Powered By Blogger
Mostrando entradas con la etiqueta Reina de Francia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Reina de Francia. Mostrar todas las entradas

domingo, 28 de septiembre de 2014

MARÍA DE MÉDICIS, REINA DE FRANCIA

MARÍA DE MÉDICIS,
REINA DE FRANCIA Y DE NAVARRA 
1573 - 1642
 
 
La segunda consorte de Enrique IV de Francia

Nacida en Florencia en 1573, María de Médicis era hija del gran-duque Francisco I de Toscana y de la archiduquesa Juana de Austria (su 1ª esposa). Rica princesa casadera italiana, fue su tío el cardenal Fernando de Médicis, a la sazón legado del Papa, quien la propuso entre las tantas candidatas que se barajaban para el recién divorciado rey Enrique IV de Francia, desde su anulación matrimonial con Margarita de Francia en 1599. Huelga decir que las negociaciones fueron duras y no exentas de tensiones entre Florencia y París; mientras los diplomáticos franceses entablaban las conversaciones con los representantes de los grandes-duques toscanos, Enrique IV andaba con la idea de convertir a su favorita en su próxima esposa. Gabrielle d'Estrées, la amante oficial en cuestión, ya había parido unos cuantos retoños reales que el rey quiso legitimar otorgándoles el apellido Borbón y derechos sucesorios a la Corona si viniera a faltar. En consecuencia, se abrió una crisis entre el monarca y sus ministros, que acogieron las legitimaciones con gran frialdad e indignación, alzando la voz el principal de todos ellos, el duque de Sully, que intentaba convencer al rey de no cometer semejante tontería más teniendo en cuenta que los súbditos franceses eran reacios a cualquier idea de poner a una puta del rey en el trono.

 
Retrato del Rey Enrique IV de Francia y de Navarra (1553-1610); según F. Pourbus II.


Los Médicis hicieron la oferta aún más tentadora con una más que sustanciosa dote si Enrique IV aceptaba tomar la mano de la princesa María. Quedaba, además, una notable deuda pendiente que Francia había contraído en esos tiempos aciagos de la guerra civil y religiosa, con el gran-duque de Toscana. La oferta toscana era immejorable: los Médicis ofrecían el mejor medio para liquidar esa deuda con parte de la sustanciosa dote de la princesa. Pero el asunto amenazaba con no llegar a buen puerto mientras estuviera de por medio la favorita real Gabrielle d'Estrées, y las conversaciones adquirieron un tono desagradable entre las dos cancillerías:

-¿Cuando llegará vuestra gorda banquera?- preguntaba la favorita al rey, con tono altivo.

-¡Cuando haya echado a todas las putas de palacio! -respondía el rey hastiado.

Gracias a una comida en casa del banquero italiano Zamet, a la cual fue invitada la bella Grabrielle d'Estrées, se produjo el fatal desenlace que liberó al rey Enrique IV de su promesa infantil de casarse con ella si le daba otro hijo varón. Muerta la rival, probablemente envenenada por una naranja y a instancias del clan Médicis, se allanaba el camino de la princesa María para convertirse en la 2ª esposa del monarca galo. Las últimas discusiones giraron en torno a la sustanciosa dote de la italiana, reclamando los embajadores galos más dinero y cerrando el trato con varios millones a su favor. Claro está, Francia se comprometió con Florencia a restar de esa fabulosa dote, la suma de la cual era deudora con las arcas florentinas, lo que equivalía a no pagar nada.

 
Retrato de Catherine Henriette de Balzac d'Entragues, Marquesa de Verneuil (1573-1633).


En diciembre de 1600, tras un penoso viaje bajo todo tipo de inclemencias meteorológicas, la princesa María de Médicis llegó a las puertas de la ciudad francesa de Lyon, donde la esperaban la corte y el rey Enrique IV. La boda religiosa se celebró el 17 del mismo mes, en la catedral de San Juan de Lyon: Enrique IV contaba entonces 47 primaveras y la novia 27. El matrimonio se consumó la misma noche. El monarca encontró a su nueva mujer demasiado recatada, rolliza y poco inteligente. Mayores disgustos vendrían después. En cualquier caso, María de Médicis fue puesta frente a lo que le esperaba en la corte: la perpétua presencia de la nueva favorita real, marquesa de Verneuil. Ni corto ni perezoso, Enrique IV las presentó y, ante la tibieza de la marquesa de Verneuil para hacer la conveniente reverencia ante la reina, éste la doblegó con una sola mano en su hombro hasta ponerla de rodillas. Ni qué decir que aquella escena resultó harto humillante para María de Médicis.



A principios del año 1601, los reyes hacían su entrada oficial en París. Instalada de noche en el palacio del Louvre, María de Médicis tuvo la sensación de ser objeto de alguna broma de mal gusto al descubrir sus nuevos aposentos en penumbra, con escasos muebles ajados y polvorientos. Nada que ver con la esplendidez de la corte florentina. Pero la reina no tardó en ponerse manos a la obra en su misión de dar descendencia al rey: el 27 de septiembre de 1601, paría en el real sitio de Fontainebleau a su primer hijo, el Delfín Luis (futuro Luis XIII). Tras el tan esperado heredero del trono, siguieron Elisabeth, futura reina de España, Christine, futura duquesa de Saboya, Nicolas, duque de Orléans, Gaston, duque de Anjou (y futuro duque de Orléans), y Henriette-Marie, futura reina de Inglaterra, de Irlanda y de Escocia.

 
Retrato de Leonora Dori Galigai, Condesa de Penna y Marquesa d'Ancre (1571-1617), la Camariera de la Reina María de Médicis y su gran confidente, casada con el aventurero Concino Concini.


Pero las pretensiones de María de Médicis iban más allá de su papel de esposa y madre: ambicionaba meter las narices en los asuntos de Estado. Pero al llegar a Francia, ha traído consigo a todo un séquito de italianos aventureros que pretenden meter las zarpas en los asuntos de la corte, levantando no pocas ampollas entre los franceses y provocando el descontento del rey, que no aprecia a esos intrigantes que pretenden medrar a la sombra de la reina. Dos de ellos, Leonora Dori Galigaï, hermana de leche de María de Médicis, y Concino Concini, sobresalen por su oportunismo y por provocar no pocos altercados matrimoniales entre el rey y la reina. Enrique IV los desprecia y sabe cuales son sus pretensiones, exige que su mujer se separe de ellos y los devuelva a Florencia. Finalmente, y tras inenarrables escenas por parte de la reina, la Galigaï y Concini consiguen, no solo permanecer al servicio de la regia consorte, sino que además obtienen el permiso de casarse bajo la condición que, después, abandonen Francia. La condición última nunca se produciría... De hecho, María de Médicis se halla totalmente dominada por esos dos personajes de orígenes más que sospechosos, y entra en una especie de guerra sorda contra la favorita de su marido, la marquesa de Verneuil (Henriette de Balzac d'Entragues), considerándose permanentemente humillada por su presencia hasta en su propia casa. Las discusiones entre el rey y la reina por la presencia de la marquesa son memorables: María de Médicis hace en ellas gala de su iracundo histerismo, agriándose día a día. Harto, Enrique IV prefiere huír de esas embarazosas escenas yéndose de caza o consolándose con la marquesa de Verneuil.



Pero María de Médicis conseguirá finalmente su objetivo cuando, en 1610, Enrique IV se está preparando para entrar en guerra contra el Imperio. El rey dispone que, en su ausencia, María se ocupe de la regencia asistida por el consejo de ministros (limitando así sus decisiones), consciente de sus limitaciones intelectuales y políticas. Para ello, María exige a Enrique que se la corone en la abadía de Saint-Denis, idea que parece por lo menos absurda y supérflua al monarca. Pero, para tener la fiesta en paz (y a pesar de sus malos presentimientos), Enrique IV cede y se la corona el 13 de mayo de 1610.



Al día siguiente, 14 de mayo, el rey abandona en carruaje abierto el Palacio del Louvre para trasladarse al Arsenal, sede del ministro Sully, para visitarle. La comitiva real queda bloqueada en la calle de La Ferronnerie, cerca de una taberna-hostal llamada "Al Corazón Real atravesado", al producirse un embotellamiento de carros. El momento es aprovechado por un iluminado llamado François Ravaillac, para asestar dos brutales puñaladas al rey mientras éste andaba conversando con sus acompañantes los duques de Epernon, de La Force y de Roquelaure. El regicida es inmediatamente apresado por la guardia real, con orden de no matarle y de llevarle a prisión para someterle a interrogatorio.

Al principio, el rey piensa que han sido heridas sin gravedad pero, al escupir sangre a borbotones, se descubre que uno de los golpes ha seccionado la carótida y que empieza a desangrarse de forma alarmante. Corriendo y deprisa, el carruaje da la vuelta para volver a palacio y trasladan al monarca a su pequeño cuarto del 1er piso, tendiéndole sobre su sofá. Poco después, Enrique IV rinde su último suspiro.



Ante semejante tragedia, María de Médicis se muestra más fuerte que su propio dolor. Con el apoyo del intrigante duque de Epernon (sobre quien recaerán sospechas de haber estado detrás del regicidio), María de Médicis se presenta ante el Parlamento reunido en urgencia exigiendo que se la reconozca regente de Francia en nombre de su hijo el joven Luis XIII, con todos los poderes. De nada valdrán las disposiciones de Enrique IV sobre las condiciones de la regencia si viniera a fallecer antes de que su heredero llegase a la edad de gobernar (13 años). Del consejo de regencia echará progresivamente a todos los fieles servidores del difunto rey, empezando por el duque de Sully, que sigue siendo protestante. Ante la antipatía de la reina, Sully prefiere dimitir y salir del gobierno con honores en 1611. Su tarea ha acabado con un balance más que loable: las arcas del Estado están a rebosar de oro. María de Médicis, para comprar adhesiones entre los Grandes del Reino (que ya empiezan a darle problemas), saqueará el Tesoro concediendo pensiones astronómicas.


 
El Palacio de Luxemburgo en 3D, hoy día sede del Senado de Francia.
 
 
Retrato de Concino Concini, Conde de Penna, 1er Marqués d'Ancre, Mariscal de Francia (1569-1617), gran favorito y valido de la Reina-Regente.
 

En 1612, ordena la construcción del Palacio de Luxemburgo, en la orilla izquierda del Sena (actual palacio del Senado), inspirado en el Palacio Pitti de Florencia. Lejos de ocuparse de sus hijos, deja a éstos en manos de los criados de la Casa Real. Pone en el consejo a su favorito y valido Concino Concini, al que colmará de oro, cargos y prebendas, concediéndole el marquesado de Ancre y el bastón de mariscal de Francia sin haber pisado jamás un campo de batalla, lo que provoca la ira de todos los mariscales y generales del reino. El favor de Concini provocará, además, que la alta nobleza se subleve y se una a los príncipes de Condé, que lideran al partido de los Grandes descontentos.



El viraje político de la regencia interrumpe la política exterior que se iba llevando a cabo con el difunto rey. Católica y pro-romana, María de Médicis inicia conversaciones de paz con el emperador y el rey de España y, para sellar las cordiales relaciones entre Madrid, Viena y París, inicia los trámites para casar a sus dos primeros hijos (Luis XIII y Elisabeth) con los del rey Felipe III de España (el príncipe de Asturias, futuro Felipe IV, y Ana). La doble boda soliviantará aún más a los Grandes de Francia, que se oponen a esa doble unión dinástica. A eso se añade la ingerencia de Concini en los asuntos de Estado, librándose descaradamente al pillaje del Tesoro Real, lo que hace empeorar aún más las tensiones entre la regente y la nobleza y el pueblo. Para intentar calmar los ánimos, la corte se traslada en 1614 a Burdeos donde la regente convoca los Estados Generales. Sin embargo, el resultado deja mucho que desear y los enfrentamientos empeoran. Una semana antes, Luis XIII había cumplido su mayoría de edad y le habían consagrado y coronado rey en Reims (20 de octubre de 1614), pero el joven monarca inexperto dejaba en manos de su madre las riendas del poder, sin duda presionado por ésta y el valido Concini.

 
Retrato del Obispo de Luçon, Armand-Jean du Plessis de Richelieu (1585-1642), futuro Cardenal-Duque de Richelieu y principal ministro de Francia.


Lo único que se puede reconocer de bueno en la gerencia de la reina-regente, es el haber dado un puesto de secretario de Estado al obispo de Luçon (Armand-Jean du Plessis de Richelieu, futuro cardenal de Richelieu), bajo la férula de los Concini.

 
Retrato del joven Rey Luis XIII de Francia y de Navarra (1601-1643); según Frans Pourbus II, fechado en 1616.
 
 
París, 24 de abril de 1617: el Marqués d'Ancre es abatido a pistoletazos a las puertas del Palacio del Louvre, y rematado a cuchilladas por la guardia capitaneada por el Marqués de Vitry.
 

Harto de las contínuas humillaciones infligidas por los Concini y por su madre, Luis XIII acabará por reunir en su entorno a los descontentos y a cristalizar una conspiración que libre a Francia de ese desgobierno. Con su acuerdo, aunque no de palabra, ya que Luis XIII era un hombre bastante parco, dió luz verde a que se detuviera a Concini y a la mujer de éste, la odiosa Leonora Galigaï, y en caso de resistirse, darles muerte. Así se forjó el Golpe de Estado del rey, desbancando al valido y a su madre de un solo golpe. Evidentemente, Concino Concini fue abatido a balazos sobre el puente que daba acceso al Palacio del Louvre; su mujer fue arrancada de su cama (bajo cuyo colchón escondía docenas de sacos de oro y joyas) y llevada a prisión para ser puesta a disposición de la Justicia. La acusaron de practicar magia. Mientras su marido fue enterrado casi en el anonimato, luego desenterrado por la turba y descuartizado en medio de una sanguinaria orgía popular, Leonora fue formalmente acusada de brujería, sus bienes confiscados y condenada a decapitación, para luego ser quemada y sus cenizas echadas a los cerdos.



En cuanto a la regente, sorprendida por el golpe de su hijo, se desentendió de la suerte de Leonora Galigaï y, muerta de miedo, fue encerrada a cal y canto en sus aposentos con la prohibición de poder comunicarse con Luis XIII, y de salir de ellos. Fue finalmente exiliada a Blois por orden del rey, y en su exilio, la reina se fue acompañada por el obispo de Luçon, también caído en desgracia por haber sido un protegido de ésta y de los Concini. Poco tiempo después, Richelieu servirá de mediador entre madre e hijo, y artífice de una frágil reconciliación que se iniciará tras una guerra entre los partidarios del rey y de la ex-regente.

A pesar de la buena voluntad de Luis XIII, María de Médicis no podía contentarse con el papel de reina-madre y se implicó en distintas conspiraciones a favor de su hijo preferido Gastón, duque de Orléans. Harto de las intrigas maternas, el rey, bien servido por el cardenal de Richelieu, exilió definitivamente a su madre fuera de Francia. Huída a los Países-Bajos con lo puesto, María de Médicis erró hasta morir miserablemente en la ciudad alemana de Colonia en 1642.

martes, 16 de septiembre de 2014

LA REINA MARGOT


MARGARITA DE FRANCIA
REINA DE NAVARRA Y DE FRANCIA 
1553 - 1615
 

 
"La Reina Margot"
 
Hay tantos horrores contados sobre Margarita de Valois, hija del rey Enrique II de Francia y de Catalina de Médicis, que no pueden exagerarse más de lo que ya lo están.



Nacida el 14 de mayo de 1553, en el castillo real de Saint-Germain-en-Laye, Margarita, Princesa Real e Infanta de Francia, ya es diana de todo tipo de rumores desde su más tierna adolescencia. Víctima de las reprimendas de su madre, de sus hermanos y de su esposo el rey Enrique III de Navarra (futuro Enrique IV de Francia), su casquivana conducta tiene la excusa de ser el fruto de la gran libertad que impera en la corte de Francia. Para canalizar sus ardientes pasiones, Catalina de Médicis la casa con Enrique de Borbón, rey de Navarra. Esa unión se celebra el 18 de agosto de 1572 en París, pero Margarita de Francia entra en la catedral de Notre-Dame sola, ya que su futuro marido es protestante y hace ostentación de su condición quedándose ante las puertas del templo, para mayor escándalo de los parisinos.

La noche de bodas será ensangrentada por la matanza de la San Bartolomé, en el curso de la cual Enrique de Navarra se verá amenazado de muerte si no abjura en el acto de su fe calvinista.



El matrimonio no será feliz. Margarita, ya durante la ceremonia religiosa de su enlace, se negó a dar el "si, quiero", y su hermano Carlos IX le obligó brutalmente a asentir con la cabeza, de un manotazo en la nuca. A eso se añade su falta de apetencia por su flamante marido que huele a tigre, algo bocazas y rudo. Él la engaña con las casquivanas damas de la corte, y ella le devuelve con creces la cornamenta. De hecho, sus amoríos se hacen tan notablemente lúbricos que Enrique de Navarra acaba por encerrarle en su castillo de Usson, en Auvernia, donde permanecería allí a lo largo de 18 largos años.



Cuando su marido se convierte en rey de Francia a la muerte de su último hermano superviviente, Enrique III, que ha sucumbido bajo la puñalada de un monje iluminado en 1589, asiste aliviada al trámite de la anulación de su matrimonio con Enrique IV. Lejos de estar disgustada, la reina Margarita de Francia facilita la tarea a su marido y al Legado del Papa. Gana, a cambio, el título de Duquesa de Valois, el pago de sus colosales deudas, una renta vitalicia y su liberación con derecho a residir en París.

La relación existente entre Margarita y Enrique IV se vuelve cordial, y en su correspondencia con él, demuestra su natural bondad.




Instalada en el parisiense palacete de Sens, rodeada de sus sucesivos, jóvenes y fogosos amantes, a los que mata de agotamiento en el tálamo, reaparece ante los parisinos como una mujer que ha envejecido y engordado enormemente; canosa y casi calva, lleva pelucas rubias y es coqueta hasta lo insospechable. Nada queda ya de su legendaria y tan elogiada belleza de antaño.

Sus relaciones con la nueva reina, María de Médicis, y con las favoritas del rey, son óptimas. Mejor aún, se convierte en una segunda madre para el Delfín Luis, y se encarga cariñosamente de todos los hijos del rey, ella que nunca fue capaz de engendrar un heredero para el trono.

El 27 de marzo de 1615, fallece tranquilamente en su residencia del Hôtel du Petit-Bourbon, en París, y el joven rey Luis XIII la llora sinceramente, recordándola como la única mujer que le había dado un verdadero amor maternal, del que se veía privado por su propia madre.

jueves, 28 de agosto de 2014

EL "BEAU SANCY": Un diamante de María de Médicis

GINEBRA 2012:
Un diamante de María de Médicis subastado
 



María de Médicis lo deseaba más que nada en el mundo y Enrique IV, su marido, acabó por ofrecérselo: el diamante "El Beau Sancy", decoraba magistralmente la corona de la Reina de Francia en el momento de su coronación en 1610. Durante cuatro siglos, esa joya cargada de historia ha pertenecido a cuatro familias reales. Ese pequeño concentrado de historia de Europa brilló de nuevo en París por 2 días, martes 24 y miércoles 25 de abril, antes de ser vendido en subasta en Ginebra, el 15 de mayo, en Sotheby's.



Es la Casa Real de Prusia, cuyo jefe es el tataranieto del último emperador de Alemania (el káiser Guillermo II), el Príncipe Georg-Friedrich von Hohenzollern, de 36 años, quien puso en venta la piedra preciosa. Con un peso de 34,98 quilates, el diamante tallado en forma de pera y "doble rosa", fue estimado con un valor de entre 2 y 4 millones de dólares. Una evaluación realista teniendo en cuenta la importancia histórica del diamante, como estima David Bennett, presidente del departamento de alta joyería de Sotheby's en Europa y Oriente-Medio.

Aunque histórico, el "Beau Sancy" no es, de lejos, el diamante más caro del mercado. Un diamante rosa de 24,78 quilates, fue vendido por la friolera de $46,15 millones en 2010, también por Sotheby's y en Ginebra.


Un concentrado de historia europea



La joya, que se encuentra sin adornos ni engarces, fue presentada junto con otras de procedencia aristocrática el martes 24 y miércoles 25 de abril 2012. En los últimos 40 años, el diamante ha sido en muy pocas ocasiones mostrado al gran público. En 2001, formó parte de una exposición en el Museo Nacional de Historia Natural de París, donde apareció junto a su hermano mayor, el "Grand Sancy".



Es en 1604 cuando Enrique IV compró el "Beau Sancy" por la coqueta suma de 25.000 escudos. El diamante, del que se encaprichó la reina, fue colocado en lo alto de la corona de María de Médicis, tal y como atestiguan los retratos de ésta revistiendo el traje de coronación pintados por Frans II Pourbus el Joven. En 1630, veinte años después del asesinato de Enrique IV, María de Médicis, madre del rey Luis XIII, opta por exiliarse a Bruselas tras su última y fallida intentona de provocar la caída del Cardenal de Richelieu.



Para pagar a sus acreedores, acabará por vender el diamante al Príncipe de Orange-Nassau en 1641. La joya pasa entonces a manos de la princesa María de Inglaterra y Escocia, quien lo recibe como regalo de boda. De herencias en bodas, el diamante acabará finalmente entre los dedos del elector de Brandenburgo y primer rey de Prusia, Federico I, quien ordenará insertarlo como principal ornamento en su recién cincelada corona de oro cuajada de diamantes (1702).

jueves, 1 de mayo de 2014

1625: EL ESCÁNDALO BUCKINGHAM

AMIENS, 1625:
LA ACCIDENTADA ENTREVISTA DEL DUQUE DE BUCKINGHAM
CON LA REINA ANA DE AUSTRIA.
 
 
Retrato de George Villiers, 1er Duque de Buckingham (1592-1628), favorito y Principal Ministro de los reyes Jacobo I y Carlos I de Inglaterra.
 
A mediados del año 1625, el Duque de Buckingham, junto con Sir John Eliot y un nutrido séquito de caballeros ingleses, fue enviado a la corte francesa como representante extraordinario de su flamante soberano, el rey Carlos I de Inglaterra y Escocia, recién aupado al trono tras la muerte de su padre y predecesor Jacobo I, acaecida el 27 de marzo. La misión diplomática del duque era la de casar por poderes con la Princesa Enriqueta María de Francia, en nombre de su representado, el rey de Inglaterra. El matrimonio, planeado por Jacobo I después del estrepitoso fracaso con la corte española, seguía entonces su curso en medio de discusiones y acuerdos entre París y Londres, no exento de polémica por ser la princesa francesa una católica. Fue cosa hecha el 13 de junio; Luis XIII concedió la mano de su hermana al nuevo rey inglés, representado por el apuesto y arrogante Duque de Buckingham.

 
Retrato de la Princesa Enriqueta María de Francia (1609-1669), Reina de Inglaterra, de Escocia e Irlanda; obra según A. Van Dyck, entre 1636-1638.


Convertida en nueva Reina de Inglaterra, de Escocia e Irlanda, la princesa hizo sus baúles y se encaminó, escoltada por la familia real francesa y la corte, hasta las costas para embarcar y viajar hacia su nueva patria. Entre los acompañantes de Enriqueta María se encontraba obviamente su hermosa cuñada española, la Reina Ana de Austria, esposa de su hermano el rey Luis XIII.


 
Retrato de Ana de Austria, Infanta de España y de Portugal (1601-1666), Reina de Francia y de Navarra; obra de P.P. Rubens.
 
 
Retrato de la Princesa Marie de Rohan-Montbazon, Duquesa de Chevreuse (1600-1679).
 

Gracias a la complicidad de la intrigante amiga de la reina, la Duquesa de Chevreuse, el galante Duque de Buckingham, prendado de la belleza de la Reina de Francia, consiguió obtener un "tête-a-tête" particular con Ana de Austria, aprovechando que estaba menos vigilada, la tarde-noche del 15 de junio en Amiens. El encuentro, arreglado por la Duquesa de Chevreuse, se produjo en un parque al anochecer, aprovechando que la Reina de Francia andaba paseando sola. Allí, el insolente duque intentó lo impensable: cortejar a la soberana. En un momento dado y, sin duda, porque las cosas se salieron de madre, la reina gritó para atraer la atención de sus damas y caballeros, que acudieron a su rescate poniendo brutalmente fin al encuentro galante.

¿Qué pasó realmente entre el duque y la reina en el parque de Amiens? ¿Se había propasado físicamente el duque en el calor de sus declaraciones amorosas con la reina?

Cuatro testigos dan su particular versión de los hechos.

Según Madame de Motteville, favorita de la reina:

"La Reina fue importunada por algún sentimiento demasiado apasionado del duque y gritó para llamar a su lado a su caballerizo."

Según el Duque de La Rochefoucauld, moralista y cortesano:

"Intentó aprovecharse de la situación, con tan poco respeto que la Reina se vio obligada a llamar a su vera a sus damas."

Según La Porte, ayuda-de-cámara de la Reina Ana:

"El duque se aprovechó de la situación y llevó su audacia hasta querer acariciar a la soberana."

Según Tallemant des Réaux, escritor y poeta:

"El Galante se tiró a la Reina y le abrasó los muslos con los bordados de sus botas."

¿A quién creer? En cualquier caso, el incidente del parque de Amiens provocó la cólera del rey Luis XIII y, si cabe, enfrió aún más su relación con Ana de Austria.


domingo, 16 de marzo de 2014

Anécdotas Históricas -240-



En cierto momento, el Cardenal-Duque Armand-Jean Du Plessis de Richelieu, primer ministro del rey Luis XIII de Francia, presentó a su secretario de confianza y sucesor, el apuesto italiano Cardenal Giulio Mazzarini (o Mazzarino, afrancesado en Mazarin,...), a la reina Ana de Austria. Y, haciendo una descarada alusión al affaire que hubo años atrás entre el ya desaparecido Duque de Buckingham y la consorte de Luis XIII, Richelieu le soltó a ésta:

-"¡Os agradará, se parece a Buquingam!"

Anécdota de: Cardenal Armand-Jean Du Plessis de Richelieu, 1er Duque de Richelieu y de Fronsac (1585-1642), Primer Ministro de Francia, y de Ana de Austria, Reina de Francia y de Navarra (1601-1666).

domingo, 15 de diciembre de 2013

EL JOYERO DE UNA REINA DE FRANCIA

INVENTARIO DE LAS JOYAS DE
LA REINA MARIA DE MEDICIS
1610
 
 
En 1610, un exhaustivo inventario sobre las alhajas personales de María de Médicis, esposa del rey Enrique IV de Francia y de Navarra, nos revela que sus joyeros contenían lo siguiente:

-11.538 piedras preciosas de todas las formas y dimensiones imaginables.

-6 collares de diamantes.

-11 cadenas de oro de diseños y formas diversas.

-4 insignias de diamantes.

-varias cruces de oro con perlas, diamantes, rubíes, zafiros, amatistas y esmeraldas.

-varios rosarios de oro con cuentas de perlas y otras piedras preciosas.

-varios brazaletes de oro guarnecidos con gran variedad de gemas.

-varios broches, ramilletes, colgantes de cintura, cinturones, pendientes, anillos, ornamentos y agujas guarnecidas con diamantes, perlas y otras gemas de colores.

-5.878 perlas redondas y en forma de pera, de grandes dimensiones.

El famoso inventario se realizó tras el asesinato del rey Enrique IV (14 de mayo de 1610), e impresiona, ya en esa época, la cantidad de alhajas acumuladas por su segunda consorte María de Médicis, de 37 años. A medida que se fueron sucediendo las distintas reinas que le siguieron, el joyero de las regias consortes se amplió con regalos diplomáticos, presentes reales y encargos. Todo hay que decirlo, algunas alhajas antiguas, juzgadas pasadas de moda, fueron reconvertidas y sus piedras reutilizadas.

jueves, 25 de octubre de 2012

LA EXTRAORDINARIA VISIÓN DE CATALINA DE MÉDICIS

El futuro en un espejo
 
Retrato de Catalina de Médicis, Reina Vda. de Francia (1519-1589).


Llega a su término el año de 1559, año negro para Francia. El rey Enrique II ha muerto, sucumbiendo en un trágico torneo en el mes de julio y, desde entonces, un niño de quince años, Francisco II, reina sobre Francia. Un niño delicado y débil, dominado por una mujer cuyas armas son por norma el veneno, la magia y la brujería: Catalina de Médicis, reina viuda de Francia, su madre.


El Castillo de Chaumont-sur-Loire.


Desde hace algún tiempo, la Florentina, que ha abandonado París para encerrarse en su castillo de Chaumont-sur-Loire, se encuentra presa de inquietudes que no le dejan dormir. Los problemas religiosos dividen el país, el creciente poderío de los hugonotes, las trahiciones de palacio le ponen nerviosa. Desearía saber qué le depara el futuro. Desearía que le fuera revelado su destino y el de su primer hijo Francisco II, el flamante rey de Francia.
Una vez más, se ha vuelto hacia Cosimo Ruggieri, ese astrólogo que se llevó consigo cuando abandonó Florencia, y que se ha convertido casi en su sombra:




Retrato de Cosimo Ruggieri (ob.1615), astrólogo y futurólogo florentino.
 

-¿Podríais decirme, amigo mío, lo que me espera?

-Acordadme algunos días, Señora, y os mostraré el futuro...

Y Ruggieri se encierra en la torre que domina el Loira, sin entrar en contacto con los demás ocupantes del castillo. Los criados se limitan a dejarle una bandeja de comida tres veces al día a pie de puerta. Alejado del mundo, Ruggieri se entrega a una tarea misteriosa.
Varias veces, Catalina de Médicis ha venido a golpear su puerta:

-¿Para cuando será?, preguntaba.

Y Ruggieri respondía:

-¡Ya os lo dije, Señora, cuando la Luna sea llena!

Y la reina, consumida por los nervios, volvía a bajar las escaleras de caracol y se encerraba en sus habitaciones hecha un basilisco.



Pero esta noche, la Luna es llena y la impaciente Catalina de Médicis vuelve a aporrear la puerta de Ruggieri:

-¿Para cuando?

Ésta vez el astrólogo abre su puerta:

-Para esta noche, Majestad.

Y hace pasar a la reina en una estancia que es a la vez laboratorio y antro del alquimista. A la luz del gran fuego que arde en la alta chimenea, la soberana distingue el más variopinto material de trabajo, alambiques, morteros, calderas, un astrolabio, muchos libros apilados los unos encima de otros.

-Mirad hacia allí. Le dice Ruggieri, mostrándole un inmenso espejo que recubre toda una pared.

-Es aqui, Señora, que el futuro se os aparecerá.

Catalina de Médicis entiende entonces que su astrólogo va a proceder a una operación de mágia llamada catoptromancia o cristalomancia, y que consiste en ver el futuro en un espejo.

Ruggieri moja un bastón en una taza conteniendo sangre de pichón macho, y traza sobre el muro letras del alfabeto hebráico. Luego, tras ennegrecer la punta de otro bastón al fuego, dibuja en el suelo un círculo doble, tipo de zodíaco, que decora con figuras cabalísticas. Cuando ha terminado, dispone en sus cuatro puntos cardenales, un cráneo humano, una lámpara de aceite, una tibia y un gato en estado de sueño hipnótico...

-Sentaos, Señora, y mirad.

Catalina se instala en un sillón, mirando frente al espejo.
Al principio no ve nada. Pero de pronto aparece una forma, vaga al principio, y más precisa después, reconociendo en aquella silueta a su hijo el rey Francisco II. Lleva su corona, su cetro y su manto de terciopelo sembrado de flores de lis y doblado de armiño. Tiene una expresión triste en el rostro. Su imagen se desliza, abandona el espejo, y hace la vuelta de la estancia sobre las paredes encaladas, volviendo a su punto de partida y desaparece. La silueta es inmediatamente reemplazada por otra que toma la forma de un hombre en cuyos rasgos, la reina Catalina reconoce a su 2º hijo Carlos, pero un Carlos envejecido ya que por entonces no tiene siquiera la edad de nueve años. Él también lleva la corona, el cetro y el manto real. Su imagen se desliza fuera del espejo y ejecuta, a su vez, 14 vueltas alrededor de la estancia. En el momento de ejecutar su 15ª vuelta, se para bruscamente y se pone a considerar algo invisible con horror. Luego sus manos se tensan, intentando rechazar horribles imágenes.

-Explicadme, inquiere Catalina, ¿qué significan esas vueltas?

-Cada vuelta representa un año de reinado. Contesta Ruggieri.

Por encima de la chimenea desaparece como humareda la figura de Carlos, dejando sitio a otra. De hecho deja paso a otro rey en quien la pobre y angustiada Catalina de Médicis reconoce a su 3er hijo Enrique, que tan solo cuenta ocho años de edad...
En el espejo es ya adulto. Avanza andando con saltitos. Su apariencia es por lo menos increíble: tiene el rostro empolvado y maquillado como una dama, con gestos amanerados, cubierto de joyas y lleva en los lóbulos de sus orejas pendientes de enormes perlas. Ejecuta catorce vueltas alrededor de la sala y se para un momento. Se le ve inclinarse sobre un cuerpo estirado en el suelo, a sus pies. Se reincorpora, ejecuta una 15ª vuelta y lleva bruscamente sus manos a su vientre con una terrible expresión de dolor intenso. Después del gesto, desaparece.



Hundida en su sillón, Catalina de Médicis no suelta siquiera una palabra. Apenas respira. Espera la aparición de su cuarto hijo, Francisco-Hércules, duque de Alençon, que tan solo tiene cinco años de edad.
¿Qué va a ver?¿Cuántas vueltas dará éste antes de desaparecer?¿Tendrá una larga vida?¿O quizás tenga que pensar que los hijos de Enrique II de Francia están malditos?
Ella espera.¿Cómo será su pequeño Francisco, bajo el aspecto de un adulto?

Una imagen se forma de nuevo y un hombre aparece. Un hombre con nariz aguileña, la mirada inteligente y viva, llevando una pequeña barba bien recortada. Aparece de buenas a primeras con la cabeza adornada de un gran sombrero emplumado de plumas blancas y, de repente, lleva la corona, el cetro y el manto de armiño como los anteriores.
Catalina le mira con espanto. Este personaje no puede ser su pequeño Francisco convertido en hombre. Es otra persona, pero ¿quién? Y de pronto encuentra un parecido... Este rey tiene los rasgos del duque Antonio de Borbón.
Entiende inmediatamente que su hijo Francisco no reinará jamás, que morirá sin duda bastante joven y que los Borbones, que ella odia, subiran al trono de Francia... Por lógica, y con certeza, cree que es el pequeño príncipe Enrique de Navarra, que tiene entonces 6 años de edad... Es el pequeño Enrique, al que le gustaría poder envenenar.

Sobre el espejo, el hombre de la nariz aguileña se desliza lentamente sobre las paredes. Catalina cuenta las vueltas. Sobrepasan pronto las de sus hijos Carlos y Enrique: dieciocho, diecinueve, veinte,... Una media vuelta más y desaparece.
¡Este Borbón reinará pues durante más de 20 años!

Catalina de Médicis se derrumba y, a pesar del gran fuego de la chimenea, se pone a temblar. Bruscamente se yergue y, sin mediar palabra, abandona la habitación con la mirada llameante y glacial, para encerrarse en sus aposentos, herida de muerte...

Tuvo razón en llorar desconsoladamente aquella noche. Al año siguiente, Francisco II moría, después de un año en el trono. Carlos IX le sucedió y murió al cabo de catorce años de reinado, perseguido por los fantasmas de las víctimas de la tremenda noche de San Bartolomé. Luego le sucedió Enrique III, reinando quince años y fue asesinado por un monje, que le clavó una cuchillada en el vientre. Un año antes, había ordenado el asesinato del Duque de Guisa. Finalmente, el joven Francisco Hércules, duque de Alençon, murió de una tísis galopante y la Casa de Valois se extinguió... Enrique de Borbón, rey de Navarra, se convirtió en el rey Enrique IV de Francia y reinó 20 años y nueve meses exactamente...


En 1559, nadie se podía imaginar, y mucho menos Catalina de Médicis, que la Casa de Valois iba a extinguirse en 1589, o sea treinta años después. La sucesión del trono estaba bien asegurada: el difunto Enrique II y Catalina de Médicis habían tenido 4 hijos varones. ¿Quién no iba a pensar que los Valois seguirían reinando durante mucho tiempo? A nadie se le ocurrió pensar que, a la postre, estarían obligados a buscar un nuevo rey en el seno de la Casa de Borbón, en el frondoso árbol genealógico de San Luis...


Retrato de Catalina de Médicis rodeada de sus hijos.


A pesar de las dudas que surgieron posteriormente, sobre si la escenificación del astrólogo Ruggieri fue una superchería o no, lo que queda bien claro es que tal y como se desarrolló el desfile de personajes en el espejo, y las vueltas dadas por la estancia, es evidente que las predicciones se cumplieron a rajatabla a lo largo de los 30 años siguientes, con exactitud, sin equivocación alguna.

En cuanto a la temible consultora, la reina Catalina de Médicis, se puede decir que estaba familiarizada con todos los tipos de magia, sus prácticas y aplicaciones. Como todos los florentinos de su época, ella también practicaba la brujería. De hecho se sabe con certeza que, para protegerse de un posible asesinato o atentado, llevaba sobre ella una especie de talismán, que no era más que la piel de un niño degollado...


El relato de esta historia fue sacada, entre otras, de las publicaciones siguientes:

-"La Trágica Historia del Castillo de Chaumont", por el Príncipe Jacques de Broglie.

-"Las Casas Reales", de André Félibien, 1681.

-"Tesoro de Historias Admirables", de Simon Goulard, 1614.

in HISTORIAS MÁGICAS DE LA HISTORIA, de Louis Pauwels & Guy Breton, 1977.

viernes, 5 de octubre de 2012

Anécdotas Históricas -191-



Maria-Antonieta de Austria, esposa del rey Luis XVI de Francia, no se distinguió por tener un carácter reflexivo y serio en sus primeros años de matrimonio y de vida en Versailles. Atrapada en un ambiente cortesano que nadaba en la despreocupación y frivolidad más absoluta, dónde la moda, la peluquería, las novelas ligeras y los chismes eran principales temas de conversación, la joven reina dedicó sus horas libres a leer obras muy populares entre las jóvenes de París, en su mayoría novelas edulcoradas sobre amores e idilios. Con el tiempo y llegando la madurez después de sus sucesivas maternidades, la soberana reconoció su pésimo gusto a la hora de elegir libros:

-"¡No leo más que porquerías!" 

Anécdota de: Maria-Antonieta de Austria-Lorena, Reina de Francia y de Navarra (1755-1793). 

viernes, 20 de enero de 2012

LAS FRAGANCIAS DE LA ÚLTIMA REINA DE FRANCIA


Maria-Antonieta y los perfumes



Por culpa de muchos historiadores, la gente de hoy día asocia el siglo XVIII con aquellas damas convertidas en muñecas empolvadas de mejillas rojas y con lunares coquetones, y perfumadas a ultranza con un penetrante pachuli para esconder el hedor de sus cuerpos sudados y la falta de aseo e higiene generalizada. Las fragancias de Versailles no fueron siempre una hedionda mezcla de orines y heces...

Luis XIV era un forofo de los perfumes, si, y también un obseso de la pulcritud corporal. A fin de cuentas, a él se debe la instalación de una serie de salas de baño en palacio para su uso y el de otros miembros de la familia real. Y si es cierto que, al envejecer, el monarca solar empezó a detestar las esencias fuertes por sufrir de migraña, prefiriendo el aire fresco y ordenando que todas las ventanas fueran abiertas en las estancias en las que se encontraba, no significa que oliera a rancio.

Luis XV, de temperamento ardiente, siempre acalorado, cambiaba de camisa de tres a cuatro veces al día al empaparlas de sudor; encargaba en París sus perfumes, exclusivas creaciones líquidas de precios astronómicos contenidas en lujosos frascos... Mientras, el Mariscal de Richelieu, convertido en boticario experto en farmacopea, fabricaba sus propias sales de baño y adoraba sumergirse en aguas espumosas perfumadas con pasta jabonosa de almendras. A mediados de siglo, los salones de Versailles y París olían a violetas hasta la náusea, mientras que de las calles subían pútridas fragancias que se hacían insoportables y causa de desmayos en pleno verano.

Con Luis XVI y su esposa Maria-Antonieta, se abandonaron los pesados perfumes de salón por fragancias suaves, más "frescas" y naturales, más agradables y asociadas a la vida campestre. La reina lanzó la moda de los vestidos sencillos, blancos, ligeros, en algodón y lino y telas livianas, vaporosas, pionera de la comodidad y de la sencillez doméstica tan mal acogida por sus contemporáneos pero, finalmente, adoptada por todas las damas a finales de siglo.

Elisabeth de Feydeau, profesora de la Escuela de Perfumistas de Versailles, escribió un interesante libro al respecto: Jean-Louis Fargeon, Perfumista de Maria-Antonieta (Ed. Pérrin, 2004). En él nos descubre a qué olía la más célebre de las reinas de Francia, cuales eran sus gustos y preferencias, su pasión por las flores y los perfumes, su alto grado de higiene corporal y su amor por el confort.

¿Cual fue el papel del perfume en la alta sociedad del siglo XVIII? Asociado a los guantes desde finales del siglo XII, la reina Maria-Antonieta parece haber tenido una verdadera pasión por los guantes perfumados. Perfumados, si, pero menos ornamentados que en siglos anteriores, protegían de la suciedad y de los diversos miasmas y se llevaban durante todo el día, hasta la muñeca para los hombres y cubriendo todo el ante-brazo para las mujeres. Maria-Antonieta, que detestaba comer y cenar en público, era entonces muy criticada en la corte de Versailles porque omitía quitarselos en la mesa. Por la noche, las damas elegantes llevaban guantes cosméticos engrasados para preservar la tersura de su piel.



¿Cuales fueron las esencias preferidas de la reina? Es la época de los cambios, teniendo en cuenta que las recolecciones son variables según los años y que los perfumes, enteramente naturales, son inestables. Maria-Antonieta tiene una pasión por las flores. Crea en Versailles un cargo especial para que todas las estancias de palacio sean siempre decoradas con grandes ramos de flores frescas y su jardín anglo-chino de Trianon, más allá de las esencias más buscadas, refleja sus preferencias por la rosa, la violeta, el jazmín y las tuberosas. Jean-Louis Fargeon, descendiente de una dinastía de perfumistas de Montpellier, crea para ella perfumes convenientes para cada ocasión. Resaltemos su "eau d'ange" (agua de angel), concebida para su alumbramiento en 1778, y menos cargante que los "esprits ardents" (espíritus ardientes) que apreciaba hasta entonces y que había rebautizado como sus "esprits perçants" (espíritus penetrantes). Pero es sobretodo en el dominio del maquillaje donde innova, abandonando la moda del "enyesado" de polvo blanco y del rojo por colores mucho más naturales, subrayando la belleza de sus ojos azules con khôl*.

¿Cuáles fueron sus relaciones con su perfumista Fargeon? Menos estrechas que las existentes con su modista, Rose Bertin, o su peluquero, Léonard. Pero le transmite sus gustos y preferencias, y le corresponde a él entonces el transcribirlos en perfumes mediante su arte, su fineza y su agudeza psicológica.

Los cortesanos decían de Maria-Antonieta, que dejaba tras de si un olor a primavera. Es gracias a su gusto por los baños diarios, perfumados con pequeñas bolas creadas por Fargeon a base de incienso y aceites de arándano, de nenúfar o de membrillo y destinadas a desengrasar y blanquear la epidermis, que debe esa reputación de gran frescura, a imagen y semejanza de sus vestidos vaporosos que puso de moda, blancos, en linón de Bruselas y sencillamente ceñidos a la cintura con un lazo, lo que llevó a que se le acusara de querer arruinar las sederías de Lyon.



(*)_El Khôl es un tipo de lápiz de ojos, con una mina confeccionada con un polvo muy negro y prensado, o también en solución líquida usada con una fina varilla como aplicador. Su utilización se remonta al Antiguo Egipto y era básico en la cosmética árabe.