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miércoles, 4 de abril de 2018

ARRIBA Y ABAJO: La Servidumbre de las Casas Señoriales


LA JERARQUÍA DE LA DOMESTICIDAD

En tiempos que ya son, afortunadamente, más bien un recuerdo, en que nobles terratenientes y familias pudientes tenían a su servicio a toda una cohorte de criados, a menudo mal pagados y hacinados en las golfas o en armarios, sin horario fijo, sin pagas extras y sin días de descanso (y por descontado sin vacaciones pagadas), a los que se les exigía una conducta impecable, una lealtad y discreción absoluta, éstos se regían por unas normas tan estrictas como implacables, viviendo y trabajando por y para sus señores.

Se levantaban diariamente antes de que despuntara el alba, para poner en marcha la casa: apertura de contraventanas y cortinas, limpieza y reordenamiento de las estancias señoriales, encendido de fogones y chimeneas, preparación del desayuno para llevarlo a la cama o disponerlo en el comedor, recepción de los pedidos para aprovisionar las despensas, se ejecutaban con la misma precisión que la maquinaria de un reloj o, si me apuran, de un cuartel militar e incluso de un hotel, aunque hay siempre algunas diferencias. Las mañanas eran las más laboriosas para todo el servicio de la casa, y se desayunaba, comía, merendaba o cenaba antes o después de que lo hicieran los señores o la familia a cuyo sueldo estaban. El fin de la jornada acababa siempre dependiendo de los señores, si tenían invitados o no, y cuando éstos se decidían a acostarse, la servidumbre fácilmente se acostaba una o dos horas después de recoger y cerrarlo todo. Con decir que la jornada media era de 14 horas, ya nos podemos hacer a la idea. Quizá la única ventaja de trabajar en una gran casa como sirviente, era que tenías un uniforme, techo, cama y comida caliente sin preocuparse de pagar mensualmente un alquiler en un mugriento y angosto alojamiento de obrero de ciudad, y podían ir acumulando su sueldo para asegurarse una jubilación más o menos decente (menos que más), o para montarse un negocio propio llegado el momento oportuno.



Las mejores ilustraciones sobre cómo vivía y trabajaba la domesticidad de una casa señorial o burguesa, las encontramos en películas como “Lo que queda del día”/ “The Remains of The Day” (1989), “Gosford Park” (2001) o en series televisivas de gran éxito como “Arriba y Abajo”/ ”Upstairs, Downstairs” (1971-1975) y la más reciente “Downton Abbey” (2010-2015), curiosamente todas británicas. En ellas se abordan tanto la vida de los señores (los de arriba) como la de sus criados (los de abajo) a finales de la Era Victoriana y principios del siglo XX, con acentos nostálgicos. Otra película recomendable, aunque centrada en la segunda mitad del siglo XVIII, es la de “La locura del rey Jorge” / “The Madness of King George”, que nos muestra a la domesticidad de la casa real británica y sus duras condiciones de vida, vaciando orinales y durmiendo unos encima de otros en armarios empotrados.  
El rey de Francia, por ejemplo, siempre dormía con uno o dos de sus “garçons bleus”* instalados al pie de su cama, a ras de suelo, con la única comodidad de un cojín para descansar la cabeza. Y éstos mismos se encargaban de encender la chimenea de la alcoba antes de que el monarca abriera los ojos. Luego, sigilosamente, y tras abrir cortinas y contraventanas, se acercaba uno al oído del rey y le susurraba suavemente: “Sire, es la hora.”



Otro tema sería abordar la domesticidad en tiempos del Imperio Romano, en que los criados eran esclavos y tratados como una casta de   subhumanos que llegaban incluso a ser juguetes sexuales de sus retorcidos domini, como en la serie televisiva de “Spartacus” (2010-2013), y cuyas existencias no tenían valor alguno, si no fuera por el puñado de denarios** que habían pagado para comprarlos en el mercado.



El número de criados dependía obviamente de la importancia de la casa en la que se les empleaba. Cuanto más grande era, más imponente se esperaba que fuera. En ciertos casos, el número llegaba a ser exagerado y no respondía a otro motivo que el de pretender  impresionar a terceros, y esos casos se encontraban habitualmente en las sonadas embajadas extraordinarias de aristócratas con ínfulas de gran señor en cortes extranjeras. Solo hay que fijarse en las pinturas que conmemoran ese tipo de misiones diplomáticas en los siglos XVII-XVIII, que respondían a la necesidad de impresionar al monarca de turno y a sus súbditos, obviamente, como muestra de la riqueza y magnificencia del soberano o del país que representaba. Que sus conciudadanos malvivieran en la miseria más absoluta, era totalmente irrelevante. Una cosa importante a tener en cuenta: durante el antiguo régimen, el embajador costeaba de su bolsillo sus gastos e incluso se veía a menudo forzado a endeudarse, por lo que era habitual que éstos enviasen cartas pidiendo, al ministro de turno, que le hicieran llegar fondos o reclamando una compensación. Cuando la cosa se ponía fea, financieramente hablando, reclamaban ser relevados y que se les permitiera regresar a casa.



Hoy en día, los jefes de Estado perpetúan esa política de impresionar al contrario desplegando sus misiles con cabezas nucleares, o con desfiles militares tan estrafalarios como dispendiosos. Los ejemplos los encontramos sobretodo en los días de las fuerzas armadas, claramente inspiradas en la antigua Unión Soviética, en la República Popular China o en su homóloga norcoreana. Lo que nos deja claro que, recordando el famoso refrán del “dime de qué presumes”, toda magnificencia artificial esconde una miseria equivalente.

Volviendo al tema de la domesticidad de una casa señorial, existía en ella una clara jerarquización, reflejo de la sociedad de entonces, dirigido como si se tratara de un ejército, donde los rangos y sus roles eran claros y rigurosamente seguidos al pie de la letra. La servidumbre era dirigida por el mayordomo, máxima autoridad de la casa después del señor/señora, quien le dictaba las normas de conducta del personal y lo que esperaba de él en todo momento. El mayordomo, aparte de llevar al equipo masculino que estaba a su mando, conformado por ayudantes de cámara y lacayos, se ocupaba de repartir las tareas diarias asistido y secundado por el ama de llaves, su alter ego femenino (aunque por debajo de él), bajo cuya autoridad se encontraban sobretodo las doncellas encargadas de la limpieza general o de asistir a la señora en la intimidad de sus habitaciones. Por debajo del ama de llaves estaba la cocinera, jefa de su departamento pero dependiente de las directrices de la primera, auxiliada por aprendices y ayudantes de cocina, todas ellas muy jóvenes. Claro está, en tiempos de carrozas y caballos, se disponía de un cochero, secundado por lacayos, que subían a la parte trasera del carruaje, y por palafreneros, encargados éstos del cuidado de las monturas y de sus cuadras. Con la llegada del automóvil y su progresiva generalización, en los albores del siglo XX, el cochero fue reemplazado por un chófer que, además, debía ser un entendido en mecánica para que el vehículo tuviera un óptimo mantenimiento. En ciertas casas, se llegó incluso a tener a disposición varios vehículos, cuyos usos dependían del momento.

No hemos de olvidarnos de los jardineros, sumamente importantes para una finca dotada de jardines. No era extraño que su número alcanzara la docena para ocuparse de los parterres, de las flores, de la poda de los árboles exóticos, de los frutales y de la huerta (que aprovisionaban la cocina en frutas y verduras) o del jardín de invierno, dónde se resguardaban de las heladas invernales a los preciados naranjos enmacetados.

Y por último estaban los guardas, que ocupaban los pabellones de la entrada principal de la finca, y que se encargaban de disuadir a los intrusos, como los ladrones y los cazadores furtivos, con sus rondas diurnas y nocturnas, escopeta al hombro. También se encargaban de la perrera, y asistían al señor cuando salía de caza.



Para que nos hagamos una idea del número de empleados que podía tener una casa señorial, podemos tomar como ejemplo el castillo de Highclere, donde se rodó la serie “Downton Abbey”, y casa solariega de los condes de Carnarvon desde 1679. 
En tiempos del quinto conde, famoso patrocinador del célebre Howard Carter, y en plena Era Eduardiana (1901-1910), Highclere contaba con una sesentena de empleados repartidos dentro del castillo y fuera, en sus dependencias o alrededores. Todo hay que decirlo: si Lord Carnarvon, cubierto de deudas, no se hubiese casado con Almina Victoria Maria Alexandra Wombwell en 1895, que aportaba una más que suculenta dote (500.000,00 libras Esterlinas) y el pago de todas sus deudas por parte de su “suegro”, el banquero y barón Alfred Rothschild, nunca hubiera podido mantener ese tren de vida. Es más, se habría visto forzado en vender Highclere Castle y sus más de cuatrocientas hectáreas para, al menos, salvar las apariencias y vivir con un tren de vida más acorde con sus posibilidades. De ahí que muchos aristócratas europeos con conocidos títulos se lanzasen a la caza de las ricas herederas norteamericanas: para salvar su modo de vida y evitar la dispersión de sus bienes. Otros contemporáneos, no tuvieron la suerte de dar con una hija de la alta burguesía y tuvieron que soltar lastre.



Los rangos y sueldos de la servidumbre de más a menos:

Mayordomo: es el encargado de la organización y óptimo funcionamiento del servicio de la casa y de la administración de los gastos, con autoridad sobre todos los demás criados. También es el que dirige el servicio de la mesa, supervisándola antes y durante, y de servir los vinos, teniendo a su cargo la gestión de la bodega y la guarda de la plata, amén de su mantenimiento y limpieza diaria, que suele delegar en los lacayos. En inglés, el equivalente es “Butler” y en francés “majordome”. Su sueldo era entonces de 40 a 60 libras anuales ($4,300 - $6,400).

Ama de llaves: es la persona que dirige el servicio femenino compuesto por las primeras doncellas y las doncellas ordinarias (equipo de limpieza general), supervisa también el buen funcionamiento de la cocina y de su personal, administra los gastos y gestiona lo que atañe a la despensa y su aprovisionamiento, de la que tiene las llaves (como el mayordomo las tiene de la bodega y del armario del servicio de plata), así como de los armarios roperos y de las habitaciones de la casa, de ahí su nombre. En la cadena de mando, ella es la segunda autoridad después del mayordomo, y es la intermediaria entre la señora de la casa y la cocinera jefe. Su sueldo rondaba las 5 o 10 libras por debajo del de mayordomo ($3,700 - $5,400 anuales).

Cocinera: estaba al mando del equipo de cocinas y la responsable de la preparación de las comidas de la familia de la casa y de los banquetes que se pudieran dar. Su ayudante de cocina (aprendiz) se encargaba de preparar las comidas de la servidumbre. Una cocinera de una casa modesta solía tener un salario de 30 libras anuales ($3,200), mientras que un renombrado “chef” contratado por la familia real percibía unas 300 libras anuales ($32,000).

Primer Ayudante de Cámara: es el encargado de vestir y desvestir al señor, se encarga de su guardarropía y complementos, del mantenimiento de éstos, de preparar sus maletas en caso de viaje y de servirle en lo que se le requiera, incluso acompañarle en sus desplazamientos. Es lo que hoy día conocemos como “asistente personal”. En inglés como en francés, se le denomina “1st. Valet” o “Premier Valet de Chambre”. Es el sirviente masculino mejor pagado después del mayordomo y se le considera como el más privilegiado, por su contacto constante con el señor. Su salario iba de las 20 a 30 libras anuales ($2,100 - $3,200).

Primera Doncella: suele ser la más veterana del equipo de doncellas, encargada de asistir a la señora de la casa o a sus hijas, teniendo el mismo papel que el Primer Ayuda de Cámara. Bajo su responsabilidad recae el cuidado del joyero, de la guardarropía y complementos de su señora. Su sueldo bailaba entre las 20 o 30 libras anuales ($2,100 - $3,200). En inglés es la “Personal Maid”, en francés “Première Femme de Chambre”.

Ayuda de Cámara: es el que asiste al Primer Ayudante de Cámara y le secunda en sus quehaceres. En inglés como en francés correspondería al “Valet”. Su salario rondaba obviamente las 25 libras anuales.

Primer Lacayo: es el primer sirviente encargado de secundar al mayordomo en sus quehaceres y en transmitir, en ocasiones, las órdenes de éste a los que están por debajo de él, a los que también supervisa. Suele ser el más veterano de los lacayos de la casa, el más alto y el más presentable, físicamente hablando. En inglés correspondería al “1st. Footman” o al “Premier Valet de Pied” en francés. Su uniforme es la llamada “librea”, que suele estar confeccionada con los colores heráldicos de su señor, con botones de latón dorado grabados en relieve a las armas de la casa, y pasamanería bordada con coronas y escudos heráldicos. El salario era de 30 libras anuales ($3,200), y solía recibir gratificaciones anuales de 5 a 15 libras extras ($500 - $1,500) si al desempeñar sus tareas satisfacía a los señores.

Lacayo: sirviente ordinario encargado de servir en la mesa, poner y quitarla, equiparable a un aprendiz de camarero de hoy en día. Pero también se ocupa de asistir a los invitados y a los anfitriones de la casa, siguiendo las indicaciones del mayordomo. Por las mañanas, ayudan a las doncellas que suben a limpiar, a desplazar muebles y reordenarlos después de la limpieza, abren y cierran puertas y ventanas, cargan con los baúles y maletas, se ocupan de limpiar el calzado y la plata. Son los “Footmen” o “Lackey” ingleses o “Laquais” y “Valets de Pied” franceses. Revisten la librea de su señor y llevan guantes blancos. El salario de lacayo era de 20 libras ($2,100) anuales.

Doncella: básicamente se encarga de la limpieza diaria y del mantenimiento de la casa, de hacer y cambiar las camas, limpiar y ordenar las habitaciones. Suelen ser jovencitas de pueblo de hogares humildes, solteras y sin compromiso. Su uniforme consiste sobretodo en llevar delantales y cofias blancas, con un vestido largo, oscuro y sobrio. Su salario era el mismo que un lacayo, 20 libras anuales.

Niñera: era la responsable de los cuidados de los bebés y niños de la casa. Por norma, percibía un salario de 10-15 libras anuales ($1,100 - $1,600), dependiendo de la edad y de sus capacidades. En inglés se les llama “Nurse”, palabra también usada para designar a una enfermera.

Aprendiz de Cocina: se encargaba de preparar las comidas para el personal y, de paso, recibía una sólida formación de la cocinera para ser un día su sustituta. El salario era de 15 libras anuales. En inglés es “Under Cook”.

Moza de Cocina: asistían a la cocinera y a su aprendiz en la confección de los menús establecidos. El salario era de 15 libras anuales. En inglés se les llaman “Kitchen Maid”.

Lavaplatos: lo dice el nombre. Se encargaban de lavar los platos, cubiertos, utensilios de cocina, cazuelas y ollas, entre otras cosas. Su salario era de 13 libras ($1,300) anuales. En inglés se les denomina “Scullery Maids”.

Lavanderas: al cargo de lavar y planchar toda la ropa de la casa. Las “Laundry Maids” cobraban lo mismo que una lavaplatos.

Paje: chico joven pre-adolescente, de entre 10 y 16 años, procedente de familia noble o hidalga, empleado temporalmente para formarse en la asistencia y servicio a los reyes y príncipes dentro y fuera de palacio. En las cortes europeas era costumbre que las familias nobles enviasen a sus retoños a servir como pajes del rey, de la reina o del príncipe heredero o de otro miembro de la familia real, más que nada para que fueran “pulidos” y aprendieran a obedecer.  Servían de acompañantes, asistentes, recaderos, incluso para atender en la mesa o en limpiar las armas de su señor y engrasar sus botas de montar. No era común que hubiesen pajes en casas señoriales, a menos que se tratasen de casas principescas o de muy alta posición e importancia social. En las casas señoriales, los chicos de esa edad eran aprendices de lacayo y procedían de casas humildes sin medios para darles una educación. En inglés se les conoce como “Page Boy”, “Tea Boy” o “Room Boy” y “Page” en francés. El sueldo era de 8 a 16 libras anuales ($860 -  $1,700), dependiendo de la edad, altura, apariencia y habilidad.

Primer Palafrenero: era el responsable de los establos o cuadras de la casa, y bajo su mando se encontraban los palafreneros y los chicos de los establos. El “Head Groom” o “Stable Master” percibía entre 30 y 50 libras anuales ($3,100 - $5,300).

Palafrenero: estaba al cuidado de los caballos y del mantenimiento de los complementos, como las sillas de montar, etc. Llamado “Groom” en inglés. El salario era de 15 libras.

Mozo de Cuadras: encargado de la limpieza de las cuadras y de aprovisionar a los caballos con forraje. El “Stable Boy” percibía entre 6 y 12 libras anuales ($640 - $1,300). Empezaban a trabajar a los 10 años.

Jardinero Jefe: dirigía el equipo de jardineros dependiendo de lo extensos que podían ser los jardines y huertos. Su salario era de 120 libras anuales ($12,800) como mucho. Los que trabajaban a sus órdenes percibían entre 8 y 16 libras ($850 - $1,700).

Guardabosques: controlaba la populación de las aves de caza de la finca, como los faisanes, o del venado, y vigilaba los límites de ésta. Su salario era de entre 30 y 50 libras ($3,100 - $5,400) anuales.



(*)_Los “garçons bleus” (chicos azules) del rey de Francia se llamaban así por el color de su librea, en la que predominaba el “bleu de France”, el azul de Francia, bordada con pasamanería de hilo de oro y plata. (Ilustración superior).

(**)_En la antigua Roma, según Catón, el coste medio de un esclavo de entre 20-30 años, ascendía a 1.500 denarios de plata (se cree que serían el equivalente a unos 120.000 Euros de hoy, suponiendo que 1 denario equivaldría a unos 80€). El precio aumentó a lo largo del siglo II a.C. hasta llegar a los 24.000 sestercios.

miércoles, 24 de octubre de 2012

CURIOSIDADES -80-

"Sal a precio de oro"



La sal era un elemento tan preciado que, durante la Edad Media, los monarcas y señores feudales cobraban impuestos por su uso y explotación, llegando a ser, durante la época de la monarquía absoluta, uno de los ingresos más importantes de las arcas reales.

En el siglo XIX la explotación y venta de sal fue declarada libre en toda Europa. A España esta liberalización llegó más tarde, en 1869.

Francia había abolido este impuesto llamado "gabela" cuando aún reinaba Luis XVI, en 1790. Napoleón I lo reintrodujo en 1806 y fue nuevamente suprimido en 1848, al advenimiento de la IIª República.

martes, 23 de agosto de 2011

EL DERECHO DE PERNADA: una falsedad histórica

EL MITO DEL DERECHO DE PERNADA




Se tiene por primer indicio del célebre "Derecho de Pernada" una canción satírica de principios del siglo XIII, de origen normanda, que evoca en verso francés la pésima condición del "villano", es decir del campesino dependiente de un noble señor feudal. Pero, sobretodo, menciona por vez primera lo que llamaríamos mucho más tarde el "Derecho de Pernada" y del que sabemos con certidumbre que realmente nunca existió.


Una leyenda cuidadosamente mantenida



Según ese documento, el señor normando habría tenido el derecho de acostarse con toda joven campesina viviendo en sus tierras, la primera noche de bodas, si contraía matrimonio con un hombre que no dependía de él; he aqui el por qué se ha llamado "el derecho de la primera noche" (jus primae noctis) o "derecho del señor". Este derecho que formaría parte del conjunto, complejo y múltiple, de los derechos señoriales durante el período feudal, se habría mantenido a lo largo de todo el Antiguo Régimen hasta la famosa noche del 4 de agosto de 1789, que protagonizó la abolición de todos los privilegios feudales en los primeros meses de la Revolución Francesa. Y respecto a esa célebre noche en la que cundió el general pánico entre la nobleza gala, hay que ser justos y honestos afirmando que de aquellos viejos privilegios y derechos feudales anacrónicos, no quedaba en realidad nada o casi nada.

De hecho, uno de los últimos rastros del derecho de pernada se encuentra en La Boda de Fígaro, obra teatral de Beaumarchais representada en 1787, y comedia que tuvo gran influencia social antes de la Revolución.


Retrato de Pierre Augustin Caron de Beaumarchais.

Entre el texto del siglo XIII y la comedia teatral de Beaumarchais, los eruditos del siglo XIX recuperaron una cincuentena de textos que atestiguaban de ese pretendido Derecho de Culada, que era tal y como se denominaba claramente en esa canción normanda.

Pero ese sombrío cuadro de costumbres bárbaras de tiempos pasados tiene un inconveniente: es absolutamente falso.

Pese a las ideas heredadas, el Derecho de Pernada jamás existió en la Europa Occidental Medieval. Obviamente, sería absurdo pretender absolver la Edad Media de cualquier brutalidad cometida contra las mujeres, o pretender que en aquella época un señor carecía de medios para imponer, en el aspecto sexual, su voluntad a aquellos que dependían de él. Sin embargo, no se trata de algún derecho reconocido.

Cuando el movimiento feminista, de finales del siglo XX, aborda y denuncia el "acoso sexual" en el ámbito laboral bautizándolo como "Derecho de Pernada", no se equivoca. En la Edad Media como en el siglo XX, y en todas las culturas, encontramos abusos sexuales fundados sobre el cúmulo de dos poderes: el poder social (ejercido por el señor sobre la campesina, o por el empresario sobre su empleada) y el poder sexual (la dominación masculina). Ese tipo de abusos puede ser reprimido o implícitamente tolerado, pero no se constituye como un derecho tanto en la Edad Media como en nuestra época.


La Estratagema de algunos monjes



Cómo, entonces, interpretar los documentos medievales y sobretodo la canción satírica normanda? Anotemos primero que ese texto presenta el derecho como de uso antiguo, transformado en un simple desembolso monetario ("cuatro monedas") para la generosidad del señor. De hecho, la gran mayoría de los documentos auténticos que evocan el "Derecho de Pernada", lo ubican en el pasado y lo presentan como orígen de una tasa o impuesto en vigor. Sin embargo, a finales de la Edad Media, no dudaban en inventarse cualquier cosa con tal de justificar numerosos impuestos señoriales, cuyo motivo primitivo ha sido olvidado. El derecho de pernada constituye pues, indudablemente, un mito explicando el orígen de una tasa particular que había que pagar al señor en el momento de una boda campesina.


Fotografía de la Abadía benedictina del Mont-Saint-Michel, en Francia.

Otro aspecto del texto normando llama poderosamente la atención de los historiadores contemporáneos: el poema, firmado por un tal "Estout de Goz", totalmente desconocido, se encuentra en medio de un conjunto de documentos y cartas que establecían los derechos señoriales y los títulos de propiedad o de usufructo sobre un dominio o tierra. Redactado por los monjes de la Abadía del Monte-Saint-Michel, esos pergaminos conciernen a los campesinos de Verson (hoy en el Departamento del Eure), y enumera todos las cargas y las tasas que tendrían que sufrir los villanos si se encontraban bajo la jurisdicción y el dominio de un señor laico. Por otro lado, el documento incluído en primera página dentro del paquete de pergaminos, da una serie más corta de las tasas debidas a los monjes por los padres de esos mismo villanos.



Esto nos lleva a pensar que, amenazados por la concupiscencia de algún señor que andaría tras sus tierras, los monjes redactaron unos documentos tendenciosos: oportunamente, como quien no quiere la cosa, su dominación se presenta como mucho más favorable a los campesinos que lo sería la de su rival. Y claro está, no habría que temer de unos hombres que, dedicados a la castidad, ejercieran sobre las jóvenes novias ese escandaloso derecho del cual habla la canción!


Polémica


Retrato de François-Marie Arouet de Voltaire, realizado en 1735.

Ese aspecto polémico juega ciertamente un gran papel en la constitución y el éxito del mito. A partir del siglo XV, es entre los magistrados y los oficiales reales, hostiles al poder de los nobles, que se encuentran con más frecuencia las menciones al derecho de pernada. El Siglo de las Luces recogería el testigo de la acusación y lo aplica al Antiguo Régimen en su conjunto; es en 1755 cuando Voltaire inventa la expresión Derecho de Pernada que, por cierto, tendría un éxito inmenso, no solo en Francia sino en toda Europa.

En cuanto a la comedia de Beaumarchais, ésta toma su sitio en toda una tradición literaria inaugurada a principios del siglo.

Finalmente, a principios del IIº Imperio Francés, la afirmación del "Derecho de Pernada" se ve confortada por una poderosa corriente anticlerical y republicana que pretende así oponer el nuevo mundo, nacido durante la Ilustración, a una sociedad caduca, fundada sobre la aristocracia, la monarquía y la religión. Es en esta época que los historiadores se prestan a recoger sistemáticamente cualquier testimonio sobre el derecho de pernada. Pese al empeño de éstos, la mayoría de los documentos han revelado ser falsos o tan solo mencionan una inocente tasa sobre las bodas contraídas fuera del dominio señorial.



De hecho, esas bodas implicaban una pérdida para el señor, ya que los hijos de la pareja, según las reglas de la época, podían pasar a depender de otro señor si lo deseaban. La tasa entonces percibida nada tenía que ver con el famoso Derecho de Culada, tan gráficamente representado en la canción normanda del siglo XIII.

Queda aún un pequeño lote de documentos auténticos que mencionan un derecho de pernada caído en desuso, e incluso un derecho en vigor compensable por un regalo simbólico, como una parte del banquete de bodas. Esos textos, muy raros y escasos, señalan a señores de finales de la Edad Media venidos a menos y casi tan pobres como sus villanos, y que se esforzaban en conservar su prestigio a través de la evocación de un pasado bárbaro y legendario, en el que sus antepasados tenían todos los derechos. Pero no se encuentran huellas de esta afirmación más que en los documentos privados, que no tienen valor oficial.

Por otro lado, se sabe de costumbres vejatorias o folclóricas ligadas a los enlaces matrimoniales, como por ejemplo comunidades de jóvenes solteros que se cobraban su "tasa" sobre el novio foráneo, mediante bromas y farsas que también se denominaban "Culadas" ...


El Derecho de Pernada, ese mito masculino que esconde la realidad de los abusos sexuales, ya no debe beneficiar el pretendido ejemplo medieval.