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domingo, 1 de diciembre de 2013

1817: CUANDO RUSIA ESTAFÓ A ESPAÑA

FERNANDO VII TIMADO POR RUSIA

 
Retrato del Rey Fernando VII de España (1784-1833), según Vicente López Portaña.


Conocido como ‘el rey Felón’ por sus adversarios y ‘el Deseado’ para sus partidarios, Fernando VII protagonizó varios de los momentos más nefastos como monarca absolutista y a pesar de haber gozado de una gran confianza por parte de los ciudadanos españoles en la primera parte de su mandato, no supo gestionar lo suficientemente bien los siguientes periodos tras recuperar el trono.

Por una parte, recibió como herencia una Armada española en la que su flota naval había prácticamente desaparecido a consecuencia de la batalla de Trafalgar que tuvo lugar el 21 de octubre de 1805, bajo el reinado de su padre, Carlos IV. La posterior Guerra de la Independencia (1808-1814) contra el Primer Imperio Francés terminó de dejar sin efectivos suficientes de buques y barcos de guerra.



La que había sido durante muchísimos años la Armada más poderosa y temida de todos los mares, se había quedado reducida en unos pocos barcos dañados e inoperativos.

Esto hizo que en 1817 se decidiese realizar la adquisición de una nueva escuadra marina, con la intención de enviar un importante contingente militar hasta las colonias españolas en América, en un momento en el que en muchas de ellas estaban estallando conflictos bélicos en busca de la independencia.

 
Retrato del ministro José-Vicente Vázquez de Figueroa y Vidal (1770-1855). 


A pesar de haber estado en guerra contra Francia hasta poco tiempo antes, se realizó una primera compra de barcos al país galo, siendo el mediador de esta transacción comercial el entonces ministro de Marina, y hombre de confianza de Fernando VII, José Vázquez de Figueroa. El acuerdo llegó a buen término y en agosto de ese mismo año ya estaban dispuestas en El Ferrol las primeras naves entregadas por los franceses.

 
Retrato del Conde Dmitriy Pavlovich Tatischev (1767-1845), Embajador del Zar Alejandro I de Rusia en la Corte de Madrid entre 1815 y 1821.


Pero los barcos adquiridos no eran suficientes para los planes que tenía el rey absolutista, llevándolo a querer adquirir una nueva remesa, esta vez a través del embajador de Rusia en España, un pérfido personaje llamado Dmitry Pavlovich Tatischev que hizo de intermediario entre Fernando VII y el zar Alejandro I.

Esta nueva flota de guerra que se adquiría a los rusos no tenía el visto bueno de Vázquez de Figueroa, quien avisó al monarca de las intenciones poco claras del embajador Tatischev y, sobre todo, por el carísimo acuerdo económico que se había alcanzado, estando en ese momento la nación española pasando una grave crisis económica (motivo por el que unos años antes [1812] se había creado la Lotería de Navidad, cuyo fin era recaudar más impuestos).
 
La oposición del ministro de Marina hizo que el rey se distanciase de éste (acabó destituyéndolo poco después) haciendo caso omiso Fernando VII a los avisos sobre las extrañas intenciones rusas.



Y así fue. Tras el pago inicial de un adelanto de los aproximadamente 70 millones de reales de vellón (una cantidad desorbitada para aquella época) que costaba la operación (y en el que un buen número de personas que intervinieron en dicha transacción se embolsaron suculentas comisiones), el 21 de febrero de 1818 llegaban al puerto de Cádiz la flota de barcos adquiridos a los rusos.

Lo que debía ser una fiesta y alegría por la adquisición se convirtió en estupor al comprobar el pésimo estado con el que llegaron los barcos. La mayoría tenían la madera con la que había sido realizados podrida, además de haber sido usados en varios conflictos marinos por la armada rusa.

Evidentemente se encontraban frente a una estafa en toda regla, algo que le recriminó el ministro José Vázquez de Figueroa al monarca, por lo que la relación entre ambos terminó por deteriorarse totalmente.
De todos los barcos recibidos tan solo uno pudo ser aprovechado, tras una importantísima inversión para repararlo por completo. El resto tuvieron que ser destruidos, no pudiéndose aprovechar prácticamente nada.

 
Retrato del Zar Alejandro I Pavlovich (1777-1825), Emperador de Todas las Rusias.


Los rusos se escudaron en que en el contrato firmado por ambas partes no se especificaba por ningún lado que lo barcos estarían (o deberían estar) en buen estado. A pesar de ello, el zar Alejandro I se comprometió a mandar tres fragatas de regalo, las cuales también llegaron en unas pésimas condiciones.

Esto provocó que Fernando VII desoyera el reclamo por parte de los rusos para pagarles el resto de lo acordado, pero al mismo tiempo debía evitar que la ciudadanía se le pusiera en contra a raíz de este tema (aunque en realidad ya lo estaba desde hacía bastante tiempo debido a su nula capacidad para reinar la nación) para ello tergiversó la historia en los diarios y mandó publicar que el acuerdo por la adquisición de la flota rusa había resultado todo un éxito.

En toda esta historia, José Vázquez de Figueroa fue el que peor salió parado, aunque, como apuntan los escritores Nikolay W. Mitiuckov y Alejandro Anca Alamillo en su libro "La escuadra rusa adquirida por Fernando VII en 1817" el Ministro de Marina tuvo mucha más culpa de lo sucedido que la que realmente se le dio, además de sostener que la estafa no lo fue tanto.

Artículo de Alfred López in 'Cuaderno de Historias' 01-10-2013

domingo, 19 de junio de 2011

KURAKIN, el Príncipe Diamante

ALEKSANDR BORISOVICH,
PRÍNCIPE KURAKIN
1752 - 1818

"el Príncipe Diamante"

Retrato del Príncipe Aleksandr Borisovich Kurakin (1752-1818), según Brompton.


Aleksandr Borisovich, Prí­ncipe Kurakin (1752-1818), Hijo del prí­ncipe Boris Leonti Alexandrovich Kurakin -fallecido en 1764- y de la condesa Elena Semyonova Apraksina, es compañero de estudios del entonces hijo y heredero de la emperatriz Catalina II "la Grande", el gran-duque Pablo de Rusia, con el cual empezará su educación. Gracias a la costumbre cosmopolita imperante entonces en la Europa dieciochesca, acabará completando sus estudios en la Universidad de Leyden, en las Provincias Unidas, siguiendo una tradición inaugurada por el entonces emperador Pedro I "el Grande", el cual ya recomendaba entonces la formación de los hijos nobles rusos en los Paí­ses-Bajos y en otros países europeos con prestigiosas universidades.


Retrato del Príncipe Kurakin, según Alexandre Roslin.

De vuelta a San Petersburgo, Kurakin será nombrado Senador Imperial en 1775, obteniendo en 1778 el cargo de chambelán de la corte y recibiendo su nominación de Procurador Jefe del Senado Ruso. Sin por ello renunciar a sus nuevas dignidades palatinas y públicas, Alejandro Borisovich Kurakin formará parte del séquito del gran-duque Pablo en su gira por Europa debido a la estrecha amistad que le une al heredero del trono, quien le llama cariñosamente "mi alma".


Retrato del Gran Duque Pablo Petrovich de Rusia (1754-1801), en 1780 según Levitzky.

Desgraciadamente, la amistad de Kurakin con el gran-duque heredero es mal vista por Catalina II quien, usando de pequeños pretextos, lo exilia lejos de la corte, confinándolo en sus posesiones de Nadezhdino, en la provincia de Saratov. Su lejanía no impide, afortunadamente, que mantenga con Pablo una estrecha relación epistolar que durará hasta la muerte de la emperatriz en 1796. En esa fecha, y ya proclamado zar y emperador Pablo I, Kurakin será llamado a su lado para ocupar un puesto de importancia en la corte rusa. El emperador le colmará entonces de todos los honores posibles nombrándole consejero secreto y personal, miembro del Consejo Imperial y vice-canciller de Rusia, premiándole con las más altas condecoraciones de las órdenes de San Vladimiro y de San Andrés (caballero Gran-Cruz de 1er grado). No contento con ello, Pablo I le regalará un suntuoso y enorme palacio en San Petersburgo a modo de residencia, y extensas propiedades en Astrakhan con 4.000 siervos. El fastuoso tren de vida, las aventuras femeninas y el desmedido amor por los diamantes del príncipe Kurakin le transforman en un cortesano popular al que ya entonces se conoce bajo el apodo de "el Prí­ncipe Diamante".

Retrato de Aleksandr Borisovich Kurakin en 1797, según la pintora Elisabeth Vigée-Lebrun.


Caído en desgracia en 1798, Kurakin se retira en Moscú por espacio de 3 años. Las paranoias del monarca, cada vez más delirantes y rayanas en la locura, transforman su vieja amistad por Kurakin en auténtica aversión por el mero hecho de sospechar que no aprueba la avalancha de decretos imperiales tan excéntricos como abusivos. En realidad, Pablo I ya no está en sus cabales, tal y como escribirí­a en sus cartas al Gobierno de Londres el entonces embajador británico en San Petersburgo, Lord Whitworth. Tras cerrar a cal y canto las fronteras de su Imperio, Pablo I arremeterá contra cualquier publicación extranjera (más si es francesa) imponiendo una férrea censura hasta en los salones aristocráticos de la capital donde antes se alababan y leían a los filósofos franceses. Irá hasta regular en los más nimios detalles el reglamento protocolario y la vida diaria de su corte, fijando la cantidad de caballos permitidos para una carroza o una calesa, la vestimenta y las joyas que se han de llevar, todo eso y más a golpe de decretazo inapelable. En consecuencia se atrae las iras populares, de la nobleza y de la propia iglesia ortodoxa, convirtiéndole en el monarca más odiado y temido de la historia rusa desde el reinado de Ana I.

Retrato del zar Pablo I Petrovich (1754-1801), Emperador de Todas las Rusias entre 1796 y 1801, según Shubin.


Consciente de su impopularidad y temeroso de ser ví­ctima de una conspiración, Pablo vive entonces recluído en su palacio-fortaleza de San Miguel, lo que no evitará que un complot llevado a cabo por sus más allegados consejeros, y con el acuerdo del gran-duque heredero Alejandro, acabe con su vida en 1801, al ser asesinado.


Retrato del Príncipe Aleksandr Borisovich Kurakin (1752-1818), con el hábito de Caballero de la Orden Imperial de San Andrés en 1799, según Borovikovsky.

Con el asesinato de Pablo I, Kurakin podrá regresar a San Petersburgo llamado por el emperador Alejandro I, el cual le devolverá su cargo de vice-canciller y, además, nombrándole canciller de las Ordenes Rusas, abriéndole las puertas de una brillante carrera diplomática.

Presente en el Tratado de Tilsit, junto al emperador, es finalmente destinado a encabezar la importante embajada rusa en Parí­s, embajada que desempeñará con éxito entre 1809 y 1812. Interrumpidas las relaciones amistosas con Francia en 1812, es llamado a San Petersburgo y, poco después, estalla la guerra. Durante la invasión francesa en Rusia, con la caída de Moscú a manos enemigas, Kurakin sigue al emperador en todos sus desplazamientos hasta el final de las hostilidades.

De su estancia de 3 años en Parí­s, Kurakin dejará redactadas unas interesantes "Memorias".Hombre conocido por su vanidad, su fastuosidad, su desmedido amor a los diamantes (que compra a kilos), y con fama de terrible mujeriego, Alexander Borisovich Kurakin nunca juzgó oportuno casarse, aunque eso no le impidió tener nada menos que 70 hijos ilegí­timos!

Falleció a sus 66 años de edad después de haber disfrutado mejor que nadie de la vida y de los placeres que le ofrecía su posición social.

jueves, 19 de mayo de 2011

ALEJANDRO I DE RUSIA, el Zar vagabundo

¿UN ZAR VAGABUNDO?

Retrato del Zar Alejandro I Pavlovich (1777-1825), Emperador de Rusia entre 1801 y 1825.



antecedentes

A la muerte del emperador y zar Alejandro I, Rusia llora al vencedor de Napoleón I Bonaparte. Sin embargo, nadie puede dar un testimonio certero sobre la identidad del cadáver presentado como el del monarca ruso. Corre el rumor de que Alejandro I no murió. Diez años más tarde, un extraño vagabundo llamado Feodor Kusmich recorre las llanuras de Siberia...


Retrato del Zarevich Alejandro Pavlovich en su época juvenil, según Lampi.

El drama de Alejandro I empieza una noche de marzo de 1801. Joven zarevich, Alejandro acepta participar en un complot contra su padre, el impopular y detestado emperador Pablo I. Los conjurados, -el propio Estado Mayor de Pablo I- prometen al joven príncipe heredero exiliar al soberano depuesto a un retiro apacible. Pero no cumplen lo prometido y, del 23 al 24 de marzo, se lleva a cabo una verdadera carnicería en los aposentos del emperador: le hunden la tráquea a golpes con un pisapapeles de malaquita, y pisotean su cuerpo hasta darle muerte. La escalofriante escena se produce de noche en el Palacio-fortaleza de San-Miguel, en las inmediaciones de San-Petersburgo. Cuando Alejandro I se entera, es demasiado tarde. Él no deseaba la muerte de su padre, pero se siente principalmente responsable del trágico desenlace.



De naturaleza muy creyente, casi místico, un sentimiento de culpa y un profundo arrepentimiento por lo sucedido lo acompañarán durante el resto de su vida.

el zar melancólico

Alejandro I es amado por el pueblo ruso. No es, obviamente, un gran demócrata, pero, tras Catalina II y Pablo I, parece moderado, permitiendo, por ejemplo, a los siervos comprar su libertad.

En 1812 salva a Rusia expulsando las tropas francesas del país. Tres años después de la caída de Napoleón I, se encuentra en el apogeo de su gloria. Viene entonces un período de calma: la melancolía lo carcome, la inacción le pesa; recorre sin cesar su imperio, intentando escapar de sus recuerdos. Es entonces cuando unos misteriosos personajes, la mística Baronesa de Krüdener y el visionario lionés Bergasse, lo convierten al protestantismo metodista. Hace mucho tiempo que Alejandro sueña con abandonar el poder. No deja de repetir a sus más allegados que abdicará antes de cumplir los 50 años de edad. Un año antes de su desaparición, escribe a Federico-Guillermo III de Prusia diciéndole que quiere dejar la corona a su hermano Nicolás y retirarse para vivir como un ermitaño.

¿murió Alejandro en Taganrog?


Retrato del Zar-Emperador Alejandro I Pavlovich de Rusia, realizado en 1820.

El 16 de noviembre de 1825, Alejandro I llega a su castillo de Taganrog, en las costas del Mar de Azov. Acaba de cumplir 50 años. Quince días más tarde anuncian su muerte. Oficialmente, el emperador murió de un ataque de fiebre de paludismo. Numerosos documentos lo atestiguan, pero lamentablemente son poco fiables: analizados más detenidamente, los relatos de los testigos de la muerte de Alejandro son contradictorios.



El informe de la autopsia lleva las firmas de médicos que confesaron no haber estado en Taganrog ese día: se trata a todas luces de un documento falso. Por lo demás, las conclusiones de este mencionado documento están en clara contradicción con lo que se sabe de Alejandro I: ninguna mención de hipertrofia del bazo, síntoma evidente del paludismo; la descripción de una cicatriz en la pierna derecha, cuando se trataba de la izquierda; rastros de una lesión encefálica, secuela de una sífilis que Alejandro jamás padeció.

Según la costumbre, el cadáver es expuesto varios días en público. En la iglesia de Taganrog, los visitantes se quedan sorprendidos: la cara del soberano está irreconocible, casi descompuesta. El Príncipe Volkonsky, encargado de los restos, escribe:

"...la cara está ennegrecida por el aire húmedo y los rasgos del difunto están completamente alterados..."

Finalmente, cuando, 40 años después de la muerte del emperador, su sobrino-nieto Alejandro III hace abrir la tumba para terminar con los rumores, ¡sólo encuentra un ataúd vacío!

el extraño starets de Krasnoretchensk


Retrato del starets Feodor Kusmich.

Once años después de la muerte del zar y emperador, en el otoño de 1836, un sorprendente personaje de unos 60 años es apresado en la provincia de Perm. Este caballero de ademanes nobles se presenta como un vagabundo llamado Feodor Kusmich, de vuelta de un largo viaje por Tierra Santa. Los policías quedan sorprendidos por su soltura y sus aires de gran señor. Pero, conforme a las leyes en contra de la vagancia, el prisionero es deportado a Siberia. Éste no protesta. Durante largos años trabaja en una destilería y después en una mina de oro. Pero Kusmich no es un hombre ordinario. Brota de él una nobleza moral sólo igualada por su piedad y, poco a poco, llega a ser considerado como un starets, un hombre santo.

Instalado en una pequeña casa en Krasnoretchensk, Feodor Kusmich no pide nada. Sin embargo, numerosos visitantes, como el obispo de Irkutsk, vienen a entrevistarse con él. El hombre les sorprende: habla varios idiomas extranjeros, conoce perfectamente todos los acontecimientos políticos y a todos los grandes dirigentes, y se apasiona cuando cuenta, con increíble precisión, la guerra de 1812 y los detalles de la entrada triunfal del emperador Alejandro I en París. Todos los testimonios concuerdan: sólo se puede tratar de una persona que haya vivido esos acontecimientos desde una alta posición en el Estado. Un antiguo soldado de regreso de una campaña, cruzándose un día con el hombre santo (al que no conoce), se arrodilla frente a él: ha reconocido a su amo, al emperador Alejandro I de Rusia. Feodor Kusmich se enoja y hace callar al soldado, repitiendo varias veces:

-"Yo soy sólo un vagabundo!"

A partir del incidente, los historiadores indagan sobre la verdadera identitad del starets. Algunos documentos prueban que el vagabundo recibió en secreto la visita de varios miembros de la Familia Imperial; no es, pues, imposible que Feodor Kusmich y Alejandro I de Rusia sean el mismo hombre.

Monarcas que renunciaron al poder:

Retrato ecuestre del rey Felipe V de España (1683-1746), según J.B. Van Loo.


*_Alejandro I es un caso sin paralelo. Sería el único soberano conocido en haber simulado su propia muerte para dejar el poder y sumirse en el más absoluto anonimato. Podemos encontrar en cambio cierto número de casos de abdicación, cuya frecuencia varía según la época, la cultura y el país. Así, en España, durante mucho tiempo fue normal que llegada cierta edad el soberano abdicara la corona en favor de su primogénito; dicho retiro fue asumido en primer lugar por Carlos I y luego por Felipe V, que deja el poder a su hijo Luis I en 1724. Sin embargo, debe volver a subir al trono ocho meses después, tras la muerte prematura de Luis I, reinando hasta 1746, es decir, 22 años después de su abdicación. Sus descendientes, Carlos IV y Fernando VII, también abdican en 1808.


Retrato del rey Pedro IV de Portugal (1798-1834), Emperador de Brasil como Pedro I.

*_Un rey abdicó dos veces: Pedro IV de Portugal. Hijo del rey Juan VI, Pedro escapa a Brasil cuando los franceses invaden Portugal en 1807. Cuando su padre vuelve a Portugal en 1821, rehúsa acompañarlo, y se hace proclamar emperador de Brasil bajo el nombre de Pedro I. Pero a la muerte de Juan VI, en 1826, es designado por el Consejo de Regencia como legítimo rey de Portugal con el ordinal de "Pedro IV". Vuelve a Lisboa sólo para modificar las instituciones y abdicar la corona en favor de su hija María II. Poco después, el trono es usurpado por el regente Don Miguel. En 1834, Pedro abdica una segunda vez en Brasil, en favor de su hijo, y vuelve a Portugal para restablecer en el trono luso a María II.


Retrato del rey Carlos X de Francia y de Navarra (1757-1836).

*_En Francia, ningún soberano abdica la corona antes de Carlos X, en 1830. El hermano menor de Luis XVI y de Luis XVIII abandona el poder después de la sublevación de París; Luis-Felipe I hará lo mismo en 1848. Napoleón III abdicará en 1870, siendo el último monarca francés.


Retrato del rey Eduardo VIII de Gran-Bretaña e Irlanda (1894-1972), Duque de Windsor a partir de 1936.

Durante el siglo XX, en otros países, distintos monarcas deben renunciar a su cargo bajo presiones políticas: el zar Nicolás II en 1917, el emperador Guillermo II en 1918, el rey Víctor-Manuel III de Italia en 1946, así como su sucesor Humberto II. El caso de Eduardo VIII de Gran-Bretaña es el más emocionante y controvertido: abdica oficialmente por "amor" en 1936, sin embargo, se ha sabido recientemente que el Gobierno Británico forzó su renuncia por ser un adepto de la ideología nazi y admirador de Hitler.