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domingo, 20 de marzo de 2016

ISABEL II DE LAS ESPAÑAS, una reina descocada


LA NINFÓMANA SOBERANA DE LAS ESPAÑAS
ISABEL II "La Frescachona"
 
 

Isabel nació el diez de octubre de 1830, en Madrid. Su padre era Fernando VII y su madre María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, que era la cuarta esposa del rey y además era su sobrina carnal. En sus tres anteriores matrimonios no había tenido descendencia. Después de tener a Isabel II tuvo otra hija, la infanta Luisa Fernanda, que nació en 1832.

Sube al trono cuando todavía no había cumplido los tres años. Esto se produjo por el fallecimiento del rey en 1833 y por no haber tenido hijos varones. Fernando VII promulgó antes de fallecer la Pragmática Sanción, por lo cual se derogaba la Ley Sálica, que impedía a las mujeres acceder al trono. Este hecho provocó la sublevación del infante Carlos María Isidro de Borbón, que era hermano de Fernando VII y en consecuencia heredero al trono de España.

Este hecho marcó para siempre el reinado de Isabel II, puesto que los absolutistas se agruparon en torno a los derechos dinásticos del infante Carlos María, provocando las conocidas tres guerras carlistas, que ensangrentaron al país a lo largo del siglo XIX.

Como no tenía Isabel II edad para reinar, fue nombrada como Regente su madre, María Cristina de
Borbón-Dos Sicilias que duró desde 1833 a 1840. A los dos meses de quedarse viuda y siendo ya regente en nombre de su hija tuvo un nuevo amante, Fernando Muñoz, que era sargento de la guardia real, dos años más joven que ella. A pesar de todos los intentos de ocultarla, fue en vano, pues cada año quedaba embarazada, lo que delataba ante la población una situación difícilmente justificable cuando seguía siendo viuda.

En las tabernas y conciliábulos del país se decía "La regente es una dama casada en secreto y embarazada en público". Los carlistas enemigos de ella, popularizaron una copla alusiva:

Clamaban los liberales
Que la reina no paría
¡Y ha parido más muñoces
Que liberales había!


Ante los escándalos que había en la Corte, hace que sea sustituida por el primer espadón de la época, el general Espartero, hasta que éste fue obligado a abandonar el cargo a mediados de 1843. Con la finalidad de evitar una tercera Regencia, se adelantó la mayoría de edad de Isabel II a trece años.


SU EDUCACIÓN

 
La Regente María Cristina no se preocupó de la preparación educativa y política de su hija para el desempeño de tal alto cargo. Exclusivamente se dedicó a su nuevo amante. Isabel II careció de un ambiente familiar y de la afectividad de su madre, a todo ello hay que unirle la ausencia de una educación adecuada y de una preparación política para una persona destinada a ser Reina de España.

Su educación además dependía de los vaivenes políticos, como ocurrió en 1841 cuando se produce un cambio radical cambiando al preceptor. A ello hay que unir que con trece años es nombrada Reina de España, podemos entender como fue fácil presa de la manipulación partidista e interesada

Tampoco el poder político, ya fueran los progresistas o moderados, se preocuparon de preparar a Isabel II, pues todos partían del principio básico, de que cuanto más ignorante permaneciera, mejor resultaría servirse de ella y de su cargo.

El preceptor mayor era Agustín Arguelles, su profesor general José Vicente Ventosa, su maestro de música, Francisco Frontela, también llamado Valldemosa y también formaba parte de los preceptores Salustiano Olózaga, hombre inteligente y que destacaba por su gran preparación jurídica. Recibió una educación basada en la formación doméstica, en la religión y el estudio del piano. Despojada de cualquier estudio humanístico y político.

Estos preceptores están en el inicio de las habilidades sexuales de Isabel II. José Vicente Ventosa fue expulsado de palacio por razones graves. Francisco Frontela, se le conocía como el amante de la reina y ésta le concedió la Cruz de Carlos III. Salustiano Olózaga fue el encargado de desflorarla y de iniciarla en los principios amorosos.

Isabel II tenía un carácter temperamental y apasionado, al mismo tiempo que mostraba una ardiente sensualidad probablemente heredada de su madre. Otro aspecto muy reseñable era su gran generosidad y su ánimo alegre y vivaraz, que hacía muy agradable su presencia.

 
Retrato de la Reina Isabel II de las Españas a la edad de 11 años, según Esquivel.


Isabel II se vio fácilmente manipulada por los intereses partidistas, tanto por sus familiares como por las camarillas cortesana y determinados políticos. Al mismo tiempo, se veía las dificultadles que tenía para cumplir de forma eficaz las funciones políticas que el sistema constitucional le confería.

De esta época podemos valorar la descripción que hace el conde de Romanones de Isabel II:

"A los diez años Isabel resultaba atrasada, apenas si sabía leer con rapidez, la forma de su letra era la propia de las mujeres del pueblo, de la aritmética apenas sólo sabía sumar siempre que los sumandos fueran sencillos, su ortografía pésima. Odiaba la lectura, sus únicos entretenimientos eran lo juguetes y los perritos. Por haber estado exclusivamente en manos de los camaristas ignoraba las reglas del buen comer, su comportamiento en la mesa era deplorable, y todas esas características, de algún modo, la acompañaron toda su vida".

Isabel II era una mujer con escasas cualidades intelectuales, como se puede comprobar en las Cartas que se conservan de la Reina en la Academia de la Historia de Madrid. podremos observar la simpleza de sus planteamientos.



SU MATRIMONIO


El ocho de noviembre de 1843, Isabel II es declarada mayor de edad con trece años. El primer problema que debe afrontar es del matrimonio. Este matrimonio se convierte no sólo en una cuestión de Estado sino en un problema europeo, pues lo que todos quieren es que no se rompa la actual situación de alianzas y equilibrios, que había en ese momento en Europa. Todos los países maniobran para que la nacionalidad del nuevo Rey no perjudicase sus alianzas e intereses.

Su madre María Cristina, plantea como marido al conde de Trapani, que era hermano de su madre y en consecuencia tío carnal. Francia plantea la candidatura del duque de Montpensier, que era hijo de Luis Felipe. También aspiraba el infante Enrique que era el segundo hijo de Francisco de Paula y de Luisa Carlota, hermana de su madre María Cristina, pero esta candidatura se vino abajo por su colaboración en el alzamiento carlista de Galicia.

Mientras sectores sociales españoles apoyan la idea de casarla con Carlos Luis de Borbón y Braganza, conde de Montemolín, hijo de Carlos María Isidro, el cual abdicó para facilitar el enlace, con lo que el problema dinástico se hubiera evitado, pero Isabel II no aceptó. Para ello contó con el apoyo de los liberales, y ahí está el origen de la segunda guerra carlista.

El general Narváez propuso a Francisco de Paula de las Dos Sicilias, conde de Trapani, pero este fue rechazo por los progresistas. La madre reina, María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, propone a Leopoldo de Sajonia-Coburgo-Saalfeld, que era pariente de la reina Victoria. Luis Felipe de Francia apoya la candidatura de cualquiera de sus dos hijos, Enrique de Orleans, duque de Aumale o de Antonio, duque de Montpensier, que acabó casándose con la hermana de Isabel II, la infanta Luisa Fernanda de Borbón.

Se celebra la conferencia de Eu, donde tanto Francia como Inglaterra renuncian a que sus candidatos se casasen con Isabel II, por lo que se opta por Francisco de Asís de Borbón, que era considerado un hombre apocado y de poco carácter, que no iba a interferir en la política.

 
Retrato de Don Francisco de Asís de Borbón, Duque de Cádiz (1822-1902).


Francisco de Asís de Borbón, hijo del Infante Francisco de Paula y de Luisa Carlota, era además primo hermano de Isabel. Esta elección satisfacía a todos los sectores políticos del país, porque lo consideraban un personaje políticamente inocuo y además se fundían en una sola las dos ramas reales.

La boda se celebró en Madrid, el 10 de octubre de 1846, cuando Isabel cumplía dieciséis años, siendo una boda doble pues también se casó su hermana Luisa Fernando de Borbón, que tenía catorce años con el príncipe Antonio de Orleans, duque de Montpensier e hijo menor de Luis Felipe I de Francia

La expresión que se oía esos días en España era: ¡Pobres niñas, condenadas a sendos matrimonios de conveniencia para salvar el trono!

Al conocer el nombre de su futuro marido, Isabel II se negó diciendo ¡No, con Paquita, no! Pero su madre María Cristina y una monja oscura, que estará presente en toda su vida, sor Patrocinio, le presionaron para que aceptara. Así el día antes del matrimonio Isabel II dijo a su madre: "He cedido como reina, pero no como mujer. Yo no he buscado a este hombre para que fuese mi marido; me lo han impuesto y no lo quería".

Su noche de boda fue un fracaso. Es conocido el comentario que hace Isabel II al diplomático León y Castillo "que voy a decir de un hombre que en la noche de bodas llevaba en su camisa más bordados que yo en la mía".

La presencia de Francisco de Asís enseguida levantó muchos dichos populares y se crearon numerosas coplas como la siguiente:

Isabelona / Tan frescachona / y don Paquita / tan mariquita
Desde el principio de su matrimonio ambos mostraron una mutua antipatía. Francisco de Asís era homosexual, mientras que era conocida la escandalosa afición de la reina Isabel por los hombres. Esto producía constante separaciones. Son conocidas, como determinadas personas debían intermediar entre la pareja regia, como fue el general Narváez, el confesor de la reina, el arzobispo Antonio María Claret y hasta el mismo Papa, Pío IX



SUS AMANTES
La vida de Isabel II se basa en una fiesta continua. Se acostaba a las cinco de la mañana y se levantaba a las tres de la tarde. Este modo de vida levantaba fuertes críticas en la sociedad española.

El primer amante oficial fue el general Serrano a quien Isabel II le calificaba "el general bonito", y producía un auténtico escándalo porque la reina lo perseguía por todos los cuarteles de Madrid. Llegó a tal nivel el escándalo, que el ejército decidió trasladarlo fuera de Madrid.

Otros amantes reconocidos son el cantante José Mirall, cuya voz entusiasmaba a la reina. El conocido compositor Emiliano Arrieta, el coronel Gándara, también Manuel Lorenzo de Acuña, marqués de Bedma. Destaca el capitán José María Arana, conocido como "el pollo Arana", en esta relación hay una anécdota, que su marido Francisco de Asís, un día le dijo a la reina que tuviera cuidado con el pollo Arana, que le estaba poniendo los cuernos. Lo ascendió a coronel y le otorgó la Cruz Laureada de San Fernando. Fruto de esa relación nació la infanta Isabel, que sería llamada popularmente la Araneja y también la Chata.

Otra relación también muy conocida fue con el capitán de ingenieros Enrique Puig Moltó conocido como "el pollo real", que fue el padre de Alfonso XII, al que llamaron puigmolteño. Se dice que un día hablando Isabel con su hijo Alfonso XII de dijo "Hijo mío, la única sangre Borbón que corre por tus venas es la mía".

Otro amante reconocido fue el general O´Donnell que había llegado al poder con la Vicalvarada, iniciándose un periodo histórico conocido como el bienio progresista, dirigido dicho gobierno por la Unión Liberal (1854-1856). O´Donnell se sintió atraído por Isabel II y ésta le respondía, cultivando un amor platónico, que aumenta su comprensión y confianza mutua. La diferencia de edad entre ambos, veintiún años no les importaba nada. Sin embargo, este entendimiento fue cambiando por la influencia conservadora, que ejercían sobre la Reina, el padre Claret y sor Patrocinio, conocida como la monja de las Llagas, que intentaban neutralizar las medidas liberales que el gobierno de O´Donnell tomaba sobre la Iglesia. Esto llevó, a que Isabel II humillara públicamente a O´Donnell, provocando su cese.

Cabe destacar la anécdota, de que en el año 1860, O´Donnell va a despedirse de Isabel II antes de iniciar una nueva guerra en Marruecos, la Reina le dice cariñosamente que si ella fuera hombre iría con él. Francisco de Asís que estaba presente, añadió "lo mismo te digo O´Donnell, lo mismo te digo".

Otros amantes fueron el secretario Miguel Tenorio; el cantante Tirso Obregón; José de Murga y Reolid, marqués de Linares por concesión real; el gobernador de Madrid y posterior ministro de Ultramar, Carlos Marfori y Calleja, que le acompañará a París cuando se exilia por el triunfo de la Gloriosa de 1868. El capitán de artillería, José Ramón de la Puente.



Fruto de estas relaciones tuvo los siguientes hijos:

- El 20 de mayo de 1849 da a luz un varón fallecido en el parto, hijo del marqués de Bedmar.

- El 12 de julio de 1850 dio a luz un nuevo varón que falleció a los cinco minutos de nacer, enterrado en el Panteón de príncipes de El Escorial y que probablemente fuera hijo del rey consorte Francisco de Asís de Borbón.

- El 20 de diciembre de 1851, dio a luz a la infanta María Isabel Francisca de Asís, popularmente conocida como la Chata, princesa de Asturias, hasta el nacimiento de Alfonso XII, hija del capitán José Ruiz Arana.

- El 5 de enero de 1854, nace la infanta María cristina, muerta al poco de nacer y que fue enterrada en el Panteón de El Escorial, de padre desconocido.

- El 24 de noviembre de 1855, tuvo un aborto avanzado, tras haberse publicado en la Gaceta de Madrid el embarazo real, de padre no conocido.

- El 20 de junio de 1856, hay un nuevo aborto de padre no conocido.

- El 28 de noviembre de 1857; Alfonso, príncipe de Asturias y más tarde rey de España, era hijo del capitán de ingenieros Enrique Puig Moltó. A punto de dar a luz al futuro Alfonso XII, la Reina pregunto al médico que la atendía Tomás Eustaquio del Corral y Oña, si la criatura sería varón o hembra. Le contestó "Varón", por ello y en señal de agradecimiento le nombró marqués del Real Acierto.

- El 26 de diciembre de 1859, da a luz a la infanta Concepción, muerta a los veintiún meses, hija del rey consorte.

- En el año 1861 tuvo a María del Pilar Berenguela fallecida a los dieciocho años.

- En el año 1862 tuvo a María de la Paz de Borbón y Borbón, que fue casada con Luis Fernando de Baviera.

- En el año 1864 tuvo a María Eulalia de Borbón y Borbón, duquesa de Galliera, fue casada con Antonio de Orleans y Borbón.

- En el año 1866 nació Francisco de Asís Leopoldo de Borbón y Borbón, fallecido a las pocas semanas de nacer.



EL REY FRANCISCO DE ASÍS



Mientras todo esto sucedía su marido Francisco de Asís y Borbón tuvo un amigo de por vida, Antonio Ramón Meneses, con el que convivió toda su vida. Ante los continuos amantes de Isabel II, los asumió con naturalidad. Por el reconocimiento de la paternidad de los hijos de Isabel II, recibía a cambio un millón de reales por hacer la presentación de cada uno de ellos.

Como dice Isabel Burdiel "casada a los dieciséis años con su primo Francisco de Asís, a quien aborrecía, Isabel II tuvo en ese marido a su más ferviente enemigo, el espía de todos sus actos, el deslegitimador de sus derechos al trono".

Una copla popular decía de Francisco de Asís:

Gran problema es en las Cortes
Averiguar si el consorte
Cuando acude al excusado
Mea de pie o mea sentado

Destacaba por su capacidad de intrigar en las Cortes, su gusto por las conspiraciones, su tendencia a clericalizar el juego político mediante el apoyo a personajes oscuros de la Iglesia. Debe destacarse el papel del confesor del rey, el padre Fulgencio y de sor Patrocinio, que ejercieron una nefasta influencia en las relaciones entre ambos cónyuges.

Francisco de Asís prefería el palacio segoviano de Riofrío a la cercanía de su esposa en el Palacio Real de Madrid. Ya en el exilio se instaló en Epinay retirado de la vida pública y dedicado a su afición a los libros y al coleccionismo de obras de arte, hasta que muere en 1902, dos años antes que la Reina



EL FINAL DE ISABEL II



El 28 de septiembre de 1868, se produce el levantamiento de la Gloriosa, encabezada por los generales Prim, Serrano y el almirante Topete que contó con un gran apoyo popular que cantaban el himno de Riego y gritaban ¡Mueran los Borbones! Y que en algunos momentos se convirtió en ¡Mueran los bribones!. Esto supuso la salida de Isabel II al exilio de París. Desde él, no dejó de conspirar e hizo todo lo posible para que su hijo Alfonso XII recuperara el trono, como así sucedió en el año 1874.

Isabel II muere el 16 de abril de 1904. El historiador conservador José Luis Comellas hace un retrato de Isabel II "Desenvuelta, castiza, plena de espontaneidad y majeza, en la que el humor y el rasgo amable se mezclan con la chabacanería y con la ordinariez, apasionada por la España cuya secular corona ceñía y también por sus amantes".

El escritor Valle Inclán en su obra "la corte de los milagros" hace la siguiente descripción: "La Católica Majestad, vestida con una bata de ringorrangos, flamencota, herpética, rubiales, encendidos los ojos del sueño, pintados los labios como las boqueras del chocolate, tenía esa expresión, un poco manflota, de las peponas de ocho cuartos".

Ya al final de su vida, Isabel II, en una entrevista con el escritor Benito Pérez Galdós le decía: "¿Qué había de hacer yo, jovencilla, reina a los catorce años, sin ningún freo a mi voluntad, con todo el dinero a mano para mis antojos y para darme el gusto de favorecer a los necesitados, no viendo al lado mío más que personas que se doblaban como cañas, ni oyendo más voces de adulación que me aturdían ¿Qué había de hacer yo? Póngase en mi caso…"

Así describia Pérez Galdós a Isabel II en 1902. "El reinado de Isabel II se irá borrando de la memoria, y los males que trajo, así como los bienes que produjo, pasarán sin dejar rastro. La pobre Reina, tan fervorosamente amada en su niñez, esperanza y alegría del pueblo, emblema de la libertad, después hollada, escarnecida y arrojada del reino, baja al sepulcro, sin que su muerte avive los entusiasmos ni los odios de otros días. Se juzgará su reinado con crítica severa: en él se verá el origen y el embrión de no pocos vicios de nuestra política; pero nadie niega ni desconoce la inmensa ternura de aquella alma ingenua, indolente, fácil a la piedad, al perdón, a la caridad, como incapaz de toda resolución tenaz y vigorosa. Doña Isabel vivió en perpetua infancia, y el mayor de sus infortunios fue haber nacido Reina y llevar en su mano la dirección moral de un pueblo, pesada obligación para tan tierna mano".

Para Isabel Burdiel "Isabel II no fue una ninfómana; simplemente estuvo mal casada. Es cierto que tuvo muchos amantes, pero eso era habitual entre la aristocracia y la realeza de la época". Sin embargo, para mí si fue una ninfómana y no valen excusas de justificación.

Autor: Edmundo Fayanás Escuer.

sábado, 25 de abril de 2015

MARÍA-AMALIA DE SAJONIA, REINA DE LAS ESPAÑAS


MARÍA AMALIA DE SAJONIA
REINA DE NÁPOLES Y DE SICILIA
REINA DE LAS ESPAÑAS Y DE LAS INDIAS
1724 - 1760
 
 

María Amalia de Sajonia (Dresde, 1724-Madrid, 1760), esposa del rey Carlos III era la tercera hija de Federico Augusto II, rey de Polonia (con el nombre de Augusto III), y de la Archiduquesa María Josefa de Austria. María Amalia fue desde pequeña alejada del ambiente de inmoralidad que reinaba en Dresde, su ciudad natal, y educada en un ambiente más serio y religioso, siguiendo el estricto protocolo de la Casa de Austria, de la que descendía su madre.

 
Retrato del Elector Federico-Augusto II de Sajonia, Rey Augusto III de Polonia (1696-1763); obra de Louis de Silvestre.
 
 
Retrato de la Archiduquesa María-Josefa de Austria, Electriz de Sajonia, Reina consorte de Polonia (1699-1757); obra de Louis de Silvestre.
 

Según cuentan las crónicas, la reina María Amalia de Sajonia fue criada en un ambiente muy culto. Debido a esto fue educada desde niña en dos idiomas, el alemán, su idioma materno, y además el francés. Igualmente se le inculcaron desde niña virtudes tales como la autodisciplina y el sentido del deber. Virtudes que luego en su matrimonio le serían muy útiles debido a su numerosos deberes como reina, y a su numerosa familia.

Según las crónicas de la época, lograr el parentesco con los Austrias fue el motivo principal que llevó a Felipe V y a su segunda esposa Isabel de Farnesio, a concertar el matrimonio de su primogénito Carlos con la nieta del emperador alemán José I. Así con el matrimonio del infante Carlos, y la joven princesa María Amalia de Sajonia se lograba reconciliar a la Corte española con la Casa de Austria tras los enfrentamientos en la Guerra de Sucesión, que tuvieron como principal consecuencia la llegada de la Casa Borbón a España.

En 1732, con dieciséis años, Carlos (Madrid, 1716- Madrid, 1788) primogénito de Felipe V y su segunda esposa, la italiana Isabel de Farnesio, consiguió el ducado de Parma tras la muerte de su tío el duque Antonio Farnesio sin descendencia. En el Tratado de Viena cambió el ducado por la Corona de Nápoles y Sicilia. Los napolitanos lograron así por vez primera en los últimos siglos un rey residente en Nápoles, que además era hijo del rey de España y de una noble italiana.

 
Retrato de la Princesa Electriz María-Amalia de Sajonia, Princesa Real de Polonia (1724-1760), vestida "a la Polaca", según Louis de Silvestre en 1738.
 
 
Retrato de Carlos VII de Borbón y Farnese, Infante de España, Duque de Parma y luego Rey de Nápoles y de Sicilia (1716-1788); obra de El Molinaretto.
 

Cuentan las crónicas que, cuando el joven rey Carlos VII de Nápoles, y la joven princesa alemana María Amalia de Sajonia se conocieron sintieron un flechazo instantáneo. Es por ello que cumplieron gozosa y rápidamente con el compromiso matrimonial que sus respectivos padres habían acordado. En la historia de los matrimonios concertados raramente sucedían estos flechazos.

Carlos VII de Nápoles y la princesa alemana María Amalia de Sajonia se casaron en Gaeta, localidad próxima a Nápoles, el 19 de junio de 1738. El tenía veintidós años, y ella tan solo catorce. Pese a su juventud, la alta, rubia, robusta y piadosa María Amalia consiguió conectar rápidamente con su esposo. Ambos compartían una formación religiosa y moral sólida, el aprecio por los placeres familiares y el desdén por el boato y el protocolo.



Conocedora la reina María Amalia de Sajonia de la importancia de su matrimonio con Carlos VII de Nápoles, que la hacia emparentar nada menos que con la reconocida monarquía española, consideró que debía mantener buenas relaciones con sus suegros, los reyes Felipe V e Isabel de Farnesio. Es por esto que estableció con los monarcas españoles una nutrida y afable correspondencia en la que narraba todos los acontecimientos familiares de la corte napolitana que servía a la vez para mantener informada de todo a su suegra.


Las crónicas de la época comentan con regocijo como en los primeros meses de matrimonio los reyes de Nápoles, Carlos VII y María Amalia tuvieron que utilizar el francés para comunicarse ya que era la única lengua que ambos conocían. María Amalia no hablaba ni español ni italiano, y Carlos no hablaba alemán. Esto fue así hasta que María Amalia aprendió el italiano, idioma de su nuevo hogar.

Podemos comprobar, si consultamos la correspondencia entre la reina de Nápoles María Amalia de Sajonia (Dresde, 1724-Madrid, 1760) y sus suegros los reyes de España Felipe V e Isabel de Farnesio, conservada en el Archivo Histórico Nacional. Que todas las cartas están escritas en francés, ya que María Amalia no conocía el español. Además podemos comprobar también como María Amalia firmaba siempre como Amélie.

Desde niña a la reina María Amalia de Sajonia le había sido inculcado, por sus damas de compañía, el gusto por la decoración, los elegantes tapices y los bellos muebles. Además, María Amalia había vivido en palacios decorados con las porcelanas de Meissen, originarias de Sajonia, y tan de moda durante el siglo XVIII. Es por esto que disfrutó tanto en los palacios de Nápoles, que habían sido decorados por Carlos con muebles, cuadros y distintos ornamentos traídos de la ciudad de Parma, su antiguo ducado.
 María Amalia de Sajonia, fue reina de Nápoles durante diecinueve años, y reina de las Españas durante apenas dos. Pese a esta diferencia de tiempo, y como su marido Carlos III fue una reina muy amada tanto por los napolitanos como por los españoles, ya que ambos, como monarcas realizaron grandes obras tendentes a la modernización primero de Nápoles y a partir de 1759 de España.


De los trece hijos que tuvieron los reyes María Amalia de Sajonia y Carlos III, siete de ellos fueron niñas y los seis restantes, niños: Isabel (1740-1742), Mª Josefa Antonia (1742), María Isabel (1743-1749), Mª Josefa Carmela (1744-1801), Mª Luisa (1745-1792), Felipe (1747-1767), Carlos Antonio (1748-1819), Mª Teresa (1749-1750), Fernando (1751-1825), Gabriel (1752-1788), Mª Antonieta (1754-1755), Antonio Pascual (1755-1817) y Francisco Javier (1757-1771). Pero no todos llegaron a la vida adulta, falleciendo cinco de ellos cuando todavía residían en Nápoles, cinco de las niñas.

 
Retrato de los Infantes Carlos Antonio y Gabriel de Borbón.


Las cinco hijas de los reyes de Nápoles María Amalia de Sajonia y Carlos III, fallecidas en Nápoles, las tres primeras: Isabel (1740-1742), Mª Josefa Antonia (1742) y María Isabel (1743-1749); la octava, Mª Teresa (1749-1750), y la undécima, Mª Antonieta (1754-1755), están enterradas en la iglesia de Santa Clara de Nápoles. Esto es así debido a que su padres fueron nombrados reyes de España en 1759, después de sus fallecimientos.


María Amalia de Sajonia fue una mujer muy fecunda, ya que tuvo hasta trece hijos con el rey Carlos III. La única pena es que pasaron años y niños hasta que le dio un heredero varón a Carlos. Primero llegaron cinco niñas. Por fin, llegó un varón, Felipe, que resultó retrasado mental. Y luego otros dos varones: el futuro Carlos IV y Fernando, luego rey de Nápoles. Cumplidas las obligaciones dinásticas y ya con ocho hijos, tuvieron más descendencia, hasta trece.

Según recogen las crónicas, después de tantos alumbramientos, la reina María Amalia de Sajonia había perdido parte de la dentadura y la lozanía. Además, parece ser que la sucesiva llegada de cinco niñas hasta el ansiado heredero, junto con la muerte de tres de ellas, le habría provocado cierta frustración y le había estropeado el carácter hasta el extremo de mostrarse colérica con todo el mundo excepto eso si, con su marido, el rey Carlos III, al que adoraba.

Podemos leer en distintas crónicas como la reina María Amalia de Sajonia había adquirido, para calmar sus estados de nerviosismo, el hábito de fumar grandes cigarros habanos, gustándole además los de sabor más fuerte. Los cigarros habanos se los hacía enviar a Nápoles, desde Madrid, por sus suegros, los reyes Felipe V e Isabel de Farnesio.

Parece ser que la reina María Amalia no fue nunca una mujer excesivamente coqueta. Se sabe que tenía una modista en Viena que le confeccionaba los vestidos de etiqueta. Y otra en Nápoles que le hacia los trajes de diario y la ropa interior. Esta última al parecer no era muy abundante debido a la costumbre de la época de cambiarse nada más que una vez al mes.



La reina María Amalia, esposa de Carlos III, fue una mujer de gran cultura, y que colaboró activamente con su esposo en el gobierno de Nápoles. Además ambos tenían gustos parecidos, disfrutaban de la vida en el campo, la caza, la pesca... todo en familia. Cuentan algunos embajadores que la reina María Amalia acompañaba a su esposo Carlos III a todas partes, excepto eso si, a las expediciones bélicas.


La vida napolitana, amable y sosegada de los reyes María Amalia de Sajonia y Carlos III se fue a pique cuando, Fernando VI falleció sin descendencia, y ellos se convirtieron en los nuevos reyes de España y tuvieron que venirse a Madrid. Así pues en 1759, María Amalia acompaña a su marido a España, país del que desconoce la lengua y las costumbres, y del que solo tiene superficiales referencias.

El momento de la partida de la familia real de Carlos III y María Amalia de Sajonia en 1759 con destino a España fue triste tanto para ellos como para todo el pueblo napolitano. Este momento lo recoge el cuadro de Joli que podemos disfrutar en el Museo del Prado. Podemos observar el desconsuelo de los napolitanos al despedir a la primera familia real que tenían desde hacia siglos, y a la que tanto le debían ya que ante todo habían sido buenos gobernantes que se habían preocupado por el bienestar del pueblo.

Los reyes Carlos III y María Amalia de Sajonia desembarcaron en España en 1759, tras dejar a sus hijos Felipe y Fernando en Nápoles. Les acompañaban en cambio, sus otros seis hijos supervivientes: el príncipe Carlos, las infantas María Josefa Carmela y María Luisa, y los infantes Gabriel, Antonio Pascual y Francisco Javier. Junto con la servidumbre viajaban también un papagayo, dos monos, varios perros, muchas cajas de habanos y, naturalmente, un belén.

Se puede leer en diversas crónicas cortesanas como la familia compuesta por María Amalia de Sajonia, Carlos III y sus hijos venidos de Nápoles eran grande amantes de la vida al aire libre y de los animales. Hasta tal punto llegaba ese amor a los animales que parece ser que permitían que, los animales que habían traído de Nápoles a saber: un papagayo, dos monos titíes y varios perros anduvieran libres por los salones de los palacios.

Recogen las crónicas que cuando Carlos III aceptó la corona de España, hubo de firmar un documento que excluía a su hijo primogénito, Felipe, de la sucesión al trono de Nápoles, debido a su probada incapacidad para gobernar a causa de su falta de razón. Fue nombrado heredero del trono de Nápoles y Sicilia su tercer hijo, Fernando (Nápoles, 1751-Nápoles, 1825, de tan solo ocho años de edad.

Tanto le gustaban a los monarcas napolitanos María Amalia de Sajonia y Carlos VII, las porcelanas que, en 1743 fundaron en Capodimonte, Nápoles, una fábrica de porcelanas a imitación de la fábrica de porcelanas de Meissen. En 1759, cuando hubieron de hacerse cargo del trono de España, sus instalaciones fueron trasladadas al palacio del Buen Retiro de Madrid.

Tras grandes recibimientos en Barcelona y Zaragoza, el 11 de septiembre de 1759 llegaron a Madrid los reyes María Amalia de Sajonia y Carlos III. Fueron recibidos por toda la Corte, y especialmente por la reina madre Isabel de Farnesio, quien había actuado de regente durante cuatro meses. La nueva familia real fijó su residencia en el Palacio de El Buen Retiro, debido a que las obras del Palacio Real, que estaba siendo levantado en el solar del incendiado Alcázar, aún no habían concluido.

Tras la llegada de los reyes María Amalia de Sajonia y Carlos III a Madrid en 1759, el segundo de sus hijos varones, Carlos (Portici, 1748-Roma, 1819), fue jurado Príncipe de Asturias como futuro heredero del trono español. Gobernando España posteriormente con el nombre de Carlos IV.

Cuando en 1759 los reyes Carlos III y María Amalia de Sajonia llegaron a Madrid el genio de la reina estaba más avivado que nunca, hasta el extremo de que sólo se amansaba en presencia de su marido, el rey. El trato con su suegra Isabel de Farnesio resultó un calvario, pese al buen trato que por carta se habían demostrado, pero como con las mujeres de sus hijastros Luis I y Fernando VI, empezó a entrometerse en el gobierno de la corte, cosa que, Amalia acostumbrada a dirigir su hogar no vio con buenos ojos. Evidentemente las discusiones debieron desarrollarse en italiano o en francés, ya que Amalia desconocía el español.

Según cuentan diversas crónicas cortesanas, la hostilidad existente entre la reina María Amalia de
Sajonia y su suegra la reina Isabel de Farnesio era debida, además de al carácter dominante de Isabel, a las numerosas obligaciones que esta le imponía a su nuera. Entre ellas estaba la que obligaba a Amalia a visitar a su suegra durante al menos dos horas, y todos los días. Otra le impedía abrir las puertas de los balcones de los palacios, aunque estuvieran en verano.

Recogen las crónicas de la época, que hasta tal punto había empeorado el carácter de María Amalia de Sajonia cuando en 1759 vino a España con su esposo el rey Carlos III, que este, para tranquilizarla organizaba un gran número de cacerías por los bosques cercanos a Madrid, sobre todo los de La Zarzuela y El Pardo. Al parecer, esta afición calmaba visiblemente los decaídos ánimos de la reina, que añoraba mucho su vida en Nápoles.

El principal obstáculo que tuvo la reina española María Amalia de Sajonia cuando en 1759 se instaló con su esposo Carlos III en Madrid fue el del idioma. Ella desde su infancia hablaba alemán y francés, y tras convertirse en reina de Nápoles aprendió italiano. Cuando se convirtió en reina de España en un principio decidió hablar francés con todos los cortesanos, reservando el italiano para comunicarse con su marido, hijos y suegra.

Varios factores se unieron para amargarle a la reina María Amalia de Sajonia, esposa de Carlos III, su primera Nochebuena en España, y que tristemente resultó también la última. Además del desconocimiento del idioma, estaban el feroz invierno madrileño, los fríos aposentos del Palacio del Buen Retiro y la insalubre capital de España, que le pareció horrible en todos los aspectos. Sin olvidar que la salud de la reina había empeorado visiblemente como consecuencia sobre todo del clima, mucho más frío que el de Nápoles.



Parece ser que algunos cronistas de la época atribuyen a la reina María Amalia de Sajonia la frase: "...para acostumbrarme a este país creo que no me bastaría toda mi vida..." refiriéndose a España, país en el que tan solo pudo residir un año. Al parecer Madrid, la ciudad donde residió le causó a la reina una desagradable impresión, posiblemente por su falta de urbanismo y sobre todo por su insalubridad.

Según recogen las crónicas de la época, lo único que le gustó de verdad a la reina María Amalia de Sajonia de España fue el Monasterio de El Escorial. Hasta tal punto le agradó y cautivó el lugar que dejó escrito en su testamento que deseba ser enterrada en el Panteón Real del monasterio, y con el hábito de carmelita.

Resulta curioso que una reina de España no hable ni aprenda a hablar español. Esto sucedió con la esposa del rey Carlos III, quien no llegó a hablar castellano debido a la corta duración de su reinado, que apenas duró dos años. Tan solo uno de los cuales vivió en España, y más concretamente en Madrid.

María Amalia de Sajonia, durante su breve reinado introdujo ciertos cambios en el protocolo de palacio. Entre ellos el más conocido fue el de instalar un Belén en el palacio durante la Navidad. Las figuras que componían el nacimiento, y que los reyes habían traído de Nápoles se conservan hoy en día en el Palacio Real. María Amalia se sorprendió por el éxito que su belén había tenido entre los madrileños, inmediatamente imitado por todas las clases sociales.

Parece ser que al igual que a los reyes Isabel de Farnesio y Felipe V, a la mujer de su hijo Carlos III, la reina María Amalia de Sajonia tampoco le gustó nada la fiesta nacional española, los toros. Esto era debido a que María Amalia siempre había tenido un gran amor por los animales, y las corridas de toros le parecieron un espectáculo muy cruel, sobre todo para los toros.

 
Retrato del Infante Carlos Antonio de Borbón, Príncipe de Asturias (1748-1819); obra de A.R. Mengs. / Abajo, retrato de Fernando IV, Rey de Nápoles y de Sicilia (1751-1825)
 
 

La reina española María Amalia de Sajonia tuvo entre sus hijos a dos reyes y a una emperatriz. El segundo de sus hijos varones, Carlos Antonio llegó a ser rey de España como Carlos IV; Fernando (1751-1825), tercero de sus cinco hijos varones llegaría a ser rey de Nápoles y de Sicilia con el nombre de Fernando IV. Y su hija María Luisa (1745-1792), tras su matrimonio con Leopoldo II de Austria-Lorena se convirtió en la emperatriz de Alemania, después de ser gran duquesa de Toscana.



El duodécimo de los hijos de los reyes de España Carlos III y María Amalia de Sajonia, el infante Antonio Pascual de Borbón (1755-1817), sería quien, en 1808, asumiría la presidencia de la Junta Suprema encargada del gobierno de España tras la marcha de Fernando VII a Bayona como consecuencia de la llegada de las tropas francesas de Napoleón Bonaparte.

Parece ser que mientras la reina María Amalia de Sajonia iba poniendo las hermosas figuras del belén, que había traído de Nápoles, su esposo el rey Carlos III, preocupado por su deteriorada salud, le hablaba de edificar una fábrica de porcelana en el Buen Retiro, adecentar y modernizar las calles de Madrid, terminar el Palacio Real y los jardines y hacer otras muchas mejoras que España necesitaba. Todo con la intención de que la reina olvidase la tuberculosis que minaba su salud.



Pocos meses después de que Carlos III ocupara el trono, el veintisiete de septiembre de 1760 murió la reina, con los pulmones demasiado débiles por el tabaco, y de tuberculosis. Su esposo Carlos III confesó: "En veintidós años de feliz matrimonio, este es el primer disgusto serio que me da Amalia."


Carlos III, que había estado muy enamorado de María Amalia no volvió a contraer matrimonio.

Tras la muerte de su esposa María Amalia de Sajonia, el rey Carlos III nunca volvió a casarse, pero cumplió todas las promesas que le había hecho a ella. Madrid fue otro. Y las navidades españolas, también. Los artesanos levantinos rivalizaron con los italianos en la creación de figuras para el belén y años después, en Barcelona, se hicieron moldes de yeso para el nacimiento, baratos y populares. En Madrid, hasta los más pobres se acostumbraron a comprar figuras de arcilla cocida en los puestos de la Plaza Mayor. Tradición ésta que continua hasta nuestros días.

 


viernes, 10 de abril de 2015

BÁRBARA DE PORTUGAL, REINA DE LAS ESPAÑAS

MARÍA BÁRBARA DE BRAGANZA
REINA DE LAS ESPAÑAS Y DE LAS INDIAS
1711 - 1758
 
 

María Bárbara de Braganza, Infanta de Portugal (Lisboa, 1711-Madrid, 1758), esposa del rey Fernando VI (Madrid, 1713-Villaviciosa de Odón, 1759) era hija de los reyes de Portugal, Juan V y la Archiduquesa María Ana de Austria. Cuando se casó con Fernando en 1729 éste todavía era Príncipe de Asturias ya que su padre, Felipe V, se había hecho cargo del trono de nuevo tras la muerte de su hijo Luis I en 1724.


Según nos la describen los anales de la época, la reina Bárbara de Braganza era una mujer oronda y al parecer carente de atractivo físico. Pero para todos poseía una cualidad muy importante, poseía un gran corazón. Además, Bárbara de Braganza, amó profunda y sinceramente a su marido, Fernando VI, pese a que según parece era él quien no podía tener hijos.

Los reyes Bárbara de Braganza y Fernando VI protagonizaron uno de los reinados más tranquilos de la historia de España. Parece ser que esto se debió al carácter tranquilo de los monarcas dedicados sobre todo a la dirección del Estado. Según las crónicas de la época, el carácter melancólico de ambos monarcas se acentuó al no poder tener descendencia. Hecho éste que hizo que ambos demostraran su unión en sus aficiones comunes, como la música.

En todas las crónicas de la época, se recoge el hecho de que, la reina española Bárbara de Braganza fue una persona muy religiosa. Ejemplo palpable de ello, es que fue la fundadora del Real Monasterio de la Visitación, en Madrid, más conocido como las Salesas Reales.



Otra crónica relata que la fundación del Monasterio de las Salesas Reales se debió también a otras causas. Al parecer la reina Bárbara de Braganza había firmado en 1729 un contrato matrimonial con Fernando VI. Este contrato preveía, en caso de quedarse viuda, la posibilidad de permanecer en España o volver a Portugal. Cuando Bárbara llegó a reina en el año 1746, decidió mandar construir un monasterio que le sirviera de refugio para protegerse de la reina madre, Isabel de Farnesio, si fallecía Fernando VI.

Podemos comprobar en diversas crónicas, como la reina Bárbara de Braganza se implicó totalmente en todos los aspectos relacionados con las construcción del Monasterio de la Visitación, conocido después como las Salesas Reales. Bárbara decidió que además de convento, la fundación sería un colegio donde se educarían las jóvenes pertenecientes a la nobleza. Asimismo eligió la orden de religiosas de la Visitación para que se encargaran de él.

Al parecer, los numerosos gastos que provocaba la construcción del Monasterio de la Visitación fundado por la reina Bárbara de Braganza, hicieron que circularan por Madrid graciosas coplillas haciendo alusión al tema, como la siguiente:

Bárbaro edificio
bárbara renta
bárbaro gasto
bárbara reina.




Bárbara de Braganza ha sido una de la reinas de España más cultas, pues además de hablar seis idiomas con toda corrección, componía música sin dificultad. Esta gran afición a la música hicieron que ella y su marido Fernando VI protegieran a músicos tan importante como Domenico Scarlatti.

Al igual que su suegra Isabel de Farnesio, la reina Bárbara de Braganza, gran amante de la música organizó numerosos conciertos cortesanos. Son famosos hasta el extremo de "crear época" los organizados en el palacio de Aranjuez. Estos conciertos tuvieron como protagonista indiscutible al famoso y extravagante Carlo Broschi, conocido en toda Europa por Farinelli.



Según parece, el famoso cantante italiano, Carlo Broschi (Andria, Nápoles, 1705-Bolonia, 1782) conocido como Farinelli había llegado a la corte española en el año 1737. Durante los últimos años de reinado de Felipe V. Tras la muerte de éste, adquirió una gran influencia personal sobre su sucesor, el rey Fernando VI y su esposa Bárbara de Braganza. Ambos grandes aficionados a la música. Sucedió que en 1760, un años después de la muerte de Fernando VI, su hermanastro, Carlos III le desterró no sólo de España, sino de todos sus reinos.

Según los cronistas de la época la historia de las malas relaciones entre nuera y suegra se volvía a repetir. Tras su matrimonio con Fernando, Bárbara de Braganza no consiguió llevarse bien con su suegra la reina Isabel de Farnesio. Las malas relaciones quizá se debieran a que Fernando era hijastro de Isabel de Farnesio, y su relación nunca había sido de madre e hijo. O quizá se debió al carácter dominante que tenía Isabel, en contraposición con el carácter bondadoso y afable de Bárbara que no consintió que su suegra se inmiscuyera demasiado en su matrimonio ni en su reinado.




Bárbara de Braganza fue reina de España durante doce años, entre 1746 y 1758. Pese a que su matrimonio con Fernando VI había durado veintinueve años, la pareja no había podido tener descendencia. A pesar de ello fue una reina muy querida por los españoles, y en concreto por los madrileños, quienes directamente podían comprobar como apoyaba a su esposo en las tareas de gobierno. Fueron así doce años de un reinado pacifico y de renacimiento cultural.

Bárbara de Braganza murió el 27 de agosto de 1758 en el palacio de Aranjuez. Con tan solo cuarenta y siete años de edad, falleció como consecuencia de un proceso canceroso en el útero. Casualmente su fallecimiento se produjo pocos meses después de la terminación del Real Monasterio de la Visitación, fundado por ella, y al que había dedicado todas sus energías.

Los restos de Bárbara de Braganza fueron trasladados de Aranjuez, donde falleció, a Madrid. Según las crónicas de la época el traslado se hizo en medio de un deslumbrante cortejo fúnebre en el que participaron muchísimos madrileños que habían sentido la muerte de su reina. Los restos fueron depositados en la cripta del Monasterio de las Salesas Reales, mientras se construía la tumba en la iglesia del monasterio.

Parece ser que tras la muerte de Bárbara de Braganza su esposo, el rey Fernando VI, empezó a dar graves muestra de enajenación mental. Al igual que su padre Felipe V tras la muerte de su primera esposa María Luisa Gabriela de Saboya sufrió una gran depresión emocional. Retirado al castillo de Villaviciosa de Odón falleció, según parece de pena en 1759, un año después de la muerte de su esposa la reina Bárbara de Braganza.

miércoles, 25 de marzo de 2015

ISABEL DE PARMA, LA REINA GOBERNADORA

ISABEL DE PARMA
REINA DE LAS ESPAÑAS & DE LAS INDIAS
1692 - 1766
 
 



A reina muerta, reina puesta

Tras la muerte de la primera esposa de Felipe V, María Luisa Gabriela de Saboya y Orléans, la princesa de los Ursinos, que ejercía una especie de regencia, comentaba con el abate Giulio Alberoni (Fiorenzuola d'Arda, 1664 / Piacenza, 1752) la necesidad urgente de encontrar una nueva esposa para el rey. Debido a que éste estaba en tal estado de decaimiento, se temía por su salud mental. Según parece, era tanta la fogosidad de Felipe V y su necesidad de expresarla, que el tener que contenerse le provocaba terribles dolores de cabeza. Hubo quien sugirió damas dispuestas a ofrecerse al rey para aliviar sus irrefrenables impulsos sexuales, pero el monarca, demasiado santurrón, tenía en horror la sola idea de fornicar con otra mujer que no fuera su legítima compañera ante los ojos de Dios. Sencillamente, y por un miedo irracional al infierno ferozmente inculcado por sus tutores, Felipe V no estaba dispuesto a pecar carnalmente y dar semejante ejemplo a sus súbditos, aunque de ello dependiera su salud y estabilidad emocional.



La elegida para convertirse en la segunda esposa de Felipe V fue Isabel Farnesio (Parma, 1692-Madrid, 1766), Princesa de Parma, única hija de los príncipes herederos de Parma, Eduardo II (1666-1693) y Sofía Dorotea de Neoburgo (1670-1748). Isabel se convirtió así en la segunda reina española de origen italiano. Además, Sofía Dorotea era hermana de Mariana de Neoburgo, por lo que Isabel era sobrina de la viuda de Carlos II, el último de los Habsburgo, que vivía exiliada en Bayona. La primera esposa de Felipe V, la reina María Luisa Gabriela, no tardó en ser suplida por Isabel Farnesio. A todas luces, el trono de la ambiciosa parmesana fue la cama, desde la que se dictó la política española de su tiempo, ya que conociendo el punto débil de su esposo no dudó en aprovecharse de él.

 
Retrato de Francesco I Farnese (1678-1727), VIIº Duque de Parma entre 1694 y 1727, sucesor y segundo hijo del Duque Ranuccio II, que asumió la corona ducal gracias a la prematura muerte de su hermano mayor Odoardo II, y casó con su viuda la Princesa Dorotea-Sofía de Neoburgo, madre de la Princesa Elisabetta alias Isabel de Parma, y hermana de la Reina Viuda de España y de la Reina de Portugal.
 
 
Retrato de la Princesa Palatina Dorotea-Sofía de Baviera-Neoburgo (1670-1748), Princesa Heredera Viuda de Parma y luego Duquesa consorte de Parma entre 1696 y 1727, tras contraer matrimonio en segundas nupcias con su cuñado Francesco I Farnese.
 
 
 
Retrato del Cardenal Giulio Alberoni  (1664-1752).
 


Según las crónicas, la elección de Isabel Farnesio para convertirse en la esposa de Felipe V no fue del todo casual. Influyeron en la elección no sólo los cortesanos más allegados al rey, como la princesa de los Ursinos, sino personajes tan alejados de la corte como la desterrada reina viuda Mariana de Neoburgo. Además estaba Giulio Alberoni, encargado por el tío paterno y padrastro de Isabel, el duque Francesco de Parma, de las negociaciones para lograr el matrimonio de su hijastra con Felipe V. Isabel de Parma era físicamente una mujer alta y bien formada, con un aspecto vital y unos ojos que emanaban carácter y ambición, aunque la viruela padecida durante su juventud le había quitado muchos encantos a su rostro.



Pese a todo seguía siendo bella. Era además una mujer astuta, versada en idiomas, que disfrutaba interviniendo en política y se interesaba por todas las actividades artísticas e intelectuales. Siempre según las crónicas, Isabel fue descrita a la princesa de los Ursinos como una mujer sumisa, sencilla, sin carácter, inofensiva y manipulable, relegada a una posición tan discreta que no tenía más aficiones que la de bordar y atiborrarse de pasta, queso parmesano y mantequilla, en suma todo lo contrario de cómo realmente era. Esa buena propaganda fue enteramente fabricada por el intrigante abate Alberoni, para ganarse el apoyo de la princesa y conseguir que Isabel se convirtiera en la nueva reina de España.

Las negociaciones entre la Corona Española y el duque de Parma para lograr el matrimonio entre Isabel y Felipe V tenían otro objetivo además del explicito de la boda: la aspiración española a las perdidas posesiones en Italia, a las que aspiraba Isabel como única heredera de Parma. No solo pareció adecuado el compromiso a la princesa de los Ursinos, sino también al mismísimo Luis XIV, a quien la idea de que los Borbones tuvieran posesiones en Italia le parecía excelente.

 

La elección parmesana


 
Retrato de Don Felipe V de Borbón y Baviera (1683-1746), Rey de las Españas y de las Indias entre 1700 y 1724, y luego de 1724 a 1746.


La princesa de los Ursinos como camarera mayor de la corte y como "regente" efectiva de la corona española, y ante la apatía de Felipe V, fue la encargada no sólo de las negociaciones matrimoniales, sino también de comunicarle al rey su próximo enlace con Isabel de Parma. Entusiasmado ante la idea, Felipe pasó de la tristeza a la alegría tras seis meses de melancólico luto, y sobre todo de rigurosa abstinencia sexual, lo que según los médicos le provocaba el lamentable estado de salud en el que se encontraba.

Algo sorprendente en el enlace entre Isabel y Felipe V fue la rapidez con que todo se llevó a cabo. Tras unas diligentes negociaciones matrimoniales en 1714, a instancias del rey, se firmaron las capitulaciones matrimoniales para la boda por poderes en Parma en agosto. Al mes siguiente, en Parma, se celebró entonces la boda por poderes, tras la cual partió Isabel sin más dilación hacia España para reunirse con su flamante marido.

Por lo visto, el viaje se pensaba realizar por mar, pero debido a las inclemencias del tiempo que hacían peligroso el viaje, éste se interrumpió y hubo de proseguirse por tierra atravesando territorio francés.

 
Retrato de la Princesa Palatina Mariana de Baviera-Neoburgo, Reina Viuda de las Españas y de las Indias (1667-1740), segunda y última consorte del último monarca Habsburgo castellano, el Rey Carlos II "el Hechizado". Era hermana de la Reina de Portugal y de la Duquesa de Parma.


Al parecer fue durante el viaje por tierra hacia España cuando, al pasar por Francia Isabel de Parma tuvo una entrevista con su tía, la exiliada reina viuda Mariana de Neoburgo. La entrevista se produjo en la ciudad francesa de Saint-Jean-de-Pied-de-Port. Según cuentan las crónicas de la época, durante esta breve entrevista Mariana de Neoburgo informó a su sobrina sobre el carácter de los españoles y la vida en la corte madrileña. Pero además, la previno sobre la influencia que en la Corte tenía la princesa de los Ursinos, aconsejándola que la alejara del rey y de la Corte.

En su viaje hacia Madrid, y después de atravesar la frontera franco-española, Isabel de Parma pasó por la ciudad de Pamplona, donde la nueva reina de España fue agasajada por la población durante nada menos que cinco días. Aquí la joven Isabel empezó a conocer el carácter de los españoles quienes según cuentan parecían encantados con la segunda esposa de Felipe V, pensando quizá que sería tan buena como la añorada María Luisa Gabriela de Saboya.

 

La caída y expulsión de la Princesa de Los Ursinos


 
Retrato de Anne-Marie de La Trémoïlle, Princesa Viuda Orsini aka Princesa de Los Ursinos y Duquesa de Bracciano (1641-1722).

Un suceso lamentable ocurrió cuando la joven reina Isabel se acercaba a Madrid en la navidad de 1714. Un impaciente Felipe V que esperaba a su nueva esposa en Guadalajara envió a Jadraque a su amiga y consejera la princesa de los Ursinos para recibir en su nombre a Isabel. Pero sucedió que por su avanzada edad –tenía setenta y dos años- y achaques, la princesa de los Ursinos no pudo ejecutar la reverencia completa ante la reina como lo requería la etiqueta. Además se tomó la confianza de coger a la reina por la cintura, haciendo ciertos comentarios sobre su aspecto rollizo y tratándola como a una chiquilla. Esto hizo que una Isabel fuera de sí, echase a la princesa no solo de la estancia, sino también del reino. El incidente sucedido en Jadraque, que dio pie a la reina Isabel para expulsar a la princesa de los Ursinos del reino ha pasado también a la historia por el hecho de que el jefe de la guardia, temeroso de ser objeto de futuras represalias por parte del rey, y sabedor de la omnipotencia de la princesa de los Ursinos, solicitó de la reina Isabel que la orden de expulsión se le diera por escrito. No faltaba más! Pidió pluma y papel, escribiendo ella misma y sobre su falda dicha orden. Tan rápidamente fue cumplida la orden, que la querida princesa fue metida con lo puesto en una carroza y conducida a través de una terrible nevada, bajo escolta, hasta la frontera con Francia. Lo más triste es que, enterado Felipe V del suceso, no hizo nada por hacer regresar a su querida consejera, se dice que por no contrariar a su nueva esposa. Como la princesa no tenía más valedor que el rey de España y éste la había abandonado a su suerte, ésta se vio mal acogida por las autoridades francesas. Peor aún: cuando osó presentarse en la corte de Versailles, la acogida no pudo ser más glacial por parte de Luis XIV y la marquesa de Maintenon, ya que miraban a la princesa de los Ursinos como a una traidora a los intereses de Francia por haber defendido una política que conciliara los objetivos de ambos reinos cuando estaba en el poder.

Tuvo entonces que abandonar Versailles y refugiarse en casa de su hermano el duque de Noirmoutiers hasta que en 1715, al fallecer Luis XIV e inaugurarse la regencia del duque de Orléans, acérrimo enemigo de la princesa, le fue notificada que era persona non grata en Francia. Volvió a hacer sus baúles y cruzó la frontera italiana para morir finalmente en el más absoluto olvido.

Ciertamente, si hay algo que agradecer a la princesa de los Ursinos, fue su intento de llevar una política conciliadora en la que no admitía que los intereses españoles fueran ninguneados frente a los de Versailles. Y eso, Luis XIV y sus ministros no lo digerieron muy bien...

 

Mejor que un trono, una cama



En sus Memorias, Louis de Rouvroy, duque de Saint-Simon (1675-1755) nos ofrece un extraordinario documento sobre la vida pública y privada de la aristocracia. Además comenta divertido como los cortesanos españoles se quedaron muy contrariados al ver como, tras la ceremonia nupcial, celebrada a la seis de la tarde, el nuevo matrimonio formado por Isabel de Parma y Felipe V se dirigió rápidamente a la cámara nupcial para consumar su unión.

Ya desde su primer encuentro con Felipe V, Isabel descubrió que, debido al lujurioso temperamento de su marido, podría dominarlo fácilmente desde el lecho conyugal. Tanto es así, que unos años después de la boda, se comentaba no solo en la Corte española sino también en la de Versailles que el rey se debilitaba a ojos vista, debido sobre todo a los numerosos encuentros que con la reina tenía.

Además cuentan algunos que Isabel, cuando veía apaciguado a Felipe le administraba un brebaje afrodisíaco de vino mezclado con diversas especias.

El matrimonio entre Isabel de Parma y Felipe V se celebró en 1714 en la misma ciudad de Guadalajara; Isabel tenía veintidós años y Felipe treinta y uno. En los cuadros que representan el momento, y que podemos ver en el Museo del Prado, podemos observar como Isabel tenía ya un aspecto rollizo, debido probablemente a su debilidad por la pasta y el queso parmesano.

Según cuentan las crónicas cortesanas de la época, la reina Isabel de Parma era una mujer imponente, de gran estatura y aspecto voluminoso, que llamaba la atención nada más entrar en una habitación. A pesar de esto, Isabel no dudaba en resaltar su persona, adornándose profusamente con todo tipo de joyas vistosas, pieles, encajes y lazos, y todo lo que estuviera de moda; le sentara bien o mal, siempre iba engalanada como lo que era y se esperaba de una reina.

 

La reina mal querida

El recibimiento que la villa de Madrid hizo a la segunda esposa de Felipe V, la italiana Isabel de Parma, fue todo menos "bienvenida". Se dispensó más bien una gélida acogida a la recién llegada. Los cronistas de la época recogieron algunos de los agrios comentarios que el pueblo hacía al pasar delante de ellos la soberana. Uno de estos aludía a la condición de madrastra que debía asumir Isabel: "cara de madrastra no la he visto peor en la vida". Con el tiempo este comentario se hizo realidad, ya que Isabel se comportó más como una madrastra que como una madre con los tres hijos que Felipe V había tenido con su esposa María Luisa.

La dominante reina Isabel de Parma consiguió con el destierro de la princesa de los Ursinos el abandono de la política pro-francesa. Sin la protección de la princesa, los nobles franceses afincados en la Corte madrileña tuvieron que regresar a París, siendo sustituidos por numerosos personajes italianos que vinieron llamados por el primer ministro Alberoni, quien pretendía así lograr un fructífero acercamiento con los reinos italianos. Con esta política, España se ganó muchos enemigos, entre ellos Francia. Fue ante la presión de éstos, que Felipe V se vio obligado más adelante a expulsar a Alberoni, quien se trasladó a Roma. Allí sería nombrado por el Papa legado pontificio en la Romagna.

El 28 de febrero de 1718 y por Real Disposición de Felipe V, todos los Regimientos de Caballería debían recibir un nombre fijo. Así, el viejo Tercio de Hersemburgo -que en el momento del cambio se conocía como Regimiento de Atry- pasó a llamarse Regimiento Farnesio, 4º de Caballería. El número 4 le correspondía por antigüedad en aquella época, yendo por delante de éste los Regimientos siguientes: de la Reina, del Príncipe y Borbón. En cuanto al nombre, obviamente, tiene su origen en la segunda esposa del rey Felipe V, Isabel Farnesio, última descendiente de la estirpe que en el siglo XVI tuvo por mejor ilustración al gran militar Alejandro Farnesio.

 

La Reina prolífica



La reina Isabel tuvo nada menos que siete hijos con el rey Felipe V, hecho éste que la convierte en una de las reinas españolas más fecundas, por no decir la que más. Sus siete hijos fueron: Carlos (1716-1788), que ocuparía el trono con el nombre de Carlos III; Francisco, nacido en 1717 y muerto a los pocos días; María Ana Victoria (1718-1781), que sería reina de Portugal tras casarse con José I; Felipe (1720-1765), duque de Parma, Piacenza y Guastalla; María Teresa Rafaela (1726-1746), esposa de Luis de Borbón, Delfín de Francia; Luis Antonio Jaime (1727-1785), arzobispo de Toledo y Sevilla, y María Antonia Fernanda (1729-1785), esposa de Víctor-Amadeo III de Saboya, rey de Cerdeña-Piamonte.

En abril de 1715, Isabel Farnesio, dio a conocer a todo el mundo que estaba esperando su primer hijo. Ante tan buena noticia, la corte se concentró inmediatamente en los preparativos para el parto. Por ello, se movilizó no sólo a todo el personal de palacio, sino también a nobles y cortesanos. Armó tanto revuelo como si este fuera el ansiado heredero para el trono español. Es más, pretendió conseguir que su primer hijo recibiera honores como si fuera el Príncipe de Asturias, olvidando conscientemente que este ya existía en la persona del príncipe Luis.

Desde el primer momento la corte madrileña vio en la reina Isabel a una mujer ambiciosa. Pero nadie sospechó que su ambición la llevaría a codiciar el trono de Francia. En Septiembre de 1715, tras la muerte del abuelo de su esposo, el rey Luis XIV, no dudó en animar a su esposo a reafirmar sus derechos a la corona francesa, a pesar de que ya existía un heredero superviviente legítimo, el pequeño Delfín Luis, bisnieto de Luis XIV y sobrino de Felipe V.

Como en otros partos reales, para el primero de Isabel de Parma, estaba prevista la asistencia de un cierto número de nobles que discretamente controlaría el nacimiento del futuro príncipe o princesa. Isabel preparó así la lista de los cortesanos que asistirían y la dio a conocer en septiembre de 1715, enviando además las ordenes de asistencia. Pero resulta que Isabel, exagerada o intencionadamente, confecciona una lista tan amplía como nunca había sucedido en la corte española. Dicha lista contenía más de cuarenta nombres entre los que destacaban miembros de la alta nobleza y eclesiástica de España y del extranjero, incluyendo los miembros del Consejo del Reino, además del alcalde de Madrid, como si fuera a nacer el Príncipe de Asturias, aunque no fuera el caso.



El 20 de enero de 1716 nació en el Alcázar de Madrid el infante Carlos, primer hijo de Isabel con Felipe V. Al parecer los únicos contentos sinceramente fueron los padres del recién nacido. El resto de la corte y la población de Madrid no fueron capaces de dar muestras sinceras de alegría, al considerar que la reina Isabel de Parma se había excedido en los festejos con ocasión del nacimiento de su primogénito, olvidando que España tenía ya un Príncipe de Asturias, además de otros dos infantes herederos al trono; los tres fruto del anterior matrimonio de Felipe V.

La reina Isabel Farnesio estaba tan orgullosa de su numerosa prole, que se vanagloriaba de ello diciendo que a ella nunca le reprocharían lo que a su tía Mariana de Neoburgo, viuda de Carlos II, de quien se decía que dejó el trono español tan virgen como lo había encontrado. A estos siete hijos había que añadir los tres que ya tenía Felipe V de su anterior matrimonio con María Luisa Gabriela de Saboya.



Isabel de Farnesio fue madre de un rey y dos reinas: Carlos (1716-1788), que ocuparía los tronos de Nápoles-Sicilia y de España con el nombre de Carlos III; María Ana Victoria (1718-1781), que sería reina de Portugal tras casarse con José I y María Antonia Fernanda (1729-1785), esposa de Víctor-Amadeo III (Turín, 1726-Moncalieri, 1796) duque de Saboya y rey de Cerdeña entre 1773 y 1796.

También pudo ser madre de una reina de Francia, ya que su hija María Teresa (1726-1746) era esposa de Luis de Borbón, Delfín de Francia. Su prematura muerte producida antes del acceso al trono de su marido lo impidió.

 

Interferencias politicas


 
Retrato del Rey Luis XV de Francia y de Navarra (1710-1774).

En 1715, un año después de la boda entre Isabel y Felipe V ocurrió un hecho decisivo para la política europea: la muerte de Luis XIV, abuelo de Felipe V. El nuevo Delfín de Francia era el hijo del duque de Borgoña, un niño de cinco años, por lo que se hacia necesario el nombramiento de un regente. El caso es que casi presionado por su esposa Isabel, Felipe V decide optar a la regencia de Francia en calidad de tío del joven heredero. Este hecho despertó viejas enemistades con Austria, Francia, Gran Bretaña y Holanda, que consideraron que España vulneraba los acuerdos del Tratado de Utrecht firmado en 1713 y que había establecido un status quo en Europa.

Finalmente ante las presiones exteriores Felipe V desistió de su idea y fue nombrado regente de Francia el duque de Orleáns, sobrino carnal y yerno político del difunto Luis XIV. Sin embargo, Isabel salió beneficiada al conseguir para sus hijos la promesa de heredar los ducados de Parma y Toscana.

 

Cacerías Reales



Según las crónicas de la época Isabel y Felipe V, como otros monarcas españoles, desarrollaron una gran afición a la caza. Así los reyes practicaban la caza en los cotos reales cercanos a la villa de Madrid. Al parecer comenzaron a practicar la montería por recomendación médica, ya que era beneficiosa para la salud mental y física del monarca, y finalmente la practicaron también por placer.

La reina Isabel de Parma era una hábil cazadora, hecho que recogen los anales históricos. Así se describe como la reina practicaba la caza mayor en los bosques del Pardo y la Zarzuela situados en los alrededores de la villa de Madrid. Conejos y liebres en la Casa de Campo y pequeñas aves en el Buen Retiro.

 

Intrigas a la italiana

Isabel era una mujer dominante cuya única obsesión era dejar bien situados a sus numerosos hijos, ya que ninguno de ellos optaba directamente al trono de España. Consiguió así imponer su voluntad a su esposo el rey Felipe V, obligándole a realizar una intensa labor destinada a que sus hijos gobernaran en los territorios italianos que ella creía que por herencia les correspondían. Este hecho condicionó la política exterior española durante la primera mitad del siglo XVIII.

Los testigos de entonces describen con todo lujo de detalles como la soberbia reina española, hizo todo lo posible para entorpecer la educación política de su hijastro Fernando quien, tras la repentina muerte de su hermano Luis I había de sucederle en el trono de España. Así pues, por todos los medios posibles trataba de impedir la asistencia de Fernando a los Consejos de Estado que habían de ponerle al día sobre la situación del reino. Esta enconada intromisión de la reina Isabel hizo que se ganara muchas enemistades entre los nobles y cortesanos españoles.

 

Reyes antitaurinos


Hecho curioso durante el siglo XVIII fue el decaimiento de las corridas de toros celebradas anualmente en Madrid. Más concretamente durante el reinado de Isabel y Felipe V. Parece ser que la caída en desgracia de la tauromaquia fue debido a la falta de interés que en ambos despertaba la fiesta nacional, debido posiblemente a que ninguno se había criado en España y no habían desarrollado esta clase de afición que otros reyes españoles si habían tenido y que había contribuido a su financiación. En cualquier caso, a los reyes les parecía un espectáculo sanguinario supérfluo y sin sentido.

 

Planes y proyectos




La reina sufrió, al igual que su tía Mariana de Neoburgo, el destierro. Al contrario que aquella, Isabel fue desterrada dentro de los límites de España, concretamente al palacio de la Granja de San Ildefonso, situado en la provincia de Segovia. Este destierro fue decretado por su hijastro Fernando VI (Madrid, 1713-Villaviciosa de Odón, 1759), quien tras suceder a su padre en 1746 así lo decidió, ya que consideraba que la intromisión de su madrastra en los asuntos de Estado habían resultado muy negativos, y estuvieron encaminados a impedir su subida al trono.

 
Retrato perfilado en cera del Infante Don Carlos de Borbón (1716-1788), convertido en Duque de Parma y luego en Rey de Nápoles y de Sicilia.


Las maniobras políticas llevadas a cabo por la reina Isabel aseguraron primero a su hijo Carlos las coronas de Nápoles y de Sicilia. Pero las muertes de sus hijastros Luis I, tras siete meses de reinado, y Fernando VI tras casi trece años en el trono trastocaron los planes de forma positiva. Logró así que su hijo Carlos ocupara el trono de España, pese a que éste ocupaba el cuarto lugar en la sucesión. La infanta Maria Ana Victoria, conocida por todos como Marianita, era la tercera de los siete hijos del matrimonio formado por Isabel y Felipe V. Esta joven infanta española fue como en otras ocasiones utilizada como mero peón por la política del Estado, ya que fue prometida en matrimonio por dos veces. El primero de los contratos matrimoniales fue con Francia, como prometida del rey Luis XV de Francia. Pero cuando el duque de Borbón asumió el gobierno galo (sucediendo al finado duque de Orléans, en 1723), la devolvió por ser demasiado joven para consumar el matrimonio y la reemplazó por una princesa polaca mucho mayor que ésta, y en edad de proporcionar un heredero a Francia.

Tenía tan solo ocho años cuando fue devuelta a Madrid. El segundo de los contratos matrimoniales, en cambio, si llegó a cumplirse, convirtiéndose la joven infanta en la futura reina de Portugal tras casarse con el que sería el rey José I.

Fue durante los años de reinado de Felipe V y de su segunda esposa Isabel cuando a instancia suya se fundaron en España instituciones tan importantes para la cultura nacional como la Biblioteca Nacional, la Real Academia de la Lengua y la Real Academia de la Historia.



Isabel y su esposo Felipe V fueron los impulsores de la construcción del palacio de La Granja, en Segovia. Este palacio, que fue edificado emulando al palacio de Versailles -aunque a una escala menor-, rodeado de hermosos jardines y fuentes, fue concluido en 1736, tras diversas ampliaciones llevadas a cabo desde su inicio en 1719. Era el lugar de retiro favorito de estos reyes, como lo demuestra el hecho de que se retiraran a vivir allí tras la abdicación de Felipe V en 1724.

Parece ser que la estrategia seguida por Isabel de Parma para fortalecer la alianza con Francia mediante matrimonios de Estado fracasó completamente. El primero de estos matrimonios unía a Luis, Príncipe de Asturias con la princesa francesa Luisa Isabel de Orléans. Debido a la temprana muerte de Luis I no prosperó. El segundo intento fue prometer en matrimonio a la infanta Maria Ana Victoria, de tan solo cuatro años, con el rey Luis XV, cuyo primer ministro (el duque de Borbón) devolvió a la joven infanta española ante la imposibilidad de consumar el matrimonio, ya que ésta tenía tan solo ocho años. El tercer intento unió a la infanta María Teresa Rafaela con el primogénito de Luis XV, pero ésta falleció con tan solo veinte años tras dar a luz una niña que le siguió a la tumba.

 
Retrato de la Infanta Doña María-Ana Victoria de Borbón, ex prometida del Rey Luis XV de Francia y Princesa consorte de Brasil y de Beira (1718-1781), futura Reina de Portugal y de los Algarves.


 
Retrato del Infante Don Luis Antonio de Borbón, ex Arzobispo de Toledo y de Sevilla, ex Cardenal Primado y, finalmente, Conde de Chinchón (1727-1785).


Luis Antonio Jaime (1727-1785), sexto hijo de los reyes Isabel y Felipe V, fue nombrado arzobispo de Toledo y de Sevilla, gracias a las intrigas de su madre. Pero pese a obtener tan importante y lucrativo cargo, acabó renunciando a él por no estar de acuerdo con las exigencias del celibato, adoptando en su lugar el título de conde de Chinchón, quizá no tan importante, pero que en cambio le permitía una vida más libre.

La intromisión en política de la reina Isabel no conoció limites. Consiguió, con la ayuda del cardenal Alberoni la intervención militar de España en la guerra de Sucesión de Polonia, con el envío de tropas en Italia contra Austria. En el primer conflicto su hijo Carlos consiguió los reinos de Nápoles y Sicilia; y en el segundo conflicto de la guerra de Sucesión Austríaca, consiguió recuperar para su cuarto hijo Felipe (1720-1765) los ducados de Parma y Piacenza que estaban bajo dominio austríaco.

 

Abdicación y retiro



En enero de 1724 la reina Isabel vio interrumpida su carrera de intrigas y ambiciones. La interrupción se debió a que Felipe V, aquejado por una abrumadora depresión, decide abdicar; y lo hace en Luis, el primogénito habido con su primera esposa, la reina María Luisa Gabriela de Saboya. Disgustada, Isabel se ve obligada por las circunstancias a llevar una vida retirada junto a su marido en el palacio de La Granja, en Segovia.

El Palacio de La Granja en San Ildefonso, no lejos de la ciudad de Segovia, y ubicado en la Sierra del Guadarrama, está a unos 60 kms. de Madrid, capital administrativa y sede de la corte española. Fue por un casual que el rey Felipe V, yendo de cacería con su reina Isabel y algunos caballeros, descubrió el paraje que tanto le enamoró. Poco después, decidió que allí se le construyese un palacio barroco de dimensiones bastante reducidas seguramente en el año de 1719 o de 1720, encargando los planos y el proyecto al arquitecto Teodoro Ardemans, maestro mayor del Real Palacio y de la Villa de Madrid quien, obviamente, delegó la ejecución de la obra al aparejador Juan Román. Aunque se han barajado diversas fechas plausibles para el inicio de las obras, lo más seguro (y según los documentos del Archivo del Patrimonio Real) es que se empezaran el 1 de abril de 1721.

Tanto la edificación del palacio, cuyo tamaño se preveía modesto en principio, como el diseño de los extensos jardines a la francesa se iniciaron simultáneamente, tomando ejemplo de los existentes entonces en Versailles. El rey Felipe V, nostálgico de su época versaillesca, pretendía recrear un facsímil de la residencia real francesa a una escala reducida claramente inspirada en el Real Sitio de Marly y sus hermosos jardines. Para ello se contrataron al escultor René Carlier, al jardinero Etienne Boutelou y al ingeniero Etienne Marchand quien, a partir de 1725, iba a hacerse cargo de las obras.

El Real Sitio de La Granja de San Ildefonso no iba a ser uno más de los palacios diseminados por la geografía española, sino que tenía un destino más concreto: convertirse en la residencia veraniega de la Familia Real a partir de 1724. Puesto que el palacio primitivo debe acoger a los miembros de la Familia Real y a su corte, Ardemans tendrá que modificar sobre la marcha el conjunto con ampliaciones y añadir la Colegiata destinada a acoger los sepulcros de Felipe V e Isabel, sobre el antiguo emplazamiento de la vieja ermita de San Ildefonso. Las obras, casi constantes, durarán más de veinte años y, más allá de la muerte de Felipe V en 1746, seguirán bajo el impulso de su viuda Isabel Farnesio, principal ocupante del Real Sitio junto con los infantes don Luis y doña Maria-Antonia, futura reina de Cerdeña. Es más, por iniciativa de la reina-viuda, se construye el vecino Palacio de Riofrío para sus cacerías. Pero habría de esperarse el reinado de Carlos III para que La Granja adquiriera su ordenación definitiva.



 

La temporada hispalense


El traslado de la corte de Madrid a Sevilla, acaecido en 1725, estuvo causado por el empeoramiento de la depresión nerviosa de Felipe V. Éste se había visto obligado a regresar al trono tras la repentina muerte de Luis I (Madrid, 1707-Madrid, 1724) en agosto de 1724, apenas siete meses después de su abdicación. Las tareas de gobierno resultaron una pesada carga para Felipe V, quien vuelve a manifestar sus intenciones de abdicar. De hecho, la reina tuvo que confiscarle todo el material que pudiera servirle para redactar una renuncia formal a la corona, dejándole sin pluma, tinta ni papel al alcance de la mano, y prohibiendo terminántemente al servicio que le fueran proporcionados. Ante eso, Isabel decide el traslado de la corte a Sevilla, aduciendo razones de salud, y con la esperanza de que las distracciones del viaje le hagan olvidar al rey su obsesión por dejar la corona.

Fue durante los años de estancia de la corte en la ciudad hispalense cuando nace el último de los siete vástagos de Isabel y Felipe V. Se trata de la infanta María Antonia Fernanda (1729-1785) nacida en el Alcázar de Sevilla en 1729, y quien casada con Víctor-Amadeo III de Saboya, se convertirá en reina consorte de Cerdeña y Piamonte entre 1773 y 1785.

Durante los años que duró la estancia de la corte a Sevilla, Isabel se dio cuenta del verdadero alcance de la enfermedad mental de su esposo, que en aquella época denominaban "vapores". La enfermedad se había agravado tanto que había producido en el monarca una profunda depresión nerviosa. Intentando mejorar su estado de salud, Isabel organizó para Felipe agradables estancias por las bellas ciudades andaluzas y sus residencias reales, como en la Alhambra de Granada.


Reina-Viuda, Reina-Madre



Pese a que la historia ha tildado a la reina Isabel de Parma de ambiciosa e intrigante durante los últimos años de vida de su marido, demostró que tenía corazón y podía actuar desinteresadamente. Demostró ser una esposa devota de Felipe V, acompañándole hasta el final de sus días sin separarse jamás de él. Incluso en los momentos difíciles, la reina demostraba su temple y sangre fría cuando Felipe V, preso de ataques de paranoia, creía que pretendían envenenarle, confundía el día con la noche, se negaba a lavarse o incluso a cambiarse de traje hasta que éste caía en jirones que sólo la reina podía remendar.

El fallecimiento de Felipe V, debido a un derrame cerebral, se produjo el 9 de julio de 1746 en el palacio de La Granja. Según testigos presenciales, murió en brazos de su amada esposa Isabel, con quien había compartido el trono durante veintidós años. La subida al trono de su hijastro Fernando VI (Madrid, 1713-Villaviciosa de Odón, 1759) obligó a la reina-viuda a llevar una vida retirada en La Granja, totalmente alejada de la política de la Corte madrileña.

 

El retiro de La Granja de San Ildefonso y el interregno



En 1759, Isabel Farnesio tuvo, por segunda vez, que abandonar su tranquilo retiro en el palacio de La Granja. Entre agosto y diciembre de 1759 hubo de hacerse cargo del gobierno de España. La trágica muerte de su hijastro Fernando VI (Madrid, 1713-Villaviciosa de Odón, 1759) la obliga a regresar a Madrid para ocuparse de la regencia en nombre de su hijo Carlos III, en aquel momento rey de Nápoles y de Sicilia, hasta su llegada a España.

Tras la llegada de su hijo Carlos a España, y su subida al trono con el nombre de Carlos III, Isabel se retira de nuevo al palacio de La Granja. Según atestiguaron algunos cortesanos de entonces, allí pasó sus últimos años, aquejada de cataratas, tan llena de achaques y tan gorda que dos personas debían ayudarla siempre y en todos sus movimientos diarios, incluso a levantarse y a sentarse. Para colmo de males, Isabel sufría una progresiva ceguera que le impedía llevar la vida tan ajetreada que siempre había llevado.

Isabel de Parma murió en 1766, con setenta y tres años, cincuenta y dos de los cuales los había vivido en España. Lo más sorprendente es que había presenciado cuatro reinados distintos: El de su marido Felipe V, sus hijastros Luis I y Fernando VI, y su hijo Carlos III. Los cuatro primeros reyes de la dinastía Borbón en España.

 

Muerte en Aranjuez



El fallecimiento de Isabel, que se produjo en 1766 en el Real Sitio de Aranjuez, coincidió con el conocido motín de Esquilache, una revuelta protagonizada por el pueblo de Madrid entre el 23 y el 26 de marzo de ese mismo año, cuya causa inmediata fue el decreto del marqués de Esquilache, ministro de su hijo Carlos III, que prohibía el uso de la capa larga y el chambergo con el pretexto de que dichas prendas cubrían las caras de los sospechosos de delitos nocturnos.


El último deseo de la reina Isabel de Parma fue que, tras su muerte, su cuerpo reposase junto al de su marido Felipe V. Éste había decidido que sus restos tuvieran descanso en la colegiata del palacio de la Granja, palacio que ellos mismos habían mandado construir y donde según parece habían vivido sus momentos más felices.

De Isabel Farnesio, el rey Federico II de Prusia escribió:

 "La Reina Isabel Farnese habría querido gobernar al mundo entero; no podía vivir más que en el trono. Se la acusó de haber precipitado la muerte de don Luis, hijo de un primer matrimonio de Felipe V. Los contemporáneos no pueden ni acusarla ni justificarla de este asesinato. El carácter de esta mujer singular estaba formado por la soberbia de un espartano, la tozudez de un inglés, la sutileza italiana y la vivacidad francesa. Andaba audazmente hacia la realización de sus propósitos; nada la sorprendía, nada podía detenerla..."