Powered By Blogger

lunes, 7 de noviembre de 2011

LA CONSPIRACION DE CINQ-MARS

Conspiración y Muerte del Marqués de Cinq-Mars



Retrato de Henri Coiffier de Ruzé d'Effiat, Marqués de Cinq-Mars (1620-1642)

El Cardenal-duque de Richelieu vivía en una permanente angustia de una sedición de los Grandes del Reino. El éxito de un complot le habría, irremediablemente, llevado a su caída en desgracia, véase también a su asesinato a manos de sus enemigos.

Puesto que los acontecimientos de los años pasados así lo probaban, su temor no tenía nada de obsesión paranoica. La última revuelta en aquellas fechas, había sido protagonizada por el Duque de Bouillon, el Duque de Guisa y Luis de Borbón, Conde de Soissons.

Financiado por España, el ejército de los conspiradores, ayudado por 7.000 hombres del Emperador Romano, había derrotado al del rey, mandado por el mariscal de Châtillon, cerca de Sedan el 6 de julio de 1641. La batalla se recordaría como la "del Bosque de La Marfée".

Retrato de Luis de Borbón, Conde de Soissons (1604-1641).


Durante algunas horas, el cardenal de Richelieu se creyó perdido hasta que un mensajero le dió la noticia que el Conde de Soissons, había sido muerto de un pistoletazo en la frente. ¿Escaramuza de último minuto?¿asesinato? Nadie lo supo. A menos que se trate de un accidente: el conde tenía la mala costumbre de levantar la visera de su casco con el cañón de su pistola.


Retrato de Frédéric-Maurice de La Tour d'Auvergne, IIº Duque de Bouillon & Príncipe de Sedan (1605-1652).

Decapitada la conspiración, el Duque de Bouillon, hermano mayor del Vizconde de Turenne (futuro mariscal), ofreció su sumisión y el rey Luis XIII le perdonó. El favorito real, el joven y hermoso Marqués de Cinq-Mars, había intervenido en su favor. Cuan importante debió de sentirse entonces el marqués, al interceder de esta manera ante el soberano francés para salvar al príncipe soberano de Sedan, sobrino del príncipe Mauricio de Nassau-Orange (estatúder de Holanda) y nieto del célebre Guillermo I "el Taciturno" de Orange!

Una conspiración en marcha


Retrato del Cardenal Armand-Jean du Plessis de Richelieu (1585-1642), 1er Duque de Richelieu y de Fronsac, Primer Ministro del rey Luis XIII de Francia; obra de Philippe de Champaigne.

Una vez más, la Providencia vino a socorrer al Cardenal de Richelieu. Aún estando el inminente peligro apartado, los hilos de una nueva conspiración empezaban ya a tejerse.

Convertido en rival y enemigo del cardenal, el Marqués de Cinq-Mars, por su posición de favorito, no debía tardar en ser contactado por los opositores del primer ministro.

Entre los conjurados, reencontrábamos al inevitable Gastón, duque de Orléans, hermano del rey y saludado con el título de "Monsieur". También estaba Louis d'Astarac, marqués de Fontrailles, la mismísima reina Ana de Austria, consorte del soberano, y François-Auguste de Thou, joven consejero en el Parlamento de París y devoto amigo de la reina. No olvidemos al Duque de Bouillon, que también se unió a éstos, haciendo gala de su majestuosa ingratitud. En resumen, he aquí un buen ramillete de conspiradores incorregibles.

Sin ser el instigador del complot, Cinq-Mars se convertiría en la piedra angular y peón de éste.

Las tentativas personales del marqués para desprestigiar al cardenal a ojos del rey, eran bastante inciertas. Un día que Luis XIII se quejaba de la pesada tutela de su primer ministro, Cinq-Mars espetó:

-"Sire, sois el dueño. ¿Por qué no lo despide?"

-"Hermoso amigo, no vaya usted tan aprisa! El cardenal es el más grande servidor que Francia tuvo jamás. No sabría estar sin él. El día en que se declarase contra vos, ni siquiera yo podría conservaros."

Quedaba así patente la confianza, la estima y la sumisión del rey a su primer ministro, aún intactas, y el favorito habría hecho bien en desconfiar de esa respuesta.

Retrato del Príncipe Gastón de Francia, "Monsieur" Duque de Orléans y de Montpensier (1608-1660), hermano menor del rey Luis XIII de Francia y presunto heredero del trono hasta 1638; pastel de Nanteuil.


En el curso de un encuentro privado en casa del Duque de Chaulnes, en agosto de 1641 en Amiens, Gastón de Orléans dejó caer esas caritativas palabras:

-"Ah! si el cardenal pudiese morir, seríamos tremendamente felices!"

El Marqués de Fontrailles, auténtico inspirador del complot, respondió:

-"Vuestra Alteza tan solo ha de darme su consentimiento y encontrará de sobras gente que lo aparten de su presencia!"

Cinq-Mars y Gastón de Orléans no planeaban llegar tan lejos! Sin embargo, no sin temores y reticencias, la idea de enviar al cardenal ad patres se insinuó en la mente de algunos de los conjurados.

Sin duda Cinq-Mars se dejó influenciar por sus antiguos camaradas de la Guardia Real, el Conde de Tréville (o Troisville), los señores de Tilladet, de La Salle y Des Essarts, que no habrían tenido escrúpulos a la hora de utilizar ese expeditivo modus operandi.

Retrato de François Auguste de Thou (1607-1642), amigo del Marqués de Cinq-Mars.


Pero, cuando hizo saber de sus intenciones a su amigo François-Auguste de Thou, éste le replicó que era enemigo de la sangre y que, por su ministerio, jamás derramaría ni una sola gota.

En noviembre de 1641, bajo la instigación de Fontrailles, Gastón de Orléans retomó contacto con el Marqués de Cinq-Mars. Este último explicó que todas sus trifulcas con el rey, de las cuales toda la Corte se complacía en comentarlas, no eran más que maniobras destinadas a engañar al Cardenal de Richelieu.

Presumiendo de su influencia, aseguró que el rey deseaba fervientemente la paz y estaba dispuesto a separarse de su primer ministro. El Duque de Orléans quiso entonces asegurarse de la resolución de su hermano el rey, e interrogó al favorito:

-"¿Habéis propuesto al Rey la ruina de Su Eminencia el Cardenal?"


-"No he querido hacer nada sin estar seguro de vuestra protección."

Nada avaro en promesas, Orléans animó al conspirador a seguir adelante. Por otro lado, el hermano del rey buscaba el apoyo de su cuñada Ana de Austria. Prometió que, pasara lo que pasara, nunca revelaría que ella estuviera al corriente de sus intenciones. No se sabe qué prometió Ana de Austria, pero supo convencer a François de Thou para que se asociara a la conspiración.

El Tratado de la traición

La ejecución del proyecto implicaba muchos peligros y, en caso de fracaso, había que asegurar una sólida retirada. François de Thou se puso entonces en contacto con el Duque de Bouillon, entonces destinado en la provincia del Limosín. Recién perdonado por el rey, el duque dudó.

Una carta del Cardenal de Richelieu llegó entonces, encargándole de ponerse al frente de los ejércitos de Italia. La noticia decidió al Duque de Bouillon para personarse en la corte, donde el Marqués de Cinq-Mars le informó de los avances de su proyecto. Juzgando que la plaza fuerte de Sedan no estaba capacitada para sostener el asedio de los ejércitos reales, estimó que el apoyo de un ejército extranjero era necesario.

Gastón de Orléans y el duque de Bouillon, por mediación del Marqués de Cinq-Mars, dieron por terminada la vieja querella que les oponía y los conjurados se pusieron de acuerdo para llevar a cabo sus cosas. Redactaron un proyecto de tratado con el enemigo, el rey Felipe IV de España, en guerra contra Francia desde el 19 de mayo de 1635. François de Thou no participó en su elaboración.

Retrato de Felipe IV de Austria (1605-1665), Rey de las Españas & de las Indias entre 1621 y 1665; según Velázquez en 1640.


El tratado preveía que Felipe IV aportara 12.000 soldados, 6.000 jinetes y 400.000 escudos para pagar el sueldo de un ejército levado en Francia y un destacamento para Sedan.

Gastón de Orléans, por su lado, se comprometía a firmar la paz en nombre de Francia y cada país restituiría las ciudades conquistadas. Francia renunciaría a sus alianzas con Suecia y con los príncipes alemanes protestantes. Bien mirado, se puede decir que se ofrecía la victoria en bandeja de plata a España.

Toda molestia mereciendo un salario, el rey de España se comprometía a conceder una pensión anual de 120.000 escudos a Gastón de Orléans, y una de 40.000 escudos al Duque de Bouillon y al Marqués de Cinq-Mars.

El tratado estipulaba también que "el Serenísimo Duque de Orléans o aquellos que marcharan en su partido, se comprometían a librar un punto fortificado o una plaza fuerte entre aquellas que escogiera Su Católica Majestad, de manera que, en caso de revés militar, el ejército extranjero, por medio del mencionado tratado, entrado en territorio francés, pudiese encontrar en éstas refugio. Monseñor el Duque de Orléans se compromete a iniciar los movimientos de las tropas a partir del momento en que las tropas de Sus Católicas e Imperiales Majestades, hayan cruzado el Rhin para penetrar en Francia."

Leyendo esto, se calibra perfectamente la gravedad de la traición en la cual se había tirado de cabeza el frívolo Henri d'Effiat, marqués de Cinq-Mars, por el amor de una princesa de la Casa de Gonzaga (a la que pretendía desposar pasando por encima de la diferencia de rangos).

El texto precisaba: "Declaramos unánimamente que no tomamos en esto ninguna medida contra Su Cristianísima Majestad (Luis XIII) y en perjuicio de sus Estados, ni contra los derechos y autoridad de la Cristianísima Reina reinante (Ana de Austria), y que tendremos el deseo de mantenerlos en todo lo que les pertenece."

Obviamente, la conspiración iba dirigida contra el cardenal-duque de Richelieu.

Con el sulfuroso escrito cosido en sus trajes, el Marqués de Fontrailles se encargó de la delicada misión de negociar con el Conde-Duque de Olivares, valido del rey Felipe IV de España.

El 13 de marzo de 1642, el tratado era firmado y el marqués volvió a Francia, llevando encima una carta del rey de España para el Duque de Orléans. La temible policía del cardenal andaba ya tras los pasos del conspirador, pero perdió su rastro en el camino de vuelta y Richelieu debió de sospechar que se estaba tramando algo sin tener pruebas fehacientes...

Por los caminos del Rosellón

"Cuando los franceses tomen Arras, las ratas cazarán los gatos", se decía entonces. Pero es lo que se produjo efectivamente el 9 de agosto de 1640. La ciudad del condado de Artois cayó en manos galas.

Esta victoria se sumaba a otras que venían a aligerar la presión española al Norte del reino de Francia.

Por otro lado, la Lorena había sido invadida después de la traición del duque Carlos IV, durante el episodio de La Marfée. Alemania, arrasada por la Guerra de los Treinta Años, deseaba la paz (que tendrá que esperar 7 años más). El gobernador de los Países-Bajos Españoles, el cardenal-infante Don Fernando de Austria, hermano de Felipe IV de España y de Ana de Austria, acababa de rendir su último suspiro. Inglaterra se hallaba ocupada en la revuelta de los Escoceses. Gracias a las victorias del Conde de Harcourt y a la diplomacia de Giulio Mazarini (discípulo de Richelieu), la Duquesa de Saboya recuperaba para sí la regencia saboyana.

Retrato del Cardenal Giulio Mazarini (1602-1661), según un pastel de B. Vaillant.


Estos despejes dentro de la situación política y militar permitían al rey y a su ministro acudir en auxilio de los catalanes, que se habían sublevado contra Madrid. Las cortes catalanas habían, en efecto, votado la deposición del rey Felipe IV y elegido al rey Luis XIII como nuevo Conde de Barcelona, el 23 de enero de 1641!

La situación de España se había vuelto tan crítica que, además, se enfrentaba a una rebelión portuguesa debidamente financiada y apoyada por Richelieu.

El 3 de febrero de 1642, dos cortejos, separados por cuestiones de intendencia, tomaban camino hacia el Rosellón para asediar la ciudad de Perpiñán: en uno se encontraba el cardenal de Richelieu, en el otro el rey Luis XIII y su favorito, Cinq-Mars.

Una confianza quebradiza

Retrato de Luis XIII "el Justo" (1601-1643), Rey de Francia y de Navarra entre 1610 y 1643, según Philippe de Champaigne.

Durante el viaje, el favorito usó de toda su influencia para intentar quebrar la confianza de Luis XIII, asegurando que solo Richelieu representaba un insalvable obstáculo para concluir la paz.

Por vez primer, el rey iba a actuar a espaldas de su ministro, autorizando secretamente al marqués de Cinq-Mars y a De Thou a corresponder con Roma y Madrid para intentar concluír un tratado de paz. Pero ese razonable proyecto tan solo era obra de François de Thou.

En el curso de una conversación durante la cual el rey se quejaba de ser el "esclavo" del cardenal, Cinq-Mars exclamó:

-"¡Echadle!"

Luis XIII contestó que no era tan sencillo hacer eso.

El favorito, perdiendo la compostura, sugirió entonces:

-"El camino más corto y rápido es mandar que lo asesinen cuando acuda a los aposentos de Vuestra Majestad, dónde los guardias del cardenal no entran!"

Sorprendido, el rey quedó brevemente mudo y luego respondió:

-"El cardenal es hombre de la Iglesia, sería excomulgado."


Retrato de Jean Arnaud de Peyre, Conde de Troisville, Capitán de los Mosqueteros y más conocido como "el Conde de Tréville" gracias a la novela de Alexandre Dumas.

El Conde de Tréville, capitán de los Mosqueteros a caballo, asistía a la conversación y tomó la palabra:

-"Si tengo el permiso de Vuestra Majestad, no dudaré e iré a Roma para obtener la absolución donde estoy seguro de ser bien recibido."

Si damos crédito al Marqués de Montglat, que transcribió esta conversación, el rey omitió contestarle.

Ciertamente, Luis XIII gustaba quejarse en privado del cardenal de Richelieu, y le criticaba a menudo. Quizás pensase que, de este modo, difuminaba su imagen de soberano supeditado a las directrices del ministro todopoderoso. Pero se duda seriamente que hubiese realmente pensado en dejar que se asesinase a su ministro.

Fuertes de la más que ambigua actitud del rey, los conjurados tomaron sus palabras por un acuerdo tácito, y resolvieron poner en marcha su proyecto en Lyon, donde la corte llegó el 17 de febrero de 1642.

Cinq-Mars se encontraba junto al rey en sus aposentos mientras que sus compañeros, los señores de Tréville, des Essarts, de Tilladet y de La Salle, se apostaban en la antecámara real. Pero Richelieu se presentó acompañado de su capitán de guardia, contrariamente a la costumbre establecida.

¿Le falló la determinación ante la presencia del capitán, fue disuadido por el rey o simplemente estaba intimidado por la púrpura cardenalicia del imperioso ministro?

Se sabe que, al aparecer la eminencia, el marqués se retiró de los aposentos reales sin haber llevado a cabo su cometido, y mandó fuera a sus acompañantes.

Gastón de Orléans, invitado por Cinq-Mars a participar en el evento, no se presentó. Sin duda esa ausencia menguó la voluntad del favorito. La ocasión fallida no debía presentarse nunca más y, el 23 de febrero, el cortejo se puso en marcha.

El Soplo Anónimo


Retrato de la Infanta Ana de Austria, Reina de Francia y de Navarra (1601-1666), consorte de Luis XIII y hermana de Felipe IV de España.

Llegado a Narbona, Richelieu, que estaba entonces con sus 57 primaveras, cayó repentinamente enfermo. Dada la gravedad de su estado, el cardenal tuvo que dejar al rey y al favorito continuar el camino hacia Perpiñán sin él.

Por carta, el rey aseguraba como de costumbre a su ministro el afecto de siempre. Sin embargo, el cardenal atravesaba sus peores días de angustia. Temía que el monarca le abandonase y muchas razones le llevaban a creer que así ocurriría un día u otro. Tras un doloroso episodio, tanto moral como físico, el cardenal decidió reanudar su marcha pero regresando a la capital, anticipando el retorno del rey que, también, cayó enfermo.

En el momento en que se encontraba en Arles, Richelieu recibió, el 11 de junio, un mensaje de la más alta importancia:

-"¡Traedme un caldo!¡ Estoy confuso!" , espetó al leerlo.

No era de extrañar, pues se trataba de una copia del famoso tratado confeccionado por el Marqués de Fontrailles. Por fin la prueba estaba en sus manos!

Mandó a Charpentier, su secretario, que leyera el infame documento y le ordenó que hiciera varias copias.

¿Quién dió el soplo y envió la copia del tratado al cardenal? Permanece siendo un misterio, pero hay indicios de que fuera la mismísima reina Ana de Austria, la que asestó el mortal golpe a la conjura. Se puede intentar comprender su gesto. El estado de salud del rey, aunque tan solo con 41 años de edad, y la corta edad del pequeño Delfín Luis de Francia, nacido el 5 de septiembre de 1638, permitían pensar que pronto todo conduciría a una época de regencia en Francia.

Por otro lado, el alejamiento del Duque de Bouillon en Italia, las tergiversaciones de los conjurados y las advertencias de Fontrailles, convencido de que el rey y Cinq-Mars ya no se encontraban en buenas relaciones, auguraban un mal final para la conspiración. Para colmo, todo París andaba pasándose copias del tratado bajo capa y hasta la princesa de Gonzaga, por la que suspiraba tanto el marqués de Cinq-Mars, estaba al corriente del triste "affaire".



Aunque Luis XIII aseguraba sus repetidas visitas a la alcoba de la reina, cumpliendo puntualmente con su deber conyugal, sus relaciones con Ana de Austria eran malas. Sabía que, como el caso de las "Cartas Españolas" lo había probado (en agosto de 1637), la reina era capaz de mantener secreta correspondencia con el enemigo, y la amenazaba regularmente de separarla de sus hijos.

Retrato de la reina Ana de Austria con su primogénito el Delfín, futuro Luis XIV.


¿Qué peso habría tenido entonces una princesa española sin la tutela del heredero del trono de Francia? Al traicionar a los conjurados, la reina daba pruebas a su esposo, así como al cardenal de Richelieu, de su deseo de reconciliarse y de consolidar el futuro de la monarquía (lo que entrañaba también la integridad del reino frente a España y Austria). De un solo golpe, también apartaba a su cuñado Gastón de Orléans de la regencia.

Si ese fue su pensamiento, el porvenir acabó por darle toda la razón. Se sabe que, poco después de haber sido informado del tratado, Luis XIII escribió una carta a su esposa para asegurarle su afecto y prometerle que jamás le quitaría a sus hijos.

El arresto de los conjurados


Retrato de Henri Coiffier de Ruzé d'Effiat, Marqués de Cinq-Mars (1620-1642).

El 12 de junio de 1642, el Conde de Chavigny, secretario de Estado para los Asuntos Exteriores, llegó a Narbona portador de un mensaje de Richelieu para el Señor Sublet de Noyers, secretario de Estado para La Guerra. Los dos ministros se personaron ante el rey, sorprendiéndole conversando con el marqués de Cinq-Mars. Tomando del brazo al rey, Chavigny apartó al marqués con un tono autoritario alegando que tenía que entretener a Su Majestad de una importante noticia.

Retrato de Claude Bouthillier, Señor y 1er Conde de Chavigny (1581-1652), Secretario de Estado para Asuntos Exteriores.


Los tres hombres se retiraron para hablar en secreto y, en el curso de la audiencia privada, Luis XIII se dejó convencer para firmar el arresto de los señores de Cinq-Mars, de Thou y de Bouillon.

Uno se puede hacer idea de la incredulidad del monarca en ese momento, preguntando más tarde si no se habían confundido de persona al implicar al marqués de Cinq-Mars. Richelieu, con copia en mano de ese tratado, se había anticipado a las reticencias del soberano ordenando a Chavigny convencerle de que se arrestase a Cinq-Mars en primera instancia, y que si las acusaciones eran falsas, se le liberaría poco después.

El mismo día, François de Thou fue arrestado. El día siguiente y tras intentar huír, fue el turno del marqués de Cinq-Mars. Parece ser que, asaltado por los remordimientos, Luis XIII intentó prevenirle de que su vida peligraba.

A pesar de sus dudas, el rey no podía deshacerse de su amistad con el favorito.

En el momento de su ingreso en la fortaleza de Montpellier, donde fue inicialmente encarcelado, Cinq-Mars murmuró:

-"¿Y pues?¿Hay que morir a los 22 años?¿Hay que conspirar contra su patria desde tan temprana edad?"

El mismo 12 de junio, el rey mandó a Casale, en Italia, al señor de Castellan para que arrestase al Duque de Bouillon. Buscando huír, los soldados descubrieron al duque escondido en una granja de alfalfa. Se puede decir que fue un momento poco glorioso para ese orgulloso militar. El duque fue encarcelado en la lúgubre fortaleza de Pierre-Scize, en Lyon.

En cuanto al marqués de Fontrailles, éste había olido que las cosas se ponían feas mucho antes de que se descubriera el complot, y se había refugiado en el extranjero. Antes de partir, había hecho advertencias a Cinq-Mars y al duque de Orléans. El favorito no quiso oír sus consejos; estaba enamorado de la princesa María de Gonzaga y manifestaba la típica imprudencia de la juventud.

Las declaraciones del Duque de Orléans



No contento con los arrestos, el cardenal juzgaba de suma importancia someter a interrogatorio al Duque de Orléans. Usando de un estratagema, Luis XIII impidió que tomara éste el camino de la huída, invitándole a tomar el mando del ejército de Champaña. Sensible a ese gesto de confianza, Gastón de Orléans cayó en la trampa y permaneció dentro del país.

Mediante una segunda carta, el rey informaba a su hermano del arresto de Cinq-Mars, con pretexto de sus "insolencias". Gastón de Orléans escribió entonces una carta al cardenal de Richelieu:

"Primo mío, el Rey mi Señor me ha hecho el honor de escribirme cual ha sido finalmente el efecto del ingrato Monsieur le Grand (Cinq-Mars, llamado "Monsieur le Grand" por su cargo de Caballerizo Mayor del Reino). Es el hombre del Mundo más culpable de haberos decepcionado después de tantas bondades. Las gracias que recibía de Su Majestad me han hecho desconfiar de él y de todas sus actitudes. Asi es pues, primo mío, que conservo por Vos mi estima y mi amistad enteras."

Huelga hacer cualquier tipo de comentario al respecto.

El 28 de junio, Luis XIII y Richelieu debían reencontrarse en Tarascón para una primera entrevista tras muchos meses de separación. No fue sin duda un banal espectáculo que el de asistir al reencuentro de estos altos personajes del Estado, tan enfermo el uno como el otro, y estirados en dos camas puestas para este fin. Únicamente asistieron al evento los ministros Chavigny y Sublet de Noyers, fieles servidores del cardenal. Naturalmente, el cardenal comprendió que el rey había traicionado su confianza durante los últimos meses. Habló pues con firmeza y amargura.

A tres contra uno, el rey capituló y otorgó plenos poderes a su primer ministro para arreglar el proceso judicial de los conjurados y los asuntos militares del Rosellón. Era entonces indispensable que Gastón de Orléans admitiera su culpabilidad en el triste asunto.

Chavigny, enviado del cardenal, previno al hermano del rey que todo se sabía de su implicación y que nadie respondía de su cabeza para salvarla, al haber cometido semejante crimen contra el rey y el reino.

Aterrorizado, el duque de Orléans envió misivas al monarca y al cardenal, y también a su propio confesor el abad de La Rivière, para que testimoniara en su favor ante ellos. Luis XIII respondió que su clemencia dependía de si le explicaba todo cuanto había que saber sobre el asunto.

Mientras tanto, todas las personas comprometidas en el complot empezaron a hablar de buena gana dando asombrosos detalles de toda la operación. De este modo, Richelieu supo del intento fracasado de su asesinato a manos del marqués de Cinq-Mars y de sus amigos en Lyon.

Por su parte, Luis XIII se encontraba sometido a una presión psicológica organizada sutilmente por el Cardenal y destinada a inclinar la balanza real a su favor y en contra, obviamente, de Cinq-Mars. No se omitieron detalles, como la famosa respuesta del favorito cuando le preguntaron por la mala salud del rey durante el asedio de Perpiñán: -"¡Se retrasa!"

El proceso de los conjurados

Dada la presencia del Duque de Bouillon en Pierre-Scize y de Gastón de Orléans en Annecy, refugiado en las posesiones de su hermana Cristina, Duquesa Regente de Saboya, el Cardenal de Richelieu escogió la ciudad de Lyon para abrir allí el proceso judicial.

Se personó allí en barco, remontando por el río Ródano, llevando consigo y bajo escolta a François de Thou. Tras una tentativa frustrada de evadirse, el Marqués de Cinq-Mars fue transportado en carroza y rodeado por 600 guardias, desde Montpellier hasta la fortaleza de Pierre-Scize.

Los primeros interrogatorios no dieron resultados, ya que Cinq-Mars y De Thou se obstinaron a negarlo todo de forma sistemática.

Dado que el documento original del tratado había desaparecido, era indispensable que una copia fuese autentificada. A la espera del primer ministro, la comisión extraordinaria encargada del juicio y presidida por Pierre Séguier, canciller de Francia, se encontró con Gastón de Orléans en la localidad de Villefranche-sur-Saône el 29 de agosto de 1642.

Giulio Mazarini había obtenido la clemencia del rey para el Duque de Orléans y la restitución de sus posesiones en contrapartida del reconocimiento del tratado. Pero Gastón rehusó de forma categórica un careo con Cinq-Mars, lo que no le impidió revelar en veinte artículos todo lo que sabía y autentificar la copia del tratado. Añadió que fue solicitado por Cinq-Mars para unirse a los conspiradores y para colaborar en la caída del cardenal. Si el hermano del rey hacía, por norma, gala de gran arrojo y valentía en los campos de batalla, en ese momento mostraba una vez más su lamentable cobardía en los asuntos políticos.

Era entonces corriente, ver políticamente necesario, perdonar a los Príncipes de la Sangre, pero la actitud de Gastón de Orléans hacia los demás conjurados tuvo que herir sensiblemente a muchas conciencias:

"....y porque Monsieur estaba desgraciadamente envuelto en este asunto que los hizo perecer, hasta el punto que se ha creído que su sola confesión hecha ante el Señor Canciller fue la que más los inculpó, y que fue causa de sus muertes. El acomodamiento de Monsieur (Gastón de Orléans) se hizo, y volvió a París bajando a mis aposentos tan alegre y dicharachero como si los señores de Cinq-Mars y De Thou no se hubiesen quedado por el camino. Admito que no pude verle sin pensar en ellos, y que en mi alegría sentí que la suya me daba pena."

Así lo atestigua en sus "Memorias" la Duquesa de Montpensier, la mismísima hija de Gastón de Orléans que, en aquella época, contaba ya 15 años de edad.

El Duque de Bouillon tampoco demostró ser más valiente y olvidó su palabra dada. En su careo con el Marqués de Cinq-Mars, declaró desconocer todo acerca del famoso tratado y explicó que solo habría librado la plaza de Sedan al enemigo en el caso de que muriera el rey. Todo lo demás era responsabilidad del marqués. Para salvar su cabeza, el duque aceptó ceder la plaza de Sedan que su padre había heredado de su primera esposa, Charlotte de La Marck.

El golpe de gracia fue dado por el rey en persona el 6 de agosto. Escribió al canciller Séguier:

"... pues ese impostor y calumniador, el mayor que nunca hubo, no olvidó nada de todo lo que pudo hacer para disponerme contra mi Primo el Cardenal de Richelieu. Pero, cuando sobrepasó los límites hasta llegar al extremo de proponerme que me deshiciera de mi Primo, ofreciéndose para hacerlo, tuve en horror esos malos pensamientos y los odié, de manera que, al no encontrar mi apoyo para sus temibles planes, se puso en contacto con el Rey de España contra mi persona y mi Estado por desespero de no poder conseguir lo que deseaba."

Ese escrito fue arrancado del rey por el Conde de Chavigny y el Señor de Noyers. Pero, ¿qué tenía que esconder el escrupuloso Luis XIII para comportarse de tal manera? La suerte del Marqués de Cinq-Mars estaba echada, pero los cargos fallaban contra François de Thou.

Richelieu perseguía a De Thou con un odio mal comprendido por los historiadores. Haciendo gala de un encarnecimiento indigno de un gran ministro que hacía temblar Europa, usó de un miserable estratagema.

El 10 de septiembre, por medio del Barón de Laubardemont, hombre de confianza de Richelieu y miembro de la comisión, el cardenal hizo creer a Cinq-Mars que De Thou había confesado su total implicación en la trama. Si quería evitar la tortura y salvar la cabeza, tan solo tenía que firmar un documento confirmando así todo lo dicho por su amigo. Obviamente era una mentira, pero Henri de Coiffier de Ruzé d'Effiat, Marqués de Cinq-Mars, cayó de lleno en la trampa.

El 12 de septiembre, de buena mañana, el juicio celebró su comienzo con un careo entre François de Thou, sus "supuestas confesiones" y el Marqués de Cinq-Mars. El favorito, en un gesto que le honra, tomó entonces la defensa de su amigo, explicando que este último había hecho todo lo posible para disuadirle de llevar a cabo ese proyecto, cuando fue informado de la existencia del tratado con los españoles. Pero ya era demasiado tarde.

El hermoso e inconsciente Marqués Henri de Cinq-Mars fue condenado a la pena capital por unanimidad, y su amigo François de Thou por 12 votos contra 2. El cardenal acababa apenas de dejar la ciudad de Lyon cuando recibió la noticia en Lentilly. Al mismo tiempo, como una buena noticia nunca llega sola, Richelieu se enteraba que Perpiñán había capitulado el 9 de septiembre.

El final



El mismo día, a finales de la tarde, los condenados fueron llevados desde el palacio de Justicia hasta el lugar de su suplicio, en la plaza des Terreaux. Contrariamente a la costumbre observada para esas ocasiones, no fueron en un carro sino en carroza!

Cinq-Mars se sorprendió del trato del cual eran objeto, preguntándose por qué no les habían maniatado y llevados en un carro como les correspondía normalmente a los reos. Divertido, preguntó: -"¿Cómo señor, nos llevan en carroza?¿Es así como nos vamos al Paraíso?"

Un testigo apuntó en su diario que el marqués iba elegantemente vestido, llevando un traje en tela de Holanda, de color pardo y cubierto con pasamanería de encaje de oro ancho de dos dedos, y un sombrero de ala ancha negro.

El patíbulo tampoco era el esperado. En lugar del tradicional tronco tallado, se había puesto una columna de madera alta de 3 pies y encajada en el estrado. Los condenados debían abrazarse a ella, apoyando las rodillas en un pequeño banco. Este insólito patíbulo había sido reclamado por un ejecutor ocasional que reemplazaba al oficial de turno que estaba en cama al haberse quebrado una pierna.

El mismo testigo relata:

"...el ejecutor seguía la carroza a pie, era un hombre de edad avanzada, contrahecho, vestido como un mano de obra que asiste a los masones y que jamás había realizado ejecución alguna, aparte de manejar el hacha, de la cual tuvo que servirse ya que no había otro ejecutor, estando el de Lyon con la pierna rota..."

La carroza llegó en la plaza donde una considerable muchedumbre se agolpaba para asistir a la ejecución capital. Bajó primero el Marqués de Cinq-Mars del coche. Tres trompetas impusieron el silencio y se dió lectura de la condena. François de Thou quedó en la carroza.

Cinq-Mars subió dignamente las escaleras del estrado. Padeciendo los preparativos, recitó el "Salve Regina" con su confesor y rehusó que le vendasen los ojos. Arrodillado y abrazado a la columna, espetó al verdugo:

-"¿Y bien?¿a qué esperas?"


Lyon, Plaza des Terreaux, 12 de septiembre de 1642: el Marqués de Cinq-Mars y su amigo el Sr. de Thou son decapitados.

El hacha no cortó de buenas a primeras la cabeza del cuello. El espectáculo fue horrendo. El marqués, con la cabeza casi colgando, hizo ademán de levantarse. El verdugo tuvo que dar la vuelta alrededor de su víctima para cogerle por los cabellos y terminar su oficio. La cabeza rodó hasta los pies del patíbulo de donde fue lanzada al estrado por un testigo. Ese macabro incidente debía ser frecuente...

El cuerpo decapitado del marqués fue apartado, arrastrado hasta un rincón y cubierto por una lona. Le llegó el turno a François de Thou, quien subió sin vacilar las escaleras del patíbulo, perdonó y abrazó al ejecutor. Impresionado por la abundante sangre de su amigo, aceptó que le vendasen los ojos. Fue recitando el "In Manus Tuas" cuando el pobre De Thou recibió el primer golpe de hacha del verdugo en el cráneo. El ejecutor aficionado se mostró aún más torpe que antes y, bajo los silbidos de la muchedumbre, tuvo que rematarle de 4 golpes para decapitarle!

Siniestro eco de la Historia, esta ejecución respondía a la del Conde de Chalais, realizada en Nantes en 1626, y en la cual el verdugo, también novato, tuvo que rematar al condenado con más de una decena de golpes para cumplir con su cometido.

CONSECUENCIAS:



La noticia de la muerte del Marqués de Cinq-Mars hizo la vuelta del país y produjo una viva emoción. La impopularidad del cardenal de Richelieu llegó entonces a un nivel alarmante. Sin embargo, el cardenal aún no había acabado con sus enemigos. Exigió el despido de los capitanes comprometidos, y cuya presencia en el entorno del rey le inquietaba no sin razón. Muy reticente, Luis XIII se negó a ceder, sobre todo en el caso del Conde de Tréville al que tenía en muy alta consideración, confianza y estima. Finalmente tuvo que ceder...

La madre del marqués de Cinq-Mars, la Marquesa d'Effiat (viuda del mariscal), fue exiliada en Touraine. Su hermano fue privado de sus beneficios de abad y el castillo de Cinq-Mars fue arrasado hasta los cimientos.

Retrato de la Princesa Luisa María de Gonzaga de Nevers (1611-1667), hija del Duque Carlos III de Nevers y de Rethel -luego Duque Carlos I de Mantúa- y esposa del rey Ladislao IV de Polonia.


En cuanto a la princesa Luisa María de Gonzaga, Richelieu le hizo saber con perfidia, cuando ella reclamó los recuerdos y las cartas depositadas en la carta perteneciente a su enamorado, que se había encontrado tantas cartas y mechones de pelo de diferentes mujeres que era menester que enviase ella misma uno de sus propios mechones y una carta escrita por ella para distinguir cuales eran las suyas.

Luisa María de Gonzaga se consoló casando con el rey Ladislao IV de Polonia...

Siguiendo una estrategia habitual para deshacer las crisis, Richelieu presentó al rey su dimisión que, obviamente, Luis XIII rehusó aceptar. Entonces el cardenal se mostró exigente sobre la actitud a la cual debía conformarse entonces el monarca. Se puede decir que Richelieu chantajeó moralmente al rey divulgando cosas horribles supuestamente confesadas por el difunto marqués de Cinq-Mars, declaraciones que, por cierto, nunca fueron escritas por orden del Canciller Séguier.

Se puede afirmar que, a raíz de ese triste asunto, la inquebrantable confianza entre el rey y el cardenal se resquebrajó. El cambio se hizo notar sensiblemente en la correspondencia después del juicio de Lyon: los gestos y muestras de afecto desaparecieron.

El 4 de diciembre del mismo año de 1642, el cardenal de Richelieu falleció, casi tres meses después de la ejecución capital del marqués de Cinq-Mars, su antiguo protegido. La noticia hizo reguero de pólvora por toda Europa e inspiró al Papa Urbano VIII esa curiosa frase:

"Si hay un Dios, lo pagará! Pero si no hay Dios, menudo hombre!"

Luis XIII fallecería cinco meses después, el 14 de mayo de 1643, designando en su cama de moribundo a Ana de Austria como regente del reino de Francia (20 de abril), debidamente asesorada por un consejo formado por Gastón de Orléans, el Príncipe de Condé, el Cardenal de Mazarin, el Canciller Séguier, Bouthillier de Chavigny y el Conde de Chavigny (hijo del anterior).

sábado, 5 de noviembre de 2011

Cita de la Semana



"Los libros tienen su orgullo. Cuando se prestan, no vuelven nunca."

frase de: Theodor Fontane, novelista y poeta alemán (1819-1898).

1911: La Pirámide del Sistema Capitalista

Cartel estadounidense de 1911: La pirámide del sistema capitalista.


Ha pasado un siglo y, como se puede apreciar en la ilustración norteamericana, las cosas no han cambiado para nada.
De arriba a abajo, las siguientes leyendas de cada estamento social:

1-Los reyes y Jefes de Estado: We rule you = Os gobernamos
2-Los jefes espirituales y religiosos: We fool you = Os engañamos
3-Los ejércitos y cuerpos de seguridad: We shoot at you = Os disparamos
4-Los ricos y la burguesía: We eat for you = Comemos para vosotros
5-Los obreros y los pobres: We work for all = Trabajamos para todos
6-Las mujeres y niños: We feed all = Damos de comer a todos

lunes, 31 de octubre de 2011

LOS FUNERALES REGIOS

Un Arte Macabro al Servicio del Poder




Mencionar los antecedentes históricos del arte funerario puede parecer, a estas alturas, un poco supérfluo para los que ya conocen cronológicamente su evolución a lo largo de los avatares de la humanidad. Sin embargo, más que ocuparnos de sarcófagos y ataúdes, queremos hacer especial hincapie en los añadidos que se implantaron en los ritos religiosos y que, de algún modo, guardan semejanzas entre si.


Interior de una tumba Etrusca (Italia).

Citar que en Europa todo empezó con la erección de túmulos y dólmenes, cuando en Egipto los faraones ya descansaban debajo de impresionantes pirámides, puede parecer repetitivo. Pero las honras al fallecido eran similares: tanto en el continente europeo como en el continente africano, asi como en Asia y América, los muertos eran enterrados con sus pertenencias y ofrendas alimenticias ya que se creía firmemente que la muerte era tan solo un tránsito hacia otra vida. Con más o menos abundancia, con más o menos riqueza, los muertos eran enterrados o sepultados con todo lo que habían poseído en vida: armas, utensilios de a diario, joyas, ropajes,... para que no les faltara de nada. Por supuesto, los reyes, reyezuelos, jefes de tribu, hechiceros, generales y altos dignatarios solían beneficiarse de una consideración post-mortem que no era concedida al común de los mortales.


Máscara mortuoria en oro del rey Agamemnón.


Máscara mortuoria en oro de una princesa Chen (China, siglo X).

Que fuera en Grecia, en China, en América del Sur o en Egipto, los monarcas se iban con todos los honores hacia sus últimas y elaboradísimas moradas. Y hay más: en todos esos países, los reyes y príncipes eran enmascarados con una faz de semblante hierático fabricada en oro, en jade o en madera pintada, en un vano intento de fijar en la eternidad su rostro con más o menos fortuna según el artista y orfebre. Buenas muestras de ello son las máscaras de oro de Agamemnón o de Tuthankamón, por citar a las más populares del siglo XX. En Europa, los enigmáticos etruscos fueron unos maestros en ese arte: no solo se contentaban con tallar, cincelar y esculpir sarcófagos con las efigies de los finados, tumbados o recostados, sino que además les excavaban en la roca viva su última morada, con salones y habitaciones que pudieran contener sus muebles y pertenencias que, a diferencia de los egipcios, no amontonaban esos enseres previamente desmontados, en algunos casos, en habitáculos reducidos que precedían la cámara mortuoria.


Recreación virtual del mausoleo subterráneo del primer emperador chino Qin Shi Huang.

Legendaria es la tumba del primer emperador chino, de la que se conservan citas sobre su magnificencia y grandiosidad bajo una montaña de tierra y piedras, y que se cree haber localizado recientemente. Se habla de una reproducción a escala del territorio chino, con sus ríos y mar de mercurio, de ejércitos petrificados y de tesoros de incalculable valor arqueológico. El hecho de haber descubierto tumbas imperiales menores, con sus momias de princesas y emperadores cubiertas por armazones de jade y piedras preciosas, dan una pequeña idea de lo que puede descubrirse si, finalmente, se consigue encontrar la entrada al templo funerario del primer emperador.



Y si los romanos son decepcionantes al reabrir sus tumbas, éstos observaban una costumbre oriental que consistía en moldear sobre el semblante de sus cadáveres una máscara de cera, que luego conservaban en sus casas y villas como retratos realistas en un lugar preferente que servía de "templo" particular, dónde les honraban de cuando en cuando. A esos recuerdos de sus muertos se sumaban bustos y estátuas a tamaño natural del finado o finada tallados en el mármol más impoluto. Y si en Grecia y Roma depositaban una moneda en la boca o un par sobre los ojos del muerto, para pagar su viaje a bordo de la barca de Caronte, en China a los emperadores y sus consortes se les introducía una gran perla apenas exhalado el último suspiro.


Los funerales de los reyes europeos


Sarcófagos policromados de Enrique I de Inglaterra y de Alienor de Aquitania en la Real Abadía de Fontevrault (Francia).

Europa es otro cantar. Desde la Edad Media hasta el Renacimiento, las tradiciones evolucionan y se perfeccionan. De sencillas losas desnudas hasta las grabadas de escudos en relieve, excarvadas en los suelos de iglesias y catedrales, se pasa a sarcógafos diminutos que sirven de osarios como antiguamente se hacía en Israel, empotrados en lo alto de las capillas y policromados. Pronto se esmeran los artistas y maestros artesanos góticos: los sarcófagos se agrandan hasta contener el cuerpo entero del monarca, y sus pesadas tapas son delicadamente esculpidas con sus efigies adornadas con sus símbolos de soberanía, agarrando con elegancia sus cetros flordelisados y la testa recostada en un cojín y ceñida con sus coronas reales, arropados en sus mantos y túnicas de gala, y con los pies descansando sobre el flanco de un lebrel. Mármoles, alabastros, granitos, maderas e incluso bronces dorados serán cincelados para reproducir los rasgos de reyes, reinas, príncipes y princesas lo más fielmente posible; y para darles más realismo, las pintarán como si estuvieran de cuerpo presente. Colmo de ingeniosidad: consiguen incluso enmarcar esas regias tumbas bajo pequeñas capillas flamígeras que descansan sobre delicadas columnas.


Sepulcro encastrado del rey-emperador Alfonso VII de Castilla, justo debajo del Infante Pedro de Aguilar, bastardo del rey Alfonso XI, en la Capilla Mayor de la Catedral de Toledo. Aunque muerto en 1157 (siglo XII), los restos de Alfonso VII fueron ubicados en distintos sitios del templo toledano hasta que, a finales del siglo XV, su sepultura fue definitivamente colocada en su actual emplazamiento por orden del Cardenal Cisneros.


Tumbas Reales de los Condes de Barcelona y Reyes de Aragón, Pedro II "el Grande", Jaime II "el Justo" y Blanca de Anjou, en el Real Monasterio de Santes-Creus (Tarragona, Catalunya); los sarcófagos, antiguas bañeras romanas de porfirio, fueron especialmente traídas de Italia para acoger los restos de padre e hijo y nuera, siendo posteriormente añadidas las efigies esculpidas de los monarcas y los templetes góticos -originalmente policromados- que los resguardan (1307).


Tapa del sarcófago con efigie yaciente del Caballero Jean d'Alluye (Francia, siglo XIII).


Conjunto escultórico funerario para la tumba de Philippe Pot, Señor de La Roche-Pot.

Con la ola renacentista en el Sur del viejo continente, los difuntos ilustres siguen tronando sobre sus pesados sarcófagos, aunque en ocasiones algunas tumbas acaben siendo auténticas composiciones escultóricas de dos piezas: el osario o sarcófago por un lado, y la figura del finado tronando desde lo alto como un héroe de guerra que medita sobre su existencia, tal y como hizo con un Médicis el gran Michelangelo Buonarrotti, con reminiscencias de la antigua Roma Imperial.


El rey ha muerto, ¡viva el rey!


Mausoleo del rey Luis XII de Francia y de su segunda esposa la Duquesa Ana de Bretaña, en la Real Abadía de Saint-Denis (Francia).

Se cree que, sacado de la ceremonia de los regios funerales, nació la invención de los monumentos renacentistas de dos pisos en la Europa del Norte. Concretamente en Francia y desde el reinado de Carlos VI "el Loco", a la muerte del monarca se realiza una efigie funeraria de éste con su rostro moldeado con cera directamente sobre la cara, vestido con sus ropajes de la coronación y con la diadema real en las sienes, en posición orante o sosteniendo el cetro y la mano de Justicia y al que se sirve, tres veces al día, solemnes comidas respetando el habitual desfile de platos. Generalmente dispuesto sobre una cama engalanada, el maniquí del difunto rey representa la permanencia de la monarquía. Además de la coreografía de las comidas, se añaden los desfiles de príncipes llevando una barba dorada postiza en señal de duelo, y de nobles, clérigos, burgueses y gente común que acuden para despedir al finado en respetuoso silencio.


Mausoleo del rey Enrique II de Francia y de su consorte la reina Catalina de Médicis, en la Real Abadía de Saint-Denis, necrópolis de los soberanos galos / Abajo, detalle de las efigies de los mismos monarcas.



Estátua yaciente de la reina Elizabeth I de Inglaterra e Irlanda, sobre el sarcófago que guarda sus restos, en la Real Abadía de Westminster (Londres, Inglaterra, s. XVII).


Vista parcial del mausoleo del Primer Duque de Lesdiguières y de Vizille, último Condestable de Francia, con su efigie recostada y esculpida en alabastro, obra de los hermanos Jean y Jacob Richier (Francia, 1610); Originalmente situado el conjunto funerario en la capilla edificada junto al castillo de Lesdiguières, en ruinas desde 1692 tras sufrir un incendio, el mausoleo fue finalmente rescatado en 1798 y trasladado a la capilla de Saint-Pierre de la Catedral de Gap hasta 1836; tras varios traslados, fue finalmente instalado en la Sala de Armas del Museo de Gap (1972). El monumento contenía originalmente ocho ataúdes (del duque, de su esposa, de su hijo primogénito, de su yerno, de su hija, entre otros...) y los restos fueron finalmente sepultados en el castillo de Sassenage, cerca de Grenoble, en 1822.


El día de la inhumación, el ataúd es depositado dentro de un catafalco mientras la efigie regia es colocada sobre una plataforma superior. De este modo, la doble tumba de los reyes Luis XII y Ana de Bretaña traduce en mármol las arquitecturas efímeras de los funerales en la Real Abadía de Saint-Denis. Las otras dos tumbas dobles de los reyes Francisco I y Enrique II con sus respectivas consortes, son construídas según el mismo modelo: abajo, los cuerpos, generalmente representados de manera macabra; arriba, las efigies de almas serenas que rezan para elevarse hacia Dios.

Tumba del rey Enrique IV de Francia y de Navarra, Real Abadía de Saint-Denis, 1610 / Abajo, Tumba del rey Luis XIV de Francia y de Navarra, en el panteón real de Saint-Denis, 1715. Ambos nichos fueron, como todas las tumbas reales, profanados y los cadáveres embalsamados mutilados por los revolucionarios y luego enterrados en una fosa común hasta que, durante la IIª Restauración, fueron exhumados y recolocados en sus respectivas tumbas por el rey Luis XVIII.



Después de los Valois y a diferencia de éstos, los Borbones (de Enrique IV a Luis XV) optarán por ser inhumados en féretros de plomo encerrados por otros de madera bajo losas sencillas o en nichos ricamente adornados con esculturas en bajo relieve. Pese al cambio, se seguirá observando la costumbre de utilizar un maniquí con el semblante del rey para las exequias, permaneciendo arrodillado sobre una cama y rezando de cara al altar desde un lugar preferente de la abadía a lo largo del reinado siguiente y así sucesivamente.


Busto funerario en cera policromada del rey Enrique VII de Inglaterra, que formaba parte del maniquí para la remembranza en el momento de sus solemnes funerales en Westminster / Abajo, cabeza policromada de la reina María I de Inglaterra.


Los ingleses copiarán, desde el siglo XV, punto por punto esas ceremonias fúnebres que acabarán extendiéndose a gran parte de Europa del Norte (Suecia, Dinamarca, Países-Bajos, Polonia, Alemania, Austria,...), incluyendo al maniquí regio con sus máscaras de cera moldeadas y pintadas con más o menos éxito. Los grandes señores, no queriendo ser menos que sus monarcas, imitarán el ceremonial y tendrán sus propios maniquís, además de sus efigies esculpidas y policromadas sobre sus catafalcos que siguen haciendo las delicias de los turistas que visitan las iglesias, capillas y catedrales, y en las que demasiadas veces muestran su vandalismo con grafitis y amputaciones de manos, narices y pies.


Sepulcro de Henry Howard y Lady Frances De Vere, Condes de Surrey, con sus estátuas yacientes y orantes, sus escudos heráldicos e inscripciones en bajo relieve.


La evolución de la efigie real: del servicio fúnebre al museo de cera


Maniquí funerario de la reina Elizabeth I de Inglaterra; en el siglo XVIII su vestido estaba tan ajado que tuvieron que hacerle uno nuevo para sustituir el original caído en girones, y que dista mucho de ser exacto al de inicios del siglo XVII.

Durante la Revolución Francesa, se cometieron irreparables barbaridades: a las violaciones de sepulturas reales y nobles, se sumó la quema indiscriminada de los maniquís de reyes y príncipes y la destrucción sistemática de numerosos panteones. Por suerte, en Gran-Bretaña, se siguen conservando milagrosamente muchas efigies reales y principescas que fueron utilizadas entre el siglo XV y el siglo XVIII, tal y como se puede ver en el museo de la Real Abadía de Westminster, y que consiguieron sobrevivir a una revolución y a los infernales bombardeos alemanes. Los maniquís de Enrique VII, de María I, de Elizabeth I, de Carlos II, de Guillermo III y de María II, de Ana I, de la duquesa de Richmond, de los tres Jorges (Jorge I, Jorge II, Jorge III) siguen suscitando curiosidad entre los visitantes del templo y sirvieron, a finales del siglo XVIII, para que Madame Tussaud realizara sus copias en cera para su museo londinense después de abandonar la Francia revolucionaria, dónde sus últimos trabajos no eran más que siniestras representaciones de nobles y políticos recién guillotinados. Podríamos pues afirmar, sin equivocarnos mucho, que Madame Tussaud perpetuó en cierto modo esa antigua costumbre europea de inmortalizar a los ilustres muertos.


Otra efigie funeraria de la reina Elizabeth I de Inglaterra -obviamente rejuvenecida-, y con gorguera.


Efigie funeraria a tamaño real del rey Carlos II de Inglaterra con el hábito de Gran Maestre de la Orden de la Jarretera, realizado en febrero de 1685; la impresionante figura tronó durante 150 años sobre la tumba del finado hasta que fue trasladada al museo de Westminster Abbey / Abajo, fotografía de la misma en 1896, realizada por Sir Benjamin Stone.



Efigie funeraria en cera del rey Guillermo III de Inglaterra.

Hoy en día, no hay nación que no cuente, entre sus atracciones turísticas, con algún museo de cera donde estén representados sus monarcas, políticos, militares, famosos e incluso asesinos de todas las épocas, gracias a la influencia de Madame Tussaud.

En cuanto a la tradición funeraria de confeccionar maniquís regios, acabó por ser abandonada en los albores del siglo XIX.

Cita de la Semana



"La libertad de una democracia no está a salvo si el pueblo tolera el crecimiento del poder privado hasta tal punto que se hace más fuerte que su estado democrático. Eso es, en esencia, fascismo gubernamental por un individuo, por un grupo."

frase de: Franklin Delano Roosevelt, Presidente de EE.UU. (1882-1945).

lunes, 24 de octubre de 2011

Cita de la Semana



"No te rías de la tontería de los demás! Puede representar una oportunidad para ti."

frase de: Sir Winston Spencer-Churchill, político y Primer Ministro de Gran-Bretaña (1874-1965).