 1729, el futuro Fernando VI se casó en Badajoz con Bárbara de Braganza, la mujer que le había elegido su madrastra. La princesa había nacido en Lisboa el 14 de diciembre de 1711 y era hija de Juan VI y María Ana de Austria, reyes de Portugal. Era horrorosa, y tan avariciosa que consiguió hacerse con una inmensa fortuna, pero era culta y tenía un carácter estudioso y pacífico. Aprendió música, canto, labores e idiomas.

Cuando falleció, en 1758, hallaron en su biblioteca más de 2.000 libros. Volúmenes firmados por los clásicos, de viajes, medicina, filosofía, ciencias políticas, matemáticas, religión, etc. Para paliar su fealdad y su gordura se vestía siempre con sus mejores galas y se adornaba con impresionantes joyas.

 
Retrato de Doña Isabel de Parma, Reina de las Españas y de las Indias (1692-1766); obra de L.M. Van Loo.


Hasta que Fernando fue proclamado rey, Bárbara tuvo que aguantar la marginación que le impuso la reina. Su marido aceptaba la situación con resignación cristiana, pero ella intentaba rebelarse, aunque sin ningún resultado. Los grupos casticistas y contestatarios, que odiaban a Isabel, tenían puestas sus esperanzas en ellos, pero enterada la reina del tema, rodeó a la pareja de espías.

Temiendo una sublevación, Isabel de Farnesio convenció al rey para que firmara un reglamento que regulara las actividades de los Príncipes de Asturias. Entre otras cosas se les prohibía comer en público, salir de paseo, visitar templos o conventos y recibir a embajadores, excepto a los de Francia y Portugal. Sólo podían visitarles y por separado, cuatro personas previamente autorizadas.

Esta especie de arresto domiciliario supuso una etapa de abandono y olvido, aprovechada por la reina para difundir el rumor de que Fernando era un enfermo irrecuperable y un incompetente. Por ello, cuando sustituyó a su padre, sus primeras medidas fueron desterrar a su madrastra a La Granja y emprender numerosas reformas.



El 9 de julio de 1746 falleció Felipe V. Al nuevo rey, de 33 años, lo describieron como un hombre de pequeña estatura y semblante ordinario. Melancólico y dócil, pero con violentos arrebatos de cólera e impaciencia. De la reina destacaban, su fealdad, su gula, su egoísmo y su avaricia. Pero todos coincidían en que los nuevos monarcas habían quedado tan asqueados de las guerras domésticas y de los conflictos internacionales promovidos por Isabel para situar a sus hijos, que sólo aspiraban a mantener la paz dentro y fuera de casa.

Fernando VI estaba convencido de que el amor a las conquistas territoriales había perjudicado los intereses nacionales, paralizando adelantos en la agricultura y el comercio, y como amaba la tranquilidad y no tenía los intereses políticos de su padre, impulsó una política de desarrollo económico.

Durante su reinado se vivió un decenio de fomento continuado de la riqueza del país. Sentó las bases de un mercado nacional, autorizando la libre circulación de mercancías en cualquier punto del Estado, algo impensable hasta entonces, ya que las aduanas y los impuestos interiores lo había hecho imposible. Otro mérito suyo fue refundir todos los tributos en uno.

En cuanto a Madrid, propulsó la estructura actual de la capital. Amante de la caza y la naturaleza, prohibió a los particulares el aprovechamiento de pastos, pesca y leña de los montes de El Pardo para que no se deterioraran o cayeran en manos privadas. Declaró bosque real la Casa de Campo, que había recibido como regalo de su hermano Luis. Además, la amplió expropiando terrenos y viviendas.

En cuanto a la política internacional, su mayor preocupación fue el lamentable estado en que su padre le dejó el conflicto de Italia. Fernando VI se mantuvo neutral en la primera fase de la Guerra de los Siete Años. Recuperó Menorca, que, al igual que Gibraltar, estaba en poder de Inglaterra. Los ingleses se apoderaron del Peñón en 1704, durante la guerra de Sucesión, y luego se quedaron con él a perpetuidad gracias al tratado de Utrecht.



El pueblo sabía que su rey era un hombre de carácter débil, dominado por su "bárbara esposa", pero como el país marchaba mejor que nunca, estaban contentos con él. Fernando participaba con gusto en una ceremonia vinculada a la sensibilidad callejera. Se celebraba el día de Jueves Santo. El rey sentaba a su mesa y lavaba los pies a 13 pobres de solemnidad. La ceremonia empezaba con el reconocimiento médico de los sin techo para comprobar que no padecían ninguna enfermedad contagiosa. Recordemos que para el monarca un simple catarro era sinónimo de muerte.

El siguiente paso era asearlos, tarea que corría a cargo del servicio. Entonces aparecía el rey, que venía de la capilla en comitiva, escoltado por su guardia. El monarca se quitaba la capa y el sombrero y procedía al lavatorio. Seguidamente se servía la comida con el habitual protocolo utilizado en la corte. En el menú entraban todo tipo de verduras, arroz, pescado fresco y empanado que, dadas las comunicaciones de la época, no se sabe en qué estado llegaría a una capital que no tiene el mar cerca. De postre, dulces y frutas.



En mayo de 1758, Bárbara de Braganza, que estaba muy enferma, sufrió una recaída y ya no se recuperó. Falleció el 27 de agosto, a los 47 años, de un cáncer de útero. El rey no superó la marcha de su amada esposa. Habían afrontado juntos las acometidas de Isabel de Farnesio y ya se sabe que las adversidades unen mucho.

La gran sorpresa vino cuando abrieron su testamento y se descubrió que había nombrado heredero universal a su hermano Pedro. La reina había acumulado siete millones de reales. Una fortuna, fruto de sus años de rapiña. Al pueblo le dolió mucho más que ese capital saliera de España, que la muerte de su soberana. A su marido le legó joyas de poco valor, una imagen de la virgen, y lo que él eligiese de sus pertenencias. Fernando cogió una carta manuscrita de Santa Teresa, unos cuadros y un juego de té. Por deseo suyo, Bárbara fue enterrada en el convento de la Visitación, más conocido por Las Salesas.



El físico y la mente del rey empezaron a debilitarse a pasos agigantados. Abandonó los asuntos de Estado y su cuidado personal. Lloraba sin cesar. Cualquier conversación servía para recordar a su mujer. Dormía sobre dos sillas y un taburete. Se había vuelto loco.

 
Retrato de Don Fernando de Silva y Alvarez de Toledo, XIIº Duque de Alba (1714-1776); obra de A.R. Mengs, 1760. / Abajo, detalle de un cuadro del siglo XVIII que representa el Castillo de Villaviciosa de Odón, propiedad comprada en 1738 por el rey Felipe V y, más tarde, otorgada al Infante Don Luis Antonio Jaime de Borbón Farnese, futuro Conde de Chinchón y "guardián" de su enloquecido y recluído medio-hermano Fernando VI.
 
 

El duque de Alba consiguió que testara. Como no había tenido hijos, nombró sucesor al futuro Carlos III, rey de Nápoles y de Sicilia, y de regente a Isabel de Farnesio, lo que nunca hubiera hecho de estar en su sano juicio. Fernando VI murió el 10 de agosto de 1759, en el castillo de Villaviciosa de Odón, donde se había recluido desde que le faltó su esposa. Fue enterrado junto a ella, en las Salesas.


lunes, 16 de marzo de 2015

CURIOSIDADES -177-

"Reyes Anti-Taurinos"



Es poco conocido el hecho de que, durante el reinado del primer Borbón castellano, Felipe V (1683-1746), Rey de las Españas entre 1700 y 1746, la tauromaquia en tierras españolas cayó literalmente en el olvido por parte de la corte. Contrariamente a sus predecesores austríacos, los primeros Borbones despreciaron las corridas de toros e incluso dejaron de financiarlas. Tanto Felipe V como su segunda esposa italiana Isabel de Parma, despreciaron ese entretenimiento popular; ambos juzgaron que las corridas eran un espectáculo salvaje, desagradable, sanguinario, superfluo y sin sentido. En consecuencia, la corte borbónica arrinconó esa fiesta tradicional y la condenaron al ostracismo.

FELIPE V, REY DE LAS ESPAÑAS

FELIPE V EL ANIMOSO
1683 - 1746
 


Adicto al sexo y maníacodepresivo, vestido con una camisa de su mujer que no se cambiaba, y famoso por sus paseos desnudo por palacio, el primer Borbón que reinó en España, Felipe V, acabó loco pero siendo uno de los pocos monarcas que han reinado dos veces.
El fundador de la dinastía borbónica en España nació en Versalles el 19 de diciembre de 1683. Era el segundo hijo del Delfín, Luis de Francia, y nieto de Luis XIV, el más poderoso de los monarcas de la época y rey de Francia.

 
Retrato del Príncipe Felipe de Francia, Duque d'Anjou (1683-1746); obra de Joseph Vivien.


Felipe, duque de Anjou, llegó a España con 17 años, desconocía el país y el idioma, era inexperto y sin una preparación adecuada, se había criado en una Corte en la que el Rey Sol impuso el culto al lujo, la belleza y la ostentación. Su padre era un anodino personaje que se desentendía de todo y de la madre de Felipe, María Ana Cristina de Baviera, se dice que era fea, retraída e insignificante.

Con estos antecedentes no es extraño que Felipe resultara un hombre retraído, melancólico y triste. Huérfano de madre a los siete años, sus mentores fueron la duquesa de Orleans, el médico Helvetius y Fénelon, su confesor, que acuñó en la mente del niño la frase: "Antes muerto que caer en pecado mortal", algo que le marcaría toda la vida.

 
Retrato de Don Felipe V, Rey de las Españas y de las Indias en 1701; obra de H. Rigaud.


Felipe tenía el pelo rubio y rizado, la frente ancha, los ojos grandes y el labio inferior levantado, como los Habsburgo. Por cuestiones de estrategia su abuelo consideraba que había que casarlo. Eligieron a María Luisa de Saboya, una adolescente de trece años, porte airoso y rostro agradable. La princesa lloró, pataleó y se negó a contraer matrimonio. La boda por poderes se celebró el 11 de septiembre de 1701 en Turín y después en Figueras, hasta donde Felipe había viajado para recibir a su mujer.

 
Retrato de la Princesa Maria-Luisa Gabriela de Saboya, Reina consorte de las Españas y de las Indias (1688-1714).


Felipe, se enamoró de ella en cuanto vio su retrato. Mujer inteligente, María Luisa demostró tener grandes dotes para la política y para adaptarse a las costumbres de su nuevo país. Mujer de enormes cualidades, acostumbraba a salir de incógnito por Madrid para cenar al son de coplas y guitarras en las ventas situadas a las afueras de la capital

La pareja tardó tres días en consumar el matrimonio porque la reina temía el encuentro íntimo. Pero, una vez que los jóvenes saborearon las delicias del amor, no se encontraba fórmula para sacarlos de la cama.

Felipe se convirtió en un obseso sexual, condición que mantendría a lo largo de su vida. Sin embargo, sus convicciones religiosas eran tan fuertes que fue incapaz de cometer una infidelidad. Durante el tiempo que pasó desde la muerte de María Luisa a su boda con su segunda mujer, Isabel de Farnesio se negó a tomar una amante. Eso sí, en ese interregno su carácter se agrió y se convirtió en un ser insoportable. Su única razón de vivir era el sexo.

Felipe y María Luisa se querían. Ella escribía a sus antiguas damas diciéndoles que su esposo la divertía y la fascinaba. "Jugamos al cucú y al escondite para hacer más apetecible después nuestro encuentro".

Con estos juegos amorosos, a Felipe no parecía preocuparle el asalto que sufrían sus territorios y, ante su inercia, la reina, bastante más consecuente que él, lo echó de su cama. Sólo así el monarca se puso al frente de sus tropas. El fuego que llevaba dentro encontró una salida en el campo de batalla. Desde entonces se le conocería por "El Animoso". Cuando regresó se encerró con su mujer en el dormitorio y no salieron en una semana.

El 25 de agosto de 1707 nació el primogénito, a quien llamaron Luis, en homenaje al Rey Sol. En 1709, Felipe, que vivió una semana; y en 1713, el futuro Fernando VI.

Cinco meses después moría la reina, el médico confirmó que estaba tuberculosa, además de tener el hígado y los riñones muy dañados. Un diagnóstico que realizó a simple vista porque el rey no permitió que otras manos tocaran a su mujer y que otros ojos la vieran desnuda. La reina falleció con 26 años y Felipe cayó en una depresión profunda.

 
Retrato de la Princesa Isabel de Parma, Reina consorte de las Españas y de las Indias (1692-1766).


El rey precisaba con urgencia una mujer a su lado y eligió a Isabel de Farnesio, de 22 años, hija de Eduardo III, duque de Parma. Físicamente era de estatura media, rechoncha y con la cara picada de viruelas. Altiva, atrevida y ambiciosa, no era la persona que el rey necesitaba para mitigar su desequilibrio mental.

"La Parmesana" hablaba varios idiomas, tenía algún conocimiento de historia y gustaba de la pintura y la música casi tanto como de la pasta y el queso, que se hacía traer de su país. Educada como una cortesana, enseguida cogió el tranquillo a su marido. Mujer de armas tomar, rivalizaba con su esposo en las cacerías y en la cama, y si para tener contento al rey había que darle sexo, caza y comida, nunca habrían de faltarle las tres cosas. De esta manera, ella podía dedicarse a sus intrigas políticas.

 
Retrato de la Familia de Felipe V en 1743, obra de L.M. Van Loo.


El pueblo nunca la quiso y ella lo sabía. "Los españoles no me aman, pero yo también los odio", solía repetir. Provocó serios conflictos de Estado y promovió desastrosas guerras para situar a los siete hijos que tuvo con Felipe V. No le fue mal. Casó bien a las niñas, y Carlos fue rey de Nápoles, Sicilia y España, y Felipe, su amado "Pippo", duque de Parma, Piacenza y Guastalla.

Desgastado físicamente por el abuso del sexo y desequilibrado mentalmente, un buen día se puso a gritar como un poseso en el palacio del Buen Retiro porque creía que su ropa interior y las sábanas estaban embrujadas. Y empezó a coger la costumbre de no mudarse, de no lavarse, de no cortarse el pelo, ni las uñas. Envuelto en mugre, permanecía semanas enteras en la cama.

 
Retrato de Don Felipe V (1683-1746) en 1739, según L.M. Van Loo.


Cada crisis traía consigo una nueva manía. Vestía, como única prenda, una camisa de la reina porque decía que sus ropas estaban envenenadas. Otras veces se creía rana o difunto. A largos períodos de silencio le seguían otros agresivos. Paseaba desnudo por el palacio de El Pardo. Cantaba a viva voz y pegaba a su esposa, con quien discutía a grito pelado.

Despachaba con sus ministros a las dos de la madrugada, cenaba a las cinco y se acostaba a las siete. Como había perdido la potencia sexual, de la que Isabel se valía para dominarlo, empezó a ser tratado por curanderos sin ningún resultado.

El monarca había abdicado en 1724 en favor de su primogénito Luis, que tan solo reinó 7 meses porque murió de viruela. El rey, a instancias de su dominante mujer, volvió a retomar el poder y lo conservó hasta su muerte, el 6 de julio de 1746. Aparte de su locura, padecía gota y murió fulminado por una apoplejía. Su cadáver fue expuesto tres días en el salón de la primera planta del inacabado Palacio Real.

sábado, 23 de agosto de 2014

Cita de la Semana



"Nunca voy a fingir estima por un hombre cuyos principios detesto."

Frase de: Gustavo III, Rey de Suecia y Gran Duque de Finlandia (1746-1792).

domingo, 2 de febrero de 2014

CURIOSIDADES -131-

"El Rey Invisible"



El Rey Christian VI de Dinamarca y Noruega (1699-1746), cuyo reinado abarcó dieciséis años (de 1730 a 1746), ha pasado a la historia de su país como un monarca muy impopular, sin relieve, apagado, enfermizo, extraño y excesivamente autoritario. Para colmo, aunque lo comprendiera, jamás articuló una sola palabra de danés: siempre se expresó en alemán o en francés.

Aunque protestante luterano y extremadamente piadoso hasta el fanatismo (era pietista), él y su insignificante esposa alemana Sofía-Magdalena de Brandenburg-Bayreuth-Kulmbach, vivieron rodeados de un exuberante esplendor en sus palacios. Por su carácter tímido e introvertido, Christian VI y su consorte evitaban todo contacto con su pueblo y, si salían de palacio, que era en contadísimas ocasiones, lo hacían en una carroza con todas las cortinas echadas, convirtiéndose de este modo en totales desconocidos.

Su corte era de la más tediosa monotonía: solo se permitía música religiosa y los bailes estaban prohibidos. En cuanto a las cacerías, aunque no estuvieran vetadas, eran extremadamente raras y puntuales. La deficiente salud del soberano no permitían largas cabalgatas al aire libre ni esfuerzos físicos.

Pese a ser el primer monarca danés en mantener su país alejado de todos los conflictos, sus leyes contra la libertad de movimiento del campesinado y su obsesión por someter a sus súbditos al pietismo le brindaron muy mala fama. De hecho, su reinado es aún considerado como la época más tiránica, represiva y puritana que han conocido los daneses.

viernes, 25 de octubre de 2013

CURIOSIDADES -113-

"Fernando VI, el genocida"



Aunque parezca intachable el próspero y pacífico reinado del rey Fernando VI de España (1713-1759), hijo y sucesor del inestable y lunático Felipe V a partir de 1746, aparece una mancha imborrable en su "expediente" como monarca. Por iniciativa del ministro de entonces, el Marqués de La Ensenada, y con el beneplácito de Fernando VI, se inició en el mayor de los secretos en los reinos de las Españas, una persecución indiscriminada de gitanos con la clara intención de borrar del mapa a su raza. Para ello, se decidió separar a los hombres de etnia gitana y a sus hijos mayores de 7 años de edad, de sus mujeres quienes, por otro lado, se quedaban con sus hijos menores. Con esa medida se pretendía evitar la reproducción de éstos. Una vez apresados mediante grandes redadas militares, los hombres eran esclavizados, dispersados y condenados a trabajos forzados, y sus mujeres e hijos encerrados en lúgubres prisiones. Aquella operación acabó siendo conocida como "La Gran Redada" y se cifran entre 9.000 y 12.000 los apresados.

 
Retrato de Zenón de Somodevilla y Bengoechea, 1er Marqués de La Ensenada (1707-1781), Secretario de Estado, Ministro de Hacienda, de la Guerra, de la Marina y de las Indias.


Fue gracias a las protestas de los militares, implicados en las redadas, y a los problemas causados por las caóticas aplicaciones del plan de exterminio que, en 1763, y ya reinando Carlos III, se puso un punto y final a la persecución. El hermano y sucesor de Fernando VI, acabó por indultar a los gitanos apresados y echó tierra sobre ese feo asunto, como si nunca hubiera ocurrido.