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martes, 21 de abril de 2015

VERSAILLES, 1784: El Escándalo del Collar de la Reina

EL ASUNTO DEL COLLAR DE LA REINA
 
 

La Estafa del Siglo

Nicolas de La Motte, escudero, servía, sin entusiasmo, como gendarme del Rey en la Compañía de los Borgoñones acuartelados en Bar-sur-Aube (Lorena) y, a favor de una declaración jurada, pudo atribuirse el título de conde. Un poco torpe, sus camaradas le apodaban "Momotte" sin que éste se molestase, pero era brillante en sociedad. Es en los círculos mundanos que se cruzó con la señorita Jeanne de Valois de Saint-Rémy, con la cual acabaría casándose. Ésta venía de más abajo pero remontaba, genealógicamente hablando, de más arriba. Sacada, gracias a la marquesa de Bougainvilliers, gran dama estimada por los Rohan, de la más negra miseria, tenía en su poder dos bazas: una audacia prodigiosa y orígenes fuera de lo común. Descendía directamente y por los varones, del rey Enrique II de Francia y de Nicole de Savigny. El autor de su linaje, Enrique I de Saint-Rémy apodado "Henri-Monsieur" (Enrique-Señor), fue legitimado y reconocido por su padre. Durante mucho tiempo, la familia había contraído honorables matrimonios hasta que Jacques II de Saint-Rémy hizo un estúpido enlace, vendió sus tierras, se hizo echar a la calle por su esposa y falleció en un hospital de la beneficencia mientras su mujer trabajaba para un "macarra" sardo y enviaba a su hija mendigar por las calles.

 
Grabado representando a Jeanne de Valois de Saint-Rémi, Condesa de La Motte (1756-1791), el "cerebro" de una estafa inaudita.

Paradójicamente, un tío, Jacques I de Saint-Rémy, había servido honorablemente en la Marina Real, acabando como teniente de navío y al mando de la fragata "La Surveillante", y condecorado con la cruz de la Orden de San-Luis. Reconocido por el Sr. de La Garde d'Hozier, genealogista de la Corte, era saludado con el título y nombre de Barón de Valois, y acababa de fallecer en la Isla de Francia el 9 de mayo de 1785.

Tres meses antes del escándalo, la Condesa de La Motte vivía de pequeños socorros y, simulando un desmayo en presencia de Madame Elisabeth, hermana menor del rey Luis XVI, se había hecho conceder una pensión por la joven princesa.

 
Retrato del Cardenal-Príncipe Louis René Edouard de Rohan-Guéméné (1734-1803), la "víctima" de la monumental estafa de la Condesa de La Motte.


Presentada al cardenal-príncipe de Rohan, había conseguido hacerle creer que estaba en el favor de la reina Maria-Antonieta. Si éste se muestra habitualmente muy perspicaz, atestigua de una increíble ingenuidad cuando se le mantiene en una loca esperanza. Es gracias a esa debilidad que la condesa tiene en sus garras al cardenal; se hace pasar por emisaria de la reina, falsifica cartas a nombre de ésta, escritas por su amante Marc-Antoine Rétaux de Villette, antiguo gendarme, y pide pequeños préstamos que el feliz depositario de los embarazos financieros de la reina de Francia se compromete en dar a pesar de una posición pecuniaria harto comprometida por sus onerosas obras en el Palacio de Saverne, su contribución a la extinción del descalabro financiero de su hermano el Príncipe de Rohan-Guéméné y a sus numerosas liberalidades. Pero, cuando el cardenal solicita una audiencia con la reina, la condesa debe organizar toda una comedia para que no se descubran sus mentiras: contrata a una prostituta que hace la carrera en los Jardines del Palais-Royal, Marie-Nicole Leguay, conocida por su nombre de guerra de "Señorita de Signy", y que bautiza con el título de Baronesa de Oliva, anagrama del apellido Valois. La joven prostituta ignorará hasta el juicio el papel que interpretó como "Maria-Antonieta" a cuenta de una pseudo-condesa, cerebro de una estafa tan magistral como baja. Hasta el final creerá haberse doblegado ante la voluntad de la reina porque la condesa le había asegurado que ésta estaría detrás de ella durante la entrevista secreta con Monseñor de Rohan, en un bosquejo del parque de Versailles, la noche del 11 de agosto de 1784.



Lo que sucede entonces se maneja con una inusitada simplicidad. El cardenal recibe una carta de la reina Maria-Antonieta pidiéndole que sirva de intermediario en la compra de un collar de los joyeros Böhmer y Bassenge, con un precio estimado a 1.600.000 libras a pagar en un plazo de dos años con un pago inicial de 400.000 libras.

A la fecha prevista, el 1 de febrero de 1785, los señores Böhmer y Bassenge traen el famoso collar de la Reina al parisiense palacio de Rohan-Strasbourg, y la Eminencia les muestra entonces el contrato con la firma "Maria-Antonieta de Francia" (totalmente falsa por cierto). El cardenal de Rohan irá personalmente a entregar a la Condesa de La Motte-Valois el collar y, ésta, a su vez, lo remitirá ante él a un tal Desclaux, que no es más ni menos que su amante Rétaux de Villette haciéndose pasar por un agregado a la cámara y a la música de la Reina.

El 12 de febrero, un joyero parisino llamado Adam, se presenta ante el inspector de policía del barrio de Montmartre, el Señor de Brugnières, con la intención de señalarle que un tal Sr. Rétaux de Villette le ha propuesto comprar diamantes a precios demasiado bajos para que no se sospeche de dónde proceden éstos. Pesquisas e interrogatorios se suceden. La policía vigila a la condesa de La Motte-Valois pero, como no se hace eco de ninguna denuncia por robo, el asunto se queda estancado. El susto le proporciona a la condesa una buena lección y ésta manda a su marido en Inglaterra para deshacerse de la mayoría de las piedras. En cuanto al resto, es el amante quien, una vez en Holanda, tendrá que venderlo. Con el beneficio de esas ventas, los condes de La Motte-Valois van a Bar-sur-Aube, para vivir como sátrapas.

Lo que acontece entonces es conocido de todos: el cardenal de Rohan se presenta en la Plaza de Vendôme y se limita a pagar los intereses de la deuda adquirida con los joyeros, cantidad que asciende a 35.000 libras, a la vez que enseña una supuesta carta de la Reina comprometiéndose a efectuar el pago de 700.000 libras; los joyeros disimulan mal su contrariedad ya que ellos mismos deben una fortuna al Sr. Boudard de Saint-James, tesorero de la Marina Real de Francia. Al día siguiente, Bassenge, convocado por la Condesa de La Motte-Valois, oirá de sus labios:

-"Os han engañado, el escrito de la garantía que posee el cardenal lleva una firma falsa, pero el príncipe es lo bastante rico, él os pagará!"

He aquí un golpe magistral de los estafadores que, por medio de esa denuncia, pretenden forzar al cardenal de Rohan a querer acallar el escándalo que podría estallar al dejarse engañar por una aventurera, y apremiarse en pagar a los joyeros para mantener el silencio sobre toda la estafa de la cual acababa de ser víctima y que le habría desacreditado.

Sin embargo, el asunto no toma la dirección esperada por los La Motte-Valois y el cardenal persiste, ante Böhmer y Bassenge, en su afirmación que tiene en su poder cartas de la Reina en las que ella le encargó de hacer de intermediario secreto para la compra del famoso collar. Puesto que el dinero no llega, los joyeros llevan su denuncia ante la Justicia y "el Asunto del Cardenal de Rohan" se convierte rápidamente en "el Asunto del Collar de la Reina"...

Tras presentar la pertinente denuncia ante la Justicia, y a la excepción del Conde de La Motte, todos los cómplices son inmediatamente apresados, el Cardenal de Rohan incluído, que también es encerrado en una celda aunque con mucha más comodidad que los demás.

La instrucción del caso será larga y delicada. El lunes 29 de mayo de 1786, los cautivos son llevados a La Conciergerie y comparecen el 30 ante la Cámara Alta. El procurador general del Rey, Omer Joly de Fleury, hermano del efímero controlador general de Finanzas, reclama para el conde de La Motte una ejemplar condena, para Rétaux de Villette las galeras (eso es, cadena perpétua), para la condesa de La Motte-Valois, el látigo, la marca con hierro candente sobre los hombros y el encierro de por vida en la cárcel de La Salpêtrière (cárcel de mujeres). En cuanto hacia Su Eminencia el Cardenal-Príncipe de Rohan-Guéméné, apenas se muestra más tierno: tendrá que arrepentirse y pedir el perdón real, siendo de igual modo condenado a dimitir de todos sus cargos, a dar limosna a los pobres y a mantenerse de por vida alejado de las residencias reales y, finalmente, a guardar prisión hasta la ejecución de la sentencia. Ahí, en ese punto, el abogado general Antoine Séguier, tumultuoso galicano, no habiendo sido previamente informado de las conclusiones del procurador general, osa replicarle con virulencia y se ve respondido con una hiriente réplica en plena cara:

-"Vuestra cólera, señor, no me sorprende en absoluto. Un hombre dedicando su vida al libertinaje como usted, debía necesariamente defender la causa del cardenal!"

Los acusados desfilan uno detrás de otro. La falta de vergüenza de la condesa de La Motte-Valois irá hasta provocar la indignación entre los magistrados más críticos contra la Reina, por sus infames declaraciones implicando a la soberana y al príncipe.

La aparición del cardenal que es, recordemoslo, Gran Limosnero de Francia, en gran vestido violeta, color de duelo de los príncipes de la Iglesia Romana, levanta una ola de respeto hasta entre los presidentes, que se incorporan para responder a sus saludos. Su Eminencia ha comprendido cual es la extensión del escándalo y medido sus consecuencias políticas tras haber largamente meditado sobre su inconsecuencia.

Marie-Nicole Leguay, alias "la Baronesa de Oliva" o "Mademoiselle de Signy", que acaba de dar a luz a un niño en su celda de La Bastilla, debe dar el pecho al recién nacido en presencia de la corte de Justicia. El padre es un honorable gentilhombre que responde al nombre de Sr. de Beausire, y que cumplirá con ella desposándola y reconociendo al niño poco después. Interrogada, contesta con lloros, se disculpa, realiza cual es el asunto en el que se halla implicada, aunque no habiendo sido más que un peón. Un sentimiento de ternura se apodera de los magistrados.

Llega finalmente, vestido con un traje de tafetán verde realzado de oro, los cabellos trenzados desde el occipital hasta los hombros, el famosísimo Conde de Cagliostro, más charlatán que conde, protegido del cardenal y oscuro aventurero. Provoca una serie de carcajadas entre los jueces mezclando su jerga de griego, latín e italiano, acompañando con gestos su viva manera, por lo menos inesperada, de defenderse de las acusaciones que pesan sobre él.

El miércoles 31 de mayo de 1786, la corte judicial emite su veredicto: Jeanne de Valois de Saint-Rémy, Condesa de La Motte-Valois, escapa por los pelos de la pena capital, aunque es condenada a ser marcada al rojo vivo con la letra "V" de ladrona (en francés, ladrona es => Voleuse) en ambos hombros, tras haber sido públicamente sometida al centenar de latigazos, y a la expiación ad vitam de su crimen en la cárcel de La Salpêtrière.

El marido, el Conde Nicolas de La Motte, tranquilamente escondido en Inglaterra, debía ser conducido a galeras.

Marc-Antoine Rétaux de Villette es simplemente expulsado de por vida del reino de Francia.

Marie-Nicole Leguay, pronto Señora de Beausire, reina de una noche, será exculpada, así como el Conde Giuseppe de Cagliostro, que será liberado pero, por orden del rey, será finalmente expulsado de Francia como persona non grata.

Para Su Eminencia, Monseñor el Cardenal-Príncipe Louis René Edouard de Rohan, obispo titular de Estrasburgo y de Canope, Gran Limosnero de Francia, Abad de Waast, de Marmoutiers y de La Chaise-Dieu, que pertenece a una de las primerísimas familias del Reino, es igualmente exculpado de toda acusación a pesar de su credulidad y de la temeraria opinión que se había hecho de la Reina, sin ser duramente reprendido, por 26 votos contra 22.

París estalla de júbilo ante la noticia, mientras que en Versailles el rey Luis XVI recibe la noticia indignado y encolerizado. A pesar de ser exculpado, el cardenal se verá, a la salida de La Bastilla, obligado a dar su dimisión de Gran Limosnero, de devolver la cinta azul de la Orden del Espíritu Santo y de retirarse, a partir del 8 de junio, en su abadía de La Chaise-Dieu pero por poco tiempo. De allí conseguirá los sucesivos permisos para trasladarse a Marmoutiers, a Estrasburgo y a Saverne, pero arrastrando su compromiso de indemnizar a los joyeros estafados Böhmer y Bassenge.

Sola, Jeanne de Valois de Saint-Rémy pagará caro su crimen: el 21 de junio de 1786, aún ignora que se le ha condenado, pero despotrica contra la exculpación del cardenal; sacada de La Conciergerie y llevada hasta las escaleras del Palacio de Justicia, la condenada rehusa arrodillarse para oír su sentencia, debatiéndose, injuriando y mordiendo a los ejecutores, haciendo llamamientos a los escasos espectadores. Convulsa de rabia y de terror, araña y propina puñetazos a diestro y siniestro,... con la cuerda en el cuello, es marcada con la primera "V" en un hombro, pero se encabrita con tal violencia bajo el efecto del dolor, que la segunda "V" le es aplicado en un seno. Las quemaduras producen su desmayo. Llevada a la cárcel de La Salpêtrière, la malhechora intenta en vano escaparse por la ventanilla de la puerta del carruaje.

Seis meses más tarde, la más famosa ladrona y estafadora de Europa, consigue evadirse de la cárcel, a pesar de la extrema vigilancia. Ayudada por una mano misteriosa, véanse varias, había salido de la cárcel vestida de hombre y en compañía de otra detenida, llegando por etapas hasta la ciudad de Ostende. Se reuniría finalmente en Londres con su marido, para retomar con más ahinco si cabe su carrera de ladrona.

Nuestra protagonista acabaría su vida del mismo modo que la empezó, en la más absoluta miseria, encarcelada, sin dinero, en una pestilente celda inglesa donde se pudriría hasta morir a la edad de 35 años (1791).

sábado, 18 de abril de 2015

Cita de la Semana



"Donde hay poca justicia es un peligro tener razón."

Frase de: Francisco de Quevedo Villegas y Santibáñez Cevallos (1580-1645), escritor, poeta y dramaturgo.

Anécdotas Históricas -271-



Una graciosa anécdota acontecida en 1726, tuvo lugar en el palacio de Versailles. El triste protagonista fue el Marqués de Prie, embajador de Francia en la corte de Turín pero de permiso especial para ocuparse de asuntos personales. El diplomático, muy cercano al rey Luis XV (fue su padrino) y pariente de la Duquesa de Ventadour, se había casado con la hija de un riquísimo financiero parisino, Jeanne Agnès Berthelot de Pléneuf, de 28 años más joven que él, hermosa a rabiar, que le ponía los cuernos con (¡nada menos!) el feísimo Duque de Borbón, primer ministro del momento y primo del monarca. Era de notoriedad pública.

Cierta tarde de ese año de 1726, el Marqués de Prie se encontraba, como tantos otros cortesanos, esperando pacientemente al rey en su cuarto. Aburrido, apoyó un codo sobre una mesa para descansar su cabeza, con tan mala suerte que, sin darse cuenta, se arrimó demasiado a un candelabro y prendió fuego a su peluca. Alertado por los otros, se arrancó la peluca, la tiró al suelo y la apagó como cualquiera hubiera hecho: a pisotadas. En ese instante, anunciaron la entrada del rey. El marqués volvió a ponerse rápidamente su peluca chamuscada y aún humeante, despidiendo un fuertísimo olor a quemado por toda la estancia. Luis XV, nada más entrar, percibió enseguida el fuertísimo olor. Sin saber lo ocurrido y sin malicia alguna, soltó:

-"¡Pues si que huele mal aquí!¡Diría incluso que apesta a cuerno quemado!"

Estallido de carcajadas, a las que se sumó el rey al ver la cabeza humeante del Marqués de Prie. Ante la general risotada, el pobre cornudo no pudo hacer otra cosa que escabullirse.

Anécdota de: Louis Aymar de Prie, Marqués de Prie y de Plasnes, Embajador de Francia en Turín (1670-1751) y de Luis XV, Rey de Francia y de Navarra (1710-1774). 

jueves, 16 de abril de 2015

LA MARCA HISPÁNICA NUNCA EXISTIÓ


LA MARCA HISPÁNICA NUNCA EXISTIÓ



Me atrevo a sostener la afirmación del título a sabiendas de que a la mayoría de lectores les pueda parecer, a bote pronto, osada o absurda. De hecho, que mucha gente tenga este tipo de reacción es de lo más normal, si se tiene en cuenta que buena parte de historiografía no duda en utilizar la expresión "Marca Hispánica". Con esta locución se nombra la frontera militar que el imperio franco poseía frente Al-Ándalus, en la parte sur de los Pirineos desde finales del siglo VIII, hasta la disolución de la misma, a partir de la disgregación del territorio en diversos condados independientes del poder franco. A grandes trazos, esta sería una definición concordante con la que ofrecen gran cantidad de historiadores en sus obras, así como con las que aparece en los libros de texto de secundaria, pudiéndose añadir, además, que varios autores todavía sostienen que la citada marca no sólo fue una frontera militar, sino también una entidad político-administrativa supracondal [1], aun cuando historiadores como José Antonio Maravall hace mucho dejaran bien claro que esta conceptualización era errónea [2].

Pero que no fuese una entidad político-administrativa resulta insuficiente para afirmar que no existió la Marca Hispánica. Al menos, debe haber existido como nombre geográfico de la parte septentrional del conjunto territorial, que en el siglo XII fue denominado con el topónimo "Cataluña", especialmente, después de que se haya repetido y se repita en incontables publicaciones, ¿no les parece? Pues no, no fue así o, no del todo así. Me explico:

Entre los años 780 y 801 de nuestra era, el predicho espacio fue arrebatado a los musulmanes andalusís por tropas cristianas francas, siendo políticamente organizado en condados (Barcelona, Gerona, Osona, Pallars, Ribagorza, Urgel, Cerdaña, Ampurias y Rosellón), como el resto del Imperio de Carlomagno. Estos dominios eran gobernados por condes, en su mayoría, nobles godos nativos del territorio fronterizo con el Al-Andalus, como funcionarios representantes de la autoridad del soberano franco. Los historiadores que han investigado la documentación del periodo sostienen que entre los siglos IX y X, tanto la Corona como los autóctonos del territorio que nos ocupa se refirieron al conjunto de condados con los nombres de "Hispania" o de "Gotia", pero no con el de "Marca Hispánica", si bien el concepto existió.

El uso del término "Hispania" era lógico, puesto que tanto los francos como los indígenas estaban de acuerdo en la pertenencia de aquellos condados a la península ibérica, conocida en la época como tierra de Hispania, por influencia de la tradición romanogoda. Con todo, desde el siglo noveno, para el conjunto de la sociedad –exceptuando a la Iglesia– esta palabra fue adquiriendo paulatinamente un significado alternativo, que identificó Hispania con Al-Andalus [3]. No fue hasta el siglo XII que, en los condados –ya catalanes–, los laicos recuperaron la identificación de Hispania (España, en vernáculo) como marco geográfico en cuyo noreste se encontraban ubicadas la tierra y la comunidad política que respondían al nombre de "Cataluña", significado que se consolidó como mayoritario en la siguiente centuria, sin que por ello la palabra "España" dejara de utilizarse como identificador de las tierras ibéricas musulmanas, por lo menos, hasta inicios del siglo XIV. A la vez, en las tres últimas centurias medievales, "España" también era empleada en el dominio catalán para denominar las tierras de los reyes de Castilla y León, siendo sus habitantes calificados de "españoles", diferenciándose así de los catalanes, a pesar de que, como hemos dicho, estos últimos ubicaran territorialmente Cataluña en España. Sin embargo, no fue este un significado mayoritario, ya que, debido al éxito bajomedieval de la identificación de España con la península, fue entre los catalanes más común denominar a los castellanoleoneses con la palabra "castellanos" que no "españoles", distinguiéndolos así del resto de pueblos hispanos: portugueses, navarros, aragoneses, sarracenos, incluso de los propios catalanes a partir del siglo XVI [4].

En cuanto al término "Gotia", hay que decir que a lo largo del siglo IX se aplicó al territorio que ocupaban los diversos condados de la Septimania y del nordeste de la Tarraconense, ubicados en el espacio existente entre los ríos Ródano y Llobregat. El nombre respondía al hecho de que en aquel territorio –antaño perteneciente al reino visigodo de Hispania– se concentraba el mayor número de godos dentro de los dominios del rey franco occidental. Por este motivo, fue utilizado tanto por los soberanos francos como por los habitantes del territorio, en un sentido mucho más étnico-territorial que político-administrativo. Así mismo, en diversas ocasiones, sólo denominó la vertiente austral de los Pirineos, siendo sinónimo de "Hispania", como patentizan las palabras del rey franco Carlos III el Simple: <<In omni regno nostro Goticae sive Hipaniae>> [5] (en todo nuestro reino de Gotia o Hispania). A pesar de esto, como señaló Abadal, esta equivalencia tampoco se producía siempre, puesto que los habitantes de los condados se denominaban a sí mismos gothi, mientras que la palabra hispani la reservaron para aquellos que huían del Al-Andalus, tierra que, como ya hemos indicado, a partir de la segunda mitad de la décima centuria, fue la única que los godos de la futura Cataluña nombraron con el término "Hispania" [6]. Según explica el medievalista Michel Zimmermann, el nombre "Gotia" cayó en desuso durante buena parte del siglo X [7], seguramente, debido a que, ya desde finales del anterior, se estaba originando un claro proceso de consolidación política y socioeconómica de las estructuras condales, cada vez más autónomas del poder franco [8], para ser recuperado de forma efímera y con un cariz reivindicativo de soberanía o potestad por el conde barcelonés y urgelés Borrell II, en las últimas décadas del siglo X. Podría extenderme más en la explicación de este concepto, perturbadoramente obviado por la mayor parte de la historiografía, pero el limitado espacio de un texto de estas características me invita a dedicarle, en exclusiva, un futuro artículo.

Llegados a este punto, sólo nos queda preguntarnos por la locución "Marca Hispánica".

Históricamente, el concepto "Marca Hispánica", es decir, límite o frontera con Hispania, fue un cultismo escasamente utilizado –¡ojo! Sólo hallado documentalmente en quince ocasiones– [9] por algunos autores de anales francos, durante un breve periodo del siglo IX, iniciado el año 821 y finalizado en el 850 [10], restando totalmente ausente tanto en la documentación oficial franca y goda como en el ámbito popular [11]. Se nos hace bastante evidente que estos analistas francos encontraran útil crear un término que unificara e hiciera periférica una realidad plural que les era bastante ajena, ya que la visión que ofrecían no se correspondía con el territorio políticamente dividido de los condados sur-pirenaicos, cuyos habitantes no la emplearon, porque entre el siglo VIII y medios del X, nunca consideraron que vivían en la frontera carolingia con Hispania, es decir, fuera de Hispania, sino que formaban parte del territorio hispano bajo dominio carolingio [12].

Durante varias centurias, esta locución permaneció en el olvido [13] hasta que fue recuperada en la Alta Edad Moderna por autores catalanes como Francesc Calça o Andreu Bosch. No obstante, el auténtico impulso lo recibió de manos de Pèire de Marca, visitador general de la Monarquía de Francia en el Principado de Cataluña durante la Guerra de los Segadores. Por tanto, a partir de la decimoséptima centuria, el término se ha ido generalizando, hecho al que hay que sumar que en los siglos XIX, XX y XXI, la historiografía ha tendido a dotar este concepto de ficticios contenidos presentistas, que han nutrido discursos historicistas contrapuestos, como destaca Flocel Sabaté. Así, por un lado, se ha considerado que la Marca Hispánica fue un ente jurídico, polítoco-territorial, administrativo, unitario y real, en que entre los siglos VIII y XII, se forjó la identidad nacional catalana. Mientras que, por otro, se ha vendido que el concepto de "Marca Hispánica" respondía a la conciencia de españolidad de sus habitantes, debido a la existencia de la ancestral nación española [14].

De bien poco parece haber servido el hecho de que Abadal constatara que era un cultismo ocasional y totalmente ajeno al territorio al que se refiere [15], que Ferran Soldevila lo eliminase en la revisión de su historia de Cataluña [16], que Zimmermann expusiese cuál fue la auténtica terminología histórica, que Pierre Vilar afirmase rotundamente que la Marca Hispánica nunca ha existido [17] o que otros autores como Sabaté hayan explicado todo esto en más de una ocasión. La locución permanece omnipresente, porque la historiografía, poco preocupada en muchas ocasiones por la recuperación del vocabulario histórico, todavía fomenta la divulgación de esta pretérita Marca Hispánica, cuando, en realidad, fuera del mundo cronístico e historiográfico, nunca existió tal cosa.

Cristian Palomo, Licenciado en Historia.



[1] Véanse unos cuantos ejemplos en SABATÉ, Flocel. El nacimiento de Cataluña. Mito y realidad. En: A.A.V.V. Fundamentos medievales de los particularismos hispánicos. IX Congreso de Estudios Medievales. León, 2003, Ávila: Fundación Sánchez Albornoz, 2005, p. 221-276. Concretamente, en la p. 274.
[2] MARAVALL, José Antonio. El concepto de España de la Edad Media. Madrid, 1954, p. 154.
[3] ZIMMERMANN, Michel. En els orígens de Catalunya: emancipació política i afirmació cultural. Barcelona: Edicions 62, 1989, p. 16-18 y 35-36; y SABATÉ, Flocel. El nacimiento de Cataluña… op. cit. p. 228.
[4] SABATÉ, Flocel. El Territori de la Catalunya medieval: percepció de l’espai i divisió territorial al llarg de l’edat mitjana. Barcelona: Rafael Dalmau, 1997, p. 360-367.
[5] ZIMMERMANN, Michel. En els orígens de Catalunya… op. cit. p. 22 y 170, nota 49.
[6] SALRACH, Josep Maria. Els Hispani: emigrants hispanogots a Europa (segles VIII-X). En: Butlletí de la Societat Catalana d’Estudis Històrics, núm. XX (2009), p. 31-50. Concretamente, en la p. 34.
[7] ZIMMERMANN, Michel. En els orígens de Catalunya… op. cit. p. 29.
[8] SABATÉ, Flocel. < [9] Ibídem, p. 272.
[10] ZIMMERMANN, Michel. En els orígens de Catalunya… op. cit. p. 19.
[11] ABADAL, Ramon d’. Nota sobre la locución "Marca Hispánica". En: Boletín de la Real Academia de Buenas letras de Barcelona, núm. XXVII (1957-1958), p. 157-164.
[12] ZIMMERMANN, Michel. En els orígens de Catalunya… op. cit. p. 18-20; y BOLÒS Jordi, Diccionari de la Catalunya medieval: segles VI-XV. Barcelona: Edicions 62, 2000, p. 164- 165.
[13] SALRACH, Josep Maria. Els Hispani… op. cit. p. 33.
[14] SABATÉ, Flocel. La construcción ideológica del nacimiento unitario de Cataluña. En: VAL VALDIVIESO, María Isabel del; MARTÍNEZ SOPENA, Pascual. Castilla y el mundo feudal. Homenaje al profesor Julio Valdeón, vol. 1, p. 95-110. Sobre todo, las p. 107-110.
[15] ABADAL, Ramon d’. < [16] SOLDEVILA, Ferran. Història de Catalunya. Barcelona, 1962, vol. 1, p. 40-42.
[17] VILAR, Pierre. Introducció a la història de Catalunya. Barcelona, 1995, p. 9.

miércoles, 15 de abril de 2015

Anécdotas Históricas -270-



El Mariscal Lyautey fue un célebre militar en Francia, de gran valía, cuyo papel como "pacificador" y administrador de la colonización del Protectorado de Marruecos fue clave. También fue, por un breve tiempo, Ministro de la Guerra. Por otro lado, era de sobras conocida su homosexualidad, un gusto que -sorprendentemente para la época- no le restaba méritos a ojos de sus superiores ni provocaba escándalo alguno entre sus colegas de armas.

En una ocasión, Georges Clémenceau, primer ministro de la IIIª República, hizo la siguiente reflexión en voz alta sobre el brillante mariscal, con su habitual socarronería:

-"¡He aquí un hombre admirable, valiente, que siempre ha tenido cojones en el culo... incluso cuando no eran los suyos!"

Anécdota de: Georges Clémenceau, Primer Ministro de Francia (1841-1929) y de Louis Hubert Gonzalve Lyautey, Mariscal de Francia (1854-1934).

martes, 14 de abril de 2015

CURIOSIDADES -178-

"¿Quién es el bastardo?"



Después de haber desenterrado por "casualidad", en 2012, los restos hasta entonces perdidos del rey Ricardo III de Inglaterra, haber desempolvado su maltrecho esqueleto, examinado sus múltiples traumatismos, reconstituido su semblante y darle un solemne funeral de Estado en Leicester quinientos treinta años después de su asesinato en Bosworth Field, los médicos forenses dieron un último bombazo mediático: tras cotejar el ADN de los restos del último rey de la Casa de York con el de la actual reina Elizabeth II, cuarta representante de la Casa de Windsor, han descubierto que no existe coincidencia alguna entre ambos. Dicho en plata, se ha destapado un viejo secreto de Estado: entre el último Plantagenêt y la actual soberana no hay parentesco, o sea, que Elizabeth II no es una descendiente de Ricardo III. La pregunta que se formula entonces es obvia: ¿en qué momento se puso en el trono británico a un bastardo?



Dado que entre Ricardo III y Elizabeth II hay nada menos que veintitrés monarcas de por medio, la tarea para averiguar quién de ellos es el o la "bastarda" que usurpó la corona, resulta harto complicada. La sola idea de tener que examinar uno a uno los restos de esos ilustres cadáveres, con el colosal gasto que eso implica, ya ha hecho desistir desde el primer minuto a los forenses e historiadores británicos emprender tamaña aventura. En cualquier caso, queda patente que Elizabeth II no cuenta entre sus antepasados al vilipendiado rey Ricardo III. 

viernes, 10 de abril de 2015

BÁRBARA DE PORTUGAL, REINA DE LAS ESPAÑAS

MARÍA BÁRBARA DE BRAGANZA
REINA DE LAS ESPAÑAS Y DE LAS INDIAS
1711 - 1758
 
 

María Bárbara de Braganza, Infanta de Portugal (Lisboa, 1711-Madrid, 1758), esposa del rey Fernando VI (Madrid, 1713-Villaviciosa de Odón, 1759) era hija de los reyes de Portugal, Juan V y la Archiduquesa María Ana de Austria. Cuando se casó con Fernando en 1729 éste todavía era Príncipe de Asturias ya que su padre, Felipe V, se había hecho cargo del trono de nuevo tras la muerte de su hijo Luis I en 1724.


Según nos la describen los anales de la época, la reina Bárbara de Braganza era una mujer oronda y al parecer carente de atractivo físico. Pero para todos poseía una cualidad muy importante, poseía un gran corazón. Además, Bárbara de Braganza, amó profunda y sinceramente a su marido, Fernando VI, pese a que según parece era él quien no podía tener hijos.

Los reyes Bárbara de Braganza y Fernando VI protagonizaron uno de los reinados más tranquilos de la historia de España. Parece ser que esto se debió al carácter tranquilo de los monarcas dedicados sobre todo a la dirección del Estado. Según las crónicas de la época, el carácter melancólico de ambos monarcas se acentuó al no poder tener descendencia. Hecho éste que hizo que ambos demostraran su unión en sus aficiones comunes, como la música.

En todas las crónicas de la época, se recoge el hecho de que, la reina española Bárbara de Braganza fue una persona muy religiosa. Ejemplo palpable de ello, es que fue la fundadora del Real Monasterio de la Visitación, en Madrid, más conocido como las Salesas Reales.



Otra crónica relata que la fundación del Monasterio de las Salesas Reales se debió también a otras causas. Al parecer la reina Bárbara de Braganza había firmado en 1729 un contrato matrimonial con Fernando VI. Este contrato preveía, en caso de quedarse viuda, la posibilidad de permanecer en España o volver a Portugal. Cuando Bárbara llegó a reina en el año 1746, decidió mandar construir un monasterio que le sirviera de refugio para protegerse de la reina madre, Isabel de Farnesio, si fallecía Fernando VI.

Podemos comprobar en diversas crónicas, como la reina Bárbara de Braganza se implicó totalmente en todos los aspectos relacionados con las construcción del Monasterio de la Visitación, conocido después como las Salesas Reales. Bárbara decidió que además de convento, la fundación sería un colegio donde se educarían las jóvenes pertenecientes a la nobleza. Asimismo eligió la orden de religiosas de la Visitación para que se encargaran de él.

Al parecer, los numerosos gastos que provocaba la construcción del Monasterio de la Visitación fundado por la reina Bárbara de Braganza, hicieron que circularan por Madrid graciosas coplillas haciendo alusión al tema, como la siguiente:

Bárbaro edificio
bárbara renta
bárbaro gasto
bárbara reina.




Bárbara de Braganza ha sido una de la reinas de España más cultas, pues además de hablar seis idiomas con toda corrección, componía música sin dificultad. Esta gran afición a la música hicieron que ella y su marido Fernando VI protegieran a músicos tan importante como Domenico Scarlatti.

Al igual que su suegra Isabel de Farnesio, la reina Bárbara de Braganza, gran amante de la música organizó numerosos conciertos cortesanos. Son famosos hasta el extremo de "crear época" los organizados en el palacio de Aranjuez. Estos conciertos tuvieron como protagonista indiscutible al famoso y extravagante Carlo Broschi, conocido en toda Europa por Farinelli.



Según parece, el famoso cantante italiano, Carlo Broschi (Andria, Nápoles, 1705-Bolonia, 1782) conocido como Farinelli había llegado a la corte española en el año 1737. Durante los últimos años de reinado de Felipe V. Tras la muerte de éste, adquirió una gran influencia personal sobre su sucesor, el rey Fernando VI y su esposa Bárbara de Braganza. Ambos grandes aficionados a la música. Sucedió que en 1760, un años después de la muerte de Fernando VI, su hermanastro, Carlos III le desterró no sólo de España, sino de todos sus reinos.

Según los cronistas de la época la historia de las malas relaciones entre nuera y suegra se volvía a repetir. Tras su matrimonio con Fernando, Bárbara de Braganza no consiguió llevarse bien con su suegra la reina Isabel de Farnesio. Las malas relaciones quizá se debieran a que Fernando era hijastro de Isabel de Farnesio, y su relación nunca había sido de madre e hijo. O quizá se debió al carácter dominante que tenía Isabel, en contraposición con el carácter bondadoso y afable de Bárbara que no consintió que su suegra se inmiscuyera demasiado en su matrimonio ni en su reinado.




Bárbara de Braganza fue reina de España durante doce años, entre 1746 y 1758. Pese a que su matrimonio con Fernando VI había durado veintinueve años, la pareja no había podido tener descendencia. A pesar de ello fue una reina muy querida por los españoles, y en concreto por los madrileños, quienes directamente podían comprobar como apoyaba a su esposo en las tareas de gobierno. Fueron así doce años de un reinado pacifico y de renacimiento cultural.

Bárbara de Braganza murió el 27 de agosto de 1758 en el palacio de Aranjuez. Con tan solo cuarenta y siete años de edad, falleció como consecuencia de un proceso canceroso en el útero. Casualmente su fallecimiento se produjo pocos meses después de la terminación del Real Monasterio de la Visitación, fundado por ella, y al que había dedicado todas sus energías.

Los restos de Bárbara de Braganza fueron trasladados de Aranjuez, donde falleció, a Madrid. Según las crónicas de la época el traslado se hizo en medio de un deslumbrante cortejo fúnebre en el que participaron muchísimos madrileños que habían sentido la muerte de su reina. Los restos fueron depositados en la cripta del Monasterio de las Salesas Reales, mientras se construía la tumba en la iglesia del monasterio.

Parece ser que tras la muerte de Bárbara de Braganza su esposo, el rey Fernando VI, empezó a dar graves muestra de enajenación mental. Al igual que su padre Felipe V tras la muerte de su primera esposa María Luisa Gabriela de Saboya sufrió una gran depresión emocional. Retirado al castillo de Villaviciosa de Odón falleció, según parece de pena en 1759, un año después de la muerte de su esposa la reina Bárbara de Braganza.

Cita de la Semana



"Un tonto siempre encuentra a otro más tonto que le admire."

Frase de: Nicolas Boileau Des Préaux aka Boileau-Despréaux (1636-1711), poeta y crítico literario.

jueves, 9 de abril de 2015

JEAN LANNES: De aprendiz de tintorero a mariscal de Francia


JEAN LANNES, DUQUE DE MONTEBELLO
MARISCAL DE FRANCIA
1769 - 1809
 
 

El Hermano que nunca tuvo Napoleón

Ya durante su vida, el Mariscal Jean Lannes, fue considerado por el emperador Napoleón I como el mejor de todos; el Gran Corso lo tenía en tan alta estima que le otorgó los títulos de Duque de Montebello y Príncipe de Sievers. Destacó en múltiples batallas, haciendo gala de una gran valentía y coraje, siempre al frente de sus hombres. Para Napoleón fue el hermano que siempre deseó tener. Esta es su historia...


Nació en Lectoure (Gers), el 14 de abril de 1769, era hijo de un modesto marchante de bienes o agricultor según diferentes fuentes, y su padre le colocó de aprendiz en un taller de tintorería, hasta que en 1792, pasando por aquella villa un batallón de voluntarios, se enrolaría también él. Tenía gran coraje, aunque descartado por razones políticas, en 1795 reglamentariamente fue nombrado Jefe de Brigada y al año siguiente, como simple soldado se enroló para la campaña de Italia. El 10 de junio de 1796, Bonaparte le ordena tomar el puente de Lodi, Lannes lo hace con tal valor y coraje, que los soldados le siguen enardecidos y logran lo que parecía imposible, imponerse a la artillería que defendía aquel difícil punto. El 14 de noviembre, durante la batalla de Arcole, recibe en su cuerpo dos balas. Al día siguiente, se apresta nuevamente a la lucha precipitándose sobre el campo de batalla, para caer luego desmayado después de haber recibido un tiro en la cabeza.


Sus Grandes Batallas


Dos meses más tarde, hallándose en Rivoli, el 14 de enero 1797, apenas repuesto, Bonaparte repara en su hazaña y le cita elogiosamente en su informe, al tiempo que le nombra General de Brigada. Desde ese día entre ambos generales habrá una gran amistad. Toma después la plaza de Imola, tras lo cual el Papa se decide a concluir el tratado que se le proponía. Después de pasar a Egipto, en aquellas tierras se distinguirá especialmente en el asedio a San Juan de Acre, en las jornadas del 19 y 20 de abril de 1798, donde nuevamente es gravemente herido. El 25 de julio de siguiente año, en Aboukir, toma el reducto turco a la cabeza de diez batallones. En premio a su sacrificada labor, Bonaparte le promociona al grado de General de División, y regresa a Francia con Napoleón, acompañándole cuando va a ponerse a la cabeza del Estado en la larga jornada del 18 y 19 Brumario. El Primer Cónsul el 16 de abril de 1800 es nombrado Jefe de la Guardia del Consulado. Poco después, a la cabeza de la vanguardia, Napoleón le envía nuevamente a Italia, para que inicie la segunda campaña, derrotando a los austriacos en la batalla de Montebello, el 9 de junio de 1800, y cinco días después, el 14 de junio lo hace en la batalla de Marengo, donde sus hombres apostados en posiciones idóneamente dispuestas, resistieron durante siete horas los embates de sus oponentes que lanzaban impresionantes cargas, sin que aquellos hubiesen de ceder un palmo de sus asentamientos.

Quiso Napoleón premiarle con un descanso, y por ello le nombró Embajador en Lisboa, aunque su cargo fue efímero, debido a su total incapacidad para la diplomacia, al carecer de tacto y dotes de mediador dialéctico. Ante ello, Bonaparte, el 19 de mayo de 1804, le nombra Mariscal del Imperio. Puesto a la cabeza del V Cuerpo en la campaña de Austria, en 1805, mandaría el ala izquierda en la jornada del 2 de diciembre en aquella apoteósica batalla en Austerlitz.. En 1806 toma parte en la campaña de Prusia y derrota y somete al Príncipe Louis de Prusia, en Saalfeld. En la batalla de Jena, el 14 de octubre de 1806, mandará el centro de aquella máquina bélica que era la Grande Armée. El 26 de diciembre derrotará a los rusos en la batalla de Pultusk, donde nuevamente es herido. Vuelto nuevamente al frente bélico, toma el mando de la vanguardia en Friedland y durante cuatro horas resiste los asaltos del ejército ruso de Benningsen. En su retorno, en mayo de 1807, apoyo brillantemente el sitio de Dantzig.

Napoleón ante la brillantez de su trayectoria militar le premia ahora con el principado de Sievers y el ducado de Montebello.

Destinado en 1808 a España, como Coronel General de Suizos, logrará un brillante triunfo en la batalla de Tudela, y su presencia conducirá a la victoria en el cerco de la inmortal plaza de Zaragoza. Después de ello, nuevamente es enviado a la campaña de Austria, donde se incorpora participando en la maniobra de Landshut y el 22 de abril en la batalla de Eckmühl. Cerco de Ratisbonne, donde tomó una escala y escaló los muros como si un soldado más hubiese sido venciendo aquel mismo año de 1809, en Abensberg, Ámsterdam, y en Essling, donde durante toda la jornada contuvo al ejército del archiduque Carlos, que triplicaba el número de plazas que aquel mandaba. El tesón y la extraordinaria valentía con que permanentemente recorría los puestos, hizo que al caer la tarde una bala perdida de cañón le hiriese gravemente en las piernas, resultando con ambas rotas y que hubieron de serle amputadas en un improvisado hospital de campo en la isla de Lobau. Las tremendas heridas y la gran pérdida de sangre condujeron a que falleciese en la madrugada del 31 de mayo de 1809, en Viena, a donde había sido llevado, tras una agonía de seis horas. Era el primer Mariscal del Imperio que fallecía en combate, y Bonaparte le lloró como su mejor amigo que fue.



Texto de Vico / "El Mariscal Jean Lannes" in Retratos de la Historia.

martes, 7 de abril de 2015

CATALUÑA Y LOS CATALANES: Una limpieza étnica historiográfica

CATALUÑA Y LOS CATALANES:
 
UNA LIMPEZA ÉTNICA HISTORIOGRÁFICA
 

 
La historia la escriben los vencedores, y no sólo la suya, también escriben la historia de los vencidos. La cosa se agrava cuando el vencido se convierte en colonia del vencedor, que se convierte, por tanto, en colonizador.

El colonizador debe justificar la sumisión del colonizado y, por tanto, lo que hace es manipular la propia historia y la del colonizado. En esta operación todo vale: mentiras, medias verdades, tergiversaciones, ocultaciones, silencios interesados. El resultado: una historia falsa, útil para el colonizador, diseñada con todo el pragmatismo posible. La cuestión es simple: justificar lo injustificable.

En su tesis doctoral, "Naciones negras y cultura" (1954), escrita en pleno proceso de descolonización africano, el senegalés Cheikh Anta Diop afirma en el prólogo:

"Sin embargo, estas teorías 'científicas' (la historia de África escrita por los europeos) sobre el pasado africano son eminentemente consecuentes, en tanto que son utilitarias y pragmáticas. La verdad se descubre al conocer el servicio de que son estas teorías y al descubrir que están al servicio del colonialismo: su objetivo no es otro que, cubriéndose de la manta de la ciencia, llegar a hacer creer al Negro que nunca ha sido responsable de nada válido ni valioso, ni siquiera de lo que existe en su propia tierra. Se quiere así facilitar el abandono, la renuncia a toda aspiración nacional por parte de aquellos que dudan, a la vez que refuerzan los reflejos de subordinación de los que estaban alineados (con los colonizadores) ".

Si cambiamos 'africano' y 'negro' por 'catalán' tenemos una perfecta descripción de cómo ha trabajado desde siempre la historiografía española con Cataluña.

Una de las razones que usan los españoles para negarnos el derecho a un estado propio es la falacia "nunca fuisteis nación", "nunca fuisteis estado". Y, en consecuencia: si, según ellos, no existimos ni como pueblo ni nunca hemos tenido estado, ¿qué reclamamos ahora?

Para justificar una afirmación tan esperpéntica hay que mentir mucho y mucho, tergiversar y ocultar mucho y mucho. No sólo somos nación, y de las más antiguas de Europa, sino que nuestro estado es más que milenario, donde desde la Paz y Tregua de 1027 se inició un parlamentarismo que limitaba el poder real y se fijó una división de poderes. Muy diferente de Castilla y del resto de Europa donde los monarcas absolutos, mediante la coacción militar, gobernaban sus estados con un pequeño contingente de funcionarios y compartían, poco, el poder con la aristocracia. Sin embargo todo el mundo era propiedad del monarca.

 
Fragmento de "La Nación Inventada: una historia diferente de Castilla", de Arsenio e Ignacio Escolar, 2010.
 
 
Alfonso X "El Sabio", Rey de Castilla y de León (1221-1284).
 


Las mentiras vienen de muy lejos. Ya en el siglo XIII, un esbirro de Alfonso X de Castilla el Sabio (sic) llamado Jiménez de Rada escribió una falsa crónica donde se exageraba la importancia de Castilla y plasmaba el supuesto derecho del rey de Castilla sobre todos los reinos hispánicos. Se dice que la Crónica de Jaime I la hizo escribir este rey para combatir esta pseudocrónica castellana.

Esta tradición de mentir y tergiversar estaba viva en el siglo XVI, momento en que las crónicas castellanas rellenas de mentiras llegan a sacar de quicio al tortosino Cristòfol Despuig hacia el 1557.

La culminación de este proceso falsificador tuvo lugar a finales del siglo XIX, en la época en que la historiografía nació como ciencia y que coincidió con el nacimiento del catalanismo político. El estado español encargó a otro esbirro, Menéndez Pidal, la elaboración de una historia de España a gusto y medida de Castilla, con el fin de justificar lo injustificable: nuestro sometimiento a una España castellana con Madrid como la 'lógica' capital. La historia inventada por Menéndez Pidal es la que pasó a las enciclopedias y los planes de enseñanza de los niños en la instrucción pública. Últimamente, parecía que esto se podía corregir un poco, pero ya tenemos la ley Wert para volver a explicar las aberraciones inventadas por Menéndez Pidal y sus seguidores, aunque aplicando el principio de Goebbels de que una mentira repetida cien veces, acaba convirtiéndose en verdad.

En 2006 National Geographic celebraba el centenario de las primeras reportajes fotográficos de naturaleza realizados por profesionales con el lema "Cuando algo la haces durante cien años, nadie la puede hacer mejor". Un lema que se podría aplicar a los historiadores españoles: "Cuando haces trampas durante más de setecientos años, nadie lo puede hacer mejor". Desgraciadamente, los historiadores catalanes han adoptado, acríticamente, los puntos de vista de la historiografía española, renunciando a seguir unos caminos propios y, incluso, como fue el caso de Vicente Vives y sus seguidores, empeñándose en desmontar los ya iniciados, como los de Ferran Soldevila.

Claro que por mucha documentación que se destruya o se manipule hay cosas que no pueden tergiversar o apropiarse de ellos. Porque es muy difícil apropiarse, por ejemplo, del imperio marítimo catalán y de todo lo que lo rodeaba. Construido en el Mediterráneo a partir del siglo XIII, gracias a la poderosa marina catalana, este imperio convirtió Cataluña en una potencia europea con decenas de consulados de mar extendidos por el Mediterráneo y el Atlántico, fundados por la burguesía catalana, básicamente de Barcelona, Ciudad de Mallorca y Valencia, con el apoyo real. Se desarrolló una legislación marina que ha sido un referente durante siglos: el Libro del Consulado de Mar; y todo un sistema financiero relacionado con el comercio, especialmente el marítimo: letras de cambio, seguros marítimos, mesas de cambio (lugares donde se cambiaba la moneda forastera en local y al revés, para facilidad del intercambio) y, incluso , la primera mesa de cambio (banca) pública, en 1401.

 
Fragmento de "Los Reyes de Aragón en Annales Históricos" de Pedro Abarca, Madrid 1682. / Abajo, fragmento de "Anales de la Corona de Aragón" de Jerónimo Zurita y Castro, Zaragoza, s. XVI.


Como de esto no podían apropiarse ¿qué hicieron los historiadores españoles? Pues, por arte de magia transformaron los catalanes en aragoneses y Cataluña en un apéndice secundario de Aragón. Ya en el siglo XVI se inventaron el nombre de Corona de Aragón para nombrar el estado catalán medieval. A mediados del siglo XVIII, Carlos III hizo cambiar el nombre del Archivo Real de Barcelona por el de Archivo de la Corona de Aragón.

Así, hablan, sin pudor alguno, del imperio marítimo 'aragonés', de marina 'aragonesa' y de ejército 'aragonés '. Nuestros reyes se transforman en 'aragoneses', los llaman con la numerología 'aragonesa' y Cataluña pasó a llamarse 'Aragón' y nuestra bandera ha pasado a ser 'la bandera de Aragón '.

 
Fragmento de "Modo de Proceder en Cortes de Aragón" de Jerónimo de Blancas y Tomá, Zaragoza 1641.


Dado que Aragón es un país terrestre sin costa y, por consiguiente, sin marina y que está más que documentado que los aragoneses, excepto en el caso de la conquista de Valencia, nunca se interesaron por ninguno de los proyectos de expansión del imperio catalán, estimulado sobre todo por la pujante y potente burguesía catalana. El ejército que construyó el imperio era catalán, de arriba abajo. La presencia aragonesa era testimonial y, la mayoría de las veces, inexistente, nula. Nuestros reyes vivían en Barcelona, el catalán era su idioma familiar, en catalán escribieron sus crónicas, siempre usaron la numerología catalana y ninguno de ellos nació en Aragón (con la excepción de los Trastámara). La señal de los soberanos catalanes, los condes de Barcelona, cuatro palos rojos sobre fondo dorado, es el segundo más antiguo de Europa y bastante anterior a la anexión de Aragón.

Y, a pesar de todas las evidencias en este sentido, los historiadores españoles, muchos catalanes incluidos y los que los siguen en el extranjero, en sus sobre historia medieval hispánica (artículos, comunicaciones, libros) mencionan muy esporádicamente (o, incluso , nunca) las palabras 'Cataluña' o 'catalán'. Para referirse a los catalanes usan las palabras 'Aragón' y 'aragonés '.

Es decir, mienten sobre nuestra naturaleza, nos niegan nuestra existencia como pueblo. Perpetran una auténtica y real limpieza étnica historiográfica hecha con una clara intencionalidad política xenófoba para justificar nuestra sumisión en España, para justificar nuestro status de país colonizado. Si nunca hemos existido, si siempre hemos sido marginales, si nunca hemos hecho nada, no nos podemos quejar de nada.

Carles Camp.

Fundación de Estudios Históricos de Catalunya.
Editorial Abril 2014.
Catalunya i els catalans: una neteja ètnica historiogràfica.

domingo, 5 de abril de 2015

CARLOS III, REY DE LAS ESPAÑAS


CARLOS III, EL REY REFORMADOR

1716 - 1788
 
 

Obsesionado por la locura hereditaria de sus predecesores en el trono, Carlos se caracterizó por ser el monarca de la dinastía Borbón más equilibrado, tranquilo e insulso del siglo XVIII. Bien entrenado y formado por su paso por los tronos de Parma y de Nápoles, llegó a Madrid como un rey ilustrado y reformador con "tablas" en el arte de gobernar para el pueblo pero sin el pueblo. Soberano meapilas sin caer en la beatería extrema, muy celoso de su poder absoluto, modernizador muy moderado, hombre poco agraciado de costumbres invariables y de una sola mujer, Carlos III fue un gobernante bienintencionado más grisáceo que brillante.



El 20 de enero de 1716, entre las tres y las cuatro de la madrugada, en el viejo, inmenso y destartalado Alcázar, nacía el niño que con el paso de los años iba a ser investido como rey de las Españas con el nombre de Carlos III. Fruto del matrimonio de Felipe V con su segunda esposa, la parmesana Isabel de Farnesio, mujer de fuerte personalidad y opinión política propia, el nuevo infante venía al mundo con pocas posibilidades de ser proclamado rey de la vasta Monarquía hispana.

 
Retrato de Don Carlos de Borbón y Farnese, Infante de España (1716-1788); obra de Jean Ranc, 1724.


Su infancia transcurrió dentro de los cánones establecidos por la familia real española para la educación de los infantes. Hasta la edad de los siete años fue confiado al cuidado de las mujeres, siendo su aya la experimentada María Antonia de Salcedo, persona a la que siempre guardó gratamente en su recuerdo. Después tomaron el relevo los hombres, comandados por el duque de San Pedro y un total de catorce personas que iban a conformar el cuarto del infante. El niño "muy rubio, hermoso y blanco" del que nos habla su primer biógrafo coetáneo, el conde de Fernán Núñez, gozó durante su primera infancia de buena salud, amplios cuidados y una enseñanza rutinaria dentro de lo que se estilaba en la corte española. Además de las primeras letras, Carlos recibiría una educación variada propia de quien el día de mañana podía ser un futuro gobernante. Así, la formación religiosa, humanística, idiomática, militar y técnica se combinaría durante años con la cortesana del baile, la música o la equitación para ir forjando la personalidad de un joven de buen y mesurado carácter, solícito a las sugerencias paternas y educado en la convicción de la evidente supremacía de la religión católica. También fue en su más tierna infancia cuando Carlos se aficionó a la caza y a la pesca, pasiones, especialmente la primera, que nunca abandonaría a lo largo de su vida.

 
Retrato del Infante Carlos de Borbón en 1729, por Jean Ranc.


Pronto el infante Carlos empezó a entrar en los planes de la diplomacia española y en las cábalas de Isabel de Farnesio, estas últimas destinadas a dar a su primogénito una posición acorde con su rango real. En la política internacional de los gobiernos felipinos, alentada por el irredentismo italiano que anidaba en la Corte madrileña desde que las cláusulas más lesivas del Tratado de Utrecht (1714) habían dejado a España fuera de la península transalpina, Carlos iba a revelarse como una pieza importante. Tras numerosas vicisitudes bélicas y diplomáticas en el complicado cuadro europeo, se presentó la ocasión propicia para que Carlos pudiera alcanzar un sillón de mando en Italia. La misma tuvo lugar con la muerte sin descendencia, en 1731, del duque Antonio de Farnesio, precisamente el día en que Carlos cumplía quince años, lo que propició que el joven infante fuera encauzado hacia los caminos de Italia. Primero se asentaría en los pequeños pero históricos ducados de Toscana, Parma, Plasencia, donde permanecería muy poco tiempo, pues los acontecimientos bélicos derivados de la cuestión sucesoria de Polonia lo condujeron finalmente a ser proclamado rey de las Dos Sicilias el 3 de julio de 1735 en Palermo, contando tan solo con diecinueve años de edad.

 
Retrato de Carlos I de Borbón, Duque de Parma, Piacenza y Guastalla (1716-1788); obra de G.M. Delle Piane, 1732.
 
 
Retrato de Carlos VII de Borbón, Rey de Nápoles y de Sicilia (1716-1788); obra de Giuseppe Bonito, entre 1738 y 1740.
 


Nápoles no fue para Carlos un destino intermedio en espera del gran reino de España. Allí vivió un cuarto de siglo, allí emprendió una política reformista en un complicado país dominado por las clases privilegiadas y allí constituyó, con su amada esposa María Amalia, una familia numerosa de trece hijos, siete mujeres y seis varones. Durante su reinado napolitano, Carlos configuró definitivamente su carácter y su modelo de reinar, siempre ayudado por su consejero personal Bernardo Tanucci y siempre tutelado por sus padres desde Madrid. En términos generales aprendió a ser un rey moderado en la acción de gobierno, un soberano que supo animar una política reformista que sin acabar con todos los problemas que sufría el abigarrado pueblo napolitano y sin menoscabar los poderes esenciales de la nobleza, al menos sí consiguió que el reino se consolidara como tal, que fuera cada vez más italiano y que tuviera una cierta consideración en el concierto internacional.


 
Retrato de Fernando VI de Borbón (1713-1759), Rey de las Españas y de las Indias entre 1746 y 1759.


Cuando ya pensaba que su destino último era Nápoles, la muerte sin descendencia de su hermanastro Fernando VI lo condujo de vuelta a su patria de nacimiento. Carlos cumplió así con unos designios testamentarios que en buena parte él consideraba dictados por la Divina Providencia. Dejando como rey de las Dos Sicilias a su hijo Fernando IV y siendo despedido con afecto por el pueblo, embarcó rumbo a Barcelona, donde el calor popular vino a demostrar que las heridas de la Guerra de Sucesión cada vez estaban más cicatrizadas.

El rey que Madrid recibió el 9 de diciembre de 1759, en medio de una incesante lluvia, era un monarca experimentado y maduro, como gobernante y como persona, lo cual representaba una cierta novedad en la historia de España. En estos primeros tiempos madrileños, Carlos vivió una experiencia familiar agradable y otra amarga. La primera se produjo por la designación de su primogénito, el futuro Carlos IV, como heredero de la corona española, sobre lo cual existían algunas dudas dado que había nacido fuera de España. El segundo, fue la desaparición de su esposa, que con la salud quebradiza y con cierta nostalgia napolitana no pudo superar el año de estancia en España. Esta muerte afectó seriamente a Carlos, que ya no volvería a desposarse nunca más pese a algunas insistencias cortesanas.

 
Retrato ecuestre de Don Carlos III de Borbón, Rey de las Españas y de las Indias (1716-1788).
 
 
Retrato de la Princesa Electriz María-Amalia de Sajonia, Princesa Real de Polonia y Lituania, ex Reina de Nápoles y de Sicilia, Reina consorte de las Españas y de las Indias (1724-1760); obra de G. Bonito, circa 1738-1740.
 
 
Retrato de Don Carlos Antonio de Borbón y Sajonia, Príncipe Real de Nápoles y de Sicilia, XXVIIIº Príncipe de Asturias y Heredero de la Corona Española (1748-1819); obra de Lorenzo Tiépolo.
 
 

El monarca que España iba a tener en los próximos treinta años mantendría una misma tónica de comportamiento en su vida personal. Según todos los datos recogidos por sus biógrafos, era una persona tranquila y reflexiva, que sabía combinar la calma y la frialdad con la firmeza y la seguridad en sí mismo. Cumplidor con el deber, fiel a sus amigos íntimos, conservador de cosas y personas, era poco dado a la aventura y no estaba exento de un cierto humor irónico. Dotado de un alto sentido cívico en su acción de gobierno, tenía en la religión la base de su comportamiento moral, lo que le llevaba a sustentar un acusado sentido hacia los otros y una cierta exigencia sobre su propio comportarse, que concebía siempre como un modelo para los demás, fueran sus hijos, sus servidores o sus vasallos.

En cuanto a su apariencia personal, bien puede decirse que no era nada agraciado. Bajo de estatura, delgado y enjuto, de cara alargada, labio inferior prominente, ojos pequeños ligeramente achinados, su enorme nariz resultaba el rasgo más distintivo de toda su figura. A todo ello había que añadir un progresivo ennegrecimiento de su piel a causa de la actividad física de la caza, práctica cinegética que continuadamente realizaba no solo por motivos placenteros, sino como una especie de terapia que él consideraba un preventivo para no caer en el desvarío mental de su padre y de su hermanastro. El retrato con armadura pintado por Rafael Mengs confirma los rasgos físicos del Carlos maduro y la pintura de Goya, presentándolo en traje de caza, con una leve sonrisa en los labios entre burlona y bondadosa, lo ha inmortalizado como un rey campechano y poco preocupado por la elegancia en el vestir.

 
"El Almuerzo del Rey Carlos III ante su corte" obra de Luis Paret.


A pesar de residir en la Corte (no realizó ningún viaje fuera de los Sitios Reales), era un mal cortesano, al menos en los usos y costumbres de la época. No le divertían los grandes espectáculos, ni la ópera ni la música. Su vida era metódica y rutinaria, algo sosa para lo que su posición privilegiada le hubiera permitido. Se despertaba a las seis de la mañana, rezaba un cuarto de hora, se lavaba, vestía y tomaba el chocolate siempre en la misma jícara mientras conversaba con los médicos. Después oía misa, pasaba a ver a sus hijos y a las ocho de la mañana despachaba asuntos políticos en privado hasta las once, hora en la que se dedicaba a recibir las visitas de sus ministros o del cuerpo diplomático. Tras comer en público con rutina y frugalidad - en verano dormía la siesta pero no en invierno - invariablemente salía por las tardes a cazar hasta que anochecía. Vuelto a palacio departía con la familia, volvía a ocuparse de los asuntos políticos y a veces jugaba un rato a las cartas antes de cenar, casi siempre el mismo tipo de alimentos. Después venía el rezo y el descanso. A diferencia de otras cortes europeas del momento, la carolina se comportó siempre con una evidente austeridad. Quizá esta vida rutinaria fue en parte la que le permitió ser un rey con excelente salud, pues salvo el sarampión de pequeño no tuvo importantes achaques hasta semanas antes de su muerte.

 
Retrato de Don Carlos III, Rey de las Españas y de las Indias (1716-1788), en traje de caza; obra de Francisco de Goya.


Carlos fue un rey muy devoto, con un sentido providencialista de la vida ciertamente acusado. Su pensamiento, su lenguaje y sus actos estuvieron siempre impregnados por la religión católica. Aunque no puede decirse que fuera un beato, resultó desde luego un creyente fervoroso, con gran devoción por la Inmaculada Concepción y por San Jenaro (patrón de Nápoles). De misa y rezo diarios, era un hombre preocupado por actuar según los dictados de la Iglesia para conseguir así la eterna salvación de su alma, asunto que consideraba de prioritario interés en su vida. Esta profunda religiosidad, sin embargo, no fue obstáculo para dejar bien sentado que, en el concierto temporal, el soberano era el único al que todos los súbditos debían obedecer, incluidos los eclesiásticos.

Estaba profundamente convencido de la necesidad de practicar su oficio de rey absoluto al modo y manera que reclamaban los tiempos. Cualquier opinión acerca de que era un mero testaferro de sus ministros debe ser condenada al saco de los asertos sin fundamentos. Él era quien elegía a sus ministros y quien supervisaba sus principales acciones de gobierno, y si bien tenía querencia por mantenerlos durante largo tiempo en sus responsabilidades, no dudaba tampoco en cambiarlos cuando la coyuntura política así se lo daba a entender. Lo que sí hacía era trasladarles la tarea concreta de gobierno. Una labor para la que requería ministros fieles y eficaces, técnicamente dotados y con claridad política suficiente como para comprender que todo el poder que detentaban procedía directa y exclusivamente de su real persona. Escuchaba mucho y a muchos, era difícil de engañar y los asuntos realmente importantes los decidía personalmente. Su correspondencia con Tanucci y los testimonios de grandes personajes del siglo atestiguan que podía pasarse una parte del día cazando, pero que los principales asuntos de Estado solía llevarlos en primera persona y con conocimiento de causa. Carlos siempre mantuvo el timón de la nave española y siempre fue él quien fijó su rumbo. Así lo pudieron constatar personajes políticos de la talla de Wall, Grimaldi, Esquilache, Campomanes, Floridablanca o Aranda, entre otros.

 
Retrato de Don Carlos III (1716-1788), Rey de las Españas y de las Indias entre 1759 y 1788; obra de Anton Raphael Mengs.


Comandando estos hombres, y con la experiencia siempre presente de lo que había acometido ya en Italia, trazó un plan reformista heredado en gran parte de sus antecesores, un plan que buscaba favorecer el cambio gradual y pacífico de aquellos aspectos de la vida nacional que impedían que España funcionara adecuadamente en un contexto internacional en el que la lucha por el dominio y conservación de las colonias resultaba un objetivo prioritario de buena parte de las grandes potencias europeas, en especial de Inglaterra, que fue la mayor enemiga de Carlos debido a sus aspiraciones sobre los territorios españoles en América. Una política de cambios moderados y graduales en la economía, en la sociedad o en la cultura, que no tenía como meta última la de finiquitar el sistema imperante, que Carlos consideraba básicamente adecuado, sino dar a la Monarquía un mejor tono que le permitiera ser más competitiva en el marco internacional y mejorar su vida interna, fines ambos que eran vasos comunicantes en el pensamiento carolino. Así pues, Carlos fue un actor principalísimo, el "nervio de la reforma", en la continuidad del regeneracionismo inaugurado por su dinastía desde las primeras décadas del siglo: no se inventó la reforma de España, pero estuvo sinceramente al frente de la misma durante la mayor parte de su reinado. Sin ser un intelectual, su educación le llevó a la profunda creencia de que el más alto sentido del deber de un monarca era engrandecer la Monarquía y mejorar la vida de su pueblo. Y ese profundo convencimiento lo animaría a liderar una renovación del país a través de una práctica a medio camino entre el idealismo moderado y el pragmatismo político.

Como es natural, la edad fue mermando en Carlos sus ímpetus de gobierno. En los últimos años de su vida, su progresiva pérdida de facultades lo condujeron a delegar cada vez más la tarea de gobernar en manos del conde de Floridablanca, que llegó a convertirse en su verdadero primer ministro. Tras cincuenta años de reinado, entre Nápoles y España, aunque no perdía el hilo de las cuestiones fundamentales, el rey fue comprendiendo que ya no era el de antes. De hecho, en el crepúsculo de su vida, se encontró bastante solo. Ya no tenía esposa, la mayoría de sus hermanos habían muerto, las relaciones con su otrora fraternal hermano Luis eran precarias, las que mantenía con su hijo Carlos, el futuro heredero, no eran demasiado fluidas, y sin duda resultaban tensas las existentes con su hijo Fernando, rey de Nápoles. Además, en 1783, había muerto su viejo amigo Tanucci y cinco años más tarde el mazazo de la muerte de su querido hijo Gabriel y de su esposa fue el principio del fin para Carlos: "Murió Gabriel, poco puedo yo vivir", anunció con cierta premonición. Y, en efecto, Carlos no se equivocaba. Aquel iba a ser su último invierno. Tras una breve enfermedad, el 14 de diciembre de 1788, fallecía sin aspavienteos, sin espectáculo, con sobriedad, y sin locura alguna, lo que debió ser para él un íntimo alivio.

 
Vista del Palacio Real de Madrid en la segunda mitad del siglo XVIII.


Desde luego, el reformismo moderado que siempre practicó en política no sirvió para arreglar definitivamente los profundos problemas que albergaban los dos reinos que tuvo que gobernar. No fueron pocas, incluso, las contradicciones existentes en la política carolina en parte propiciadas por el carácter y el ideario real y en parte por un mundo cambiante que se debatía entre lo nuevo y lo viejo, entre la fuerza de las innovaciones y el peso de la tradición. En el caso de España, no todas las enfermedades estaban sanadas cuando desapareció, pero, como ocurrió en Nápoles treinta años antes, bien puede decirse que su salud era mejor que al principio de su reinado. Al menos, en España pudo cumplir con lo que fue una de sus promesas más queridas: que nadie extirpara del cuerpo de la Monarquía ninguna de sus partes. En el complicado intento de mantener y renovar una Monarquía instalada en el Viejo y el Nuevo Mundo, bien puede afirmarse que Carlos III se apuntó más logros en su haber que deficiencias en su deber.


viernes, 3 de abril de 2015

Cita de la Semana



"Contrariamente a lo que se cree, Dios no reside en un cielo de nubes, simplemente habita en mentes nubladas."

Frase de: Carl Sagan (1934-1996), astrofísico, astrónomo, cosmólogo y escritor. / Atribuída también a un tal Kid Sagan, colega de profesión del anterior.