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martes, 3 de junio de 2014

ABDICACIONES REALES


UNA TRADICIÓN EN LA HISTORIA DE ESPAÑA
DESDE 1556
 
 

El 2 de junio de 2014, a las 10:30 de la mañana, se anunciaba oficialmente y mediante una alocución del Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, y desde La Moncloa, que el rey Juan-Carlos I hacía pública su decisión de abdicar la corona en su hijo y heredero el Príncipe de Asturias, Don Felipe de Borbón y Grecia, de 46 años de edad. El monarca, de 76 años, renunciaba "por motivos de salud" -entre otros- y para dar paso a un cambio generacional al frente de la más alta institución del Estado, en un momento en que, sea dicho de paso y que no escapa a nadie, la monarquía española registra su más baja cota de popularidad.

En cualquier caso y aparte del 'falso' efecto sorpresa, que ya se andaba planeando en La Zarzuela desde enero, pero que se retrasó (?) para no perjudicar al partido en el poder de cara a las elecciones europeas del 25 de mayo, la 'inesperada' abdicación del Rey no es una novedad en la cronología de sus predecesores en el trono. Sí lo es para una Constitución como la actual (1978), en la que ningún artículo contempla semejante decisión por parte del Jefe del Estado ni regula su situación posterior a la renuncia formal.



El primer monarca castellano que abdicó la corona de los reinos hispánicos en su hijo, fue el segundo representante de la dinastía de Austria: Carlos I (1500-1558), también Emperador Romano Germánico con el ordinal de Carlos V. Su primera renuncia en su hijo y heredero Felipe II, fue el 24 de julio de 1554, fecha en la que le cedió la corona de Nápoles. El 25 de octubre de 1555, también renunciaba al título de Duque de Borgoña. Finalmente, el 16 de enero de 1556, abdicaba en Felipe II la Corona de las Españas, de las Indias, de Sicilia y de Cerdeña. Dicen que, al poco de su abdicación, se arrepintió. Su último acto de renuncia fue el 24 de febrero de 1558, cuando abandonaba la corona imperial en favor de su hermano el Archiduque Fernando. Fallecía finalmente el 21 de septiembre del mismo año, en su retiro de Yuste.

Después de Carlos I, ningún monarca de la Casa de Austria abdica. En el caso del rey Felipe IV, biznieto del rey-emperador y quinto representante de la dinastía, se registra el año de 1640 como el "Annus Horribilis" de la monarquía castellana; Portugal se independiza al tiempo que otros reinos ligados a la persona de Felipe IV se alzan en armas contra el autoritarismo del valido Conde-Duque de Olivares y su política recaudatoria. Los Países-Bajos, Cataluña, Aragón y Andalucía se sublevan contra el centralismo castellano. A punto estuvo entonces de producirse la desintegración de la Monarquía Hispánica y su confederación de reinos. El mismo año, Cataluña rompía con Madrid y ofrecía la corona de Conde de Barcelona al rey Luis XIII de Francia.



Al alba del siglo XVIII, y con la implantación de la nueva dinastía en Madrid con el rey Felipe V (1683-1746), el reino de las Españas verá cómo el primer Borbón abdica en su primogénito Luis I, después de apenas 24 años de reinado (10 de enero de 1724). Pero el reinado del joven e inexperto rey Luis I no rebasa los 229 días, y dada la juventud del Infante Fernando, Felipe V vuelve a asumir la corona no sin varios intentos de volver a renunciar; intentos que fueron cortados de raíz por su segunda consorte Isabel de Parma.

Tras la muerte sin herederos del rey Fernando VI, se opera el polémico traspaso de la corona a su medio-hermano Carlos III -entonces rey de Nápoles y de Sicilia con el ordinal de Carlos VII-, en detrimento del Infante Felipe, Duque de Parma, en 1759.



Será con el rey Carlos IV (1748-1819), quinto representante de la dinastía Borbón, cuando se produce la tercera abdicación. Ésta sería fruto del motín de Aranjuez en 1808. La fuerte impopularidad del valido de los reyes, avivada por los partidarios del entonces Príncipe de Asturias (fernandistas), obligarán a Carlos IV a renunciar en favor de su hijo Fernando VII el 19 de marzo de 1808, tras la detención de su "querido" Manuel de Godoy.

En el curso de la famosa ''Entrevista de Bayona'', en la que Carlos IV, Maria-Luisa y Fernando VII se encuentran con Napoleón I, el emperador de los Franceses obligará a Fernando a abdicar la corona y devolverla a su padre el 6 de mayo, desconociendo que Carlos IV ya había pactado de antemano con el emperador la cesión de sus derechos dinásticos. Fruto de esa repulsiva tragicomedia de renuncias que dice poco a favor de padre e hijo, la corona cayó en manos de Napoleón y éste la otorgó a su hermano José Bonaparte.



Los ex reyes fueron retenidos en Francia hasta la caída de Napoleón. En diciembre de 1813, regresaba como rey de España Fernando VII (1784-1833) a Madrid, mientras que sus padres se retiraban a Roma. El conocido como "Rey Felón" fue, sin embargo, destituido por el Consejo de Regencia en 1823 y repuesto a la fuerza en el trono por las tropas francesas de Luis XVIII, que acudieron a socorrerle.



La quinta abdicación sería protagonizada por la hija de Fernando, Isabel II (1830-1904), aunque con retraso. Expulsada de España por la Revolución de 1868, y exiliada en París, Isabel II no renunció a la corona hasta el 25 de junio de 1870, en favor de su joven hijo el futuro Alfonso XII, preparándose entre bambalinas la restauración de los Borbones gracias a un golpe militar.



La sexta abdicación corresponde al rey electo Amadeo I de Saboya (1845-1890), que en 1870 aceptó ceñir la corona española, ofrecida por el general Prim. La caótica situación política del país, llevaría a Amadeo a renunciar el 11 de febrero de 1873, proclamándose automáticamente la Iª República.



El caso del rey Alfonso XIII (1886-1941), cuyo reinado se interrumpió abruptamente el 14 de abril de 1931, con la proclamación de la IIª República, es un caso de renuncia que no de abdicación. Considerándose heredero y transmisor de los derechos dinásticos de sus antecesores, y que no podía disponer de ellos a su antojo, Alfonso XIII no quiso abdicar jamás de sus prerrogativas reales; solo optó por exiliarse, muriendo 10 años después en Roma, tras perder todas las esperanzas de regresar a España de la mano del General Franco.



En pretendiente al trono de España se convirtió el tercer hijo varón de Alfonso XIII, el Infante Don Juan (1913-1993), en 1941 y usando el título real de Conde de Barcelona. Pero las circunstancias nunca fueron propicias para que él se convirtiera en el restaurador de la monarquía en España. Su hijo Juan-Carlos I, confiado desde niño al dictador Franco, se convirtió en el nuevo rey en noviembre de 1975, pasando por encima de sus derechos legítimos y, ante los hechos consumados, Don Juan no tuvo más remedio que renunciar en favor de éste el 14 de mayo de 1977.

miércoles, 16 de octubre de 2013

ESPAÑA: Una historia inventada y manipulada

VERDAD Y FICCIÓN EN LA HISTORIA DE ESPAÑA



Por Carlos Prieto / in www.elconfidencial.com


En los últimos años hemos visto muchas películas influenciadas por Phillip K. Dick en la que se desvela la farsa del presente. Como si la realidad no fuera más que una alucinación, llámese Matrix o lo que usted quiera, que oculta la verdadera realidad, la vida que una vez llevamos y que ahora nos han arrebatado. Ahora bien: ¿Qué ocurriría si lo fraudulento no fuera nuestro presente sino nuestro pasado? O lo que es peor: ¿qué ocurriría si el pasado de España fuera más falso que una moneda de tres euros? Y no estamos hablando de una novela de ciencia ficción, sino de una realidad. El periodista Miguel-Anxo Murado (Lugo, 1965) analiza en La invención del pasado (Debate, 2013) qué hay de verdad y qué hay de ficción en la historia de España. Un ensayo histórico que trata de demostrar que nuestro pasado es un relato repleto de imprecisiones, lagunas y fantasías que van mutando en función de los intereses de cada generación.

La invención del pasado se cobra varias víctimas históricas. La mayor parte de sus damnificados están relacionados con los mitos fundacionales de la nación española. No se trata de una cuestión ideológica, sino de algo mucho más prosaico: la falta de fuentes históricas fiables que demuestren las peripecias de prohombres como El Cid o Don Pelayo.

Para que se hagan una idea: no existe ningún documento contemporáneo sobre la conquista árabe de Hispania en el año 711. Dato recogido por Murado para apuntalar su tesis: "Los documentos del pasado no solo son escasos, también son arbitrarios, el resultado de una selección que hacen el azar, el prejuicio y el pasado del tiempo". Por no hablar de las veces que tomamos como referencia histórica textos escritos con varios siglos de retraso. O las veces que convertimos relatos de ficción en hechos irrefutables. Así se escribe la historia antigua. En otras palabras: a figuras como El Cid y Don Pelayo hay que cogerlas con pinzas.

Cuanto más antiguo es el personaje, más posibilidades hay de que el bulo lo envuelva todo. Algo que quizás no haga mucha gracia ni en Asturias ni en España: "Don Pelayo es una de esas figuras a los que yo llamo nombres vacíos. Un personaje del pasado del que sabemos poco más que su nombre. Lo máximo que podemos decir de Don Pelayo es que probablemente existió", cuenta Murado sobre el icono de la Reconquista de la Península Ibérica.

El Cid, por su parte, existió con certeza absoluta. Los documentos históricos lo demuestran, pero eso no ha librado a Rodrigo Díaz de Vivar de tener una imagen histórica tan distorsionada como la de Don Pelayo. "Se podría decir que existen dos Cid diferentes que no tienen que ver entre sí, el histórico y el literario; resulta que la imagen que ha prevalecido en nuestros días es la literaria", aclara Murado. Para entendernos: "Hoy sabemos que El Poema de Mio Cid fue escrito doscientos años después de los hechos que cuenta y que esos detalles son inventados", escribe Murado.


Cuando el sol no se ponía sobre el Imperio español


La época de los Reyes Católicos está profusamente documentada. La pregunta clave sería la siguiente: ¿Qué valor tiene esa documentación? "Está sujeta a interpretación. Se trata sobre todo de crónicas elaboradas en el entorno del trono. Sabemos que Isabel mandó destruir las visiones que no le convenían; al fin y al cabo había usurpado el trono", aclara Murado.

El problema de esta época histórica no sería el pasado de España en sí, tan repleto de interrogantes como el de cualquier otro país, sino cómo se han intentado tapar dichos agujeros desde el presente. En efecto, en el último siglo se ha reforzado la idea de que la nación española nació gracias a la unificación propuesta por los Reyes Católicos. La mítica y mil veces glosada unidad de España. Salvo que algunos autores creen que lo que hicieron Isabel y Fernando no fue unir, sino separar:

"La ironía es que si algo podemos decir con seguridad acerca de la alianza entre Castilla y Aragón en aquellos tiempos es precisamente que no se trató de una unificación. Las capitulaciones se redactaron justamente para impedir que eso se produjese. Isabel y Fernando rechazaron expresamente llamarse 'reyes de España' y tuvieron buen cuidado de no poner en común ningún aspecto importante de su testamento, por lo que, cuando ella murió, él tuvo que abandonar Castilla y los dos reinos se separaron sin más. Ninguno de los dos reinaba en el reino del otro más que como consorte sin poder alguno", aclara el texto de Murado.



Pero no se vayan todavía porque aún hay más. El libro también desmonta el mito del imperio católico de Carlos I de España y V de Alemania, "una de esas ideas políticas que se construyen en el presente y se proyectan sobre el pasado", asegura Murado.

 
Europa en el año 1000.
 
 
La Península Ibérica en el siglo XV.
 


Resumen la tesis de La invención del pasado sobre el Imperio español: 1) "Caben muchas posibles interpretaciones de qué era exactamente el Imperio que fundó Carlos V, pero hay una que es claramente errónea: entenderlo como un país. Se trató siempre como un conjunto heterogéneo de territorios, una herencia dinástica perteneciente a una familia". 2) "Ese Imperio no existió tampoco en otro de los sentidos que se le dio en el canon: el de un proyecto deliberado de conquista en Europa para ponerla bajo un solo emperador católico". 3) "Hernán Cortes fue enviado a México por el gobernador de Cuba no para conquistar nada, sino para conseguir oro y esclavos". 4) "Es cierto que el control de las colonias y de prósperos territorios en Europa como Flandes, aportó en principio metales preciosos a los cofres del Estado, pero ese Estado no era sino una vasta empresa multinacional encabezada por comerciantes italianos, banqueros alemanes y toda clase de intermediarios". 5) "El propio emperador era, y se veía a sí mismo, como un extranjero". 6) "Incluso la idea de un 'imperio católico' está en cuestión... En el ejército imperial había tanto católicos como protestantes".

 
Retrato de Hernán Cortés, 1er Marqués del Valle de Oaxaca (1485-1547).


"No es que España no exista, no, sino que España es una creación del presente y no del pasado", afirma Murado. Por otro lado, la paradoja de España como realidad del presente es que la globalización estaría "limitando aceleradamente las diferencias entre países".

Para acabar, dos conclusiones sacadas de La invención del pasado. Una sobre ese permanente campo de batalla llamado historia de la nación española: "La historia de España, como la de los demás países, se ha hecho en gran medida a partir de textos falsificados, alterados, interpolados y manipulados".

La otra sobre las pretensiones de un texto con un objetivo pedagógico subversivo: desenseñar la historia. "Por extraño que pueda parecer, nuestra intención no es enseñar algo, sino 'desenseñarlo'. La idea es más bien que, cuando el lector termine estas páginas, su confianza en la historia haya disminuido considerablemente. Habrá quien llegue por su propia cuenta a la conclusión de que el conocimiento histórico es, simplemente, imposible. No pretendemos tanto. Incluso eso sería una certeza, y nuestro propósito no es proporcionar certezas al lector, sino todo lo contrario: conseguir, si es posible, que dude, que se haga más escéptico frente a los libros de historia", concluye Murado.

domingo, 7 de abril de 2013

Anécdotas Históricas -215-



Cuando el 9 de febrero de 1518, Carlos I de Austria prestó de muy mala gana juramento ante las Cortes de Castilla reunidas en Valladolid, uno de sus representantes le recordó:

-"Habéis de saber, señor, que el rey no es más que un servidor retribuido de la nación."

Anécdota de: Carlos I de Austria, Emperador del S.S.I.R.G., Rey de las Españas y de las Indias (1500-1558).

martes, 18 de septiembre de 2012

CURIOSIDADES -61-



Publicado en el año 1749 en el libro "Deleite de la discreción y fácil escuela de la agudeza" escrito por Don Bernardino Fernández de Velasco y Pimentel, XIº Duque de Frías, cita éste al rey-emperador Carlos I-V de España y del S.S.I.R.G. (1500-1558) cuando aconsejó a su heredero y sucesor en el trono español, el rey Felipe II (1527-1598) con la siguiente recomendación:

"Si quereis aumentar vuestros dominios, gobernadlos con acierto, que los respete Europa; situad vuestra Corte en Bruselas; si sólo conservarlos, en Barcelona; y si perderlos en Madrid".
 

jueves, 26 de abril de 2012

Anécdotas Históricas -135-



Encontrábase el rey-emperador Carlos I-V visitando el sepulcro de Martin Luther (Martín Lutero), cuando el Duque de Alba y otros Grandes, que conformaban su séquito, le sugirieron que mandase desenterrar e incinerar el cadáver del padre de la Reforma, como castigo ejemplar. Y el César contestó:

-"Dejadle reposar. Ya ha encontrado su juez. Yo hago la guerra a los vivos, no a los muertos."

Anécdota de: Carlos I-V de Austria, Rey de España y Emperador del S.S.I.R.G. (1500-1558).

CURIOSIDADES -24-



Juana I "la Loca", Reina de Castilla y León entre 1504 y 1555, tuvo como todas sus hermanas (a excepción de una) una vida desgraciada. Nacida el 6 de noviembre de 1479, sucedió a su madre Isabel I el 26 de noviembre de 1504 en calidad de Reina de Castilla, de León, de Galicia, de Toledo, de Granada, de Murcia, etc. Casada desde 1496 con el Archiduque Felipe "el Hermoso" de Austria, gran heredero de la Duquesa María "la Rica" de Borgoña y del Emperador Maximiliano I de Austria, se quedó viuda en 1506 a sus 27 años y siendo madre de 6 retoños. Subyugada y eclipsada por su ambicioso marido, éste la apartó del poder alegando sus desarreglos mentales y se enfrentó a su suegro para hacerse con las riendas del gobierno; luego fue su propio padre, el rey Fernando II de Aragón, quien la declaró loca y asumió la regencia de sus Estados al tiempo que la mandaba encerrar en el castillo de Tordesillas en 1509, quitándole a sus hijos a excepción de la pequeña Infanta Catalina, que tan solo la abandonará para casarse en 1525 con el rey Juan III de Portugal.

El 25 de enero de 1516, al fallecer su progenitor, se convierte en Reina de Aragón, de Valencia, de Mallorca, de Navarra, de Sicilia y de Nápoles (etc.), pero el poder cae en manos de su primogénito Carlos I de Austria, quien la mantendrá encerrada en Tordesillas y se hará asociar al trono materno como co-rey de todos los reinos con la aprobación de las Cortes.

Juana I moriría finalmente a la avanzada edad de 75 años, la madrugada del 12 de abril de 1555, un Viernes Santo. La habían recluído a la fuerza a sus 29 años y permaneció 46 encerrada y maltratada. Su hijo tan solo la visitó en un par de ocasiones.



Seis meses después del deceso de la reina Juana I, Carlos I abdicó la corona en su hijo Felipe II el 16 de enero de 1556 para, acto seguido, arrepentirse de su decisión. Fueron los únicos seis meses legales durante los cuales Carlos I fue realmente el Rey de las Españas.  

miércoles, 25 de abril de 2012

Anécdotas Históricas -134-



Conocido es el exagerado prognatismo que aquejaba al rey-emperador Carlos I-V, y que le impedía cerrar la boca. En el curso de una visita por tierras aragonesas, y más concretamente en Calatayud, un notable del lugar no pudo evitar decirle:

-"Majestad, cerrad la boca que las moscas de este país son muy traviesas."

Anécdota de: Carlos I-V de Austria, Rey de España y Emperador Romano Germánico (1500-1558). 

lunes, 9 de abril de 2012

DON JUAN DE AUSTRIA



DON JUAN DE AUSTRIA

"el Bastardo Imperial"
1547-1578



Padre, madre e Infancia


En la época en que Carlos V de Austria (Carlos I de España) se encontraba en plena campaña militar contra los príncipes protestantes de la Liga de Esmalcalda, el emperador se distrajo momentáneamente entre los brazos de la hermosa germana Barbara Blomberg, la cual cayó encinta y dió a luz a un hermoso bastardo llamado Jerónimo en 1547. Madre e hijo fueron inmediatamente separados: Carlos V tomaba a cargo al pequeño que Barbara le había dado y, a cambio, le concedía una pensión con la que podía vivir decentemente. De hecho, la señorita Blomberg fue convenientemente casada con un comisario real del Ejército Imperial, del cual tuvo dos hijos más. Una vez viuda y malgastada su pensión, su precaria situación fue estudiada por Felipe II quien la mandó traer secretamente a España. Allí, Barbara Blomberg pasaría más de treinta años casi recluída y estrechamente vigilada, hasta su fallecimiento en la localidad cántabra de Colindres en 1598.



El secretismo acerca de la madre del bastardo imperial estribaba en la preocupación de Felipe II por salvar las apariencias y en mantener el prestigio de su progenitor. Barbara Blomberg, aparte de ser una mujer de gran belleza, era poco más que una prostituta a tiempo parcial según informes que llegaban a Madrid, que cambiaba con facilidad de amante y que mantenía relaciones "comerciales" con una propietaria de una casa de putas de la ciudad de Amberes. Con semejante currículum, era conveniente echar un tupido velo y relegar a la dama al más absoluto olvido.

Retrato infantil de Don Juan de Austria, según Sánchez-Coello.


En cuanto al pequeño Jerónimo, el emperador se hizo cargo de su educación, trasladándolo a España cuando éste contaba apenas 3 años de edad. Instalado en Leganés, su cuidado fue a cargo de Francisco Massy, tañedor de viola en la corte, y de la mujer de éste, Ana de Medina, hasta que en el verano de 1554, fue trasladado a la propiedad vallisoletana de don Luis de Quijada, ayudante de cámara de Carlos I de España, y conocedor de la secreta procedencia del niño, en Villagarcía de Campos. La esposa de don Luis de Quijada, doña Margarita de Ulloa, le educó y crió como uno de sus hijos y los Quijada se convirtieron en auténticos padres adoptivos de don Juan de Austria. En 1556, los Quijada se trasladaron a la localidad de Cuacos, cerca del monasterio de Yuste donde se había retirado el rey-emperador Carlos I-V, para que éste pudiera conocer de cerca a su hijo natural sin que éste supiera cual era el nexo de su persona con el soberano. Evidentemente, los rumores corrieron como reguero de pólvora...



Pero Carlos I no quería dar publicidad a sus devaneos y el secreto que rodeaba al pequeño don Juan permaneció siendo un secreto de familia que a duras penas fue sonsacado a don Luis de Quijada por la Infanta Juana (hija del emperador) en 1559, mientras que Felipe II no iba a desvelar al interesado su verdadera identidad hasta la celebración de una cacería en los alrededores de Valladolid. Aclarada la condición del joven don Juan de Austria, Felipe II le reconoció oficialmente como hermano suyo, haciéndole un hueco en el seno de la Familia Real Española y otorgándole una pensión. De paso, el rey hizo las gestiones necesarias para cambiar su nombre de "Jerónimo" en "Juan", en honor a un difunto infante español muerto en la infancia.

Iglesia o ejército?


Como mandaba la costumbre en el seno de la Familia Real Española, a los bastardos reales se les reservaba de antemano un destino nada halagüeño. Quizás para expiar los pecados carnales del progenitor, los reyes pensaban que era acertado encaminar los frutos de sus pasiones extramatrimoniales en el seno de la Iglesia y convertirlos en portentosos hombres del clero, eso si, dotados con los mejores obispados y, por qué no, con algún que otro capelo cardenalício. Era su modo de comprar el perdón divino entregando a su bastardo como rehén a la Iglesia de San Pedro.

Pero ése no iba a ser el caso de Don Juan de Austria que, a falta de ser Infante de España (cosa que le habría gustado sobremanera), prefirió emular a su progenitor en la carrera militar pues las armas le tiraban más que el báculo. Luis de Quijada, como cualquiera que se precie de ser caballero, dió a su pupilo una educación propia de hijo de casa noble entrenándole en los ejercicios más acordes: esgrima, tiro y caza.

Ya aceptado en el seno de la Familia Real, Don Juan tenía claro lo que quería hacer de su vida: dedicarse a la carrera militar. Adelantándose a Felipe II, le expresó su deseo de abrazar las armas, deseo que le sería finalmente acordado.

Su bautizo de fuego lo recibió en la Guerra de Las Alpujarras 1568-1570, donde debidamente asesorado por su antiguo mentor Luis de Quijada, y otros militares con amplia experiencia, pudo empezar su aprendizaje y ostentando la dirección de las operaciones. De allí pasaría directamente a liderar la flota de la Liga Santa contra los Turcos en 1571. Todas ellas serían victoriosas campañas militares gracias a las cuales Don Juan recogería los laureles de la fama, aunque en realidad, el éxito de sus empresas se debía en gran parte a la preciosa ayuda de Luis de Requesens, el duque de Sessa, el marqués de Los Vélez, Diego de Deza, el marqués de Mondéjar y el propio Luis de Quijada, depositario de la entera confianza de Don Juan, que formaban su Consejo Militar por expresa orden de Felipe II.

Cuadro conmemorativo de la victoriosa batalla naval de Lepanto en 1571: de izq. a derecha, Don Juan de Austria, el Príncipe Marco Antonio Colonna y Sebastián Veniero.


En realidad, Felipe II fue quien impuso a su hermano Don Juan como comandante de la Liga Santa a los demás aliados, argumentando que la Monarquía Hispánica era la mayor contribuyente a la liga. Pero en lo práctico, y a la hora de la verdad, ni Felipe II ni los aliados dejaron mucho margen de maniobra a Don Juan en la lucha naval contra los Turcos. Éste era asesorado por Luis de Requesens, Alejandro Farnesio de Parma (primo de Felipe II y de Don Juan), el príncipe Andrea Doria, y apoyado por el veneciano Sebastián Veniero y el príncipe romano Marco Antonio Colonna. En compensación, recibió toda la fama con la victoria de Lepanto que fue, de hecho, producto de la sorpresa y de la suerte.

Intrigas y mujeres


Las relaciones entre Don Juan y Felipe II fueron, por lo general, excelentes desde el principio. El rey siempre demostró buenas disposiciones acerca de su medio-hermano, manifestando cierto cariño y aprecio, aunque con el paso de los años se hizo palpable cierto distanciamiento.

Felipe II era autoritario tanto como rey como cabeza de familia y Don Juan dependía de las decisiones del primero, aunque se había convertido, gracias al impacto de sus actividades militares, en uno de los miembros más queridos y populares de la Familia Real. Es más, desde el oportuno fallecimiento del Infante Don Carlos, príncipe de Asturias (hijo único de Felipe II) en 1568, la figura de Don Juan de Austria ganaba peso en el organigrama de los Austrias Hispanos.

Retrato de Antonio Pérez (1540-1611), Secretario de Estado de Felipe II.


A raíz de esa creciente importancia, Antonio Pérez, secretario de Estado, empezó a tejer una intriga en la cual se preocupaba de ennegrecer la figura del bastardo, con el fin de presentarlo a ojos del rey como una amenaza en potencia para su corona. Por si fuera poco, el egocentrismo de Don Juan servía de cimiento para resaltar sus ambiciones personales a ojos de Felipe II: Don Juan intentó durante toda su vida borrar el estigma de su bastardía y, su empeño, acabaron por levantar sospechas en Felipe II, sabiamente exageradas por el celoso y ambicioso Antonio Pérez. Quizás por ello el rey decidió deshacerse de su medio-hermano mandándolo lejos de España, enviándolo a Italia con la excusa de preparar desde allí nuevas acciones contra los Turcos, acciones que nunca se llevarían a cabo evidentemente, porque la Liga Santa había sido disuelta y la Monarquía Hispánica atravesaba una de sus crisis financieras. En consecuencia, Don Juan de Austria pasaría en Italia nada más y nada menos que 4 largos años de inactividad forzosa (1572-1576), que sirvieron también a distanciarlos más si cabe el uno del otro. Por su parte, Don Juan en su estancia italiana, ganó inmensa popularidad gracias a la fama que ya venía arrastrando de su victoria de Lepanto (1571), siendo agasajado en contínuas fiestas celebradas en su honor y coleccionando amoríos por doquier, lo que contribuyó a aumentar sensiblemente su propio ego.

Si nunca se casó, el éxito de Don Juan de Austria con las mujeres fue más que notable y su retrato es una buena prueba de ello. No había heredado de su imperial progenitor el fatídico prognatismo Habsbúrguico, sino bellas facciones y una atlética complexión. De sus amores con Diana Falangola tuvo una hija en 1573, llamada Juana, cuando tres años antes ya había tenido de María de Mendoza su primera hija llamada Ana. En su estancia italiana tuvo un hijo varón que, por desgracia, falleció prematuramente. Pero sus sucesivas amantes intentaron utilizarle para conseguir algunos favores como esa tal Ana de Toledo, esposa del gobernador militar de Nápoles, que intentó sacar partido de su adulterio para meterse en asuntos políticos, lo que provocó un sonado escándalo.

Ni falta hace decir que su conducta sexual en Italia tuvo serias repercusiones en Madrid...

Don Juan de Austria, Gobernador de los Países-Bajos


En 1576 fallecía Don Luis de Requesens y Zuñiga, gobernador de los Países-Bajos desde hacía 3 años, sucediendo en el cargo al duque de Alba. Tras su muerte se habían sublevado el Norte y el Sur de esas provincias contra los excesos de las tropas españolas, y la situación ya venía empeorando desde la primera insurrección de 1568.

Entonces Felipe II decide nombrar como sucesor en el cargo a Don Juan de Austria, esta vez con plenos poderes y asumiendo en solitario el mando de los ejércitos allí destinados. Semejante nombramiento no fue, desde luego, bien recibido por Don Juan. Desprovisto de su precioso Consejo Militar, se iban a evidenciar sus limitaciones militares y políticas, especialmente en un momento en que se exigía mucho tacto y una gran habilidad diplomática para poner orden en ese nido de escorpiones. Y por otro lado, Don Juan sabía que aquellas provincias eran un atolladero donde todos sus predecesores en el cargo habían fracasado, por lo que bien podía interpretar el nombramiento de su medio-hermano como un regalo envenenado. Los españoles habían sido expulsados el mismo año y los privilegios flamencos habían sido confirmados en la "Pacificación de Gante", sin olvidar que la soldadesca había saqueado la ciudad de Amberes...

Asumiendo finalmente su nuevo cargo, Don Juan de Austria confirmó con el "Edicto Perpétuo" la susodicha "Pacificación de Gante" (1577), por el cual se comprometía a retirar las tropas españolas y respetar sus libertades, con la condición de mantener el catolicismo como única religión y que le aceptaran como gobernador. Sin embargo el príncipe de Orange y las provincias de Holanda y Zelanda rechazaron el pacto y Don Juan dió un giro en su política, rompiendo la tregua y atacando Namur. Ese ataque propició el retorno de los tercios mandados por Alejandro Farnesio, y entonces la situación no hizo sino empeorar dejando en evidencia que Don Juan no era el hombre adecuado para encaminar el proceso de pacificación.... Para colmo, Alejandro Farnesio acabaría asumiendo directamente el mando militar de las tropas enviadas por Felipe II, dejando a Don Juan de lado.

El asesinato de Juan de Escobedo


A instancias del sibilino Antonio Pérez, Felipe II nombró a Juan de Escobedo como secretario personal de Don Juan de Austria, con la misión de vigilar e informar a la corte de todos sus movimientos.

A pesar de su inicial misión, Juan de Escobedo se convirtió en el fiel y leal secretario de Don Juan y, al parecer, descubrió que el secretario de Estado Antonio Pérez mantenía una ilícita relación con Doña Ana de Mendoza, Princesa viuda de Éboli (supuesta amante y madre de 1 bastardo del rey Felipe II), y que ambos negociaban secretamente con los rebeldes neerlandeses a espaldas de Felipe II. Y el 31 de marzo de 1578 se desencadenó la sangrienta tragedia: Juan de Escobedo, molesto testigo de las intrigas de Pérez y de la Princesa de Éboli, cayó bajo las cuchilladas de unos matones a sueldo.

El asesinato de Escobedo fue convenientemente maquillado por Antonio Pérez, el cual presentó el crimen al rey como una ejecución por motivos de Estado. No sería hasta más tarde cuando Felipe II cayó en la cuenta de que Escobedo había sido víctima de una trampa y mandó apresar a su secretario y a la princesa. Antonio Pérez logró refugiarse en Aragón y de allí pasó a Francia, en cuanto a la Princesa de Éboli, fue duramente recluída de por vida en su palacio.

La muerte de Don Juan de Austria


Con la guerra y las tensiones diplomáticas, además del notorio desgaste físico, Don Juan de Austria se resentía anímicamente. Para colmo, la noticia del asesinato de su secretario personal a manos de Antonio Pérez y de la Princesa de Éboli, vinieron a empeorar su estado, convencido de ser víctima de un complot. En pleno conflicto contra los rebeldes, Don Juan fallece la primera semana de octubre de 1578 en la ciudad de Namur. Solo tenía 31 años de edad...

Las hipótesis más descabelladas se desataron entonces. Se creía a un probable envenenamiento ordenado por el Príncipe de Orange o por el propio Felipe II (cosa improbable), e incluso por mal de amores. Lo cierto es que es más plausible que Don Juan falleciera del tifus, un mal que hacía estragos por aquellas provincias en aquella época, y que fue sin duda agravado por su agotamiento físico y moral.



En 1579, los papeles personales de Don Juan llegaron a manos del rey Felipe II, quien pudo comprobar que su medio-hermano siempre le había sido fiel y leal muy a pesar de los viperinos informes que le había suministrado Antonio Pérez, para ennegrecerle. Para expiar su juicio erróneo, Felipe II mandó exhumar el cadáver de su hermano, entonces enterrado en la catedral de Namur, para trasladarlo al Panteón de los Infantes del monasterio de El Escorial, con todos los honores debidos a un miembro de la Familia Real Española. En suma, el último deseo de Don Juan de descansar cerca de los restos de su padre se vieron cumplidos...

Nota:




Ana de Mendoza (1540-1592), IIª Duquesa de Francavilla G.E., Condesa y Princesa de Melito, Marquesa de Algecilla, Condesa de Ali, Princesa de Éboli y Duquesa de Pastrana.
Hija de un virrey del Perú -Diego Hurtado de Mendoza, 1er Duque de Francavilla, y de Catalina de Silva-, mujer de armas tomar y gran temperamento, heredera de una de las 3 mayores fortunas de España, casó en 1559 con el noble portugués Don Ruy Gómez de Silva, privado del rey Felipe II, quien les concedió los títulos de "Príncipes de Éboli y Duques de Pastrana". Tuvo gran influencia en la corte española hasta que su marido falleció en 1573, y se retiró entonces a un convento hasta que, en 1576, volvió a la corte donde tejió intrigas con Antonio Pérez contra Don Juan de Austria. Involucrada en el asesinato de Escobedo, secretario de Don Juan, fue recluída por orden de Felipe II y, finalmente, declarada loca y encerrada en sus aposentos del palacio ducal de Pastrana. La leyenda cuenta que perdió su ojo derecho en un combate de esgrima, aunque algunos historiadores se inclinan por la teoría de que el parche tapaba un defecto ocular...

domingo, 8 de enero de 2012

Anécdotas Históricas -88-



En 1540, de camino a Flandes para reprimir una revuelta, el rey-emperador Carlos V visitó oficialmente París de la mano del rey Francisco I de Francia, su cicerone, después de pasar por Poitiers y Orléans. El rey francés le preguntó al césar qué le habían parecido aquellas ciudades que había visitado:

-"Poitiers es el pueblo más bello del mundo y Orléans la más bella ciudad."
-"Y, ¿qué decís de París?" -inquirió Francisco I.
-"París no es una ciudad, ¡es un mundo!"

Anécdota de: Carlos I y V de Austria, Rey de las Españas y Emperador del S.S.I.R.G. (1500-1558).

martes, 19 de abril de 2011

VICIOS, LOCURAS, MANÍAS & ENFERMEDADES REGIAS -15-



Carlos I de Austria, Rey de las Españas, de las Indias y Emperador del Sacro Santo Imperio Romano Germánico (1500-1558), que en Alemania llevaba el ordinal de Carlos V y era comúnmente llamado "Carlos Quinto", tuvo por progenitores al archiduque Felipe "el Hermoso" de Austria y a la Infanta Juana "la Loca" de Aragón y de Castilla que, a la larga, también fueron reyes de Castilla-León... que no de Aragón y de sus reinos del Mediterráneo, ya que aún vivía y coleaba el abuelo materno Don Fernando II de Aragón, viudo de la catolicísima abuela Doña Isabel I de Castilla.

Nació pues la noche del 24 de febrero de 1500, en medio de nauseabundos y pestilenciales perfumes, ya que su augusta y esquizofrénica madre lo parió en un retrete cuando se celebraba una fiesta en el palacio de Gante. Sus padres se llevaban a matar: Felipe "el Hermoso" era un putero incorregible que andaba ya amargado por los enfermizos ataques de celos de Juana, haciéndole ésta la vida imposible con sus ataques de histeria y sus reproches en público.


Los padres de Carlos I-V de Austria: Felipe I "el Hermoso" y Juana I "la Loca".

Educado por su tía paterna la archiduquesa Margarita de Austria, viuda por dos veces, y por el cardenal Adriano de Utrecht -que a la postre se convertiría en papa-, Carlos de Austria creció como un adolescente inicialmente apático, bonachón, maleable, preso de iniciales ataques epilépticos, mentalmente retardado, inútil en idiomas y pésimo en matemáticas. Se dijo también que era de carácter grave, flemático, algo indeciso, pacífico, aparentemente frío, de alma templada y religiosa, que gustaba de la soledad, poco amigo de la risa, bastante avaro y rencoroso, y siempre reacio a conceder favores. A esas apreciaciones se unen un defecto físico embarazoso: una mandíbula inferior salida, un prognatismo heredado del lado paterno que, a la hora de comer, transforma el placer de deglutir en trabajo tedioso y enervante, incapaz de masticar correctamente, por lo que las indigestiones y las indisposiciones se convierten en su pan de cada día. El caso es que, al tener la mandíbula tan salida, su manera de hablar adquiría tintes duros, secos... Le era difícil cerrar la boca, y siempre andaba abierta dándole un aspecto alelado. Sin embargo, dicho defecto no impidió al personaje darse unos atracones de órdago en la mesa a lo largo de sus 58 años de vida.

Tenía dos fobias incontrolables: hacia las arañas y los ratones. Ver arácnidos y roedores le producía auténtico terror.


Busto muy revelador sobre la fisionomía del entonces adolescente Carlos I de Austria (1500-1558), realizado en 1518.

Aunque su aprendizaje fue lento, Carlos consiguió expresarse en perfecto francés, además de hablar el flamenco, su lengua natal. En cuanto al castellano y el alemán, los aprendió sobre la marcha y tardíamente. Sintió pronta afición por la música (su gran pasión), la lectura y los relojes, asi como por el arte (prueba de ello son su amistad con los pintores Tiziano y Lucas Granach), la historia... y en menor medida por la cartografía y los instrumentos científicos de su tiempo, la filosofía y la astronomía.

Su principal entretenimiento era la caza que, con la edad, fue en aumento. Y por lo que se refiere a los juegos de salón o de azar, los detestaba.

A diferencia de su padre, Carlos supo dominar muy bien sus impulsos sexuales. En su época de juventud tan solo se le conoce una aventura con la noble flamenca Margrethe Van Geist, cuando tenía 21 años y se encontraba en Flandes. De ese escarceo juvenil nació en 1522 Margarita de Austria, su única hija bastarda a la que reconoció enseguida y que, llegado el día, sería la progenitora del célebre Alejandro Farnesio. Más tardía fue su aventura con la joven y bella Barbara Blomberg, siendo ya viudo de la bellísima reina-emperatriz Isabel de Portugal (desde 1539), naciendo de aquellos otoñales amores un hijo bastardo llamado Don Juan de Austria (1547).

Cuando murió su abuelo materno el rey Fernando II de Aragón, Carlos se convirtió en el nuevo rey de las Españas con el ordinal de Carlos I y con tan solo 16 años, aunque en realidad se vio asociado al trono de su madre la reina Juana I "la Loca", auténtica reina propietaria que, por entonces, ya no se dominaba y andaba recluída. Sus inicios como soberano inexperto rodeado de una cohorte de nobles flamencos ambiciosos, no mejoró en nada su imagen en sus nuevos reinos ibéricos. Que fuera en Castilla, en Aragón o en Cataluña, la impresión que dio a sus súbditos fue nefasta y no sólo porque no supiera ni una palabra de castellano o de catalán.

Retrato del rey-emperador Carlos I-V realizado hacia 1532.


Retrato del rey-emperador Carlos I-V de Austria, realizado en 1533 por Tiziano.


En febrero de 1525, cuando resulta vencedor en la batalla de Pavía y es derrotado y hecho prisionero el rey Francisco I de Francia (la noticia llega a la corte española en mayo), Carlos I se enfrenta a un acuciante problema pecuniario: debe 14 meses de paga a los 6.000 lansquenetes de la guarnición de Pavía, 5 meses a los 25.000 soldados reclutados por el Condestable de Borbón, 7 meses a los soldados de infantería españoles y 2 años a los caballeros!!! ¿el oro de las Américas? Había servido en parte para sobornar a los electores alemanes para que le concedieran la corona imperial en 1520 y, por otro lado, para ir a parar a los cofres de los banqueros flamencos a los que ya se les adeudaba mucho. La falta de liquidez fue una constante para el gobierno del rey-emperador y el oro de las minas Americanas tan solo servía para tapar agujeros, agujeros que no paraban de multiplicarse y agrandarse por culpa de las interminables campañas bélicas europeas y porque en el imperio donde no se ponía el sol siempre habían múltiples frentes que atender y mantener. Por eso, durante todo su reinado, Carlos I-V tuvo que lidiar con las cortes de sus reinos como un insistente pedigüeño, para obtener los fondos necesarios para cubrir gastos.



Hasta los 28 años, Carlos I-V de Austria gozó, relativamente, de excelente salud. Después de esa edad, empezaron las molestias: ataques de asma y de gota que llegó incluso a inmovilizarle durante semanas. A esos males se unieron las hemorroides, las hernias, las ictericias... El rey-emperador envejeció prematuramente, por lo que a sus 48 años ya parecía un sesentón desilusionado y derrotado por tantas contrariedades. Su sueño de crear un imperio unido y en paz se vio truncado por la Reforma de Lutero, las intrigas de los papas y los nacionalismos de un Enrique VIII y de un Francisco I. Con la espalda arqueada, la respiración entrecortada, teniendo que echar mano de un bastón para ir de un cuarto a otro, sufría con demasiada frecuencia de esa gota que era capaz de arrancarle los alaridos más terroríficos, hasta el punto de oír sus espeluznantes gritos en las habitaciones que se encontraban debajo de las suyas. Cuando empeoraban sus ataques, se le hinchaba la lengua, escupía flemas viscosas y se le atrofiaba el paladar, y las recetas supuestamente curativas de los médicos no contribuían a una mejoría, como tampoco su desmedido amor a la comida.



Retirado en Yuste tras abdicar en su primogénito Felipe II, Carlos I-V pasó sus últimos años viviendo en un palacio de 8 habitaciones adosado al monasterio, cuyos interiores fueron austeramente decorados y donde predominaba el negro en cortinajes y paños. Desde que había enviudado, el rey-emperador no había vestido otra cosa que trajes de luto en seda, a menudo ribeteados de armiño o de pelo de cabrito. Para desplazarse de una estancia a otra, utilizaba una silla con ruedas y, para descansar, otra fija cubierta de almohadones y con alargos para descansar en alto las piernas. Aunque aquejado de mil males y con las extremidades deformadas por la gota y los reumatismos, murió de fiebre palúdica el 21 de septiembre de 1558, a las 2 de la madrugada. 

viernes, 15 de abril de 2011

Anécdotas Históricas -31-



200/"Carlos I de España y V de Alemania, habiendo llenado con todos sus pomposos títulos la primera página de una carta dirigida al rey Francisco I de Francia, este último no encontró mejor manera de ponerle en ridículo firmando su respuesta con la siguiente rúbrica: "Francisco, por la Gracia de Dios, burgués de París, Señor de Vanvres y de Gentilly", que eran dos pequeños pueblos de las afueras de la capital gala."



anécdota de: Francisco I "el Magnífico", Rey de Francia (1494-1547).