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jueves, 20 de octubre de 2011

CAROLINA DE BRÜNSWICK, la desafortunada mujer de Jorge IV -2-

CAROLINA DE BRÜNSWICK
-WOLFENBÜTTEL
1768-1821



PRINCESA DESDEÑADA, REINA MALTRATADA
-IIª PARTE-


Exilio y rumores

Retrato de Robert Stewart, Lord Castlereagh (1769-1822), posteriormente 2º Marqués de Londonderry (1821), fue Secretario de Estado para Asuntos Exteriores entre 1812 y 1822, año en que se suicidó.


Cansada y asqueada por su situación y el trato dispensado, Carolina negociará finalmente con el Secretario de Asuntos Exteriores, Lord Castlereagh, una salida más o menos honrosa para ella: a cambio de abandonar Gran-Bretaña, recibirá una renta anual de 35.000 libras Esterlinas. Al enterarse de aquella decisión, tanto Brougham como la Princesa Carlota Augusta se aterraron: con la ausencia de la Princesa de Gales, se ponía un punto final a la campaña de oposición al Príncipe-Regente y a cualquier posibilidad de contrarrestar su poder... Nada pudieron hacer para convencerla de que no tirase la toalla.


Retrato de Henry Brougham, 1er Barón Brougham y Vaux (1778-1868), abogado y político Whig que se hizo popular al defender la causa de Carolina de Brünswick durante el juicio de 1820. Se convirtió en el líder de los liberales y en Lord Canciller entre 1830 y 1834.

El 8 de agosto de 1814, Carolina abandonaba Inglaterra para regresar a Brünswick. Tras dos semanas de estancia en su tierra natal, puso rumbo a Italia pasando por Suiza. En el curso de sus viajes, quizás en Milán, conoció a un tal Bartolomeo Pergami al que empleó como sirviente. En cuestión de semanas, Pergami acabó dirigiendo la domesticidad de la Princesa junto con su hermana la Condesa Angelica di Oldi, que se convirtió en su dama de compañía. A mediados de 1815, Carolina compraba un palacio a orillas del Lago Como, la Villa d'Este, pese a no tener grandes recursos financieros.


Caricatura de la Princesa Carolina de Gales dando un paseo con su "hombre de confianza" Bartolomeo Pergami, a orillas del Lago Como. / Abajo, fotografía actual de la vasta Villa d'Este frente al lago, hoy convertida en un hotel de lujo.


A primeros de año de 1816, ella y Pergami partieron de crucero por el Mediterráneo haciendo escala en Elba, en Sicilia (donde Pergami obtuvo su ingreso en la Soberana Orden Militar de Malta y un título de barón), en Túnez, Malta, Milos, Atenas, Corinto, Constantinopla, Nazaret, Jerusalén y, en agosto, regresaron a Italia haciendo escala en Roma donde el papa les concedió audiencia. La gira mediterránea de Carolina dando el brazo a Bartolomeo Pergami y compartiendo mesa como iguales levantó todo tipo de rumores en Europa. El mismo Lord Byron contribuyó a que se multiplicaran los chismorreos al decir que la Princesa de Gales y Pergami eran amantes. Incluso un agente de la corte de Hannover, el Barón Ompteda, sobornó a los criados de la Princesa para que le trajeran pruebas tangibles de sus relaciones sexuales con Pergami, pero fue todo en vano. No encontró ni un solo indicio sobre la tan cacareada infidelidad de la Princesa con el italiano que, por cierto, también estaba casado.


La Villa Caprile, en las cercanías de Pesaro (Italia), a vista de pájaro.

En un momento dado y por culpa de las crecientes deudas que se iban acumulando, Carolina tuvo que vender la dispendiosa Villa d'Este e instalarse en una más modesta: la Villa Caprile, en las cercanías de Pesaro, en agosto de 1817. Allí, toda la familia de Pergami se trasladó a vivir bajo el techo de Carolina, a excepción de la esposa del italiano.


Retrato de la Princesa Carlota Augusta de Gales (1796-1817), la malograda heredera del Príncipe-Regente y de la Princesa Carolina de Gales que falleció de sobreparto.

En noviembre del mismo año, la única hija de Carolina y Jorge, la Princesa Carlota Augusta, fallece después de un mal parto en el que da a luz a un niño muerto. Se había casado con el Príncipe Leopoldo de Sajonia-Coburgo-Gotha el año anterior. La repentina muerte de la heredera del trono, muy popular en Gran-Bretaña, sumió a los ingleses en la más honda tristeza. Para colmo, el Príncipe-Regente rehusó informar a la madre de tamaña pérdida delegando semejante deber en su yerno... Aplastado por el dolor, el príncipe Leopoldo no consiguió escribir a su suegra hasta semanas después. Sin embargo, un correo escrito por el propio Jorge y destinado al papa para informarle de la muerte de su heredera, fue el que dio la noticia de modo accidental a Carolina. Al enterarse de esa forma, Carolina se derrumbó.


Propuesta de divorcio


Retrato de Jorge Augusto Federico, Príncipe de Gales (1762-1830), Regente de Gran-Bretaña e Irlanda y de Hannover desde que su padre fuera declarado incapacitado para reinar, y más conocido como "el Príncipe-Regente", en un lienzo conmemorativo de 1815 según Sir Thomas Lawrence.

Empecinado en obtener la separación legal de su mujer, el Príncipe-Regente no cejó en sus intentos por encontrar hasta la más nimia prueba de adulterio que pusiera contra las cuerdas a Carolina. Pero todas sus actuaciones fueron vanas y nunca producían el efecto deseado. Pese a nombrar otra comisión encargada de examinar con lupa la vida íntima de su consorte en Italia, con el convencimiento de que ésta convivía en concubinato con Pergami, aquella fracasó estrepitosamente. Ni los interrogatorios al personal doméstico de la Villa Caprile, ni las pesquisas humillantes hasta en su dormitorio, revelaron algo con que acusar a la Princesa de Gales de adúltera. Harta de esa persecución, Carolina informó a Brougham que estaba dispuesta a divorciarse siempre y cuando le concediesen, a cambio, una renta adecuada a su rango y mucho más generosa que la anterior. Por desgracia, una separación de mútuo acuerdo era ilegal en Inglaterra: solo se podía conceder el divorcio cuando uno de los dos admitía haber cometido adulterio. Ante esa réplica, Carolina sentenció que le era totalmente imposible admitir semejante cosa pese a que Brougham le representó que era la única fórmula para conseguir una separación.


Retrato de Carolina de Brünswick-Wolfenbüttel, Princesa de Gales (1768-1821).


En los tiros y afloja de las negociaciones entre Londres y Pesaro, el Gobierno Británico barajó incluso la posibilidad de que Carolina dejase de ser "Su Alteza Real la Princesa de Gales" para ser "Su Alteza la Duquesa de Cornualles"... Las discusiones duraron hasta finales de 1819, cuando Carolina viajó a Francia y se especulaba con su posible regreso a Inglaterra. En enero de 1820, sin embargo, planeó regresar a Italia hasta que, el 29 del mismo mes, se supo de la muerte de su suegro el rey Jorge III. Puesto que su marido se convertía en el nuevo rey de Gran-Bretaña e Irlanda y de Hannover, Carolina se convertía automáticamente en la Reina consorte.


Reina ninguneada


Retrato oficial del Rey Jorge IV de Gran-Bretaña e Irlanda y de Hannover, según Lawrence.

En el momento en que su marido se convierte en el rey Jorge IV de Gran-Bretaña e Irlanda y de Hannover, Carolina espera como poco que se le otorgue naturalmente el tratamiento que corresponde a una consorte real. Sin embargo, y dada su "separación" y lejanía, Carolina se encontrará peor parada. El primer síntoma se produjo cuando, de visita en Roma, vio rechazada su petición de audiencia con el papa y que el cardenal Consalvi, primer ministro del Santo Padre, rehusó tratarla de otro modo que como "Su Alteza Serenísima la Duquesa de Brünswick-Wolfenbüttel"!


Retrato esbozado de la Reina Carolina de Gran-Bretaña e Irlanda y de Hannover, fechado en 1820 y realizado por Sir George Hayter.

Hondamente dolida por los sucesivos desaires recibidos y en un intento por reivindicar sus derechos como consorte real, planeó regresar de inmediato a Inglaterra. Ante la iniciativa de su mujer, Jorge IV pidió a sus ministros que se deshicieran de ella y le dieran largas, que la borrasen de la liturgia de la Iglesia de Inglaterra,... en pocas palabras: que la ninguneasen hasta hacerla invisible. Sin embargo, el Gobierno no se atrevió a abordar la petición de divorcio de Jorge IV por miedo a las consecuencias que podría traer un juicio público contra Carolina. En ese momento precisamente, el Gobierno de Su Graciosa Majestad no gozaba del favor popular y un juicio de tal magnitud, con los escabrosos a la par que jugosos detalles de la vida privada de los reyes, expuestos por los abogados de ambas partes, no harían otra cosa que ahondar aún más la ya notoria impopularidad del monarca y desestabilizar por completo a su Gobierno. Antes que correr semejante riesgo, el primer ministro optó por la negociación con la reina consorte: Londres ofrecía a Carolina un sustancial aumento en su renta anual -50.000 libras Esterlinas-, a cambio de que permaneciera lejos de Gran-Bretaña.

Antes de inicios del mes de junio de 1820, la reina Carolina abandonó el Norte de Italia para trasladarse a la localidad francesa de Saint-Omer, cerca del puerto de Calais y, aconsejada por Matthew Wood y Lady Anne Hamilton, rechazó de plano la oferta del Gobierno Británico. Despidió a Pergami y se embarcó rumbo a Inglaterra, decidida a librar batalla. A su llegada, el 5 de junio, estallaron de inmediato varias revueltas populares que apoyaban su causa. Carolina se había convertido en la figura de proa de un movimiento de oposición radical que exigía una reforma política dirigida contra el gobierno del impopular Jorge IV.


Cuadro reproduciendo el sonado juicio de la reina Carolina en la Cámara de los Lores en Westminster, en julio de 1820.

Lejos de amedrentarse, Jorge IV persistió en la necesidad de divorciarse de Carolina y echó mano de las evidencias recogidas por la comisión de Milán para presentarlas en el Parlamento. Días después, el 15 de junio, la Guardia de las Reales Caballerizas se amotinó y, a duras penas, el Gobierno consiguió contener y reprimir una revuelta que amenazaba con repetirse y extenderse. Mientras, el Parlamento retrasó el momento de examinar las evidencias presentadas por el rey hasta ponerse de acuerdo sobre la forma de llevar tal investigación aunque, el 27 de junio, quince Pares de la Cámara de los Lores examinaron secretamente el contenido de los documentos facilitados en dos grandes bolsas verdes por el interesado. Los Pares consideraron que las evidencias aportadas eran escandalosas y, una semana después, tras transmitir su informe a la Cámara, el Gobierno presentó un proyecto de ley en el Parlamento que pretendía quitar a Carolina su título de reina consorte y pronunciar la disolución de su matrimonio (Pains and Penalties Bill, 1820). Se dijo abiertamente que Carolina había cometido adulterio con un hombre de inferior condición social (Bartolomeo Pergami), y varios testigos fueron llamados a declarar durante la lectura del proyecto de ley, en el Parlamento, como si se tratase efectivamente de un juicio público contra la reina. Aquel juicio causó sensación: se revelaron morbosos detalles sobre la dudosa familiaridad existente entre Carolina y Pergami, en los que varios testigos afirmaron que ambos habían compartido habitación, que se habían besado y que habían sido vistos juntos en paños menores...

Tras el sensacionalismo de aquellas sesiones, el proyecto de ley fue aprobado por la Cámara de los Lores pero, en vista de la improbabilidad de que fuera refrendada y votada unánimamente por la Cámara de los Comunes, se abstuvieron de presentarla a los diputados y se quedó en eso: un proyecto.

Bromeando con sus amigos, la reina Carolina admitió haber cometido adulterio tan solo una vez en su vida: con el marido de la Sra. Fitzherbert, el Rey!


Retrato de la reina Carolina de Gran-Bretaña a sus 52 años, 1820.

Durante aquel juicio, la reina se volvió inmensamente popular entre los británicos. Buena prueba de ello fueron las 800 peticiones y cerca de un millón de firmas a favor de su causa. Como cabeza de la oposición que reivindicaba una profunda reforma política, no fueron pocos los pronunciamientos revolucionarios que se hicieron en nombre de Carolina:

-"Todas las clases encontrarán en mi una sincera amiga de sus libertades y una celosa defensora de sus derechos."


-"Un gobierno no puede impedir la marcha del intelecto como tampoco puede frenar las mareas o el curso de los planetas."

Pero, con el final del juicio, la alianza de Carolina con los radicales tocó a su fin. El Gobierno volvió a ofrecerle las 50.000 libras de renta anuales y sin las condiciones anteriores, y Carolina aceptó.


Extraño final


Retrato del Rey Jorge IV de Gran-Bretaña (1762-1830), realizado en 1822 por Sir Thomas Lawrence.

Pese a todas las tentativas de Jorge IV por desacreditarla y cubrirla de ridículo, Carolina retuvo en sus manos esa fuerte popularidad entre las masas que le dieron el suficiente coraje como para seguir luchando por sus derechos, como el de querer presenciar en lugar preferente la consagración y coronación, en Westminster, de su marido como rey de Gran-Bretaña e Irlanda, fijada para el 19 de julio de 1821.

Pese a las advertencias de Lord Liverpool, que le rogó que no se presentara a la ceremonia, Carolina hizo caso omiso. El día de la celebración en Westminster, la reina se presentó e intentó acceder a la real abadía sin éxito. Se le negó el paso tanto por la puerta principal como por las del Claustro del Este y del Claustro del Oeste. Lejos de amedrentarse y darse por vencida, lo intentó por última vez utilizando la galería de Westminster Hall que conectaba con la abadía, donde precisamente se concentraban pacientemente muchos de los invitados a la coronación, a la espera de tomar sus asientos asignados... Un testigo presencial relató entonces cómo la reina se topó con las bayonetas de la Guardia Real -cruzadas bajo su mentón- cortándole el acceso a la abadía, y cómo el Lord Chambelán le dio un sonado portazo en las narices.

Carolina decidió entonces probar por la entrada de la Esquina del Poeta (Poet's Corner), donde se topó con Sir Robert Inglis, quien desempeñaba su oficio de "Gold Staff". Éste consiguió finalmente persuadir a la reina para que regresara a su carruaje y se alejase de la abadía, y dejase de hacer el ridículo.


19 de Julio de 1821, Abadía de Westminster, Londres: Jorge IV es coronado rey de Gran-Bretaña e Irlanda...

Con su patética exhibición en la coronación de Westminster, Carolina perdió numerosos apoyos y se convirtió en el hazmerreír de los salones londinenses. Incluso Brougham, su gran defensor en el Parlamento, admitió su disgusto ante tan indigna conducta.

La misma noche, Carolina cayó repentinamente enferma y tomó grandes cantidades de leche de magnesia con algunas gotas de laudano, en un vano intento por aminorar su malestar. En las tres semanas siguientes, sufrió cada vez más de atroces dolores, haciéndose patente la progresiva deterioración de su salud. Cayendo en la cuenta que le queda poco para morir, Carolina pone orden en sus asuntos: sus papeles, sus cartas, sus diarios son quemados al instante; redacta un nuevo testamento y nuevas disposiciones para su funeral y entierro, deseando ser sepultada en su tierra natal, Braunschweig, y que su tumba lleve el siguiente epitafio "Aqui yace Carolina, la Maltratada Reina de Inglaterra".

El 7 de agosto de 1821, en Brandenburg House, a las 22:25 de la noche y a la edad de 53 años, la reina Carolina dejaba de existir...



Sus médicos determinaron que había fallecido probablemente a causa de una obstrucción intestinal, aunque también se barajó que podía haber padecido un cáncer. Sin embargo, nada más saberse la noticia en Londres, corrió el rumor de que la habían envenenado. Para agravar aún más la sospecha de una mano invisible implicada en la súbita muerte de la reina, se supo que un tal Stephen Lushington, leal al rey y agente del Primer Ministro Lord Liverpool, estuvo al tanto de la evolución de la moribunda desde el principio hasta el final y que envió detallados informes a Downing Street. El caso es que se desconocen las razones del por qué de esa vigilancia a la moribunda y la documentación rescatada de los archivos gubernamentales ha llegado hasta nosotros fragmentada, llena de lagunas, por no decir que ha sido previamente censurada y que por ello faltan muchas páginas, misteriosamente perdidas.


Retrato de Robert Jenkinson, 2º Conde de Liverpool (1770-1828), Primer Ministro de 1812 a 1827, según Sir Thomas Lawrence, 1827.

Ante el temor de unas más que probables revueltas populares, Lord Liverpool ordenó que se trazara una ruta oficial que circundara la ciudad de Londres para el convoy funerario, y que la procesión fuera fuertemente escoltada por soldados de la Guardia Real. Por desgracia para el Gobierno, el convoy se topó con que la ruta oficial fue inmediatamente obstruída por numerosas barricadas populares, lo que obligó a Sir Robert Baker a planear una ruta alternativa a través de la capital. Al cruzar las calles de Londres, la procesión se topó con un gentío indignado que acogió a la guardia de honor a golpes de ladrillo y a pedradas, y la situación degeneró en un enfrentamiento que se saldó con dos víctimas del público. En consecuencia, Sir Robert Baker fue fulminantemente destituído de su cargo de Magistrado Jefe Metropolitano.

La procesión que llevaba el cuerpo sin vida de la reina de Gran-Bretaña e Irlanda y de Hannover, pudo finalmente llegar a Harwich por la ruta de Romford, Chelmsford y Colchester, bajo una intensa lluvia. El 16 de agosto, el ataúd fue embarcado y llegó el 24 a Braunschweig, siendo al día siguiente sepultado en la catedral de la ciudad ducal.



domingo, 16 de octubre de 2011

Cita de la Semana



"Aunque seas casto como el hielo y puro como la nieve, no por ello escaparás de la calumnia."

frase de: William Shakespeare, dramaturgo, poeta y actor (1564-1616).

viernes, 14 de octubre de 2011

CAROLINA DE BRÜNSWICK, la desafortunada mujer de Jorge IV -1-

CAROLINA DE BRÜNSWICK-WOLFENBÜTTEL
1768 - 1821


PRINCESA DESDEÑADA, REINA MALTRATADA
-Iª PARTE-



La duquesa Carolina Amelia Elisabeth de Brünswick-Wolfenbüttel nació el 17 de mayo de 1768 en la localidad alemana de Braunschweig, capital del ducado del mismo nombre, hija del Duque Carlos II Guillermo Fernando de Brünswick-Wolfenbüttel y de la Princesa Augusta de Gales, hermana mayor ésta del rey Jorge III de Gran-Bretaña.


Ambiente familiar


Retrato de la Princesa Augusta de Gales, Duquesa de Brünswick-Wolfenbüttel-Lüneburg (1737-1813), según un pastel de Liotard. La madre de Carolina era la primogénita de los entonces Príncipes de Gales Federico-Luis de Hannover y Augusta de Sajonia-Gotha, hermana del rey Jorge III de Gran-Bretaña e Irlanda y nieta de los difuntos reyes Jorge II y Carolina de Brandenburg-Ansbach.

El matrimonio de sus padres, celebrado en Saint-James Palace en 1764, no fue precisamente un lecho de rosas, sobretodo para la madre que, apenas llegada a su nuevo hogar, se vio eclipsada por la amante del que se convertía en su marido, y relegada a vivir en una residencia mal acondicionada y carente de toda comodidad. Hasta que no se mandó construír una residencia digna en la localidad de Zückerberg (al Sur de la capital ducal), la duquesa Augusta rehusó instalarse de manera permanente en lo que era su nueva patria, prefiriendo residir en Inglaterra; la situación duró hasta 1768, año en que, por fin alistada la nueva residencia ducal, Augusta se decidió a residir de forma permanente en Zückerberg, rebautizando su palacio con el nombre de "Richmond". La boda, obviamente, no era otra cosa que un arreglo político y los contrayentes se miraban con cordial indiferencia. A la duquesa le resbalaba, en cierto modo, que su marido tuviera sus devaneos con Maria-Antonia Branconi o Luise Hertefeld, y esa actitud de frialdad ante las infidelidades del marido fueron interpretadas, en general, como una señal visible de su innata arrogancia. Para colmo, su popularidad se vio seriamente mermada cuando su primer hijo varón nació con alguna tara física. Tampoco aparecía en los eventos públicos de la corte de Brünswick, ya que su suegra* seguía ocupando el cargo de primera dama y no estaba para nada dispuesta en cederle el puesto. Hasta 1773, año en que el duque Carlos Guillermo Fernando se convierte en regente del ducado y la suegra es invitada a retirarse del primer plano, la duquesa Augusta se abstiene de aparecer en las ceremonias cortesanas. En 1780, es el suegro** quien fallece y Carlos II Guillermo Fernando se convierte en el duque soberano de Brünswick-Wolfenbüttel, y Augusta se convierte en duquesa consorte.


Retrato del Duque Carlos II Guillermo Fernando de Brünswick-Wolfenbüttel-Lüneburg (1735-1806), según Batoni en 1767. El padre de Carolina era un eminente jefe militar al servicio del rey de Prusia y un ejemplo de déspota ilustrado.


La Familia Ducal de Brünswick-Wolfenbüttel reunida entorno al Duque Carlos I (1713-1780) y su esposa la Princesa Felipina-Carlota de Prusia (1716-1801), en un lienzo de la década de 1760.

Por aquella década de 1770, la duquesa Augusta ya ha cumplido con su deber de esposa. Es madre de siete retoños de entre los cuales cuatro son varones y las restantes féminas. La duquesita Carolina, nacida en 1768, es la tercera precedida en la cuna por la primogénita Augusta Carolina Federica Luisa (n.1764), y por su hermano el duque heredero Carlos Jorge Augusto (n.1766). Tras ella vinieron tres hermanos más: Jorge-Guillermo (n.1769), Augusto (n.1770) y Federico-Guillermo (n.1771), siendo los dos primeros excluídos de la línea de sucesión al trono ducal al ser declarados oficialmente como "inválidos". La última nacida, Amelia Carolina Dorotea Luisa, tan solo vivió unos meses... de noviembre de 1772 a abril de 1773.

En 1780, la mayor de sus hijas contraía matrimonio con el Duque Federico III de Württemberg. Una década después, era el heredero quien casaba con la Princesa Federica Luisa Guillermina de Orange-Nassau. Este último, por cierto, se convirtió en un personaje rechoncho y gordo, casi ciego, que intentaba emular a su padre y rozaba intelectualmente la imbecilidad hasta el punto de hacerse insoportable a sus interlocutores por su verborrea inconexa. Para colmo, sentía tal devoción por su esposa que ésta le dominaba por completo.

Retrato de Jorge Augusto Federico de Hannover, Príncipe de Gales (1762-1830), presunto heredero de Gran-Bretaña e Irlanda y primogénito de los reyes Jorge III y Carlota-Sofía de Mecklenburg-Strelitz, según el artista inglés Beechey. El novio de Carolina era poco menos que su primo-hermano; tenía de fama de engreído, borracho, juerguista, derrochador, mujeriego y extravagante, además de ser odiado por el pueblo.


Cinco años más tarde, fue el turno de nuestra Carolina que, con 26 primaveras y a punto de cumplir los 27, se veía enviada a Londres para unirse al heredero del trono británico, el Príncipe de Gales, con el que la habían prometido sus padres en 1794. Ni siquiera los consuegros se dieron la molestia de concertar un primer encuentro entre los novios antes de pasar por el altar, para ver si congeniaban o se agradaban. Carolina cruzaba el Canal de la Mancha para convertirse en la consorte de un completo desconocido.


La boda de los Príncipes de Gales



A sus 26 años, la duquesa Carolina de Brünswick-Wolfenbüttel pasaba por ser una mujer del montón, agradable y lo suficientemente agraciada como para no calificarla de fea, pero tenía malos hábitos. Denostada por su grosería y su vulgaridad, tampoco ayudó su extraordinaria falta de aseo. Nunca encontraba motivo suficiente para sumergirse en una bañera, lo que llevó a algunos contemporáneos a decir que "olía como un corral de granja". Con semejante publicidad, no nos ha de extrañar la inicial reticencia del Príncipe de Gales por ese matrimonio forzado.


Grabado representando al Príncipe de Gales el año de su enlace con la Princesa Carolina de Brünswick-Wolfenbüttel, 1795.


Retrato de Mary-Anne Smythe-Fitzherbert (1756-1837), más conocida como la Sra. Maria Fitzherbert. Tras casarse por dos veces y enviudar sucesivamente de Edward Weld de Lulworth Castle y de Thomas Fitzherbert, se convirtió en la gran amante del Príncipe de Gales a partir de 1784 y llegaron a casarse en secreto el 15 de diciembre de 1785, desafiando el Acta de Matrimonios Reales de 1772 que prohibía expresamente a cualquier miembro de la familia real contraer matrimonio sin el permiso del rey y de su consejo privado.

Por aquel entonces, el heredero de la corona de San Eduardo se vio en la tesitura de asentir ante la propuesta matrimonial presentada por sus padres los reyes Jorge III y Carlota-Sofía. Había contraído un matrimonio ilegal -a ojos de la ley inglesa- con la Srta. Fitzherbert, súbdita católica y, para más inri, le agobiaban colosales deudas. A cambio de la liquidación total de sus acuciantes deudas y de un aumento de sus rentas, su real padre le exigió que se deshiciera de su "querida" y que casara con una prima-hermana, hija de su tía paterna la Duquesa Augusta de Brünswick-Wolfenbüttel. Pudiendo más el dinero que los sentimientos, y muy a su pesar, el Príncipe de Gales se sometió echando de su cama y de su casa a la Srta. Fitzherbert.


Retrato del rey Jorge III de Gran-Bretaña e Irlanda, Elector de Hannover (1738-1820), con el hábito de Gran Maestre de la Muy Noble Orden de la Jarretera, según Reynolds, 1792.

Jorge III ya tenía de antemano cierta información sobre la que iba a convertirse más tarde en su nuera: Lord Stanley de Alderley conoció a la joven Carolina en 1781 y anotó que era una atractiva chica de hermosos y encantadores cabellos, que ésta entendía el inglés y el francés pero, su propio padre el duque admitió que su educación había sido lamentablemente descuidada. En 1794, la duquesa Carolina se convirtió en un precioso peón en el tablero de las alianzas a ojos de la Corona Británica, entonces ya en guerra contra la Francia Revolucionaria: aunque ésta era princesa de un minúsculo Estado enclavado en el rompecabezas del Sacro Santo Imperio Romano Germánico, su parentesco con el rey de Prusia y la estrecha amistad de su padre con dicho soberano la convirtieron en una princesa deseable para el Gobierno de Su Graciosa Majestad. Puesto que se trataba de un juego de alianzas políticas en el que no cabían sentimientos, Londres mandó formalmente la petición de mano a la corte ducal germana y, poco después, se anunció el compromiso del Príncipe de Gales con la duquesa "por cortesía" Carolina de Brünswick-Wolfenbüttel. Jorge III mandó a Lord Malmesbury, quien llegó a Braunschweig el 20 de noviembre de 1794 para recoger a la novia y conducirla hasta su nuevo destino. En su diario, Lord Malmesbury dejó consignadas sus impresiones sobre la futura Princesa de Gales: "...carece de sentido común, decoro y tacto, habla fácilmente sin pensar primero, es muy dada a la indiscreción y, para colmo, olvida gustosamente asearse o mudar sus ropas sucias." Sin embargo, el mismo diplomático de ocasión cita que tiene una personalidad sin artificios, natural pero sin moralidad alguna y que desconoce por completo el valor, la utilidad y necesidad de su persona; a esto añade su gran valentía en el momento de la travesía del Canal de la Mancha, bajo el fuego cruzado de los cañones franceses y británicos.


Retrato de Frances Twysden-Villiers, 4ª Condesa de Jersey (1753-1821), según Thomas Beach. Descrita por sus contemporáneos como una mezcla de "encanto, belleza y sarcasmo", esta hija póstuma del Obispo de Raphoe, era nieta de Sir William Twysden, 5º Baronet de Roydon Hall, y esposa de George Villiers, 4º Conde de Jersey. Se convirtió en la amante del Príncipe de Gales a partir de 1793 y, en 1795, su marido era nombrado Caballerizo Mayor del Príncipe.

El 5 de abril de 1795, Carolina llega a Greenwich y allí le presentan a la Condesa de Jersey, amante de su futuro marido, quien ha sido nombrada como su principal dama de cámara. No tardó en enterarse de la "doble función" de su nueva dama...

Asi las cosas, Carolina llegó a Londres y conoció a su futuro marido tan solo tres días antes de la ceremonia religiosa. La audiencia fue el preludio del desastre. Nada más verla, Jorge se sintió terriblemente decepcionado y, al rato de entablar una conversación tan corta como anodina, pidió que le sirvieran una copa de brandy para resarcirse del disgusto. Por su lado, Carolina no se quedó corta al comentar a Lord Malmesbury que "el Príncipe está gordo y nada tiene que ver con los bellos retratos que le enviaron de él." En el curso de la cena de gala, que clausuraba el encuentro de los novios, el Príncipe no pudo sentir otra cosa que consternación al descubrir la deshinibida a la par que locuaz naturaleza de su prima-hermana quien no se privó de soltar en voz alta un buen número de chascarrillos sobre Lady Jersey, lo que ponía de manifiesto su desagrado al estar al tanto de la relación entre ésta y el que iba a ser su marido.



Lo peor estaba por venir... El día de la boda, 8 de abril de 1795, que se tenía que celebrar en la capilla real de Saint-James Palace, el Príncipe de Gales se presentó totalmente borracho y dando tumbos. La noche anterior, había celebrado su despedida de soltero por todo lo alto y se había excedido, a todas luces, con la bebida. Para llevarle hasta el altar, necesitó de la asistencia de su ayuda de cámara quien, con no poco esfuerzo, consiguió mantenerle en pie a lo largo de la ceremonia. En cuanto a la novia, ésta revistió un vestido tan cubierto de joyas y pieles de armiño que tuvo serias dificultades para llegar derecha hasta su puesto asignado, tal era el peso que arrastraba. En el curso del oficio religioso, Jorge no dejó de mirar a Lady Jersey ignorando por completo a Carolina. El banquete de boda no fue mucho mejor: ignoró ostentosamente a su flamante esposa prefiriendo centrar su atención en su amante y siguió bebiendo aún más de la cuenta. Finalmente, conducidos los esposos hasta el lecho nupcial, todos los cortesanos se retiraron para dejarlos solos. Según el testimonio de la propia Princesa de Gales, nada más cerrarse la puerta el Príncipe se derrumbó y durmió la mona en el suelo: "Estaba tan borracho, que pasó la mayor parte de la noche de bodas al pie de la cama donde cayó y yo le dejé."

Obviamente, el Príncipe de Gales dio su particular versión en una carta dirigida a un amigo, afirmando con descaro que la honró por tres veces: dos la noche de bodas, y una vez la segunda... Y escribió: "Requerí de no poco esfuerzo para superar mi aversión y el evidente asco que sentía por su persona."

Si hay que tener en cuenta una de las dos versiones sobre esa catastrófica noche de bodas, no nos cabe duda que la de la princesa Carolina tiene más veracidad que la de Jorge. Y es que el Príncipe de Gales se tenía a si mismo en muy alta estima, lo que le llevaba a exagerar sus supuestas proezas con los amigos, véase adornarlas o transformarlas a su favor para salir siempre bien parado de cara a la galería, y si encima le bailaban el agua...

El caso es que, a la mañana siguiente de la penosa noche de bodas, Jorge se levantó del duro suelo y, superando su repugnancia, desfloró a Carolina como quien embiste un trozo de carne con un cuchillo de carnicero. Luego, a quien quisiera oirle, vociferó alto y claro que nunca volvería a yacer con ella ni a tocarla.


Carlton House, la mansión extravagante a la par que lujosa del Príncipe de Gales en Londres, según un grabado de inicios de 1800.

Nueve meses después y en la residencia de los herederos de la Corona, Carlton House, Carolina dio a luz a la princesa Carlota Augusta de Gales, la que iba a ser la única hija legítima del príncipe Jorge y segunda en la línea de sucesión al trono británico. Tras el feliz alumbramiento acontecido el 7 de enero de 1796, el Príncipe de Gales mandó, tres días después, redactar su nuevo testamento; en él, legaba todas sus propiedades a Maria Fitzherbert, a la que calificaba de "mi esposa" en el documento, mientras que a Carolina le destinaba la miserable suma de 1 chelín.


La princesa popular



No tardó demasiado en hacerse público el catastrófico matrimonio conformado por Jorge y Carolina. Lo que se sabía de primera mano en la corte de St. James, saltó a la calle y pronto se supieron detalles escabrosos sobre la mala relación existente entre los flamantes esposos. En un abrir y cerrar de ojos, todo Londres e Inglaterra entera supieron de los disgustos de la Princesa de Gales... Los periódicos de entonces se hicieron eco del maltrato dispensado por Lady Jersey y Jorge a Carolina, y llegaron a afirmar que la amante del Príncipe de Gales abría, leía y distribuía el contenido de la correspondencia privada de la Princesa. Porque despreciaba abiertamente a Lady Jersey y se veía "secuestrada" en Carlton House, del que no podía salir sin el expreso permiso marital, los londinenses no tardaron en auparla hasta un pedestal y vilipendiar al ya impopular Jorge. La prensa no se privó de criticar abiertamente al Príncipe de Gales por sus extravagancias, su desmedido amor al lujo y su lujuria en tiempos de guerra, y presentar ante la opinión pública a la Princesa como una pobre esposa cornuda y constantemente humillada. Cada vez que aparecía en público, la gente la vitoreaba y la aplaudía sinceramente; los londinenses agradecían la natural familiaridad con que Carolina respondía a sus muestras de afecto, dispensándoles sonrisas, saludos y agradecimiento. No hace falta decir que la gran popularidad de la Princesa de Gales sumió en la consternación a Jorge, aún más hundido si cabe al constatar que su impopularidad iba creciendo; cuando él aparecía en público le abucheaban e insultaban sin restricciones. Sintiéndose atrapado en un matrimonio que nunca quiso, casado con una mujer que no podía ver ni en pintura, Jorge se empecinó en obtener el divorcio.



En abril de 1796, Jorge escribió a Carolina: "Lamentablemente, ambos tenemos que reconocer que no podemos encontrar la felicidad en nuestra unión (...). Permítame, por tanto, instarle para que los dos sepamos sacar lo mejor de nuestra desgraciada situación."

Escasos dos meses después, en Junio, Lady Jersey es cesada como dama de cámara de la Princesa de Gales. En agosto de 1797, los Príncipes de Gales se separan para llevar su vida cada uno por su lado: la Princesa abandona Carlton House y se instala en la vieja rectoría de Charlton, en Londres. Más tarde, cambiaría de residencia para instalarse en Montagu House, en Blackheath. A raíz de su reencontrada libertad, Carolina será la víctima y el blanco ideal de los falsos rumores difundidos (sin duda por el entorno del Príncipe de Gales) para desacreditarla. Se le acusará de haber coqueteado con el almirante Sir Sidney Smith, con el capitán Thomas Manby y con el parlamentario George Canning entre otros... Todo era válido con tal de que Jorge consiguiera el divorcio.


Vista de Montagu House, en Blackheath, en la década de 1790.

La hija de ambos, la princesa Carlota Augusta de Gales, sería instalada para las temporadas de verano en una mansión vecina a Montagu House y al cuidado de una gobernanta, permitiendo así a la Princesa de Gales poder visitar, siempre que quisiera, a su hija. Pero los instintos maternales de Carolina no se calmaron: no le bastaba una única maternidad y deseaba tener otros hijos,... asi que no tardó en adoptar a ocho o nueve niños pobres del distrito. En 1802, adoptó un bebé de 3 meses llamado William Austin, al que dio cuarto propio en su residencia londinense. Tres años después, surgen problemas con sus vecinos, Sir John y Lady Douglas, quienes la denuncian por acosarles supuestamente con cartas repletas de obscenidades. Lady Douglas irá más allá: acusará abiertamente a la Princesa de Gales de infidelidad, afirmando que el tal William Austin no es sino el hijo ilegítimo de ésta.


La princesa investigada


Retrato de Carolina de Brünswick, Princesa de Gales (1768-1821), realizado en 1804 por el pintor Sir Thomas Lawrence.

En 1806, a instancias del Príncipe de Gales y de la Justicia, se pone en pie una comisión secreta conocida como la "Investigación Delicada" para examinar con suma atención las denuncias y acusaciones interpuestas por Lady Douglas. La comisión se conformó con cuatro de los más eminentes personajes del momento: el Primer Ministro Lord Grenville, el Lord Canciller Lord Erskine, el Lord Jefe de Justicia de Inglaterra y Gales Lord Ellenborough, y el Secretario de Interior Lord Spencer.

Según el testimonio de Lady Douglas, la Princesa de Gales le habría confiado en 1802 que estaba preñada, y que William Austin era en realidad su hijo. Añadió que la Princesa le había hablado de manera harto grosera sobre la familia real, que le hizo tocamientos inapropiados y la acosó sexualmente, que le había dicho que los hombres que frecuentaban su casa se convertían automáticamente en sus amantes... La dama tampoco faltó en citar nombres de los posibles amantes de la Princesa: Smith, Manby, Canning, el pintor Thomas Lawrence y Henry Hood, hijo de Lord Hood. Pero al interrogar al personal doméstico de Montagu House sobre las supuestas aventuras adúlteras de la Princesa y su supuesto embarazo y maternidad, los criados negaron tales afirmaciones y admitieron que la auténtica madre de William Austin era Sophia Austin quien, en persona, entregó su bebé de 3 meses al cuidado de Carolina. En consecuencia, Sophia Austin fue interrogada por la comisión y ésta testificó que ella era la verdadera madre del bebé.

Finalmente, la comisión, en base a sus investigaciones, sentenció que las declaraciones de Lady Douglas carecían de todo fundamento y dio por terminado el asunto. Sin embargo, y pese a que la comisión llevaba secretamente sus investigaciones y pretendía evitar que se aireasen los detalles de las mismas, se filtró el asunto a la prensa y la opinión pública estuvo de inmediato al corriente de lo ocurrido. Durante aquella investigación, no se le permitió a Carolina visitar a su hija y, después de aquello, sus visitas fueron restringidas a una sola por semana y siempre en presencia de su madre la Duquesa Viuda de Brünswick, fuera en Blackheath o en un aposento de Kensington Palace, especialmente asignado a la Princesa de Gales para tales encuentros.


Retratos de los Duques Carlos II y Augusta de Brünswick-Wolfenbüttel, padres de la Princesa Carolina de Gales.

Ciertamente, la conducta de Carolina con sus amistades masculinas no fuera la más apropiada pero nunca se pudo probar que fuera culpable de adulterio y que fuera más allá de un inocente coqueteo. Puede que también Carolina dijera a Lady Douglas estar preñada para expresar, en cierto modo, sus frustradas ansias de maternidad y que lo hizo sin pensar en las fatales consecuencias que de tal fantasía derivarían, teniendo en cuenta que solía soltar a lo loco cualquier cosa que se le pasara por la cabeza sin medir el impacto que podría tener en sus interlocutores. Se sumaba a ese estado de ánimo de la Princesa, la gravedad de la situación de su familia en medio de una guerra que incendiaba toda Europa: su padre, que comandaba el ejército prusiano, había caído mortalmente herido en la batalla de Iéna-Auerstadt, Brünswick había sido invadida y arrasada por las tropas de Napoleón y su madre y hermanos se habían visto obligados a huir a toda prisa para poder refugiarse en Inglaterra. En ese momento tan triste, Carolina tan solo quería regresar a Brünswick y dejar atrás Londres y ese matrimonio que la había hecho tan desgraciada. Pero las circunstancias, nada favorables, hicieron impensable su viaje a Alemania.


La paria


La Princesa de Gales con vestido de corte, según un grabado de 1807.

A finales del año 1811, el rey Jorge III cae irremediablemente en la locura y el Parlamento nombra al Príncipe de Gales regente del Reino-Unido de Gran-Bretaña e Irlanda. Mientras su suegro es confinado en el Castillo de Windsor para los restos, Carolina ve restringido aún más el acceso a su hija y la alta sociedad empieza a hacerle el vacío. Tratada como una paria, una apestada con la que no era conveniente verse asociado por temor a desagradar al Príncipe-Regente, Carolina abandonó Blackheath y Londres para instalarse en Connaught House, en Bayswater, y pasó al ataque. Puesto que necesitaba un poderoso aliado que la ayudase a oponerse con fuerza a las medidas cautelares impuestas por el Príncipe para que no viera a su hija, encontró en Brougham el apoyo ideal. Junto con Henry Brougham, un ambicioso político Whig que abogaba por reformar las leyes que favorecían el poder del Regente, la Princesa inició una campaña propagandística para desacreditar a Jorge. Pese a los esfuerzos del Príncipe-Regente por hundirla con un alud de malintencionados rumores y falsos testimonios, Carolina recibió el incondicional apoyo de su propia hija y de la gran mayoría de la opinión pública.

La conocida novelista Jane Austen escribió por aquel entonces: "Pobre mujer, deseo apoyarla todo el tiempo que pueda, porque es una mujer y porque odio a su marido."


Retrato de la Princesa Carlota Augusta de Gales (1796-1817), hija única de los Príncipes de Gales Jorge y Carolina, según Lonsdale.

Cuando en 1814 se pone un punto final a la guerra con la derrota de Napoleón, todas las testas coronadas y lo más granado de la aristocracia europea acude en masa a las celebraciones de Londres. En todos esos grandes festejos, la Princesa de Gales brilla por su ausencia... y, en consecuencia, la relación del Príncipe-Regente con su heredera se deteriora con rapidez. Harta de las restricciones paternas, la Princesa Carlota Augusta ansía tener la libertad de movimiento y poder ver cuando se le antoje a su madre y, por ello, se enfrenta agriamente a su padre. El 12 de julio, la heredera del trono es informada que será confinada en la mansión de Cranbourne Lodge, en Windsor, y privada de cualquier visita a excepción de la de su abuela la reina Carlota-Sofía, y toda la domesticidad de su casa reemplazada por otra encargada de vigilarla de cerca. Horrorizada por esa especie de orden de encarcelamiento paterno, la Princesa Carlota Augusta se fuga y se refugia en casa de su madre, en Bayswater. Estalla el escándalo en el seno de la familia real y en la corte. Después de una tensa y angustiosa noche en la que Brougham intenta persuadir a la Princesa para que vuelva y se someta a la autoridad paterna, exponiéndole las graves consecuencias que podrían acarrear a la Corona su rebeldía (existiendo el más que probable riesgo de que se produjeran desórdenes públicos para socavar la autoridad del Príncipe-Regente), Carlota Augusta abandona Bayswater y regresa a Londres.

Notas:


(*)_El suegro era el Duque Carlos I de Brünswick-Wolfenbüttel-Lüneburg (1713-1780), representante de la rama de Brünswick-Bevern, que reinó entre 1735 y 1780, aunque a partir de 1773 tuvo que renunciar al poder al producirse el descalabro financiero de su Estado.

(**)_La suegra era la Princesa Real Felipina Carlota de Prusia (1716-1801), hija del rey-sargento Federico-Guillermo I y hermana de Federico II "el Grande", de la Margravina de Brandenburg-Ansbach y de la Reina de Suecia.

domingo, 9 de octubre de 2011

Cita de la Semana



"Los buenos modales son como el cero en aritmética; acaso no representen mucho por sí solos, pero pueden aumentar considerablemente el valor de todo lo demás."

frase de: Dama Freya Madeleine Stark, CBE, escritora y exploradora (1893-1993).

sábado, 8 de octubre de 2011

1792: Asesinato de Gustavo III de Suecia



El 16 de marzo de 1792, Gustavo III fue mortalmente herido en el teatro real de Estocolmo, lo que era una ironía pues en otro teatro en 1771, se enteró de que se había convertido en rey de Suecia al fallecer su padre, Adolfo-Federico I.

Retrato oficial del rey Gustavo III de Suecia (1746-1792). Cuatro años antes del fatídico atentado, el monarca fue advertido por una conocida medium, Ulrika Arfvidsson, de su muerte...



Acababa justo de llevar a cabo con éxito el último de sus "golpes de Estado". Sin recursos, había convocado la Dieta, pero lejos de Estocolmo, en Geflé (o Gälve), sobre el golfo de Botnia que, incomunicada y fuertemente armada, había parecido durante un mes entero una fortaleza asediada. Con un frío terrible, dentro de una estancia de madera cuyo único ornamento decorativo era una tapicería de los Gobelinos, regalo de Luis XV y que representaba "las Locuras de Don Quijote", el rey comediante había representado su último éxito. Obtuvo los créditos necesarios para su desembarco, pero por los pelos. La tensión había sido extrema, y Gustavo III triunfó al deshacerse de los nobles con todo tipo de artimañas. Aprovechando su alianza con el partido burgués y el de los campesinos, que le dieron el apoyo necesario para que la Dieta aprobara sus planes, acabó por atraerse la enemistad de la aristocracia sueca. Poco después de que disolviera el Riksdag (parlamento), muchos nobles dimitieron de sus cargos en la corte, y ésta vino a ser muy aburrida cuando antaño era un hervidero de intrigas, pasiones, fastuosas fiestas y alegres mascaradas.


Estocolmo a finales del siglo XVIII: perspectiva sobre la Plaza del Teatro Real de la Opera y, al fondo, el Palacio Real, los dos últimos lugares en los que el rey Gustavo III vivió sus últimos días. 

Retrato del Barón Jacob Johan Anckarström "el Joven" (1762-1792), un joven noble oficial de 29 años que se convirtió en el brazo ejecutor del regicidio urdido por un sector descontento de la alta nobleza sueca en 1792. Sus cómplices fueron el Conde de Horn, el Conde Ribbing y el Barón Pechlin...  


Menos de 3 semanas después de la Dieta de Geflé, el rey era abatido de un pistoletazo, a manos de un aristócrata: el Barón Jacob Johan Anckarstroem...

En todos los complots, casi siempre hay un traidor que advierte a los reyes que van a morir, y los reyes responden generalmente como lo hizo Gustavo III:

-"¡Veamos si se atreverán!"

Y se presentó en el teatro real de la ópera. Era un hombre bravo y digno. Jugó su último papel a la perfección, y hasta el final, ya que no sucumbió ante la gangrena hasta 12 días después del atentado. Cuando recibió el impacto de la bala, con gran sangre fría se puso a bromear con los que le atendían. Y cuando lo llevaron en volandas hasta su carroza para llevarlo a palacio, exclamó divertido:

-"¡Me llevan como al papa!¿Qué dirán los señores Brisson, Condorcet y Bazire de mi accidente?¡Qué buenos discursos tendremos que oír!"

Este personaje excéntrico, afeminado hasta el límite del ridículo, mostró de manera constante el mayor de los genios, el mejor y más grande carácter. Rehusó leer la lista de los conjurados y, viendo aparecer en su alcoba a la condesa de Fersen, al conde de Brahé y al barón de Geer, sus adversarios de siempre, para interesarse por su estado, dijo:

-"Mi herida ha servido para algo, pues me ha devuelto mis amigos."

El conde de Fersen se presentó también en su alcoba, y el rey le habló de una manera tan afectuosa que la condesa se deshizo en lágrimas. Finalmente, torturado por violentos sufrimientos, tuvo la fuerza por preocuparse del futuro y asegurarlo. Pidió a su estimado conde Armfelt, al que nombraba gobernador de Estocolmo, su palabra de honor y de caballero de servir a su hijo y sucesor, el futuro Gustavo IV Adolfo de apenas 13 años de edad, tan bien como le había servido hasta ahora. Murió el 29 de marzo, a consecuencia de la infección galopante derivada del disparo recibido en aquél baile de máscaras.

Máscara mortuoria de Gustavo III de Suecia, moldeada sobre su cadáver al poco de fallecer / Abajo, los objetos requisados al asesino en el momento de su detención en el lugar de los hechos: una máscara, dos pistolas, un puñal, un estilete y unas balas.



Este soberano tantas veces criticado, autoritario hasta parecer a veces tiránico, ridiculamente afeminado hasta sonrojar a sus acompañantes, temido por sus cambios de humor, pero también ardiente, apasionado, culto, genial, patriota, noble y fiel, se llevaba consigo el esplendor de una era, ... la Era Gustaviana.

Cita de la Semana



"Los médicos trabajan sin cesar para la conservación de nuestra salud y los cocineros para destruirla; estos últimos tienen más seguro el éxito."

frase de: Denis Diderot, escritor, filósofo y enciclopedista (1713-1784).

domingo, 25 de septiembre de 2011

Cita de la Semana



"Paciencia: forma menor de la desesperación, disfrazada de virtud."

frase de: Ambrose G. Bierce, escritor, periodista y editorialista (1842-1913). 

miércoles, 21 de septiembre de 2011

VIENA 1867: Tragedia en la Familia Imperial Austro-Húngara

MATHILDE DE AUSTRIA-TESCHEN
1849 - 1867




Segunda hija del matrimonio archiducal formado por Alberto de Austria-Teschen e Hildegarde de Baviera, duques de Teschen, la joven archiduquesa Mathilde Marie Adelgunde Alexandra de Austria-Teschen nació en La Hofburg de Viena el 25 de enero de 1849 y falleció en horribles circunstancias el 6 de junio de 1867. Era ésta nieta del archiduque Carlos de Austria, duque de Teschen, y de la princesa Henrietta von Nassau-Weilburg por el lado paterno, y del rey Luis I de Baviera y de Teresa de Sajonia-Hildburghausen por lado materno.

Le precedieron en la cuna una hermana, la archiduquesa Maria-Teresa (1845-1927), casada desde 1865 con el duque Philipp von Württemberg, y un hermano, el archiduque Carlos Alberto (1847-1848), muerto en la cuna.


Retrato del Archiduque Alberto de Austria-Teschen (1817-1895), según Georg Decker.

La pareja archiducal de Austria-Teschen y sus dos hijas formaban parte del estrecho círculo familiar e íntimo de los emperadores Francisco-José I y Elisabeth en Baviera (Sissí para los íntimos); de hecho, Sissí apreciaba particularmente a su prima Hildegarde, mientras que Alberto era la cabeza de proa del conservadurismo tras haber sido un gran apoyo para la archiduquesa Sofía, madre del emperador. En verano, residían éstos en su castillo de Weilburg, en Baden bei Wein, que el archiduque Alberto había heredado de su madre, mientras que en invierno tenían sus propios aposentos en La Hofburg de Viena.

En 1864, la madre de nuestra protagonista, la archiduquesa Hildegarde, murió de una inflamación pulmonar (pleuresía), tras haber acudido a los funerales de su hermano el rey Maximiliano II de Baviera.

Por aquella época, ya le pretendía un lejano primo, el archiduque Luis Salvador de Austria-Toscana (1847-1915), que deseaba desposarla. Pero su padre destinaba la mano de su pequeña hija al príncipe de Piamonte -futuro rey Humberto I de Italia-, siguiendo una política que perseguía acabar con las tiranteces existentes entre el Imperio Austro-Húngaro e Italia. Los proyectos de boda, en cualquier caso, no llegaron jamás a concretarse por culpa de un desagradable accidente.

La archiduquesa Mathilde, de entonces 18 años, tenía un pequeño vicio: el tabaco. Desde hacía un tiempo, fumaba a escondidas de su padre cigarrillos que le facilitaban sus doncellas, pese a la terminante prohibición paterna.



Quemada a lo Bonzo

El 6 de junio de 1867, se encontraba la archiduquesa Mathilde junto con su padre y el resto de la Familia Imperial en la residencia de la emperatriz Elisabeth, Schloss Hetzendorf, preparándose todos para acudir a una velada teatral en Viena con sus mejores galas. Mathilde se había enfundado en un hermoso vestido vaporoso de gasas, blondas y tules para la ocasión, sobre las que se aplicó una solución de glicerina para mantenerlas rígidas. Mientras esperaba que los demás miembros acabaran de engalanarse, quiso fumarse un último cigarrillo en el balcón aprovechando el momento y antes de que apareciera su severo padre, que no toleraba su tabaquismo. Apenas encendido el pitillo y llevado a la boca, entró de sopetón el archiduque Alberto en su habitación. En un rápido gesto, Mathilde escondió el cigarrillo tras su cintura, intentando disimular ante su progenitor cuando de pronto empezó a prender por detrás su vestido. Presa de pánico, la pobre archiduquesa arrancó a correr despavorida por toda la estancia, no consiguiendo otra cosa que la de avivar el fuego mientras sus doncellas la perseguían e intentaban en vano apagarlo. En cuestión de segundos, y para mayor horror de su padre y de la familia imperial allí presentes, se convirtió en una antorcha humana y tan solo los criados consiguieron ahogar las llamas tirándola al suelo para enrollarla en una manta. Para cuando quisieron despojarla de las batistas y gasas carbonizadas, se dejaron entrever unas espantosas llagas.

Se intentó, por todos los medios, acallar los desgarradores gritos de dolor de la pobre Mathilde, con casi todo el cuerpo afectado con horribles quemaduras de segundo y tercer grado, pero fue en vano. Un médico sugirió sumergirla en una bañera de aceite para que en él encontrase alivio, y de esta guisa se la transportó sin más dilación de Schloss Hetzendorf hasta el Palacio de La Hofburg, para que recibiera los adecuados cuidados médicos. Allí, acudieron en tromba los mejores galenos de la capital para asistirla; sin embargo, la paciente no pudo resistirlo. Tan grave era el estado de sus quemaduras, que la joven archiduquesa no tardó en morir.



Cita de la Semana



"La tontería se coloca siempre en primera fila para ser vista; la inteligencia detrás para ver."

frase de: Princesa Elisabeth zu Wied, Reina consorte de Rumanía (1843-1916), escritora bajo el seudónimo de "Carmen Sylva".

martes, 13 de septiembre de 2011

Cita de la Semana




"La felicidad humana se compone de tantas cosas que siempre faltan algunas."



frase de: Jacques Bénigne Bossuet, Obispo de Meaux (1627-1704)

jueves, 8 de septiembre de 2011

LA CONDESA VON COSEL

ANNA-CONSTANTIA VON BROCKDORFF,

CONDESA VON COSEL, 1680-1765



Anna Constantia von Brockdorff nació en la localidad de Gut Depenau, próxima a Burg Stolpen, en el ducado de Holstein (Dinamarca), el 17 de octubre de 1680. Su padre, Joachim, Ritter von Brockdorff -con rango de caballero-, pertenecía a esa nobleza menor de provincias mientras que la madre, Anne Margarethe Marselis, procedía de la opulenta burguesía Hamburguesa. Dada la fortuna de los padres, la hija recibió una sorprendente a la par que amplia educación para una mujer de su época y que tan solo se daba raramente, casi de manera excepcional, en algunas grandes familias de la aristocracia europea. Destacarían sus conocimientos de aritmética y geometría. Sin embargo, tenía un carácter y un temperamento muy fuertes que la llevaban a destacar siempre. Dado su genio y figura, la vivaz Anna Constantia de entonces 14 años, sería a la postre convenientemente introducida en la pequeña corte ducal de Holstein-Gottorp, siendo la fortuna materna y la nobleza paterna unas inmejorables cartas de presentación para los duques Christian-Alberto y Frederika-Amalia de Holstein-Gottorp (nacida Princesa Real de Dinamarca). Con tal de domar la fierecilla impetuosa, se le buscó empleo y lugar donde aprender a pulir sus maneras, dandole el puesto de dama de compañía de la hija de los duques, la princesa Sophie-Amalia de Holstein-Gottorp (1694).


Retrato del Duque Augusto-Guillermo de Brünswick-Wolfenbüttel-Lüneburg (ob.1731). / Abajo, retrato del hermano del anterior, el Duque Ludwig-Rudolf de Brünswick-Wolfenbüttel-Lüneburg (1671-1735), amante de Anna-Constantia von Brockdorff, entonces dama de compañía de su cuñada.


Doce meses después, y habiendose comprometido la princesa holsteiniana con el heredero del ducado de Brünswick-Wolfenbüttel-Lüneburg, el duque Augusto-Guillermo, Anna Constantia von Brockdorff tuvo que hacer sus baúles y seguir a la novia a su nuevo destino en Alemania. Una vez allí, la hermosa dama de compañía de la flamante duquesa de Brünswick-Lüneburg se dejó conquistar por el cuñado de ésta, el duque Ludwig-Rudolf (entonces casado con la condesa Christine von Oettingen), y el escándalo no tardó en hacerse público cuando Anna Constantia constató que había caído encinta de su principesco amante. La estancia de la dama de compañía en la corte ducal alemana se hizo insostenible y fue fulminantemente expulsada y devuelta al hogar paterno, para mayor disgusto de sus padres.


Retrato del Barón Adolf Magnus von Hoym, Caballero Gran Cruz de la Real Orden del Danebrog.

No se sabe muy bien si su embarazo llegó a traducirse en un parto o hubo aborto provocado. El caso es que, al pasar un tiempo, Anna Constantia volvió a abandonar el hogar familiar para convivir con un nuevo amante, el Barón Adolf Magnus von Hoym, en el castillo de Burgscheidungen (1699). Tras cuatro años de escandaloso concubinato, los amantes se casaron para legalizar su unión el 2 de julio de 1703 y, tres años después, se separaban. La flamante Baronesa von Hoym, ya separada de su marido, se trasladó entonces a la corte sajona, en Dresden, en busca de una nueva oportunidad para rehacer su vida.

Retrato del Elector Federico-Augusto I de Sajonia (1670-1733), Rey electo de Polonia bajo el ordinal de Augusto II y apodado "el Fuerte", según una pintura de inicios del siglo XVIII.


Pese a sus antecedentes poco edificantes, Anna Constantia supo muy bien sacar provecho de sus armas de mujer para llamar la atención del mujeriego Elector Federico-Augusto I de Sajonia, también Rey Electo de Polonia con el nombre de Augusto II "el Fuerte". La consorte del monarca sajón y polaco, la princesa prusiana Christiane-Eberhardine de Brandenburgo-Bayreuth, fervorosa luterana, se había separado de él y retirado en el castillo de Pretzsch cuando éste, para poder ceñir la corona de Polonia, no dudó en abjurar de su fe protestante para abrazar la católica, confesión exigida por los polacos a cualquier candidato al trono. Indignada por ese oportunista cambio de religión, ésta optó por abandonar a su marido esgrimiendo su conflicto religioso y su total rechazo a esa maniobra política.


Retrato de la Margravina Christiane-Eberhardine von Brandenburg-Bayreuth, Electriz de Sajonia y Reina consorte de Polonia.

Pero el abandono de la Electriz consorte no pareció afectar lo más mínimo al Elector Federico-Augusto I de Sajonia, decidido a ceñir la corona polaca. Formidable mujeriego, el flamante Rey de Polonia Augusto II había hecho pública su adúltera relación con una hermosa condesa germano-sueca de renombrado linaje, Maria-Aurora von Königsmarck. Ésta había traido al mundo el fruto de sus ilícitos amores con el monarca sajón, el futuro Mariscal-Conde Mauricio de Sajonia, y pronto se vió tumbada por una estrella naciente de rancio abolengo, Ursula Katharina von Altenbockum, Duquesa de Teschen, y relegada a la vida monacal encontrando digno retiro en la abadía de Quedlinburg (de la cual llegaría a ser abadesa con rango de princesa soberana).


Retrato de Anna-Constantia von Brockdorff, Baronesa von Hoym y Condesa von Cosel.

Corriendo el año de 1704 a 1705, Anna Constantia von Brockdorff se empeñó en brillar más que la Duquesa de Teschen y se las arregló para conquistar el corazón del rey Augusto II y tenerle rendido a sus pies. Convertida en la nueva estrella ascendente de la corte de Dresden, la Baronesa von Hoym empezó a hacer sombra a su rival quien tuvo que hacer sus baúles y dejarle el sitio. Augusto II, loco de pasión por ella, la convirtió oficialmente en su nueva favorita todopoderosa y, en 1706, le concedió el título de Condesa von Cosel (Reichsgräfin von Cosel, que implicaba el prestigioso rango de Condesa del Sacro Santo Imperio Romano Germánico), amablemente ratificado por el Emperador José I de Austria. Semejante distinción coronaba su fulgurante carrera de favorita real y dejaba patente su enorme influencia sobre su real amante.

De sus amoríos con Augusto II nacieron tres retoños, dos hijas y un varón:

-Augusta Anna Constantia, n.24-feb.1708

-Frederika Alexandrine, n.27-oct.1709

-Friedrich Augustus, n.27-ago.1712

No contenta con reinar en la cama y en palacio, la Condesa von Cosel también amplió su campo de acción hasta inmiscuirse en los asuntos de la alta política. Su enorme ambición hizo que se granjease la enemistad de ciertos personajes influyentes de la corte sajona, a los que les faltó tiempo para tejer una conspiración que perseguía su caída. Desgraciadamente, la ambiciosa condesa les dió el motivo perfecto para tumbarla: Anna Constantia había conseguido arrancar de manos de su real amante una promesa escrita en la que Augusto II se comprometía a casarse con ella y coronarla reina.

Triple retrato de los reyes Augusto II de Polonia, Federico I de Prusia y Federico IV de Dinamarca y de Noruega, fechado en 1709, año en que los tres monarcas sellaron una triple alianza.


El chantaje se volvería finalmente contra ella al hartarse el rey de sus exigencias, y sus enemigos, en 1712, encontraron a la candidata ideal para erigirla en su más terrible rival: la joven y hermosa polaca Maria-Magdalena Bielinska, Condesa von Dönhoff. Puesta en el camino del rey, la joven polaca no tardó en enamorar al empedernido faldero asestando así un golpe mortal a la Condesa von Cosel, cuya belleza física se había opacado tras sus tres alumbramientos.


Schloss Pillnitz: recreación virtual del recinto palaciego a orillas del Elba, y residencia de verano de la corte sajona en tiempos del Elector Federico-Augusto I "el Fuerte" -Augusto II de Polonia-.


Retrato del Conde Detlev Christian von Rantzau (1684-1771), primo de la Condesa von Cosel.

Menos de un año después, en 1713, la Condesa von Cosel se vió repentinamente invitada a abandonar la corte de Dresden y a retirarse en el castillo de Pillnitz, por expresa orden del rey. Pero Anna Constantia no era como las anteriores amantes de Augusto II; no estaba dispuesta a resignarse y a sobrellevar la derrota cómodamente arrinconada, no sin luchar antes y librar la última batalla. Lejos de inclinarse amablemente ante la orden real, en 1715 hizo sus baúles y se dirigió, desafiante, a Prusia con el fin de recuperar la famosa carta en la que Augusto II se comprometía a casarse con ella, y que por entonces andaba en manos de un primo suyo, el conde Detlev Christian von Rantzau que, por curiosas casualidades de la vida, se vió inopinada y arbitrariamente encerrado en la cárcel de Spandau. Para colmo de males, la audaz condesa fue detenida por la policía prusiana (siguiendo las órdenes del rey Federico-Guillermo I, gran aliado de Augusto II) en la localidad de Halle an der Saale el 22 de noviembre de 1716 y devuelta a la frontera sajona donde fue entregada a la policía de Augusto II, e intercambiada por unos desertores prusianos. Fue arrestada bajo la acusación de rebeldía y traición, tachada de "criminal de Estado" por haber hecho caso omiso de la orden que la confinaba a Pillnitz y por "atentar" contra la seguridad del Estado.


Retrato del Elector Federico-Augusto I de Sajonia, Rey Augusto II de Polonia, en una miniatura esmaltada debida a Boit y fechada en 1718.

¿Qué fue de la famosa carta que comprometía al rey Augusto II? Seguramente los servicios secretos sajones se encargaron de confiscarla al depositario, tras confinarle en la prisión de Spandau, gracias a la preciosa colaboración del rey de Prusia. Puesto que se trataba de un Asunto de Estado que atañía directamente a Augusto II, la Condesa von Cosel y su primo el Conde von Rantzau debían ser silenciados y apartados de la circulación.


Retrato de Anna-Constantia von Brockdorff, Condesa von Cosel, realizado en su madurez.

Encerrada como una criminal, Anna Constantia fue finalmente sentenciada al exilio en la localidad que la vio nacer. Asignada a residencia de por vida, pasó sus últimos cuarenta y nueve años confinada en Stolpen.

El 1 de febrero de 1733, el rey Augusto II de Polonia y Elector de Sajonia (como Federico-Augusto I), fallecía. Su hijo y sucesor, el Elector Federico-Augusto II, también elegido rey de Polonia bajo el nombre de Augusto III, no pareció preocuparse por la suerte de la antigua amante de su padre y, ciertamente, tampoco pensó en levantar la orden de confinamiento que pesaba sobre ella aunque había dejado de ser un peligro en potencia.

De hecho, extraña sobremanera que la condesa von Cosel no aprovechara las dos ocasiones que se le presentaron en 1745 y en 1756, cuando el ejército sajón tuvo que retirarse ante el avance de las tropas prusianas, para huir y recobrar su libertad.

El 31 de marzo de 1765, a la edad de 85 años, Anna Constantia von Brockdorff, Reichsgräfin von Cosel, se apagaba serenamente en su residencia de Burg Stolpen.
 
El viejo castillo sajón de Burg Stolpen erigido sobre una montaña de basalto, según un grabado alemán de 1770, cinco años después de la muerte de la Condesa von Cosel...

domingo, 4 de septiembre de 2011

Cita de la Semana



"Cuando un diplomático dice "Si", quiere decir "Quizás". Cuando dice "Quizás", quiere decir "No". Y cuando dice "No", entonces no es diplomático."


frase de: Henry Louis Mencken, periodista estadounidense (1880-1956).