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jueves, 22 de octubre de 2015

CURIOSIDADES -195-

"Diamante con Mala Sombra?"



El diamante conocido como "El Gran Sancy" procedente de las minas de la India, con un peso de 55,23 quilates y tallado en forma de pera, entró en la historia occidental en 1476, cuando el Duque Carlos I "El Temerario" de Borgoña lo compró a un tal Louis de Berghem. Desde ese momento, empieza la supuesta maldición cobrándose a su primera víctima y poseedor. En 1477, ante los muros de la ciudad asediada de Nancy, en Lorena, encontrará la muerte Carlos I de Borgoña, cuyo cadáver sería encontrado totalmente despojado de sus ropas, armadura y joyas, y medio devorado por los lobos. El famoso diamante, obviamente, ha desaparecido pero el año anterior, ya que lo perdió en el curso de la batalla de Morat. En posesión de un mercenario suizo, éste lo vende por un puñado de florines y pasa de mano en mano hasta ser adquirido por el rey de Portugal, en cuyo inventario es señalado en 1489. Los monarcas lusos acabarían por empeñarlo y perderlo a manos de sus acreedores.

 
Retrato del Duque Carlos I "El Temerario" de Borgoña (1433-1477)
 
 
1 de Agosto de 1589: asesinato del Rey Enrique III de Francia.
 

Reaparece casi 100 años después, en 1570, en manos del gentilhombre Nicolas Harlay de Sancy, a quién se debe el nombre del diamante. El rey Enrique III de Francia llevará encima ese diamante, considerado el más grande y bello del mundo, pero no lo adquirirá por tener un precio demasiado elevado; sencillamente se lo devuelve después de lucirlo. Enrique III moriría asesinado en 1589 por un monje fanático.
Propuesto al rey Enrique IV, su adquisición no fragua: su precio es exorbitante. Sin embargo, a imagen y semejanza de su primo y predecesor en el trono galo, también moriría apuñalado en plena calle por un tal Ravaillac en 1610. Supongo que a raíz de esas tres muertes violentas, es cuando empieza la dudosa fama de piedra maldita del Gran Sancy.

 
14 de Mayo de 1610: el Rey Enrique IV de Francia muere apuñalado.
 
 
30 de Enero de 1649: el Rey Carlos I de Inglaterra y Escocia es decapitado en Londres.
 

La piedra con tanta mala sombra es, por fin, vendida en 1604 al rey Jacobo I de Inglaterra, y su hijo el nuevo rey Carlos I será posteriormente la víctima Nº4 del Gran Sancy: destronado por la revolución, muere decapitado en enero de 1649. Es su consorte y viuda, la reina Enriqueta María de Francia quién, para saldar sus deudas en el curso de su exilio francés, lo cede al Duque d'Epernon en 1647 y éste es adquirido una década después por el gran amateur de piedras preciosas, el Cardenal Mazarino, en 1657. En 1661, el Gran Sancy forma parte de los 17 famosos diamantes de la colección del cardenal heredados por el rey Luis XIV, y estimado en 600.000 libras. Desde ese momento, el entonces más bello diamante del mundo occidental forma parte de las Joyas de la Corona Francesa. Tanto el Rey Sol como su biznieto parecen escapar a su maldición. Ambos mueren en sus respectivas camas tras largos reinados. Podemos incluir en esta lista de suertudos a sus anteriores poseedores.

 
1722: Luis XV de Francia estrena una nueva corona cuajada de gemas preciosas para su coronación en la catedral de Reims. El diamante El Regente figura en la parte frontal de la diadema, mientras que El Gran Sancy remata ésta ornando la flor de lis.


En 1722, será engarzado en la flor de lis que corona, y aquí valga la redundancia, la corona del rey Luis XV realizada para su coronación en la catedral de Reims. Sin embargo, el Gran Sancy es eclipsado por El Gran Pitt rebautizado como El Regente, un diamante de mayor tamaño, diferente talla y de reciente adquisición.

 
21 de Enero de 1793: el Rey Luis XVI de Francia es guillotinado.
 
 
16 de Octubre de 1793: la Reina María-Antonieta de Austria es guillotinada.
 
 
10 de Mayo de 1794: la Princesa Elisabeth de Francia es guillotinada.
 
 
La piedra de tan siniestros fulgores sigue encontrándose en el inventario de los Diamantes de la Corona Francesa en 1775, al figurar también engarzada en la pieza que remata la corona del rey Luis XVI. Su esposa María-Antonieta de Austria lo llevará repetidas veces en las grandes ocasiones y es compartida con la Princesa Elisabeth de Francia, su cuñada. Derrocados por la revolución, tanto Luis XVI como su esposa y su hermana son guillotinados en 1793 y 1794. Luis XVII, el delfín, muere o desaparece en extrañas circunstancias en 1795. En cualquier caso, y desde 1792, el Gran Sancy ha desaparecido junto a otro montón de diamantes tras el sonado robo de las Joyas de la Corona perpetrado en París. Reaparece en Madrid en 1794, en manos del rey Carlos IV de España y de su esposa Maria-Luisa de Parma, cuyas alhajas también serán "robadas" por el favorito Godoy y su amante Pepita Tudó a inicios del siglo XIX.

 
Retrato del Príncipe Carlos Fernando d'Artois, Duque de Berry (1778-1820), sobrino del Rey Luis XVIII de Francia; asesinado el 14 de Febrero de 1820.


Su víctima Nº8 es el Príncipe Carlos Fernando de Artois, Duque de Berry, quién, tras haberlo llevado encima, muere apuñalado en 1820 a manos de un tal Louvel a la salida de la ópera. Su hijo, el futuro Enrique V, presunto heredero del trono moriría en el exilio bajo el título de Conde de Chambord.

En 1828, el diamante es adquirido por el Príncipe Demidov, un aristócrata ruso. El capricho le cuesta nada menos que 100.000 francos. De Rusia irá a parar a su tierra natal, la India, cuando un maharajá indio lo adquiere por 100.000 libras Esterlinas.


 
Retrato fotográfico del Maharajá Bhupendra Singh de Patiala (1891-1938).


Nueva posesión del Maharajá de Patiala, el Gran Sancy no parece tampoco traerle suerte. Tras los sucesivos suicidios de casi todos los miembros de su familia, éste pierde la razón y acaba loco de atar. Sus herederos se desharán del diamante y será comprado por un millonario norteamericano naturalizado británico, William Waldorf Astor, 1er. Lord Astor. La hermosa gema será lucida por su nuera, Lady Astor, quien lo manda engarzar en su diadema. Ésta muere tranquilamente en 1964, sin sufrir aparentemente maldición alguna. La piedra sería posteriormente vendida por sus herederos al Gobierno Francés por la friolera de 1 millón de francos.

 
Nancy Witcher Langhorne, 2ª Vizcondesa Astor (1879-1964).


De vuelta a Francia en 1976, el Gran Sancy vuelve a manos del Estado Francés y es depositado junto a otros importantes diamantes de la Corona en el Museo del Louvre, para reintegrar su antiguo puesto entre las piedras más preciadas expuestas en la Galería de Apolo. Desde entonces, parece ser que el famoso diamante ha cesado de sembrar la desgracia a su alrededor, pero la leyenda negra persiste: tiene en su haber a más de 20 víctimas, dato exageradísimo y sensacionalista, sea dicho de paso.

  

viernes, 5 de octubre de 2012

Anécdotas Históricas -191-



Maria-Antonieta de Austria, esposa del rey Luis XVI de Francia, no se distinguió por tener un carácter reflexivo y serio en sus primeros años de matrimonio y de vida en Versailles. Atrapada en un ambiente cortesano que nadaba en la despreocupación y frivolidad más absoluta, dónde la moda, la peluquería, las novelas ligeras y los chismes eran principales temas de conversación, la joven reina dedicó sus horas libres a leer obras muy populares entre las jóvenes de París, en su mayoría novelas edulcoradas sobre amores e idilios. Con el tiempo y llegando la madurez después de sus sucesivas maternidades, la soberana reconoció su pésimo gusto a la hora de elegir libros:

-"¡No leo más que porquerías!" 

Anécdota de: Maria-Antonieta de Austria-Lorena, Reina de Francia y de Navarra (1755-1793). 

lunes, 13 de agosto de 2012

CURIOSIDADES -60-



-"¡Si no tienen pan, que coman costra de paté!"

Esta famosa frase jamás fue pronunciada por la vilipendiada reina Maria-Antonieta de Francia, sino por una tía política suya y mucho antes de 1789, fecha en que estalla irremediablemente la Revolución Francesa. De hecho, esa cínica respuesta fue recogida por Jean-Jacques Rousseau en una publicación de 1782 titulada Confesiones, atribuyéndola a una gran princesa sin precisar quién.

Retrato de Madame Adélaïde de Francia (1732-1800); según J.M. Nattier.


Hay que esperar hasta la década de 1980 para que un biógrafo de Luis XVI aclare la autoría y despeje las dudas: Madame Adélaïde de Francia (1732-1800), tercera hija del rey Luis XV y de María Leszczynska, y tía paterna del rey Luis XVI. En la intimidad familiar, su padre le llamaba cariñosamente "torchon" (trapo) por su inusitada afición por las tareas domésticas.
Fue en los salones de la misma princesa donde se acuñó el apodo de la Austríaca para la entonces Delfina de Francia, Maria-Antonieta de Austria-Lorena (1755-1793), cuando ésta decepcionó sus planes en su lucha contra la Condesa du Barry y también por su conducta frívola. El apodo despectivo tuvo tanto éxito en la corte de Versailles, que acompañó a la desgraciada soberana hasta el cadalso e, incluso, le sobrevivió durante largo tiempo a modo de epitafio.



Obviamente, y en los tiempos aciagos de la Revolución, los enemigos de Maria-Antonieta se ocuparon de atribuirle falsamente dicha frase para desprestigiarla a los ojos del pueblo, contribuyendo exitosamente en su campaña de desprestigio de la monarquía.

En cuanto a la hambruna y la guerra padecida por el pueblo francés, ésta fue planeada y provocada por el banquero suizo Jacques Necker, entonces ministro de Finanzas, conjuntamente con la complicidad de los Jacobinos que mucho tuvieron que ver con las Jornadas del 5 y 6 de Octubre de 1789 (los principales conspiradores fueron Necker, el Duque de Orléans, el Marqués de La Fayette, Antoine Barnave, el Marqués de Mirabeau, Pétion, Chapellier, etc...).

La frase que nunca fue dicha por la última reina de Francia escondía, en realidad, un vasto complot político orquestado por los Jacobinos y sus aliados para que triunfara la revolución. 

domingo, 5 de agosto de 2012

BARNAVE: Las dos caras de la Revolución Francesa

ANTOINE PIERRE JOSEPH MARIE BARNAVE
1761 - 1793
"Las dos caras de la Revolución"



Nació el 21 de septiembre de 1761 en Grenoble, capital del Delfinado (Departamento de Isère), y murió guillotinado el 29 de noviembre de 1793 (9 Frimario Año II), en la actual Plaza de la Concordia, París. Fue abogado (de confesión protestante) en el Parlamento de Grenoble, miembro de los Estados del Delfinado que se reunieron en el castillo de Vizille en 1788, y diputado del Tercer Estado para el Delfinado en los Estados Generales reunidos el 5 de mayo de 1789 en Versailles.

Llegó a Versailles junto a su amigo Mounier, precedido de una notoriedad adquirida durante la rebelión de los Estados Provinciales del Delfinado, y su nombre estuvo asociado a "La Jornada de las Tejas" (Grenoble, 1788).

Barnave era un orador nato, un "héroe parlamentario" que fue, en suma, uno de los fundadores del régimen político actual francés.

Fue uno de los fundadores del Club de los Jacobinos, antiguamente llamada "Sociedad de los Amigos de la Constitución y de la Libertad", y constituyó un "triumvirato" con Lameth y Duport que, paulatinamente, se opuso a los ministros. Presidente de la Constituyente en octubre de 1790, goza entonces de una enorme popularidad, popularidad que menguará entre los demócratas cuando se opone al Sufragio Universal y a la emancipación de los esclavos en las colonias de ultramar (los Lameth tenían intereses en las plantaciones), que le atraerán la hostilidad de Brissot, Robespierre y el abad Grégoire, "Amigos de los Negros".

Ejerció sobre la Asamblea una influencia comparable a la del Marqués de Mirabeau, al cual, junto con Alexandre de Lameth y Adrien Duport, se opuso. Durante los debates sobre la Constitución, intervino de manera constante para restringir las prerrogativas reales. Posteriormente, encargado de traer de vuelta a París al rey Luis XVI, tras la huída de Varennes, se operó un acercamiento a la Familia Real y defendió su irresponsabilidad. Mantuvo una correspondencia secreta con la reina Maria-Antonieta y se unió al Club de los "Feuillants" y al partido monárquico-constitucional, abandonando a los Jacobinos y militando contra la República y contra cualquier intento de vulnerar el derecho de propiedad.

A la muerte de Mirabeau, en 1791, fue propuesto como sucesor de éste en calidad de consejero de la Corte. El mismo año, Barnave toma la dirección del periódico "Le Logographe". Aconsejó al rey adherirse a la Constitución de 1791 y desolidarizarse de los emigrantes. No siendo elegido para la Asamblea Legislativa, se retiró en su Delfinado natal permaneciendo fiel a dos principios: nada de contra-revolución, como tampoco la intervención extranjera en los asuntos internos de Francia. Pretendió evitar la guerra que, según él, no haría más que dar paso a una revolución democrática y el advenimiento de la República. Es por ello que, a través de su correspondencia con la reina, instó a ésta a que la realeza mostrara lealtad a la Constitución y condenase la emigración, siempre perseverando en el intento de evitar la guerra contra el emperador. Se descubre, tras el 10 de agosto de 1792, que aconsejó al rey, junto con Alexandre de Lameth, oponer su veto a los decretos sobre los emigrados y los sacerdotes refractarios. El 15 de agosto de 1792, se decretó su arresto en Grenoble. Condenado a muerte por el Tribunal Revolucionario, es ejecutado el 29 de noviembre de 1793.



Decapitado durante el Terror, fue guillotinado por haber sido uno de los sostenes y defensores de la monarquía constitucional. Su cadáver, cabeza y cuerpo, fue transportado hasta una fosa común del cementerio de La Madeleine, dónde también fueron sepultados Brissot "el amigo de los Negros", y la reina Maria-Antonieta de Austria-Lorena "Viuda Capeto".

Barnave se casó con una noble, Marie-Louise de Presle, de la que tuvo un hijo y dos hijas. Una de sus principales obras, "Introducción a la Revolución Francesa", fue redactada durante su arresto en 1792, y publicado posteriormente en 1843.

Su última frase pronunciada al pie del cadalso se hizo célebre:

"He aqui el precio de todo lo que he hecho para la Libertad".

jueves, 26 de julio de 2012

LAS JOYAS DE SISSÍ

LAS JOYAS DE SISSÍ



Una de las joyas "Star Sissi", que la emperatriz de Austria solía llevar prendidas en su peinado, robada en 1998 y que fue devuelta al Tesoro Imperial de los Habsburgo-Lorena, del Palacio de La Hofburg (Viena), en agosto de 2008 por el Gobierno Canadiense. / Abajo, detalle del famoso retrato de la Emperatriz Elisabeth "Sissi" de Austria (1837-1898), realizado en 1865 por Franz-Xavier Winterhalter, con sus estrellas prendidas en su hermosa cabellera.



En agosto de 2008, la prensa escrita y televisiva austríaca anunciaban la recuperación de la "Star Sissi" de diamantes que antaño perteneció a la más famosa de las emperatrices del siglo XIX: Elisabeth zu Bayern, Kaiserin von Oesterreich (Elisabeth en Baviera, Emperatriz de Austria), consorte del kaiser Francisco-José I, penúltimo soberano del Imperio Austro-Húngaro, que vivió entre 1837 y 1898.

Robada en 1998, en el curso de la exposición consagrada al centenario del asesinato de Elisabeth Amelia Eugenia von Wittelsbach, Duquesa en Baviera, más conocida bajo el apodo familiar de Sissi, la estrella ha sido finalmente restituida al Estado Austríaco por el gobierno de Canadá, dónde finalizó recientemente el juicio contra el ladrón de 35 años de edad.

Pese a que las estrellas de diamantes (que conforman una diadema si se desea o como broches por separado) fueron en su día puestas tras un cristal blindado, el ladrón canadiense consiguió dar el cambiazo reemplazando una de las joyas por una imitación. Un agente de seguridad se percató accidentalmente del subterfugio.

La estrella de Sissi no fue encontrada hasta un año después, gracias a las investigaciones llevadas a cabo en Canadá, a partir del robo cometido en un banco canadiense. De este modo, y por un casual, la policía descubrió el paradero de la "Star Sissi" en Winnipeg (en la provincia canadiense de Manitoba), en el domicilio de la abuela de uno de los sospechosos.



Retrato de Elisabeth, Emperatriz de Austria (1837-1898), según Georg Raab, 1875. / Abajo, el "set" de diamantes y rubíes de Sissi, compuestos por una diadema, una gargantilla y un broche pectoral, cuyas gemas pertenecieron a la reina Maria-Antonieta de Francia y a su hija Maria-Teresa, Duquesa de Angulema.



La emperatriz Elisabeth de Austria poseía una hermosa y admirada cabellera que decoraba a menudo, para las grandes ocasiones, con diademas y joyas que han sido inmortalizadas en sus retratos, cual catálogo de alhajas imperiales de la época. Un buen ejemplo es el retrato de Sissi con su diadema, gargantilla y broche de diamantes y rubíes, realizado por el artista Georg Raab en 1875. Y resulta curioso comprobar la trayectoria de dichas alhajas: habían pertenecido nada menos que a la reina Maria-Antonieta de Francia, que se los dejó en herencia a su hija mayor Madame Royale (la Princesa Maria-Teresa Carlota de Francia), posteriormente casada con el primogénito de su tío el conde de Artois (el rey Carlos X), Luis XIX de Francia, duque de Angulema y delfín de Francia, que reinó cinco minutos antes de abdicar. Al morir en el exilio, la duquesa de Angulema lo legó a sus parientes Habsburgo-Lorena. De ahí que pasaran a formar parte del joyero de la emperatriz Elisabeth de Austria.

lunes, 23 de julio de 2012

Anécdotas Históricas -180-



Cuando en marzo de 1791, la reina Maria-Antonieta escribió a su hermano el emperador Leopoldo II para confiarle su proyecto de huída de París con el rey y su familia (la famosa huída interrumpida en Varennes), éste le contestó que "(...) no contara con una ayuda externa gratuita; no daría nada por nada."

Anécdota de: Leopoldo II de Austria-Lorena, Emperador del S.S.I.R.G., Rey de Hungría y de Bohemia, Archiduque de Austria, etc. (1747-1792).

Anécdotas Históricas -179-



Ante los alarmantes acontecimientos de la Revolución Francesa, el hermano de Maria-Antonieta, el entonces recién coronado emperador Leopoldo II de Austria, habría dicho a sus ministros:

-"Tengo una hermana en Francia, pero Francia no es mi hermana."

Anécdota de: Leopoldo II de Austria-Lorena, Emperador del S.S.I.R.G., Rey de Hungría y de Bohemia, Archiduque de Austria, etc. (1747-1792).

lunes, 20 de febrero de 2012

EL CONDE DE PROVENZA Y SU CASA



LA CASA DEL CONDE DE PROVENZA

Retrato del Príncipe Luis Estanislao de Francia, Conde de Provenza (1755-1824), con el hábito de caballero de la Orden del Espíritu-Santo; obra de A.F. Callet.

Es tradición que los reyes de cualquier país europeo, durante el Antiguo Régimen, tuviesen sus "Casas Civiles y Militares" que empleaban nobles de encumbrada cuna (en Francia era la "nobleza presentada" como se la denominaba entonces), militares, desde altos oficiales de nobleza titulada hasta simples guardias, pasando por gentileshombres de cámara y de honor, secretarios, tesoreros, damas de honor y de compañía, doncellas, primeros cocineros, halconeros, caballerizos, monteros, mayordomos, pajes, lacayos, recaderos, sirvientes, curas, confesores, heraldos, genealogistas, pintores, músicos, carpinteros, cerrajeros, vidrieros, cocheros, palafraneros, mozos,... hasta llegar al simple sirviente, lavaplatos o pinche de cocina.

El Personal de una Casa Principesca



En el reinado de Luis XVI de Francia, entre 1774 y 1792, encontramos un magnífico e ilustrativo ejemplo para que uno pueda descubrir, y hacerse una idea de con qué fastuosidad llegó a vivir uno de los hermanos del propio monarca galo: Luis Estanislao de Francia (1755-1824), Conde de Provenza, Duque de Anjou y de Alençon, Conde du Maine, du Perche y de Sennonches, más conocido en la corte bajo el título de "Monsieur" prerrogativa exclusiva del hermano segundo del rey.

Su casa estaba exactamente copiada sobre las del duque Felipe I de Orléans (hermano menor de Luis XIV) y de Carlos de Francia, duque de Berry (nieto de Luis XIV y hermano menor de Felipe V de España). Esta enorme institución contaba con 390 personas en 1773, pasando a ser de 524 personas en 1791, cifra que ya dejaba estupefactos a los contemporáneos por su importancia y esplendor. El rojo y azul de sus libreas rivalizaban con el azul, la plata y el rojo de la Casa del Rey, que solo se diferenciaba por sus aún más considerables efectivos. Ni la estructura ni el orígen social de sus oficiales eran distintos. De este modo, el Conde de Provenza tenía tan solo a su servicio a dos capitanes de guardia, los condes de Lévis y de Moreton-Châbrillant, y dos primeros gentileshombres de cámara, el marqués de Noailles (un segundón como su amo), y el duque de Montmorency-Laval, mientras que el rey tenía por norma 4 de cada.

Como la del soberano, la Casa del Infante Luis Estanislao de Francia contenía:

-una limosnería para sus necesidades espirituales y buenas obras: 21 personas

-una "cámara" para su vida doméstica y pública: 93 personas

-un guardarropa para joyas y trajes: 22 personas

-una cocina y dependencias para cocinar y servir la mesa: 125 personas

-cuadras y caballerizas con medios de transporte: 80 personas

-un servicio para la caza mayor y menor: 9 personas

-un consejo administrativo para regentar su casa y dependencias: 37 personas

-+ una secretaría gestionando las finanzas, los derechos legales y el protocolo

-+ una Compañía de Guardia-de-Corps

-+ una Compañía de Cien-Suizos

-+ una guardia de puertas y accesos: 174 personas

aunque fuera habitual que estas compañías fuesen reservadas para un soberano de otro país en visita oficial en Francia...

Pero todo estaba conforme siguiendo una de las muchas tradiciones de la Familia Real Francesa que rodeaba a sus segundones de un lujo y boato extraordinarios para subrayar así el poderío, el prestigio y la riqueza de la dinastía. En lo referente a la guardia, se admite que era más cuestión de prestigio que de protección.

Vida cotidiana




El Príncipe se levantaba puntualmente a las 9h30 de la mañana. A medio vestir, recibía a los principales oficiales de su corte y los miembros de la nobleza presentada de su Casa. Formaban ordinariamente un coro a su alrededor mientras le lavaban, afeitaban, vestían, empolvaban y peinaban los cabellos su peluquero, su maestre de guardarropa, su gentilhombre de servicio y su ayuda de cámara (cada uno con una función muy concreta) durante exactamente media hora. Era la hora de "La Toilette" (del aseo). Ésta se reproducía en sentido inverso cuando se iba a dormir sobre las 23h00 de la noche. Era la hora del "Coucher" (del acostar).

En aquellas horas fijas, los cortesanos admitidos podían hacer su cortejo y aprovechar para pedir favores; saludaban 3 veces consecutivas pasando ante los reales personajes y eso era más o menos todo si los reyes o príncipes no les dirigían la palabra o ni siquiera les miraban.

El Conde de Provenza recibía el título usual de "Monsieur", que se otorgaba tradicionalmente al hermano segundo del rey.

La residencia oficial del Conde de Provenza era, en la capital francesa, el hermoso Palacio de Luxemburgo (hoy sede del Senado y que fue levantado para María de Médicis, consorte de Enrique IV), además de espaciosos aposentos en el Ala de la Orangerie del Palacio Real de Versalles, en la planta baja.

Lista Civil y finanzas del Príncipe

Cada año "Monsieur" recibía dos considerables sumas de dinero del Tesoro Real: 2.272.982 Libras + 96.000 Libras para su uso exclusivamente personal.

Pero hay que tener en cuenta que los dos millones doscientas setenta y dos mil novecientas ochenta y dos Libras eran "intocables" al ser completamente absorbidas por los gastos fijos de su Casa, reduciéndose su renta a las noventa y seis mil Libras que percibía anualmente como "dinero de bolsillo".

Preocupado por hacer ahorro, suprimió el gasto que ocasionaba la pantagruélica cena de rigor con sus 15 distintos platos propuestos cada noche, optando por cenar "en casa" de su mujer. De este modo pudo comprarse su primera casa de campo al sur-este de París en octubre de 1774: el castillo de Brunoy.

El Castillo de Brunoy, hacia 1780; acuarela. / Abajo, vista del "Petit Château" de Brunoy, hacia 1785.



Como dependía siempre de la generosidad del Tesoro Real, optó también por independizarse para constituirse una fortuna personal y poder así vivir con holgura sin tener que mendigar a la Hacienda Real. Se puso a especular como un auténtico capitalista en negocios comerciales e inmobiliarios, sin que existieran incompatibilidades para él ni para el resto de los franceses con su posición de Príncipe de Francia (y presunto heredero del Trono hasta 1781), y su carrera de hombre de negocios. De hecho fue el más capitalista de todos los Borbones...

En el decenio de 1770-1780, aprovechó el "boom" inmobiliario que conoció París. Vendió parcelas por valor de millón y medio de Libras, compró diamantes por valor de 952.974 Libras, y aparte del castillo de Brunoy, adquirió los castillos de Grosbois por 3.280.000 Libras, de Gray (en el Franco-Condado), y de L´Isle-Jourdain (en el Languedoc) vendidos cada uno a 950.000 Libras por el Conde du Barry.

Construyó, decoró, reformó y amplió sus castillos campestres y, además, se puso a coleccionar obras maestras. En 1781 poseía 180 cuadros, casi todos holandeses o flamencos, más 11 italianos, 7 franceses y 4 españoles, sin olvidar los 3.557 dibujos de los cuales 612 eran de maestros italianos.

También coleccionó muebles: entre 1781 y 1786 compró 574 camas, 255 sillones, y 138 taburetes, repartiéndolos en sus distintas residencias.

También poseía una fábrica de porcelana de Sèvres, en Clignancourt (París-Norte), a la que abastecía con carbón y cobalto extraído de sus minas situadas en sus extensas tierras.

Era hombre de gusto y vanguardista. Este sibarita apostó por el estilo pompeyano antes que nadie en Europa, e incluso al hacerse construír un palacete en Versalles, hizo instalar la calefacción central, algo inaudito para la época, para calentar las preciosas estancias en invierno: una inmensa biblioteca, un cuarto de baño, una sala de billar, un salón octogonal, un comedor octogonal, un salón ovalado, recámaras, habitaciones, una galería con columnata (de 28 columnas) y una galería ancha bordeada de plantas enmacetadas (como un jardín de invierno) formaban ese lujoso, confortable y moderno retiro versallesco del Conde de Provenza, donde disfrutaba de la vida sin protocolos ni rigideces versallescas, y ¡a dos pasos del palacio real!

Vida Intima



El príncipe no obtuvo de su esposa, la princesa Luisa Maria Josefina de Saboya (1753-1810), otra cosa que abortos repetidos en un vano intento de tener descendencia y crear una familia. Muy pronto hicieron vidas separadas; él encontró el amor entre los brazos de la Condesa de Balbi (hija de su 1er Gentilhombre de Cámara, el marqués de Caumont-La Force), ingeniosa, bella, enérgica y dama de honor de su esposa, y perteneciente a una de las más antiguas y linajudas familias de Francia.

En cuanto a "Madame" la Condesa de Provenza, prefirió la compañía de la Condesa de Gourbillon, notoria lesbiana que debió enamorarla mucho ya que acabaron por ser inseparables hasta en la cama!

"Monsieur" brillaba por su inteligencia, elocuencia y sabiduría en historia clásica; era refinado, culto, capaz, liberal, secreto, ambiguo y no se llevaba nada bien con su hermano el rey Luis XVI ni con la reina Maria-Antonieta, su cuñada.

Retrato de la Princesa Luisa María-Josefina de Saboya, Condesa de Provenza (1753-1810); obra de Kucharsky, 1790.


"Madame" era famosa por su total olvido del aseo personal; apestaba horrores, causa del asqueo de su marido que siempre se distinguió por su pulcritud y aseo, y nadie podía acercarse a ella sin desmayarse del tufo. Las insistentes llamadas al orden de sus parientes y cuñados para que se lavara al menos 1 vez por semana, fueron vanas. Haciendo oídos sordos a las quejas sobre su horrendo olor corporal, tampoco se depilaba pese a tener vello negro en espalda y busto. Era peluda y apestosa como una mona. Su lesbianismo no era más que anecdótico, pues la gente reparaba mucho más en su notable incultura y su falta de afinidades con la reina Maria-Antonieta, a la cual odiaba y envidiaba por muchos motivos personales.

El príncipe, corpulento en su juventud, llegaría a ser tan obeso que acabaría al final de su vida en una silla de ruedas, eso sí, siendo rey de Francia como Luis XVIII, tras la caída del Imperio Napoleónico; en cuanto a la princesa, de pequeña estatura, velluda y de piel muy morena (lo que no cuadraba en los cánones femeninos de la época), acabó por sufrir una enfermedad vertebral que le dobló el tronco hacia adelante, los codos echados para atrás y el rostro marchito como papel arrugado, pareciéndose algo así como al famoso Quasimodo, en suma una cruel caricatura de sí misma.

viernes, 20 de enero de 2012

LAS FRAGANCIAS DE LA ÚLTIMA REINA DE FRANCIA


Maria-Antonieta y los perfumes



Por culpa de muchos historiadores, la gente de hoy día asocia el siglo XVIII con aquellas damas convertidas en muñecas empolvadas de mejillas rojas y con lunares coquetones, y perfumadas a ultranza con un penetrante pachuli para esconder el hedor de sus cuerpos sudados y la falta de aseo e higiene generalizada. Las fragancias de Versailles no fueron siempre una hedionda mezcla de orines y heces...

Luis XIV era un forofo de los perfumes, si, y también un obseso de la pulcritud corporal. A fin de cuentas, a él se debe la instalación de una serie de salas de baño en palacio para su uso y el de otros miembros de la familia real. Y si es cierto que, al envejecer, el monarca solar empezó a detestar las esencias fuertes por sufrir de migraña, prefiriendo el aire fresco y ordenando que todas las ventanas fueran abiertas en las estancias en las que se encontraba, no significa que oliera a rancio.

Luis XV, de temperamento ardiente, siempre acalorado, cambiaba de camisa de tres a cuatro veces al día al empaparlas de sudor; encargaba en París sus perfumes, exclusivas creaciones líquidas de precios astronómicos contenidas en lujosos frascos... Mientras, el Mariscal de Richelieu, convertido en boticario experto en farmacopea, fabricaba sus propias sales de baño y adoraba sumergirse en aguas espumosas perfumadas con pasta jabonosa de almendras. A mediados de siglo, los salones de Versailles y París olían a violetas hasta la náusea, mientras que de las calles subían pútridas fragancias que se hacían insoportables y causa de desmayos en pleno verano.

Con Luis XVI y su esposa Maria-Antonieta, se abandonaron los pesados perfumes de salón por fragancias suaves, más "frescas" y naturales, más agradables y asociadas a la vida campestre. La reina lanzó la moda de los vestidos sencillos, blancos, ligeros, en algodón y lino y telas livianas, vaporosas, pionera de la comodidad y de la sencillez doméstica tan mal acogida por sus contemporáneos pero, finalmente, adoptada por todas las damas a finales de siglo.

Elisabeth de Feydeau, profesora de la Escuela de Perfumistas de Versailles, escribió un interesante libro al respecto: Jean-Louis Fargeon, Perfumista de Maria-Antonieta (Ed. Pérrin, 2004). En él nos descubre a qué olía la más célebre de las reinas de Francia, cuales eran sus gustos y preferencias, su pasión por las flores y los perfumes, su alto grado de higiene corporal y su amor por el confort.

¿Cual fue el papel del perfume en la alta sociedad del siglo XVIII? Asociado a los guantes desde finales del siglo XII, la reina Maria-Antonieta parece haber tenido una verdadera pasión por los guantes perfumados. Perfumados, si, pero menos ornamentados que en siglos anteriores, protegían de la suciedad y de los diversos miasmas y se llevaban durante todo el día, hasta la muñeca para los hombres y cubriendo todo el ante-brazo para las mujeres. Maria-Antonieta, que detestaba comer y cenar en público, era entonces muy criticada en la corte de Versailles porque omitía quitarselos en la mesa. Por la noche, las damas elegantes llevaban guantes cosméticos engrasados para preservar la tersura de su piel.



¿Cuales fueron las esencias preferidas de la reina? Es la época de los cambios, teniendo en cuenta que las recolecciones son variables según los años y que los perfumes, enteramente naturales, son inestables. Maria-Antonieta tiene una pasión por las flores. Crea en Versailles un cargo especial para que todas las estancias de palacio sean siempre decoradas con grandes ramos de flores frescas y su jardín anglo-chino de Trianon, más allá de las esencias más buscadas, refleja sus preferencias por la rosa, la violeta, el jazmín y las tuberosas. Jean-Louis Fargeon, descendiente de una dinastía de perfumistas de Montpellier, crea para ella perfumes convenientes para cada ocasión. Resaltemos su "eau d'ange" (agua de angel), concebida para su alumbramiento en 1778, y menos cargante que los "esprits ardents" (espíritus ardientes) que apreciaba hasta entonces y que había rebautizado como sus "esprits perçants" (espíritus penetrantes). Pero es sobretodo en el dominio del maquillaje donde innova, abandonando la moda del "enyesado" de polvo blanco y del rojo por colores mucho más naturales, subrayando la belleza de sus ojos azules con khôl*.

¿Cuáles fueron sus relaciones con su perfumista Fargeon? Menos estrechas que las existentes con su modista, Rose Bertin, o su peluquero, Léonard. Pero le transmite sus gustos y preferencias, y le corresponde a él entonces el transcribirlos en perfumes mediante su arte, su fineza y su agudeza psicológica.

Los cortesanos decían de Maria-Antonieta, que dejaba tras de si un olor a primavera. Es gracias a su gusto por los baños diarios, perfumados con pequeñas bolas creadas por Fargeon a base de incienso y aceites de arándano, de nenúfar o de membrillo y destinadas a desengrasar y blanquear la epidermis, que debe esa reputación de gran frescura, a imagen y semejanza de sus vestidos vaporosos que puso de moda, blancos, en linón de Bruselas y sencillamente ceñidos a la cintura con un lazo, lo que llevó a que se le acusara de querer arruinar las sederías de Lyon.



(*)_El Khôl es un tipo de lápiz de ojos, con una mina confeccionada con un polvo muy negro y prensado, o también en solución líquida usada con una fina varilla como aplicador. Su utilización se remonta al Antiguo Egipto y era básico en la cosmética árabe.

jueves, 5 de enero de 2012

Anécdotas Históricas -80-



A la reina Maria-Antonieta de Austria le encantaban los corderos y, en particular, los merinos. Asi que, en vez de andar acompañada por un perro, se hacía seguir por un macho de la raza merina en sus paseos por los jardines de Versailles. Como los perros, los merinos parecen tener la costumbre de marcar su territorio y, un buen día, a éste le vino el antojo de soltar su abundante meado sobre las piernas del rey Luis XVI para mayor espanto de los allí presentes. Creyendo que el monarca iba a enfadarse con la reina, los criados se precipitaron sobre el merino para apartarlo, a lo que Luis XVI, sin perder su buen humor les dijo:
-"¡Dejad, dejad mear al merino!"

La frase tuvo tanto éxito que, en cuestión de días, se hizo popular tanto en la corte como en la ciudad la expresión "dejar mear al merino".

Anécdota de: Luis XVI, rey de Francia y de Navarra (1754-1793).

jueves, 29 de diciembre de 2011

EL DESAYUNO DE LA REINA


La tradición dice que fue la entonces archiduquesa Maria-Antonia de Austria-Lorena (1755-1793), convertida en la Delfina Maria-Antonieta de Francia al casarse con el nieto y presunto heredero de Luis XV, quien introdujo en el país galo el consumo y elaboración del croissant (castellanizado en crusán, aunque sería más correcto traducirlo literalmente en "creciente" o "media luna", ya que ése es su auténtico significado) en 1770. El caso es que la Delfina y luego última Reina de Francia tenía por costumbre, al levantarse, desayunar una taza de café acompañada de croissants recién hechos por el panadero real.

El mito del croissant, entonces conocido como kipferl, se remonta hasta el año 1000 y al siglo XIII, en Austria y hay varias versiones sobre su creación. La más conocida es la que nos lleva al año 1683, en que los panaderos vieneses, para celebrar la derrota de los Turcos Otomanos después del segundo asedio a la capital del Danubio, crearon un tipo de bollo en forma de media luna, bautizado con el nombre de hörnchen (pequeño cuerno), que se hizo rápidamente popular.
Sin embargo, se ha descubierto recientemente en los archivos culinarios franceses que, en la corte francesa y en el año 1549, se confeccionaron 40 pasteles en forma de media luna para celebrar la alianza franco-turca contra el Sacro Santo Imperio y España.



En cualquier caso, el croissant, tal y como lo conocemos, no adquirió su definitivo aspecto hasta 1905, cuando la receta de su pasta de hojaldre fue publicada en Francia por primera vez. La viennoiserie, tal y como se calificaba por su pasado vienés, se popularizó realmente en la década de 1920 y sigue vinculada a la imagen turística de París desde entonces. Raro es el parisino que no desayuna una taza de café con un croissant a pie de barra antes de entrar a la oficina de buena mañana.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Anécdotas Históricas -75-



La reina Maria-Antonieta de Austria (1755-1793), que solía posar exclusivamente para su retratista favorita Élisabeth Vigée-Lebrun, aceptó conceder unas cuantas sesiones al pintor Adolf Ulrik Wertmüller, enviado por el rey Gustavo III de Suecia, para que éste ejecutara un retrato suyo junto a sus dos hijos en el curso del año 1784-1785. Al finalizar su trabajo, el pintor mostró orgulloso el resultado final de tan ardua labor a la soberana. Asombrada a la par que disgustada al descubrir la obra del artista, Maria-Antonieta soltó:

-"C'est moi ça?" (¿Soy yo eso?)

Y sin añadir nada más ni esperar respuesta alguna del pintor, pasó de largo.

Dado que el retrato no gustó a la reina, fue inmediatamente enviado a Estocolmo como regalo al rey Gustavo III, quien mandó colgarlo en palacio, y Wertmüller nunca volvió a pintar un retrato suyo.

Anécdota de: Maria-Antonieta de Austria-Lorena, Reina de Francia y de Navarra (1755-1793). 

martes, 20 de diciembre de 2011

LA ESTATURA DE LOS REYES DE FRANCIA




MONARCAS DE ALTURA


de Francisco I a Napoleón III

Por desgracia, en lo que se refiere a la Historia, siempre andamos obligados a combatir los tópicos que pesan sobre muchos personajes de importancia y, cuando digo tópicos, me refiero a las mentiras y falsedades que se han ido difundiendo para que calara en la mente de la gente profana en la materia. Por poner un ejemplo ilustrativo, podría referirme a la general creencia de que el primer Emperador de los Franceses, Napoleón I (1769-1821), era un hombre bajito, o también citar al sexagésimo cuarto Rey de Francia, Luis XIV (1638-1715), al que también tildaron de "enano" que, gracias a los talones vertiginosos y las altas pelucas de entonces, ganaba en altura. Todas esas afirmaciones, que no son más que burdas trolas, fueron difundidas por historiadores del siglo XIX de espíritu marcadamente republicano que, siguiendo la corriente ideológica de la IIIª República Francesa, ferozmente anti-monárquica, se afanaron en rebajar hasta en los más nimios detalles a aquellos soberanos que gobernaron el país Galo antes de la Revolución de 1789, después de ella y hasta 1870, fecha en que se implanta definitivamente el régimen republicano. Tal fue el éxito de esa propaganda que, aún hoy, hay gente (incluyendo historiadores mal documentados, por no decir otra cosa) que sigue creyendo de pies juntillas en esas "leyendas urbanas".

Gracias a las recientes investigaciones de una nueva generación de historiadores y a la colaboración de antropólogos, podemos afirmar que la verdad vuelve a emerger para poner en evidencia la mala fe o la desidia de sus predecesores.

Retrato de Francisco I (1494-1547), Rey de Francia en 1515; según Tiziano.


Un rey francés como Francisco I (1494-1547) que, de joven, era apodado por su madre "mi hermoso Francisco", puede ser el primer ejemplo a citar por su extraordinarias medidas físicas. Ese gran monarca renacentista, protector de Leonardo da Vinci y de Benvenuto Cellini, medía nada menos que 2 m. 02 de alto. A esa estatura sorprendente se unía una magnífica musculatura y una gran anchura de hombros, lo que le daba una impresionante prestancia física. No nos ha de extrañar, por tanto, que ese gigante tirase al suelo a su primo Enrique VIII de Inglaterra cuando decidieron luchar amistosamente en el curso de su encuentro en el famoso "Campo del Paño de Oro".


Retrato de Enrique IV (1553-1610), Rey de Navarra en 1572, Rey de Francia en 1589.


Si Enrique IV (1553-1610), el primer Borbón que sentó en el trono galo, medía 1 m. 65, que era la media de su época, su esposa italiana María de Médicis resultaba mucho más bajita: 1 m. 55; una altura mediocre que combatía calzando plataformas de vértigo y la obligaban a andar con la ayuda de un bastón.

Retrato de María de Médicis, Reina-Regente de Francia en 1617, según Pourbus.

Retrato de Luis XIII (1601-1643), Rey de Francia en 1610.



El hijo y sucesor del anterior, Luis XIII (1601-1643), resultó ser más pequeño que su padre, ya que los testigos de entonces, más los testimonios de los profanadores de las tumbas reales de Saint-Denis (1793), calificaron su estatura de "mediocre", por lo que podemos barajar el metro sesenta como máximo. Pero, este rey casó con una infanta española de estatura superior a la media: Ana de Austria (1601-1666). La hija de Felipe III de España y de Margarita de Austria sobresalía de entre las damas de la época por la altura, amén de otras virtudes físicas muy loadas en vida por sus contemporáneos.

Retrato de Luis XIV (1638-1715), Rey de Francia en 1643; según H. Rigaud, 1701.


El nieto de Enrique IV e hijo de Luis XIII, que convirtió el siglo XVII en el "Grand Siècle" francés a todos los niveles, contrariamente a la creencia decimonónica, sobrepasaba a sus antecesores en estatura: Luis XIV (1638-1715), conocido como "el Grande" o "Luis el Grande", no solo lo fue por su poder y magnificencia; medía nada menos que 1 m. 84 que, con sus tacones de 11 cms., alcanzaba 1 m. 95 cms de altura. Por tanto, hemos de tener por veraces las representaciones pictóricas que se hicieron de él en vida, en las que aparece siempre muy por encima de las cabezas de sus cortesanos y parientes.

Retrato de Luis XV (1710-1774), Rey de Francia en 1715; según H. Rigaud.


Su biznieto y sucesor, Luis XV (1710-1774), no tuvo motivo alguno para acomplejarse ya que su estatura alcanzaba 1 m. 85 cms. A esa altura se unía un físico ventajoso y bien cuidado gracias a que, en su infancia, la Duquesa de Ventadour le impuso el porte del corsé hasta la adolescencia, lo que contribuyó a darle una silueta estilizada a la par que elegante.

Retrato de Luis XVI (1754-1793), Rey de Francia en 1774; según A.F. Callet.


Luis XVI (1754-1793), nieto del anterior, resultó ser un coloso para su época: 1 m. 93 cms. al que se unía una fuerza muscular hercúlea: era capaz de levantar a punta de pala a un paje en pie e incluso levantar un cañón de bronce sin caerse. Para más datos, añadir que esa imagen de gordinflón bonachón tan difundida durante la Revolución Francesa, faltaba a la verdad en parte; padeciendo de tuberculosis, solía engordar y adelgazar por épocas, y su gran lucha era deshacerse de su tendencia a tener barriga (por culpa de su gran apetito), mediante el ejercicio físico (la cinegética).

Retrato de Maria-Antonieta de Austria-Lorena (1755-1793), Reina de Francia; según Vigée-Lebrun.


La reina Maria-Antonieta de Austria (1755-1793), consorte de Luis XVI, resultó ser en comparación a su marido, más diminuta: 1 m. 72 cms. Para nivelar esa diferencia de altura entre su esposo y ella, calzaba siempre zapatos de tacón alto. Por otro lado, sabemos gracias a su modista Rose Bertin, sus otras medidas: 109 cms. de busto y 58 cms. de cintura.

Retrato de Luis XVIII (1755-1824), Rey de Francia en 1814; según Gérard.

Retrato de Carlos X (1757-1836), Rey de Francia en 1824; según Gérard.



Los hermanos y sucesores de Luis XVI en el trono, Luis XVIII (1755-1824) y Carlos X (1757-1836), Condes de Provenza y de Artois respectivamente, no tuvieron nada que envidiar a éste en cuestión de altura aunque en el caso del primero, aquejado de hidropesia, se retiene de él una imagen de un monarca clavado en una silla de ruedas, mientras que del segundo permanece esa imagen de un rey esbelto hasta sus últimos días, como lo fue su abuelo Luis XV.


Retrato de Napoleón I (1769-1821), Emperador de los Franceses y Rey de Italia.


El caso de Napoleón I (1769-1821), padre del 1er Imperio Francés, nos muestra a un hombre de estatura normal para su época: 1 m. 69 cms., cuando entonces el resto de la gente común sobrepasaba apenas el metro sesenta y cinco.

Retrato de Napoleón III (1808-1873), Emperador de los Franceses; según A. Cabanel.


Su sobrino y último representante de la saga de los Bonaparte, Napoleón III (1808-1873), Emperador de los Franceses entre 1852 y 1870, medía poco más que él: 1 m. 70 cms.

Si hemos de establecer un ránking de mayor a menor en cuestión de altura física, Francisco I encabeza esta lista sin la menor duda, seguido de cerca por Luis XVI y Luis XIV. En cuanto a longevidad, el último Borbón de la rama primogénita que reinó entre 1824 y 1830, Carlos X, ostenta el primer puesto: murió a los 79 años.